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Beauty and the Beast
Cuentos
para niños
Bienvenidos amigos viajemos en alas de la fantacia volvamos
a ser los niños que antes fuimos y deleitemonos con estos bellos cuentos
Los 3 Cerditos y el Lobo Feros

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En
el corazón del bosque vivían tres cerditos
que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndoles
para comérselos. Para escapar del lobo, los cerditos
decidieron hacerse una casa. El pequeño la hizo
de paja, para acabar antes y poder irse a jugar.
El
mediano construyó una casita de madera. Al ver
que su hermano pequeño había terminado ya,
se dio prisa para irse a jugar con él. El mayor
trabajaba en su casa de ladrillo. - Ya veréis lo
que hace el lobo con vuestras casas- riñó
a sus hermanos mientras éstos se lo pasaban en
grande.
El lobo salió detrás del cerdito pequeño
y él corrió hasta su casita de paja, pero
el lobo sopló y sopló y la casita de paja
derrumbó. El lobo persiguió también
al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse
en casa de su hermano mediano. Pero el lobo sopló
y sopló y la casita de madera derribó.
Los dos cerditos salieron pitando de allí. Casi
sin aliento, con el lobo pegado a sus talones, llegaron
a la casa del hermano mayor. Los tres se metieron dentro
y cerraron bien todas las puertas y ventanas. El lobo
se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún
sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima
trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea.
Pero
el cerdito mayor puso al fuego una olla con agua. El lobo
comilón descendió por el interior de la
chimenea, pero cayó sobre el agua hirviendo y se
escaldó. Escapó de allí dando unos
terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se
cuenta que nunca jamás quiso comer cerdito.
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Había
una vez una niña que vivía en una aldea, ella era tan hermosa como
no había otra. Su madre la quería mucho, también su abuela.
Ella le había hecho una capa con gorrito de color rojo. Le quedaba tan
bien que todo el mundo le llamaba Caperucita Roja. Un día su madre le dijo
tu abuela está enferma. Anda y ve como está. Le llevas estas galletas
y esta mermelada". Enseguida
Caperucita se dirigió a visitar a su abuela quién vivía en
otra villa. Cuando
caminaba por el bosque se encontró con un lobo. Al lobo le hubiera gustado
comerse a Caperucita Roja en el mismo sitio, pero no se atrevió porque
cerca en el bosque habían unos leñadores. Fingió ser amable
con ella y le preguntó hacia donde se dirigía. La pobre niña
no sabía que era peligroso hablar con el lobo y le dijo. "Voy a ver
a mi abuelita, le llevo unas galletas y mermelada que mi mamá preparó
para ella". "Vive ella muy lejos?" preguntó el lobo. "Sí"
contestó Caperucita, "su casa esta al otro lado del molino, es la
primera casa en la villa". "Bueno,"
dijo el lobo. "Me gustaría verla también. Yo voy a tomar este
camino, y tu tomas el otro, para ver quién llega primero." El lobo
tomó el camino mas corto, corriendo tan rápido como podía,
mientras la niña tomó el camino mas largo, divirtiéndose,
recogiendo nueces, persiguiendo mariposas y cortando flores. No le tomó
mucho tiempo al lobo llegar a la casa de la abuela. "¿Quién
es? Se escuchó una voz desde adentro. Es
tu nieta, Caperucita Roja." Dijo el lobo, ocultando un poco su voz. "Te
traigo galletas y mermelada que mi madre preparó para ti." La abuela
que estaba en cama, dijo "Levanta la aldaba y entra". El lobo levantó
la aldaba y la puerta se abrió. Enseguida saltó y enseguida saltó
a la cama y en menos de un segundo se comió a la abuela. Después
cerró la puerta y se acostó en la cama de la abuela esperando a
Caperucita Roja. Momentos mas tarde Caperucita golpeó a la puerta Toc,
toc. "Quién es? Se escuchó la brusca voz del lobo. Cuando Caperucita
escuchó la voz del lobo, se asustó, pero al recordar que su abuela
estaba enferma, contestó. "Es tu nieta, Caperucita Roja. Te traigo
galletas y mermelada que mi madre preparó para ti".
El
lobo habló con voz suave y dijo, levanta la aldaba y entra". Caperucita
Roja la levantó y la puerta se abrió. El lobo se cubrió con
las cobijas y dijo, pon las galletas y la mermelada sobre la mesa y ven a sentarte
a mi lado". Caperucita se sentó en la cama y miró fijamente
a su abuela. Abuela, que brazos tan grandes tienes," exclamó Caperucita.
"Son para abrazarte mejor," contestó el lobo "Y, abuelita,
que grandes son tus orejas!" Son para oirte mejor" Abuelita que grandes
son tus ojos! "Son para verte mejor, hijita". Pero abuelita, que grandes
son tus dientes" exclamo llorando Caperucita Roja. ¡Son para comerte
mejor! Replicó el lobo, y tirando atrás la ropa saltó fuera
de la cama. Cuando ya estaba por atrapar aCaperucita, un leñador que estaba
en el bosque entró de golpe de hacha cortó la cabeza del lobo y
nadie nunca más volvió a ser molestado por esa malvada criatura.

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Wendy,
Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres.
Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración
por Peter Pan. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter.
Una
noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la habitación.
Era
Campanilla, el hada que acompaña siempre a Peter Pan, y el mismísimo
Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País
de Nunca Jamás, donde vivían los Niños Perdidos...
-
Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico
para que podáis volar. Cuando
ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló:
Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace
tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj.
¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac!
Campanilla
se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy,
así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que
debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con
Peter Pan. La pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no
había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó del golpe.
Wendy
cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está
de sus hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles
piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada
al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron
prisioneros a Wendy, a Michael y a John. Para
que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle,
contando para ello con la ayuda de Campanilla, quien deseaba vengarse del cariño
que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que
Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo
veneno.
Cuando
Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla,
arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque
no pudo evitar que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente
para matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla:
que todos los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía.
Y así es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó.
Mientras
tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a
punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía
que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz:
-
¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves
conmigo! Era
Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de
evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un tic-tac
muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El cocodrilo
estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié
y cayó al mar. Es muy posible que todavía hoy, si viajáis
por el mar, podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente,
perseguido por el infatigable cocodrilo.
El
resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán
y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre
las risas de Peter Pan y de los demás niños.
Ya
era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para
que se quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los
tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban volver, así
que Peter les llevó de nuevo a su casa.
