"Busquen a Yavé, ahora que lo pueden encontar, llámenlo, ahora que está cerca. Que el malvdo deje su mala conducta y el criminal sus proyectos. Vuélvase a Yavé, que tendrá piedad de él, a nuestro Dios, que está siempre dispuesto a perdonar". (Isaías 55: 6-7) 

Reflexiones

Si le interesa leer un tema en particular haga un "Click" y lo tendrá en pantalla ...

  1. Huesos Secos                                                  

  2. La Palabra de Dios                                      

  3. Alguien habita en mi Corazón                       

  4. Mi Relación con Dios                                         

  5. Un Rostro Glorificado                                   

  6. Vivir el día de Hoy                                         

  7. Orando con la Iglesia en Cuaresma               

  8. Virtud Teórica o Práctica                              

  9. Camino de Conversión                                   

  10. Conversión Permanente                                 

  11. Guiados por el Espíritu Santo                         

  12. Nuevo estilo de Vida                                      

  13. Vocación Universal a la Santidad                   

  14. Amor al Prójimo                                           

  15. Conserva a tus amigos                                  

  16. Dominio Propio                                               

  17. Desear la Eternidad

  18. Temor a la Muerte

  19. Ser devoto y ser malo

  20. La Santísima Trinidad

  21. La Voluntad de Dios Activa o Permisiva

  22. Orando con la Iglesia

  23. Muriendo a nosotros mismos

  24. Orando con la Iglesia II

  25. Quejas de Dios

  26. Orando con la Iglesia en Pascua

  27. Fatiga Inútil

  28. El Santificador

  29. Estábamos Muertos

  30. Nacer de Nuevo

  31. La Nueva Era

  32. Santa María Madre de Dios

  33. Morir para Vivir

  34. Santos Modernos

  35. Viviré entre ellos

  36. Corpus Christi

  37. El Señor Resucitó

  38. Amense

  39. Solemnidades

  40. Pecador Arrepentido

  41. La Oración

  42. Quédate Señor Conmigo

  43. No Pierdas la Confianza

  44. Esperanza que Purifica

  45. Sal y Luz

  46. Demos Gracias al Señor

  47. Alabemos al Señor


     Algunas personas nos han escrito sugiriéndonos que pongamos más enseñanzas, temas de formación y de espiritualidad en nuestra página de Internet, sugerencia que nos agrada mucho y más aún lo teníamos en mente hace algún tiempo. Lamentablemente, por razones de salud en los miembros que componemos este ministerio, no lo habíamos logrado.

     Bajo el link "reflexiones", desde nuestra página principal, usted podrá acceder los diferentes temas que irán apareciendo de ahora en adelante. Puede además encontrar en el link "Nuevo" las noticias, sucesos y actividades que puedan ser de interés para la comunidad parroquial y para los que nos visitan y comparten con nosotros. También puedes conectarte con El Vaticano. 

     Esperamos complacer, en lo posible, las peticiones de enseñanza y de oración y así poner un granito de arena en la evangelización de la Iglesia usando este medio innovador de la Internet.

           Algunas meditaciones para crecimiento espiritual ...

 

Orando con la Iglesia en Cuaresma

Por Hno. Pascual Perez, H.Ch.

     En la oración de la Iglesia, al comenzar la Santa Cuaresma, se nos invita a la penitencia, a la oración, de forma especial a la reconciliación, a las obras de caridad, al ayuno y a la limosna, pero sobre todo a buscar un encuentro personal con el Señor. En el rezo del primer domingo de la Cuaresma encontramos la siguiente plegaria: "Insigne defensor de nuestra causa, Señor y Salvador del pueblo humano, acoge nuestras súplicas humildes, perdona nuestras culpas y pecados". Con esa actitud debe, cada uno de nosotros los cristianos, comenzar este tiempo de gracia y misericordia del Señor. No de manera rutinaria o para cumplir con lo designado por la Iglesia: mayor oración, penitencia y reconciliación, sino porque estamos convencidos de que "sin santidad nadie verá al Señor".

     "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios", leíamos en el evangelio del primer domingo de Cuaresma. Por eso tenemos que fortalecernos con la Palabra Divina y comer del augusto sacramento del altar, la Eucaristía, que Jesús nos ofrece de forma misericordiosa durante este tiempo para alimentar nuestra alma y fortalecernos contra le pecado como vemos en el evangelio que contiene el relato de las tentaciones de Jesús. En la oración de la Liturgia de la Horas recitamos: "Te pedimos, Señor todopoderoso, que las celebraciones y las penitencias de esta Cuaresma nos ayuden a progresar en el camino de nuestra conversión: así conoceremos mejor y viviremos con mayor plenitud las riquezas inagotables del misterio de Cristo. Que vive y reina contigo".

     En el texto sagrado de esta misma semana, la primera semana de Cuaresma, encontramos el significado más claro y bello que tiene este tiempo especial de sacrificio por y para el Señor. "Fue llevado Jesús por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio, y, después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre". Cuarenta = a Cuaresma. Queda claro en el evangelio cuál es el propósito de la Cuaresma. Jesús ayunó, hizo sacrificio, pasó hambre y sintió hambre, pero también fue tentado y no una vez sino tres veces, pero la lección para nosotros es que aprovechando al máximo nuestra Cuaresma venceremos la tentación, venceremos al tentador, lo echaremos fuera como lo hizo Jesús. Para eso es este tiempo de gracia del Señor para fortalecer nuestra vida espiritual y así alcanzar la Pascua de la Resurrección en la que gozaremos y permaneceremos con El para siempre.

