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Historia de un viaje a España Por Francisco Busó Muñiz |
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El día que el huracán Georges azotó a Puerto Rico pensé por un momento que los planes para viajar a España se habían derrumbado de la misma forma que el viento tumbó el árbol que había frente a mi hogar.
Si mal no recuerdo, mi hermana América y mi persona, llevábamos haciendo planes desde el año de 1995. Nuestro interés era de ver en persona el pueblo de Sant Feliú de Guixols de donde son oriundos los hermanos Busó y la posibilidad de conocer otros Busó, en España que estuvieran emparentados con nosotros. Pero, aunque nuestro interés era genuino una serie de obstáculos siempre se cruzaban en nuestro camino. En 1995 el grupo que se supone viajaría con nosotros se disolvió y nadie mostró interés en formar un nuevo grupo. Para el 1995 mi esposa tuvo un aborto natural quedando el viaje postergado para el próximo año. En 1996 dos huracanes, Berta y Hortensia que afectaron adversamente a Puerto Rico nos hicieron volver a aplazar el viaje. En 1997 nació mi hija Lilliam Liz y bajo ninguna circunstancia íbamos a dejar ese pequeño ser aquí en Puerto Rico para viajar a España. Llegó el año 1998 y firmemente le dije a mi esposa que ese viaje lo teníamos que hacer costara lo que costara con o sin nuestra pequeña hija. Decidimos que podíamos viajar con ella.
Para ese año ya nos carteábamos con otro Busó de España llamado Luis. Así que le escribimos y le dimos la seguridad que el día 1 de octubre saldríamos por la aerolínea Iberia y que al siguiente día Viernes, por la tarde, estaríamos en el aeropuerto de Barcelona. Pero el día 22 de septiembre el huracán Georges azotó Puerto Rico sin misericordia. Se dice que el ojo del huracán zigzagueó por el centro de la isla como queriendo borrarnos del mapa del mundo. Quedamos sin agua y sin electricidad en la mayor parte de la isla. Las noches se hicieron largas y el calor era insoportable. En la empresa donde yo trabajaba logramos encender un generador de corriente el cual nos ayudó a seguir ofreciendo servicios a nuestros clientes. Llamé a mi hermana y me dijo que bajo las condiciones existentes ella no podía viajar a España. Yo no sabia que pensar.
Los días iban pasando y se acercaba la fecha prevista para el viaje. Las condiciones en la isla no habían mejorado mucho. En algún momento le dije a mi esposa: ¡El viaje lo haremos, no habrá nada ni nadie que nos impida viajar a España esta vez! Para mi la suerte estaba echada. El único cambio que hicimos fue aplazar la fecha de salida una semana. Saldríamos el Jueves 9 de octubre. Mi esposa dudó de mi decisión y no fue hasta el momento que nos montamos en el avión que se dio cuenta que yo hablaba en serio.
Llegamos temprano, cerca de las 17:00 horas (5:00 PM), aún de día, al aeropuerto. Mi hija mayor, Dolly Denisse, fue la persona que nos llevó. Pero al ir a entregar los pasaportes en el "counter" me di cuenta de un error. Había traído los tres pasaportes, uno de mi esposa, otro de mi recién nacida y el mío. Pero, lagarto sea, el mío era uno viejo que hacia años que estaba vencido. Como todavía estábamos a tiempo, mi hija mayor me indicó que me llevaría a casa a buscar el pasaporte correcto y estaríamos de regreso en poco tiempo. Así fue.
Luego de registrarnos nos sobró tiempo para hablar y descasar un poco en unos asientos cerca de la entrada. No faltaron los chistes y las bromas. Le recriminé a mi hija Dolly Denisse el no haber hecho arreglos para viajar con nosotros y le advertí que para el próximo viaje tendrá que prepararse para acompañarnos. Para cuando nos anunciaron la entrada al avión ya habíamos agotado casi todos los temas de conversación. Mi esposa Lilliam y mi persona nos despedimos de mi hija Dolly y decidimos entrar por la primera puerta, recorriendo un largo pasillo que nos llevó hasta la inmensa nave de metal, un DC-10 de la aerolínea Iberia.