-
¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños. -
¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis
mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía
ni vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos. -
¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos
diciendo adiós.  |

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Había
una vez un mercader que, antes de partir para un largo viaje de negocios, llamó
a sus tres hijas para preguntarles qué querían que les trajera a
cada una como regalo. La primera pidió un vestido de brocado, la segunda
un collar de perlas y la tercera, que se llamaba Bella y era la más gentil,
le dijo a su padre: "Me bastará una rosa cortada con tus manos."
El
mercader partió y, una vez ultimados sus asuntos, se dispuso a volver cuando
una tormenta le pilló desprevenido. El viento soplaba gélido y su
caballo avanzaba fatigosamente. Muerto de cansancio y de frío, el mercader
de improviso vio brillar una luz en medio del bosque. A medida que se acercaba
a ella, se dio cuenta que estaba llegando a un castillo iluminado. "Confío
en que puedan ofrecerme hospitalidad", dijo para sí esperanzado. Pero
al llegar junto a la entrada, se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta
y, por más que llamó, nadie acudió a recibirlo. Entró
decidido y siguió llamando. En el salón principal había una
mesa iluminada con dos candelabros y llena de ricos manjares dispuestos para la
cena. El
mercader, tras meditarlo durante un rato, decidió sentarse a la mesa; con
el hambre que tenía consumió en breve tiempo una suculenta cena.
Después, todavía intrigado, subió al piso superior. A uno
y otro lado de un pasillo larguísimo, asomaban salones y habitaciones maravillosos.
En la primera de estas habitaciones chisporroteaba alegremente una lumbre y había
una cama mullida que invitaba al descanso. Era tarde y el mercader se dejó
tentar; se echó sobre la cama y quedó dormido profundamente. Al
despertar por la mañana, una mano desconocida había depositado a
su lado una bandeja de plata con una cafetera humeante y fruta. El mercader desayunó
y, después de asearse un poco, bajó para darle las gracias a quien
generosamente lo había hospedado. Pero al igual que la noche anterior,
no encontró a nadie y, agitando la cabeza ante tan extraña situación,
se dirigió al jardín en busca de su caballo que había dejado
atado a un árbol, cuando un hermoso rosal atrajo su atención. Se
acordó entonces de la promesa hecha a Bella, e inclinándose cortó
una rosa. Inesperadamente, de entre la espesura del rosal, apareció una
bestia horrenda que iba vestida con un bellísimo atuendo; con voz profunda
y terrible le amenazó: " ¡Desagradecido! Te he dado hospitalidad,
has comido en mi mesa y dormido en mi cama y, en señal de agradecimiento,
¿vas y robas mis rosas preferidas? ¡Te mataré por tu falta
de consideración!" El
mercader, aterrorizado, se arrodilló temblando ante la fiera: ¡Perdóname!¡Perdóname
la vida! Haré lo que me pidas! ¡La rosa era para mi hija Bella, a
la que prometí llevársela de mi viaje!" La bestia retiró
su garra del desventurado. " Te dejaré marchar con la condición
de que me traigas a tu hija." El mercader, asustado, prometió obedecerle
y cumplir su orden. Cuando el mercader llegó a casa llorando, fue recibido
por sus tres hijas, pero después de haberles contado su terrorífica
aventura, Bella lo tranquilizó diciendo: " Padre mío, haré
cualquier cosa por ti. No
debes preocuparte, podrás mantener tu promesa y salvar así la vida!
¡Acompáñame hasta el castillo y me quedaré en tu lugar!"
El padre abrazó a su hija: "Nunca he dudado de tu amor por mí.
De momento te doy las gracias por haberme salvado la vida. Esperemos que después..."
De esta manera, Bella llegó al castillo y la Bestia la acogió de
forma inesperada: fue extrañamente gentil con ella. Bella, que al principio
había sentido miedo y horror al ver a la Bestia, poco a poco se dio cuenta
de que, a medida que el tiempo transcurría, sentía menos repulsión.
Le fue asignada la habitación más bonita del castillo y la muchacha
pasaba horas y horas bordando cerca del fuego. La Bestia, sentada cerca de ella,
la miraba en silencio durante largas veladas y, al cabo de cierto tiempo empezó
a decirles palabras amables, hasta que Bella se apercibió sorprendida de
que cada vez le gustaba más su conversación. Los
días pasaban y sus confidencias iban en aumento, hasta que un día
la Bestia osó pedirle a Bella que fuera su esposa. Bella, de momento sorprendida,
no supo qué responder. Pero no deseó ofender a quien había
sido tan gentil y, sobre todo, no podía olvidar que fue ella precisamente
quien salvó con su sacrificio la vida de su padre. "¡No puedo
aceptar!" empezó a decirle la muchacha con voz temblorosa,"Si
tanto lo deseas..." "Entiendo, entiendo. No te guardaré rencor
por tu negativa." La vida siguió como de costumbre y este incidente
no tuvo mayores consecuencias. Hasta que un día la Bestia le regaló
a Bella un bonito espejo de mágico poder. Mirándolo, Bella podía
ver a lo lejos a sus seres más queridos. Al regalárselo, el monstruo
le dijo: "De
esta manera tu soledad no será tan penosa". Bella se pasaba horas
mirando a sus familiares. Al cabo de un tiempo se sintió inquieta, y un
día la Bestia la encontró derramando lágrimas cerca de su
espejo mágico. "¿Qué sucede?" quiso saber el monstruo.
"¡ Mi padre está muy enfermo, quizá muriéndose!
¡Oh! Desearía tanto poderlo ver por última vez!" "¡Imposible!
¡Nunca dejarás este castillo!" gritó fuera de sí
la Bestia, y se fue. Al poco rato volvió y con voz grave le dijo a Bella:
"Si me prometes que a los siete días estarás de vuelta, te
dejaré marchar para que puedas ver a tu padre." ¡Qué
bueno eres conmigo! Has devuelto la felicidad a una hija devota." le agradeció
Bella feliz. El padre, que estaba enfermo más que nada por el desasosiego
de tener a su hija prisionera de la Bestia en su lugar, cuando la pudo abrazar,
de golpe se sintió mejor, y poco a poco se fue recuperando. Los días
transcurrían deprisa y el padre finalmente se levantó de la cama
curado. Bella era feliz y se olvidó por completo de que los siete días
habían pasado desde su promesa. Una noche se despertó sobresaltada
por un sueño terrible. Había visto a la Bestia muriéndose,
respirando con estertores en su agonía, y llamándola: "¡Vuelve!
