CreaciónRío Piedras

Desenvuelvo el paquete de sábanas nuevas que comprara en Bloomingdale’s en Nueva York donde fuera en busca de mi hija Moonie. El encaje y las cintas que rematan las fundas no pueden contra esos tres retratos que al nivel de ml vision, sentada en el sofa, como a seis pies de distancia alIá en Ia pared, me asedian, me requieren en inusitado amor, me trastruecan todos los esquemas posibles de tiempo para ir detrás y mds allá y para siempre sentirlos ahí en intensa comunión conmigo, mis manes, mis protectores, los responsables de mi presencia aquí en este mundo. Soy un a masa de genes de sus huesos, células, agua, sangre, carne y, desde luego, espíritu y deseos.
Irene Charneco fue mi abuela paterna. Era la chica más linda de Añasco y ahora, a través del cristal, su mirada serena y enigmática —¡ah excelsa Venus boricua!— valida la leyenda que de niña escuché cuando ya abuela Irene estaba entrada en libras y encogidita, con solo el brillo de sus ojos y el destello de una sonrisa triste. Está de pie. Con levedad exquisita reclina su brazo derecho sobre un atril. La mano izquierda, recatada bajo la derecha, sostiene un abanico que flirtea y lc hace el juego a las dos sortijas que adornan la izquierda. Un lazo en Ia cabeza, moño suave; traje de encaje negro, sobrio y de mangas cortas a tenor con el sol del oeste. ¡Oh joven hermosa! Querida abuela, hoy que soy más vieja que tú, tus tragedias se hermanan a las mías. Te comprendo finalmente. Agradezco, ahora más que entonces, la muñeca que siempre tenías para mí los días de los Reyes Magos. Eras tú que te me dabas entonces. La muñeca era el vínculo compartido más allá de lo que entonces podían nuestros corazones.
Al lado de la figura esbelta de mi abuela Irene aparece un cuadro rectangular que enmarca una muchedumbre. Una figura protagónica cobra forma. Mi tía abuela María Luisa Arcelay, primera mujer legisladora en Latinoamérica, le extiende la mano al presidente Franklin D. Roosevelt al frente del municipio de Mayagüez. El retrato recoge una caravana de autos sin capota. Hay un orden exquisito donde se perfilan varios grupos: En la escalera superior del municipio aparece un grupo de gente bien vestida. Predominan los hombres, pero hay niños y mujeres también. Mucha gente se asoma a las ventanas y balcones. Una gran muestra de pueblo bordea la calle a la derecha del municipio. Pocos policías rodean el momento del encuentro entre mi tía y el presidente de los Estados Unidos. Intriga el hecho de que los grupos más próximos a ellos, en filas nítidas a cada lado de la acera donde está el vehículo presidencial, son los estudiantes y monjas de La Academia de Ia Inmaculada Concepción. Es un encuentro feliz, casi ausente de medidas de seguridad. Una inocencia cordial acompaña el ubicuo y obstinado ondeo de banderitas americanas.
María Luisa Arcelay fue mi mentora. Fue una especie de madre distante que recabo y mereció mi amor como lo hacen hoy día Diana y Atenea. Las lecciones que de ella aprendí explican en gran medida mi vida. Mi tía era severa, moralista y fieramente
independiente. Una vez me atreví a preguntarle por qué no se había casado y me dijo que un hombre no le hubiera permitido ser como ella era, tener to que tenía, hacer to que quería. Tenía razón, desde luego. Mi tía abuela es la mujer con quien todavía me siento más estrechamente ligada. Viví con ella en su casa. Aunque dejaría la casa en busca de la libertad y afirmación que de ella aprendí, hoy vive ella en mí: casi yo, ella; ella, casi yo.
Al lado del retrato de mi tía aparece mi abuela materna, Josefina Arcelay de la Rosa y mí abuelo, Oscar García, hermano de Isidoro García, en cuya honra se nombra el parque de pelota de Mayagüez. Mamin y Papin aparecen con brazos entrelazados. Ella con las siete pulseras por cada hijo que tuvo. El sostiene un sendo cigarro en la mano. Mamin luce fornidamente sumisa, su cuerpo orgulloso de su capacidad procreadora. Papin tiene una pierna levantada, colocada sobre el muro en ademán coqueto de vanidad varonil.
Mi madre me llevaba todos los domingos a casa de mis abuelos. A menudo estrenaba un traje nuevo de paja de maíz para la aprobación de Mamín. Mamín en su sillón. En su mesa comía la mejor comida criolla que recuerdo: rellenos de papa exquisitos, almojábanas livianas, dulces barrigas de vieja, arroces guisados de variadisimo cuño y tostones de maravilla. El comedor de su casa tenía jardineras abiertas en una inmensa ele donde se acomodaban robustas macetas de crotones multicolor, siemprevivas centelleando lila y geranios del rojo más intenso posible. En casa de Mamin aprendí a brillar una loseta de rodillas en el piso y a adorar esa lavaza.
Algunos domingos Papin llevaba su familia a las playas de la Isla. Resuenan todavía para mí gustosamente los nombres de Cerro Gordo, Mar Chiquita, Luquillo, Dorado, Punta Arenas, El Combate. Armaban pasadías, los abuelos, con tantas ollas como gente, mientras el salitre curtía mi piel morena marcando mi amor por esta Isla para siempre.
El único abuelo de quien no tengo un retrato es Carlos Arrillaga, alias abuelo Cayín. Abuelo Cayín era farmacéutico graduado de Tulane con el más grande cartel de mujeriego que jamás he oído en mi vida. Tenía tanta labia, tanta simpatía, que mi padrastro, hombre difícil e impaciente con aquellos que consideraba diferentes o “de otra clase” —hombre de pocos amigos, en fin— invitaba a mi abuelo a su mesa para disfrutar de su compañía, conversación y sentido de humor.
Todos mis abuelos han muerto. Daría cualquier cosa por revivirlos. Por acercarme a los poros de su piel y olerlos porque sé que mis olores son ellos. La falta tan inmensa que me hacen solo podría mitigarse de convertirme en abuela. Un abuelo es un mundo tan grande para un nieto, que no creo debamos apartarnos jamás de ellos. El amor que en vida compartimos es imperfecto, pero pienso que es preciso luchar porque sea frecuente. Cada memonia tiene una capacidad futura de lección salvadora, de gozo dentro de las desdichas que a todos irremisiblemente nos esperan.
Quizás haya avanzado nuestra vida cuando comencemos a entender a nuestros abuelos. Limitaciones y defectos se difuminan a favor de un cuadro humano mucho más amplio y mucho más generoso. Hoy día hay muchos abuelos no de sangre, sino de matrimonio y me atrevo a afirmar que el amor puede compensar lo que la sangre no hizo y hay también en los abuelos de matrimonio mucho que es hermoso y necesario que sería una lástima perder. El amor de los abuelos es un amor que va más allá del tiempo a la vez que lo colma de sentido. Es un rico talismán que nos marca de por vida y es preciso explorar esa marca si queremos de veras vivir.
Soy mis abuelos y son ellos yo misma. Mi amor es incondicional.
Aquí estoy, en espera de mis nietos.

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