La nave tembló y se sacudió como una inmensa ave que de pronto despierta. La fuerza de sus poderosos motores empujaba la nave a lo largo de la pista con creciente velocidad a la vez que nuestros cuerpos, queriéndose quedar en suelo boricua se apretaban a los asientos. No tardó mucho la nave en adquirir la altura deseada y su velocidad de crucero a la vez que en mi mente empezaban las comparaciones.
La nave que abordó don Juan Busó Bas, en 1823, era en mayor parte de madera. Su motor era el viento que golpeaba sus velas que al hincharlas empujaba la nave hacia destinos lejanos. Al salir del muelle, unas pocas velas bastaban para sacarla al mar. Una vez alejada de la costa sería impresionante ver como al desplegar el resto de las velas y el viento amontonarse en sus telas la nave ganaba velocidad al igual que mi avión despegando en la pista. Dos naves diferentes, dos corazones iguales.
El mundo giraba a mis pies cuando me encontraba a treinta y tres mil pies de altura, en el avión DC-10 de la compañía Iberia. Estaba amaneciendo y nos acercábamos a las costas de España a una velocidad de crucero de quinientas cincuenta millas por hora. El cielo, que unas horas antes se mostraba oscuro y tenebroso, había estallado en un sinnúmero de colores de los cuales se destacaban los amarillos, anaranjados y azules. La imaginación toca a mis puertas.
-Estoy parado frente a una de las puertas de la nave y por su ventana puedo ver el espectáculo que el cielo nos brinda. Abajo el océano con sus olas. De pronto diviso la nave de madera y sus velas hinchadas por el viento. En cubierta una figura se empeña en mirar a el horizonte. Sus manos en los bolsillos y su mirada de urgencia, quizás de asombro, o tal vez de temor. Alza su vista hacia el cielo y su mirada se cruza con la mía. Trato de adivinar su rostro pero este se me pierde entre la bruma y las nubes que se interponen entre los dos. La imagen se escapa de mi mente cuando mi esposa comenta lo bello que está el cielo. El encuentro tardó 175 años en darse y apenas duró unos segundos.
En los altavoces se oye la voz del piloto cuando nos convida a abrocharnos los cinturones. La nave va descendiendo hasta tocar suelo español en el aeropuerto de Madrid, Barajas. No estuvimos mucho en este aeropuerto ya que en unas pocas horas abordamos otra nave con destino a Barcelona. El viaje a esta otra ciudad no dura mucho y pronto nos vimos caminando por el terminal del aeropuerto de Barcelona.
Eran cerca de las 16:00 horas (4:00 PM) del viernes 9 de octubre de 1998. De pronto nos sentimos muy solos en el aeropuerto. Mi amigo y familiar Luis Busó Masmiquel no estaba presente y nosotros no sabíamos que hacer. Tratando de simular calma le comenté a mi esposa que iba a tratar de localizarlo llamándolo a su número de teléfono móvil. Mi niña Lilliam Liz de apenas un año y tres meses de nacida se encontraba muy tranquila. Al fin pude hablar con Luis y nos aseguró que se encontraba en camino y que en unos minutos adicionales estaría con nosotros.