¡Vuelve conmigo!" Fuese por mantener la promesa que había hecho,
fuese por un extraño e inexplicable afecto que sentía por el monstruo,
el caso es que decidió marchar inmediatamente. "¡Corre, corre
caballito!" decía mientras fustigaba al corcel por miedo de no llegar
a tiempo..Al llegar al castillo subió la escalera y llamó. Nadie
respondió; todas las habitaciones estaban vacías. Bajó al
jardín con el corazón encogido por un extraño presentimiento.
La Bestia estaba allí, reclinada en un árbol, con los ojos cerrados,
como muerta. Bella se abalanzó sobre el monstruo abrazándolo: "No
te mueras! No te mueras! Me casaré contigo!"
Tras
esas palabras, aconteció un prodigio: el horrible hocico de la Bestia se
convirtió en la figura de un hermoso joven. "¡Cuánto
he esperado este momento! Una bruja maléfica me transformó en un
monstruo y sólo el amor de una joven que aceptara casarse conmigo, tal
cual era, podía devolverme mi apariencia normal. Se celebró la boda,
y el joven príncipe quiso que, para conmemorar aquel día, se cultivasen
en su honor sólo rosas en el jardín. He aquí porqué
todavía hoy aquel castillo se llama "El Castillo de la Rosa".
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En
un país muy lejano vivía una bella princesita llamada Blanca Nieves,
que tenía una madrastra, la reina, muy vanidosa.
La
madrastra preguntaba a su espejo mágico y éste respondía: -
Tú eres, oh reina, la más hermosa de todas las mujeres.
Y fueron pasando los años. Un día la reina preguntó como
siempre a su espejo mágico: -
¿Quién es la más bella? Pero
esta vez el espejo contestó: -
La más bella es Blancanieves. Entonces
la reina, llena de ira y de envidia, ordenó a un cazador:
-
Llévate a Blancanieves al bosque, mátala y como prueba de haber
realizado mi encargo, tráeme en este cofre su corazón.
Pero cuando llegaron al bosque el cazador sintió lástima de la inocente
joven y dejó que huyera, sustituyendo su corazón por el de un jabalí. Blancanieves,
al verse sola, sintió miedo y lloró. Llorando y andando pasó
la noche, hasta que, al amanecer llegó a un claro en el bosque y descubrió
allí una preciosa casita.
Entró sin dudarlo. Los muebles eran pequeñísimos y, sobre
la mesa, había siete platitos y siete cubiertos diminutos. Subió
a la alcoba, que estaba ocupada por siete camitas. La pobre Blancanieves, agotada
tras caminar toda la noche por el bosque, juntó todas las camitas y al
momento se quedó dormida. 
Por
la tarde llegaron los dueños de la casa: siete enanitos que trabajaban
en unas minas y se admiraron al descubrir a Blancanieves.Entonces
ella les contó su triste historia. Los enanitos suplicaron a la niña
que se quedase con ellos y Blancanieves aceptó, se quedó a vivir
con ellos y todos estaban felices. Mientras
tanto, en el palacio, la reina volvió a preguntar al espejo: -
¿Quién es ahora la más bella? -
Sigue siendo Blancanieves, que ahora vive en el bosque en la casa de los enanitos...
Furiosa
y vengativa como era, la cruel madrastra se disfrazó de inocente viejecita
y partió hacia la casita del bosque.
Blancanieves estaba sola, pues los enanitos estaban trabajando en la mina. La
malvada reina ofreció a la niña una manzana envenenada y cuando
Blancanieves dio el primer bocado, cayó desmayada.
 Al
volver, ya de noche, los enanitos a la casa, encontraron a Blancanieves tendida
en el suelo, pálida y quieta, creyeron que había muerto y le construyeron
una urna de cristal para que todos los animalitos del bosque pudieran despedirse
de ella.
En
ese momento apareció un príncipe a lomos de un brioso corcel y nada
más contemplar a Blancanieves quedó prendado de ella. Quiso despedirse
besándola y de repente, Blancanieves volvió a la vida, pues el beso
de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de
la malvada reina.
Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina
y desde entonces todos vivieron felices. | 
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Geppetto,
era un viejecito amable y muy simpático, con gran habilidad en el arte
de construir muñecos de madera, esa tarde acababa de terminar uno, y le
estaba dando los últimos retoques. Entonces lo miró y pensó:
¡Qué bonito me ha quedado! ¡Se llamará Pinocho! ¡Me
gustaría que fuera un niño, sería un hijo para mí!
Soñaba el buen hombre, pues no le había dado hijos Dios.
Aquella
noche, mientras Geppetto dormía, llegó un hada buena al taller del
anciano y viendo a Pinocho tan bonito, quiso premiar al buen artista, dando vida
a su muñeco. ¡Qué alegría tuvo Geppetto al día
siguiente, cuando entró en el taller! Pinocho se movía, caminaba,
reía y hasta hablaba como todos los niños.
Geppetto
quería que fuera un niño muy listo por eso mandó a la escuela
a Pinocho, Le acompañaba su amigo Pepito, un grillo bonachón que
el hada había dejado para ayudar a pensar en lo que hacía al muñeco.
Pero, sucedió que Pinocho se hizo amigo de dos niños muy malos y
en lugar de ir al colegio y escuchar los consejos del grillito, iba con ellos
a divertirse y hacer travesuras.Pepito
Grillo estaba muy triste al ver como se comportaba su amiguito.
Pinocho
se marchó de casa buscando aventuras y como dejó de estudiar, le
salieron unas grandes orejas de burro, además cada vez que decía
una mentira se le estiraba la nariz poniéndosele colorada.
Un
día Pepito el Grillo leyó una noticia: Geppetto, que había
salido en busca de su hijo Pinocho en un pequeño bote de vela, había
sido tragado por una enorme ballena. Entonces Pinocho y el grillito, desesperados
se hicieron a la mar para rescatar al pobre ancianito.
Cuando Pinocho estuvo frente a la ballena le pidió que le devolviese a
su papá, pero la enorme ballena abrió muy grande la boca y se lo
tragó también a él. ¡Por fin Geppetto y Pinocho estaban
nuevamente juntos!, Ahora debían pensar cómo salir de la barriga
de la ballena. ¡Ya sé, dijo Pepito hagamos una fogata!, El fuego
hizo estornudar a la enorme ballena, y la balsa salió volando con sus tres
tripulantes.
