Volver Pentecostés

 

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

        El relato bíblico más bello sobre la manifestación de Pentecostés lo encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. En este libro se nos presenta la espera de los apóstoles, en oración, para recibir la promesa del Espíritu Santo. Se nos narra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles con una nota muy peculiar, María, la madre de Jesús, en medio de ellos. Y con mucho poder de lo alto se nos presenta la predicación de los apóstoles, con valentía, sin miedo y con autoridad. Como señal sobresaliente y punto muy importante vemos la formación de la naciente Iglesia en aquellas primeras comunidades cristianas su forma de vida y su amor incondicional. Todo esto, querido hermano, lo puedes leer en el primer y segundo capítulo de este escrito inspirado que se llama "Los Hechos de los apóstoles" (Hechos 1:1-26 y 2: 1-47).

        La fiesta de Pentecostés no es una mera recordación de este acontecimiento relatado en el libro sagrado; es que el Señor quiere que cada uno participe de la vida de Cristo y llegue a ser testigo vivo de esa vida para sus familiares, amigos y conocidos. En realidad, todo cristiano está llamado a ser una señal viva de que Jesucristo ha vencido al pecado y que ahora reina como Señor de todo lo que existe. En el bautismo, los cristianos morimos con Cristo para luego "vivir una vida nueva". "Así, pues, por el bautismo fuimos enterrados juntos con Cristo y para compartir su muerte para que, al igual que Cristo, que fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, asimismo nosotros vallamos a vivir una vida nueva" (Romanos 6:4).

        Le conocemos diferentes nombres a la tercera persona de la Santísima Trinidad, lo que nos lleva a pensar en su acción divina en favor nuestro: Espíritu de verdad, Poder de lo alto, Consolador, Guía, Defensor, todos estos y otros títulos que encontramos en la Escritura señalan que el Espíritu Santo no es solamente un comunicador de información. Su acción derrite el corazón humano y nos mueve a amar a Jesús y al prójimo cada vez más. Estas son cosas que suceden, a veces, en situaciones muy corrientes. Tal vez usted se haya molestado con su marido o su esposa, pero de repente siente como una indicación de que es mejor cambiar el tono de voz. O posiblemente se sienta movido a iniciar una conversación con alguien y más tarde usted reflexione pensando, "No sé que me pasó, pero me alegro de haberlo hecho". O bien puede estar leyendo la Escritura, por ejemplo "la parábola del hijo pródigo" y sin pensarlo se da cuenta de que usted ha sido tan terco y soberbio como el hijo mayor. Si estos pensamientos le producen paz interior y le llevan a sentirse contento, es muy probable que sea el Espíritu el que le esté hablando.

        En la Pascua de Resurrección, Jesús sopló el Espíritu Santo sobre sus discípulos y los creó de nuevo, de igual manera en que el Padre sopló la vida sobre nuestros primeros padres (Juan 20:22; Génesis 2:7). Por el poder del Espíritu, cada uno puede iniciar ahora una vida nueva y salir de toda forma de pecado, adicción y esclavitud. El Espíritu Santo ha venido a comunicarnos una nueva dignidad, la de los hijos de Dios; ha venido a transformarnos en tal medida que realmente uno puede adoptar la personalidad del propio Cristo.

        Jesús fue el "grano de trigo" que tenía que morir para dar "abundante cosecha" (Juan 12:24). Este grano, plantado el Viernes Santo, ha producido una magnífica cosecha: una humanidad creada de nuevo que piensa, ama y decide en unión con Dios Todopoderoso. Cada uno de nosotros está llamado a formar parte de esta nueva humanidad, para lo cual hay que invitar al Espíritu Santo a nuestra vida cotidiana. Esta es la única manera para llegar a ser como Cristo en el mundo.

        El Espíritu Santo tiene la misión de conducirnos constantemente a un encuentro diario y personal con el Señor, para lo cual examina el alma del cristiano, juzga todo lo que esté iluminado y todo lo que esté oscuro, lo perdona, lo sana y le asegura su amor. Cuando el Espíritu actúa en uno, la palabra de la Escritura cobra vida, al punto de que nos traspasa el corazón con el poderoso amor de Dios y nos llena del deseo de responder adecuadamente a ese amor.

        Por el Espíritu Santo, Dios quiere comunicarnos la gracia necesaria para comprender su voluntad, preferirla ante la nuestra y decidirnos a hacerla. El mismo Espíritu que le dio fuerza a San Pedro para proclamar la resurrección de Jesús con tanta valentía, el mismo Espíritu que le infundió a San Pablo el valor y la persistencia para predicar por todo el Imperio Romano, el mismo Espíritu Santo que fue el sustento y la fuerza de la Virgen María todos los días de su vida, ese mismo Espíritu es el que está actuando poderosamente en todos los fieles cristianos que viven su fe. Hermano, deja que el Espíritu Santo venga a dirigirte no solamente en Pentecostés sino en todos los días de tu vida y hasta la eternidad.