El encuentro fue efusivo y nos llenó de alegría nuestros corazones el poder abrazar un Busó que hasta ese momento había sido una persona lejana. Salimos en su camioneta pasando o atravesando toda la ciudad de Barcelona a la vez que Luis nos indicaba los nombres de los lugares que íbamos pasando. Una de las cosas que me intrigó mucho fue el cementerio con las tumbas en las laderas de un monte. Después de Barcelona el paisaje se torno campestre y mi sentidos se agudizaron tratando de absorber y disfrutar todo lo que se me presentaba. Poco tiempo después llegamos a Santa Coloma de Farnes el pueblo de donde es oriundo Luis. Nos presentó a su esposa Nuria y nos ofrecieron una sopa de lentejas típica de la región. También tomamos vino y brindamos por el encuentro. Luego nos llevaron a la casa de sus padres, don Fruitós Busó y doña Mercè Masmiquel donde nos quedaríamos a dormir en los próximos días. La familia de Luis resultó ser de las mejores que yo haya conocido en toda mi vida. Si nuestros tatarabuelos eran de esta misma forma, entonces eran unos seres buenos y afables.
El sábado 10 de octubre nos levantamos temprano y luego de desayunar Luis nos llevo a la ciudad de Gerona a alquilar un auto para visitar el pueblo de nuestros antepasados, "Sant Feliu de Guíxols". Desgraciadamente Luis no podía acompañarnos ese día ya que tenia que atender su negocio. Alquilamos un auto Fiat "Punto S" color rojo de transmisión manual (standard) y luego que Luis nos indicó la carretera a seguir hacia dicho pueblo nos encaminamos con aire resuelto y espíritu aventurero. Pasamos varios pueblos los cuales nos sacaban exclamaciones de admiración por su belleza y pulcritud. Una de las cosas que más nos llamo la atención es que en Cataluña es casi imposible encontrar desperdicios o basura en las calles o carreteras. Todo parece un sueño o una película.
No se por que, pero al ir entrando al pueblo de "Sant Feliu de Guíxols" (cerca de las 13:00 horas o 1:00 PM) mi corazón latía con fuerza. Me daba la impresión que ya había estado en este pueblo y las calles y la gente me parecían gente conocida de mucho tiempo. ¿Jugaba conmigo la mente? Quien sabe. Un a vez adentro nos fuimos acercando a la Iglesia Monasterio de Sant Feliu de Guixols. No tardamos en conseguir un lugar donde estacionar y bajamos con la cámara de tomar fotos en las manos. Lo primero que vimos y le tomamos foto fue el "Arc de Sant Benet", un inmenso arco de piedra que pertenecía al monasterio y data del siglo XVIII. Aquí la historia se respira continuamente y todos los lugares evocan épocas pasadas, ya idas y perdidas en el tiempo.
Tomamos el auto y paramos en un estacionamiento cerca de la playa. Paseamos por todo el boulevard y caminamos un poco por la arena amarillenta. Es posible que desde ese mismo punto salieran los hermanos Busó hacia Puerto Rico. Luego caminamos por varias calles siendo una de ellas la "Rambla d' Antoni Vidal" evocando una familia de en algún momento estuvo emparentada con los Busó. Luego en la calle "Carrer Major" fotografiamos el Restaurante y Casa Buxó.
Subimos al monte donde se encuentra la pequeña iglesia y monasterio de Sant Elm. Fue aquí donde para el 1827 se casa Francisco Busó Bas y Catalina Baster Ribot. El paisaje es espectacular con el Mediterráneo de fondo y el pueblo de Sant Feliu de Guixols a nuestros pies. Actualmente un sinnúmero de casas modernas rodean la falda de este monte pero en los tiempos de los hermanos Busó estaba despoblada así que el paisaje era más natural y, por supuesto, más hermoso.
Luego seguimos explorando varias calles y en un pequeño parque una hermosa niña española me tiró un beso para luego sacarme la lengua. Claro, tuve deseos de detenerme y preguntarle el porque de su actitud pero el tiempo no daba para más y el frío se estaba apoderando de nosotros. Decidimos regresar a Santa Coloma de Farner antes que fuera muy tarde aunque ya de todas formas nos arropaba la noche. Para mi el viaje había sido un éxito y de ahora en adelante estaría más tranquilo ya que había podido conocer el pueblo de donde venia la familia Busó.
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Música: "Rumores de la Caleta"