Pinocho
volvió a casa y se comportó como un niño verdadero, todos
los días iba al colegio y Gepetto estaba orgulloso de él, entonces
el Hada Madrina en recompensa a su bondad lo convirtió en un niño
de carne y hueso, y colorín colorado, este cuento ha terminado. |

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Era se una ves, en que vivia una princesa que adoraba los objetos hechos
de oro su favorito era una bola dorada, en los dias calurosos a la princesa
le agradaba sentarse al lado de un viejo pozo en el fresco bosque, tirando
la bola al aire, un dia la bola se le resbalo de las manos yse le cayo al
pozo, el cual era tan hondo Que la princesa no alcanzaba ver el fondo.
¡Oh
Dios mio nunca la encontrare! , decia la princesa, y comenzo a llorar. De
repente, le llamo una voz, " ¿Que te pasa?" cuando la princesa
miro a su alrededor vio a un sapo con su cabeza fuera del agua "Oh eres
solo tu," dijo ella, bueno si quieres saber, estoy triste porque mi bola
dorada cayo dentro del pozo. "Yo puedo buscarla para ti," dijo
el sapo." ¿Pero que me daras tu en recompenza? "Lo
que tu quieras, sapo. Que tal mis perlas y joyas," sugirió la princesa.
" Oh quisas mi corona dorada?" "Que haria yo con una corona?"
dijo el sapo. "Pero
buscare tu bola si prometes que pueda yo ser tu mejor amigo, y pueda ir a tu casa
a comer e incluso quedarme a dormir. "Esta bien," la princesa accedio.
Pero secretamente, ella pensaba que el sapo estaba hablndo muchas cosas sin
sentido. El
sapo se lanzo profundo dentro del pozo, y pronto volvio con la bola dorada en
su boca. Pero tan pronto como el dejo caer la bola a los pies de la princesa,
ella la cojio y corrio a casa, sin tan siquiera dar gracias. " Espera!"
grito el sapo." Yo no puedo correr tan rapido. "Pero ella no le presto
ninguna atención. La
princesa pronto olvido todo a cerca del sapo, pero al siguiente dia, mientras
ella cenaba con su familia , escucho algo que venia subiendo la escaleras de mármol
del castillo. Luego una voz llamo, "Princesa, habre la puerta!" La curioza
princesa corrio a abrirla, pero cuando ella vio al sapo parado alli, todo verde
y mojado, le cerro la puerta en la cara. El
Rey podia ver que algo pasaba. " Ha venido a atraparte algun gigante? "
Pregunto el Rey. " No padre, es solo un feo sapo," Dijo ella . "
Y que quiere un sapo contigo?" Pregunto el rey. Mientras la princesa
le explicaba, ellos escucharon que volvian a tocar la puerta. "Dejame entrar,
princesa," el sapo suplico. "Te
has olvidado de lo que prometiste en el pozo?" "Si tu haces una promesa,
hija, debes mantenerla. Dejalo entrar," Dijo el Rey. Con una cara larga,la
princesa habrio la puerta. El sapo la siguió hasta la mesa, y dijo, "Levantame
a tu lado." "No seas ridiculo," dijo la princesa, pero el padre
le dio tal mirada que ella cambio de opinión. Pero
la silla no era lo suficientemente alta, asi que el sapo pidio ser levantado para
ser posado sobre la mesa. Y una ves alli, dijo, empuja tu plato dorado mas cerca
para que podamos compartir la comida." La princesa movio su plato ,pero era
claro que no pudo disfrutar el resto de su cena. Una ves el sapo habia comido
lo suficiente, dijo, "Estoy cansado. Cargame arriba para que pueda dormir
en tu cuarto." Solo el pensamiento de compartir su cuarto con el frio y humedo
sapo molesto tanto a la princesa que comenzo a llorar. Pero
el Rey dijo, "Apurate. No esta bien darle la espalda a alguien que te ayudo
cuando estabas en problemas." "Si, padre," dijo la prncesa, y con
mucho cuidado levanto el sapo con dos dedos. Cuando llego a su cuarto, puso al
sapo en la esquina mas lejana de su cama. Pero pronto se dio cuenta que el sapo
salto hacia su lado. "Estoy canzado tambien," dijo el sapo. " Subeme
a la cama, o le dire a tu padre. "
Haci que la princesa lo subio a la cama, y lo puso sobre la almohada. Pero cuando
ella se acosto en la cama, se vio sorprendida de escuchar al sapo llorar bajito.
"Y ahora que te pasa, pequeño sapo?" Pregunto ella. "Todo
lo que siempre quise era un amigo," Replico el sapo." Pero es claro
que no me quieres! Da igual si vuelvo al pozo ." Por esto, la princesa se
sintio muy mal. Ella
se sento en el borde de la cama del sapo. Y le dijo "Sere tu amiga,"
dijo la princesa, y esta ves lo decia de verdad. Después la princesa le
dio a el un beso de buenas noches en su mejilla verde. Instantáneamente,
el sapo se transformo en un muy apuesto principe. La
princesa no pudo haber estado mas sorprendida y a gusto. Claro, el principe y
la princesa se convirtieron en muy buenos amigos. Y unos cuantos años después,
se casaron, y vivieron muy felices por siempre. | 
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Hubo
una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda
impertinente con dos hijas a cual más fea. Era ella quien hacía
los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre tan
manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta.
Un día el Rey de aquel país anunció que iba a dar una gran
fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino. Tú
Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando
el suelo y preparando la cena para cuando volvamos.
Llegó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus
hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina
no pudo reprimir sus sollozos. 
¿Por
qué seré tan desgraciada? -exclamó-. De
pronto se le apareció su Hada Madrina.No te preocupes -exclamó el
Hada-. Tu también podrás ir al baile, pero con una condición,
que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que
regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó
en una maravillosa joven.
La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar
en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó
con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién
sería aquella joven.
En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio
las doce. -
¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-.
Como
una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata
perdiendo en su huída un zapato, que el Rey recogió asombrado.
 
Para encontrar a la bella joven, el Rey ideó un plan. Se casaría
con aquella que pudiera calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer
todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una
a quien le fuera bien el zapatito.
Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras
no pudieron calzar el zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor
que le estaba perfecto.
Y así sucedió que el Príncipe se casó con la joven
y vivieron muy felices. 
FIN |

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Èrase
una vez... una reina que dio a luz una niña muy hermosa. Al bautismo invitó
a todas las hadas de su reino, pero se olvidó, desgraciadamente, de invitar
a la más malvada.
A pesar de ello, esta hada maligna se presentó igualmente al castillo y,
al pasar por delante de la cuna de la pequeña, dijo despechada: "¡A
los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás!"
Un hada buena que había cerca, al oír el maleficio, pronunció
un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena: al pincharse
en vez de morir, la muchacha permanecería dormida durante cien años
y solo el beso de un joven príncipe la despertaría de su profundo
sueño. Pasaron los años y la princesita se convirtió en la
muchacha más hermosa del reino.
El rey había ordenado quemar todos los husos del castillo para que la princesa
no pudiera pincharse con ninguno. No obstante, el día que cumplía
los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar del castillo
que todos creían deshabitado, y donde una vieja sirvienta, desconocedora
de la prohibición del rey, estaba hilando. Por curiosidad, la muchacha
le pidió a la mujer que le dejara probar. "No es fácil hilar
la lana", le dijo la sirvienta. "Mas si tienes paciencia te enseñaré."
La maldición del hada malvada estaba a punto de concretarse. La princesa
se pinchó con un huso y cayó fulminada al suelo como muerta. Médicos
y magos fueron llamados a consulta. Sin embargo, ninguno logró vencer el
maleficio. Las hadas buenas sabedora de lo ocurrido, corrieron a palacio para
consolar a su amiga la reina.
La
encontraron llorando junto a la cama llena de flores donde estaba tendida la princesa.
"¡No morirá! ¡Puedes estar segura!" la consoló,
"Solo que por cien años ella dormirá" La reina, hecha
un mar de lágrimas, exclamó: "¡Oh, si yo pudiera dormir!"
Entonces, el hada buena pensó: 'Si con un encantamiento se durmieran todos,
la princesa, al despertar encontraría a todos sus seres queridos a su entorno.'
La varita dorada del hada se alzó y trazó en el aire una espiral
mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron. "
¡Dormid tranquilos! Volverémos dentro de cien años para vuestro
despertar." dijo el hada echando un último vistazo al castillo, ahora
inmerso en un profundo sueño. En
el castillo todo había enmudecido, nada se movía con vida. Péndulos
y relojes repiquetearon hasta que su cuerda se acabó. El tiempo parecía
haberse detenido realmente. Alrededor del castillo, sumergido en el sueño,
empezó a crecer como por encanto, un extraño y frondoso bosque con
plantas trepadoras que lo rodeaban como una barrera impenetrable. En el transcurso
del tiempo, el castillo quedó oculto con la maleza y fue olvidado de todo
el mundo. Pero al término del siglo, un príncipe, que perseguía
a un jabalí, llegó hasta sus alrededores. El animal herido, para
salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de
los zarzales que rodeaban el castillo. El príncipe descendió de
su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino.
Avanzaba lentamente porque la maraña era muy densa. Descorazonado, estaba
a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio... Siguió avanzando
hasta llegar al castillo. El puente levadizo estaba bajado. Llevando al caballo
sujeto por las riendas, entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos
en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó con horror que estaban
muertos, Luego se tranquilizó al comprobar que solo estaban dormidos. "¡Despertad!
¡Despertad!", chilló una y otra vez, pero en vano. Cada vez
más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la
habitación donde dormía la princesa. Durante mucho rato contempló
aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón
el amor que siempre había esperado en vano.
Emocionado,
se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la
besó... Con aquel beso, de pronto la muchacha se desesperezó y abrió
los ojos, despertando del larguísimo sueño. Al ver frente a sí
al príncipe, murmuró: ¡Por fin habéis llegado! En mis
sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado." El encantamiento
se había roto. La princesa se levantó y tendió su mano al
príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se levantaron,
mirándose sorprendidos y diciéndose qué era lo que había
sucedido. Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa,
más hermosa y feliz que nunca.
Al cabo de unos días, el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio,
se llenó de cantos, de música y de alegres risas con motivo de la
boda. FIN. |

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Como
cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del
corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más
guapos de todos.
Llegó el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco
a poco y todos se congregaron ante el nido para verles por primera vez. Uno
a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno acompañado
por los gritos de alborozo de la Señora Pata y de sus amigas. Tan contentas
estaban que tardaron un poco en darse
cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún no se había
abierto.
Todos concentraron su atención en el huevo que permanecía intacto,
incluso los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo de
movimiento.
Al poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente
pato, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!, muchísimo
más feo y desgarbado que los otros seis...
La Señora Pata se moría de vergüenza por haber tenido un patito
tan feísimo y le apartó con el ala mientras prestaba atención
a los otros seis.
El patito se quedó tristísimo porque se empezó a dar cuenta
de que allí no le querían...
Pasaron los días y su aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba, pues
crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado, además de
bastante torpe el pobrecito.
Sus
hermanos le jugaban pesadas bromas y se reían constantemente de él
llamándole feo y torpe.
El patito decidió que debía buscar un lugar donde pudiese encontrar
amigos que de verdad le quisieran a pesar de su desastroso aspecto y una mañana
muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huyó por un agujero
del cercado.
Así llegó a otra granja, donde una vieja le recogió y el
patito feo creyó que había encontrado un sitio donde por fin le
querrían y cuidarían, pero se equivocó también, porque
la vieja era mala y sólo quería que el pobre patito le sirviera
de primer plato. También se fue de aquí corriendo.
Llegó el invierno y el patito feo casi se muere de hambre pues tuvo que
buscar comida entre el hielo y la nieve y tuvo que huir de cazadores que pretendían
dispararle.
Al fin llegó la primavera y el patito pasó por un estanque donde
encontró las aves más bellas que jamás había visto
hasta entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción
que se sintió totalmente acomplejado porque él era muy torpe. De
todas formas, como no tenía nada que perder se acercó a ellas y
les preguntó si podía bañarse también.
Los cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito vio en el estanque, le respondieron: -
¡Claro que sí, eres uno de los nuestros!
A lo que el patito respondió: -¡No
os burléis de mí!. Ya sé que soy feo y desgarbado, pero no
deberíais reír por eso... -
Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y verás cómo no
te mentimos.
El patito se introdujo incrédulo en el agua transparente y lo que vio le
dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno se había transformado
en un precioso cisne!. Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más
blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque.
Así fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz
para siempre. FIN |

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Pulgarsito

Érase
una vez un pobre campesino. Una noche se encontraba sentado, atizando el fuego,
mientras que su esposa hilaba sentada junto a él. Ambos se lamentaban de
hallarse en un hogar sin niños. -¡Qué
triste es no tener hijos! -dijo él-. En esta casa siempre hay silencio,
mientras que en los demás hogares hay tanto bullicio y alegría...
-¡Es verdad!
-contestó la mujer suspirando-. Si por lo menos tuviéramos uno,
aunque fuese muy pequeño y no mayor que el pulgar, seríamos felices
y lo querríamos de todo corazón. Y
entonces sucedió que la mujer se indispuso y, después de siete meses,
dio a luz a un niño completamente normal en todo, si exceptuamos que no
era más grande que un dedo pulgar. -Es
tal como lo habíamos deseado. Va a ser nuestro hijo querido. Y
debido a su tamaño lo llamaron Pulgarcito. No le escatimaron la comida,
pero el niño no creció y se quedó tal como era en el momento
de nacer. Sin embargo, tenía una mirada inteligente y pronto dio muestras
de ser un niño listo y hábil, al que le salía bien cualquier
cosa que se propusiera. Un
día, el campesino se aprestaba a ir al bosque a cortar leña y dijo
para sí: -Ojalá
tuviera a alguien que me llevase el carro. -¡Oh,
padre! -exclamó Pulgarcito- ¡Ya te llevaré yo el carro! ¡Puedes
confiar en mí! En el momento oportuno lo tendrás en el bosque. El
hombre se echó a reír y dijo: -¿Cómo
podría ser eso? Eres demasiado pequeño para llevar de las bridas
al caballo. -¡Eso
no importa, padre! Si mamá lo engancha, yo me pondré en la oreja
del caballo y le iré diciendo al oido por dónde ha de ir. -¡Está
bien! -contestó el padre-, probaremos una vez. Cuando
llegó la hora, la madre enganchó el carro y colocó a Pulgarcito
en la oreja del caballo, donde el pequeño se puso a gritarle por dónde
tenía que ir, tan pronto con un "¡Heiii!", como con un
"¡Arre!". Todo fue tan bien como si un conductor de experiencia
condujese el carro, encaminándose derecho hacia el bosque. Sucedió
que, justo al doblar un recodo del camino, cuando el pequeño iba gritando
"¡Arre! ¡Arre!" , acertaron a pasar por allí dos
forasteros. -¡Cómo
es eso! -dijo uno- ¿Qué es lo que pasa? Ahí va un carro,
y alguien va arreando al caballo; sin embargo no se ve a nadie conduciéndolo.
-Todo es muy
extraño -dijo el otro-. Vamos a seguir al carro para ver dónde se
para. Pero el
carro se internó en pleno bosque y llegó justo al sitio donde estaba
la leña cortada. Cuando Pulgarcito vio a su padre, le gritó: -¿Ves,
padre? Ya he llegado con el carro. Bájame ahora del caballo. El
padre tomó las riendas con la mano izquierda y con la derecha sacó
a su hijo de la oreja del caballo. Pulgarcito se sentó feliz sobre una
brizna de hierba. Cuando los dos forasteros lo vieron se quedaron tan sorprendidos
que no supieron qué decir. Ambos se escondieron, diciéndose el uno
al otro: -Oye,
ese pequeñín bien podría hacer nuestra fortuna si lo exhibimos
en la ciudad y cobramos por enseñarlo. Vamos a comprarlo. Se
acercaron al campesino y le dijeron: -Véndenos
al pequeño; estará muy bien con nosotros. -No
-respondió el padre- es mi hijo querido y no lo vendería ni por
todo el oro del mundo. Pero
al oír esta propuesta, Pulgarcito trepó por los pliegues de la ropa
de su padre, se colocó sobre su hombro y le susurró al oído:
-Padre, véndeme,
que ya sabré yo cómo regresar a casa. Entonces,
el padre lo entregó a los dos hombres a cambio de una buena cantidad de
dinero. -¿Dónde
quieres sentarte? -le preguntaron. -¡Da
igual ! Colocadme sobre el ala de un sombrero; ahí podré pasearme
de un lado para otro, disfrutando del paisaje, y no me caeré. Cumplieron
su deseo y, cuando Pulgarcito se hubo despedido de su padre, se pusieron todos
en camino. Viajaron hasta que anocheció y Pulgarcito dijo entonces: -Bájadme
un momento; tengo que hacer una necesidad. -No,
quédate ahí arriba -le contestó el que lo llevaba en su cabeza-.
No me importa. Las aves también me dejan caer a menudo algo encima. -No
-respondió Pulgarcito-, yo también sé lo que son las buenas
maneras. Bajadme inmediatamente. El
hombre se quitó el sombrero y puso a Pulgarcito en un sembrado al borde
del camino. Por un momento dio saltitos entre los terrones de tierra y, de repente,
se metió en una madriguera que había localizado desde arriba. -¡Buenas
noches, señores, sigan sin mí! -les gritó con un tono de
burla. Los hombres
se acercaron corriendo y rebuscaron con sus bastones en la madriguera del ratón,
pero su esfuerzo fue inútil. Pulgarcito se arrastró cada vez más
abajo y, como la oscuridad no tardó en hacerse total, se vieron obligados
a regresar, burlados y con las manos vacías. Cuando
Pulgarcito advirtió que se habían marchado, salió de la madriguera.
-Es peligroso
atravesar estos campos de noche -pensó-; sería muy fácil
caerse y romperse un hueso. Por
fortuna tropezó con una concha vacía de caracol. -¡Gracias
a Dios! -exclamó- Ahí podré pasar la noche con tranquilidad.
Y se metió
dentro del caparazón. Un momento después, cuando estaba a punto
de dormirse, oyó pasar a dos hombres; uno de ellos decía: -¿Cómo
haremos para robarle al cura rico todo su oro y su palta? -¡Yo
podría decírtelo! -se puso a gritar Pulgarcito. -¿Qué
fue eso? -dijo uno de los espantados ladrones-; he oído hablar a alguien.
Se quedaron quietos
escuchando, y Pulgarcito insistió: -Llévadme
con vosotros y os ayudaré. -¿Dónde
estás? -Buscad
por la tierra y fijaos de dónde viene la voz -contestó. Por
fin los ladrones lo encontraron y lo alzaron hasta ellos. -A
ver, pequeñajo, ¿cómo vas a ayudarnos? -¡Escuchad!
Yo me deslizaré por las cañerías hasta la habitación
del cura y os iré pasando todo cuanto queráis. -¡Está
bien! Veremos qué sabes hacer. Cuando
llegaron a la casa del cura, Pulgarcito se introdujo en la habitación y
se puso a gritar con todas sus fuerzas. -¿Quereis
todo lo que hay aquí? Los
ladrones se estremecieron y le dijeron: -Baja
la voz para que nadie se despierte. Pero
Pulgarcito hizo como si no entendiera y continuó gritando: -¿Qué
queréis? ¿Queréis todo lo que hay aquí? La
cocinera, que dormía en la habitación de al lado, oyó estos
gritos, se incorporó en su cama y se puso a escuchar, pero los ladrones
asustados se habían alejado un poco. Por fin recobraron el valor diciéndose:
-Ese pequeñajo
quiere burlarse de nosotros. Regresaron
y le susurraron: -Vamos,
nada de bromas y pásanos alguna cosa. Entonces,
Pulgarcito se puso a gritar de nuevo con todas sus fuerzas: -Sí,
quiero daros todo; sólo tenéis que meter las manos. La
cocinera, que ahora oyó todo claramente, saltó de su cama y se acercó
corriendo a la puerta. Los ladrones, atemorizados, huyeron como si los persiguiese
el diablo, y la criada, que no veía nada, fue a encender una vela. Cuando
regresó, Pulgarcito, sin ser descubierto, se había escondido en
el pajar. La sirvienta, después de haber registrado todos los rincones
y no encontrar nada, acabó por volver a su cama y supuso que había
soñado despierta. Pulgarcito
había trepado por la paja y en ella encontró un buen lugar para
dormir. Quería descansar allí hasta que se hiciese de día
para volver luego con sus padres, pero aún habrían de ocurrirle
otras muchas cosas antes de poder regresar a su casa. Como
de costumbre, la criada se levantó antes de que despuntase el día
para dar de comer a los animales. Fue primero al pajar, y de allí tomó
una brazada de heno, precisamente del lugar en donde dormía Pulgarcito.
Estaba tan profundamente dormido que no se dio cuenta de nada, y no despertó
hasta que estuvo en la boca de la vaca que se había tragado el heno. -¡Oh,
Dios mío! -exclamó-. ¿Cómo he podido caer en este
molino? Pero
pronto se dio cuenta de dónde se encontraba. No pudo hacer otra cosa sino
evitar ser triturado por los dientes de la vaca; mas no pudo evitar resbalar hasta
el estómago. -En
esta habitación tan pequeña se han olvidado de hacer una ventana
-se dijo-, y no entra el sol y tampoco veo ninguna luz. Este
lugar no le gustaba nada, y lo peor era que continuamente entraba más paja
por la puerta, por lo que el espacio iba reduciéndose cada vez más.
Entonces, presa del pánico, gritó con todas sus fuerzas: -¡No
me traigan más forraje! ¡No me traigan más forraje! La
moza estaba ordeñando a la vaca cuando oyó hablar sin ver a nadie,
y reconoció que era la misma voz que había escuchado por la noche.
Se asustó tanto que cayó del taburete y derramó toda la leche.
Corrió entonces a toda velocidad hasta donde se encontraba su amo y le
dijo: -¡Ay,
señor cura, la vaca ha hablado! -¡Estás
loca! -repuso el cura. Y
se dirigió al establo a ver lo que ocurría; pero, apenas cruzó
el umbral, cuando Pulgarcito se puso a gritar de nuevo: -¡No
me traigan más forraje! ¡No me traigan más forraje! Ante
esto, el mismo cura también se asustó, suponiendo que era obra del
diablo, y ordenó que se matara a la vaca. Entonces la vaca fue descuartizada
y el estómago, donde estaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estiercol.
Nuestro amigo hizo ímprobos esfuerzos por salir de allí y, cuando
ya por fin empezaba a sacar la cabeza, le aconteció una nueva desgracia.
Un lobo hambriento, que acertó a pasar por el lugar, se tragó el
estómago de un solo bocado. Pulgarcito no perdió los ánimos.
«Quizá -pensó- este lobo sea comprensivo». Y, desde
el fondo de su panza, se puso a gritarle: -¡Querido
lobo, sé donde hallar un buena comida para ti! -¿Adónde
he de ir? -preguntó el lobo. -En
tal y tal casa. No tienes más que entrar por la trampilla de la cocina
y encontrarás tortas, tocino y longanizas, tanto como desees comer. Y
Pulgarcito le describió minuciosamente la casa de sus padres. El
lobo no necesitó que se lo dijeran dos veces. Por la noche entró
por la trampilla de la cocina y, en la despensa, comió de todo con inmenso
placer. Cuando estuvo harto, quiso salir, pero había engordado tanto que
ya no cabía por el mismo sitio. Pulgarcito, que lo tenía todo previsto,
comenzó a patalear y a gritar dentro de la barriga del lobo. -¿Te
quieres estar quieto? -le dijo el lobo-. Vas a despertar a todo el mundo. -¡Ni
hablar! -contestó el pequeño-. ¿No has disfrutado bastante
ya? Ahora yo también quiero divertirme. Y
se puso de nuevo a gritar con todas sus fuerzas. Los chillidos despertaron finalmente
a sus padres, quienes corrieron hacia la despensa y miraron por una rendija. Cuando
vieron al lobo, el hombre corrió a buscar el hacha y la mujer la hoz. -Quédate
detrás de mí -dijo el hombre al entrar en la despensa-. Primero
le daré un golpe con el hacha y, si no ha muerto aún, le atizarás
con la hoz y le abrirás las tripas. Cuando
Pulgarcito oyó la voz de su padre, gritó: -¡Querido
padre, estoy aquí; aquí, en la barriga del lobo! -¡Gracias
a Dios! -dijo el padre-. ¡Ya ha aparecido nuestro querido hijo! Y
le indicó a su mujer que no usara la hoz, para no herir a Pulgarcito. Luego,
blandiendo el hacha, asestó al lobo tal golpe en la cabeza que éste
cayó muerto. Entonces fueron a buscar un cuchillo y unas tijeras, le abrieron
la barriga al lobo y sacaron al pequeño. -¡Qué
bien! -dijo el padre-. ¡No sabes lo preocupados que estábamos por
ti! -¡Sí,
padre, he vivido mil aventuras. ¡Gracias a Dios que puedo respirar de nuevo
aire freco! -Pero,
¿dónde has estado? -¡Ay,
padre!, he estado en la madriguera de un ratón, en el estómago de
una vaca y en la barriga de un lobo. Ahora estoy por fin con vosotros. -Y
no te volveremos a vender ni por todo el oro del mundo. Y
abrazaron y besaron con mucho cariño a su querido Pulgarcito; le dieron
de comer y de beber, lo bañaron y le pusieron ropas nuevas, pues las que
llevaba se habían estropeado en su accidentado viaje. FIN |

El
Soldadito de Plomo 
Había
una vez un juguetero que fabricó un ejército de soldaditos de plomo,
muy derechos y elegantes. Cada uno llevaba un fusil al hombro, una chaqueta roja,
pantalones azules y un sombrero negro alto con una insignia dorada al frente.
Al juguetero no le alcanzó el plomo para el último soldadito y lo
tuvo que dejar sin una pierna. Pronto, los soldaditos
se encontraban en la vitrina de una tienda de juguetes. Un señor los compró
para regalárselos a su hijo de cumpleaños. Cuando el niño
abrió la caja, en presencia de sus hermanos, el soldadito sin pierna le
llamó mucho la atención. El soldadito se encontró de pronto
frente a un castillo de cartón con cisnes flotando a su alrededor en un
lago de espejos. Frente a la entrada había
una preciosa bailarina de papel. Llevaba una falda rosada de tul y una banda azul
sobre la que brillaba una lentejuela. La bailarina tenía los brazos alzados
y una pierna levantada hacia atrás, de tal manera que no se le alcanzaba
a ver. ¡Era muy hermosa!
"Es la chica para
mí", pensó el soldadito de plomo, convencido de que a la bailarina
le faltaba una pierna como a él. Esa noche, cuando ya todos en la casa
se habían ido a dormir, los juguetes comenzaron a divertirse. El cascanueces
hacía piruetas mientras que los demás juguetes bailaban y corrían
por todas partes. Los únicos juguetes que no
se movían eran el soldadito de plomo y la hermosa bailarina de papel. Inmóviles,
se miraban el uno al otro. De repente, dieron las doce de la noche. La tapa de
la caja de sorpresas se abrió y de ella saltó un duende con expresión
malvada. -¿Tú qué miras, soldado?
-gritó. El soldadito siguió con la mirada fija al frente. -Está
bien. Ya verás lo que te pasará mañana -anunció el
duende. A la mañana siguiente, el niño
jugó un rato con su soldadito de plomo y luego lo puso en el borde de la
ventana, que estaba abierta. A lo mejor fue el viento, o quizás fue el
duende malo, lo cierto es que el soldadito de plomo se cayó a la calle. El
niño corrió hacia la ventana, pero desde el tercer piso no se alcanzaba
a ver nada. -¿Puedo bajar a buscar a mi soldadito?
-preguntó el niño a la criada. Pero ella se negó, pues estaba
lloviendo muy fuerte para que el niño saliera. La criada cerró la
ventana y el niño tuvo que resignarse a perder su juguete. Afuera,
unos niños de la calle jugaban bajo la lluvia. Fueron ellos quienes encontraron
al soldadito de plomo cabeza abajo, con el fusil clavado entre dos adoquines. -¡Hagámosle
un barco de papel! -gritó uno de los chicos. Llovía tan fuerte que
se había formado un pequeño río por los bordes de las calles.
Los chicos hicieron un barco con un viejo periódico, metieron al soldadito
allí y lo pusieron a navegar. El sodadito permanecía
erguido mientras el barquito de papel se dejaba llevar por la corriente. Pronto
se metió en una alcantarilla y por allí siguió navegando. "¿A
dónde iré a parar?" pensó el soldadito. "El culpable
de esto es el duende malo. Claro que no me importaría si estuviera conmigo
la hermosa bailarina." En ese momento, apareció
una rata enorme. -¡Alto ahí! -gritó
con voz chillona-. Págame el peaje. Pero el
soldadito de plomo no podía hacer nada para detenerse. El barco de papel
siguió navegando por la alcantarilla hasta que llegó al canal. Pero,
ya estaba tan mojado que no pudo seguir a flote y empezó a naufragar. Por
fin, el papel se deshizo completamente y el erguido soldadito de plomo se hundió
en el agua. Justo antes de llegar al fondo, un pez gordo se lo tragó. -¡Qué
oscuro está aquí dentro! -dijo el soldadito de plomo-. ¡Mucho
más oscuro que en la caja de juguetes! El pez,
con el soldadito en el estómago, nadó por todo el canal hasta llegar
al mar. El soldadito de plomo extrañaba la habitación de los niños,
los juguetes, el castillo de cartón y extrañaba sobre todo a la
hermosa bailarina. "Creo que no los volveré
a ver nunca más", suspiró con tristeza. El soldadito de plomo
no tenía la menor idea de dónde se hallaba. Sin embargo, la suerte
quiso que unos pescadores pasaran por allí y atraparan al pez con su red. El
barco de pesca regresó a la ciudad con su cargamento. Al poco tiempo, el
pescado fresco ya estaba en el mercado; justo donde hacía las compras la
criada de la casa del niño. Después de mirar la selección
de pescados, se decidió por el más grande: el que tenía al
soldadito de plomo adentro. La criada regresó
a la casa y le entregó el pescado a la cocinera. -¡Qué
buen pescado! -exclamó la cocinera. Enseguida,
tomó un cuchillo y se dispuso a preparar el pescado para meterlo al horno.
-Aquí hay algo duro -murmuró. Luego,
llena de sorpresa, sacó al soldadito de plomo. La
criada lo reconoció de inmediato. -¡Es
el soldadito que se le cayó al niño por la ventana! -exclamó. El
niño se puso muy feliz cuando supo que su soldadito de plomo había
aparecido. El soldadito, por su parte, estaba un poco aturdido. Había pasado
tanto tiempo en la oscuridad. Finalmente, se dio cuenta de que estaba de nuevo
en casa. En la mesa vio los mismos juguetes de siempre, y también el castillo
con el lago de espejos. Al frente estaba la bailarina, apoyada en una pierna.
Habría llorado de la emoción si hubiera tenido lágrimas,
pero se limitó a mirarla. Ella lo miraba también. De
repente, el hermano del niño agarró al soldadito de plomo diciendo: -Este
soldado no sirve para nada. Sólo tiene una pierna. Además, apesta
a pescado. Todos vieron aterrados cómo el muchacho
arrojaba al soldadito de plomo al fuego de la chimenea. El soldadito cayó
de pie en medio de las llamas. Los colores de su uniforme desvanecían a
medida que se derretía. De pronto, una ráfaga de viento arrancó
a la bailarina de la entrada del castillo y la llevó como a un ave de papel
hasta el fuego, junto al soldadito de plomo. Una llamarada la consumió
en un segundo. A la mañana siguiente, la criada
fue a limpiar la chimenea. En medio de las cenizas encontró un pedazo de
plomo en forma de corazón. Al lado, negra como el carbón, estaba
la lentejuela de la bailarina. FIN
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