     Te invito a que lo tomes muy en serio y aproveches este tiempo a su máxima capacidad. Imita a Jesús, vive lo que El te pide, compórtate como el Señor quiere, sigue el consejo de su madre la Santísima Virgen María, "hagan lo que El les diga" y verás la gloria de Dios y permanecerás con él por toda la eternidad. El nos asegura que seremos dichosos, felices para siempre si le seguimos en espíritu y verdad. " Dichosos los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos quedarán saciados" (Mateo 5:6). Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mateo 5:8). Que el Señor te ilumine y te ayude para que disfrutes de una santa Cuaresma y logres la tan esperada Pascua de Resurrección aquí, y que ésta se remonte hasta la vida eterna. Que así sea.

Virtud teórica o práctica

                                               Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch

     Quisiera que reflexionemos por un instante la diferencia de la virtud en teoría, pero no en la práctica, cosa muy común, pero que no alcanzamos a comprender por la falsedad que encierra. Este tema te parecerá un poco controversial o más bien increíble, pero verás que es una realidad en nuestras vidas.

     El suponer que una persona sea virtuosa porque practica las virtudes, y a la vez, ver que eso no necesariamente es así, me parece algo un poco difícil de explicar y comprender. Decía San Francisco de Sales que es un error muy frecuente, especialmente entre personas espirituales, imaginarse que tienen ciertas virtudes, solamente porque no tienen los vicios opuestos a esas virtudes. Pero existe una distancia enorme entre tener una virtud y no tener el vicio opuesto. El dejar de hacer lo que no se debe hacer, el dejar de obrar el mal, es algo sumamente bueno, pero eso no es suficiente para afirmar que se tiene la cualidad a eso malo que se deja de hacer. Para tener una virtud es necesario practicar actos positivos acerca de  esa virtud.

     Hermano, quiero llevarte a reflexionar responsablemente en lo siguiente: Decir que una persona tiene paciencia y buen genio, cuando no hay nadie que le ofenda ni le lleve la contraria ni lo humille, es una equivocación; porque lo raro y monstruoso sería que demostrara impaciencia y mal genio cuando nadie se le opone y le ofende. Tu muy bien sabes que hasta las mismas fieras más feroces de los circos se muestran mansas con aquellos que les hacen especiales favores y que se esfuerzan por contentarlas y por no irritarlas. Sería raro que el tigre se enfureciera con el que le trae sabrosa carne, o que la serpiente demostrara mal genio contra quien le hace oir una música agradable.

     Aplicándonos la realidad, todos sabemos que hay personas dulces y amables y del mejor genio del mundo, pero mientras nadie les lleva la contraria. Sin embargo, aguarde a que algo le resulte mal o alguien les trate con desprecio o le humille, ahí sí que estallan  como un volcán. No nos quepa duda que se cumple en ellos lo que dice el salmista: “Apenas los tocan echan humo”. Son como esas brasas escondidas entre cenizas que cuando las revuelcan queman a los que las tocan. Podemos decir, también, que se parecen a ciertos ríos de tierra plana que por encima parecen quietos y muy tranquilos, pero por debajo corre una fuerte corriente que es capaz de arrastrarlo y ahogarlo. Gentes así no tienen el vicio de airarse y de estallar en mal genio, porque nadie las vive atacando pero tampoco tienen la virtud de la paciencia, porque apenas las contradicen se llenan de impaciencia.

     Decía San Gregorio, que ser amables con los que nos tratan amablemente es cosa fácil y nada difícil. Pero que el demostrar paciencia y amabilidad con los bruscos, los mal educados, los inoportunos, y ser bondadoso en el hablar con los que son mal educados y hablan mal de nosotros, eso sí es verdadera virtud. Este fue el caso de Moisés, del cual afirma la Sagrada Escritura que era el hombre más manso y humilde del mundo, y el caso especialísimo de Cristo, de quien dice San Pedro: “A los que le trataban mal no les respondía con insultos”. Me parece muy bien que tú y yo sigamos el ejemplo de Moisés pero mejor aún sigamos el ejemplo de Jesucristo.

     Hemos escuchado, con frecuencia, el dicho común de que algunos dicen muchas palabras pero hacen muy poco. Lamentablemente son muchos elocuentes en ponderar lo importante que es la virtud de la paciencia y tratar amablemente a todos. Pero a la menor ofensa que reciben estallan en cólera. La paciencia la tenían en la punta de la lengua, pero en la práctica la tal virtud no existía. Todo era sólo teoría.

     ¿Cuándo es que se consigue la virtud?  A San Francisco de Sales le gustaba repetir: “La virtud no se consigue en tiempo de paz, cuando nada sucede en contra de ella. Muchos aparentan tener paciencia, pero es porque nadie les contradice ni les ofende. Son ejemplares de amabilidad y bondad, pero tan pronto alguien les toque y humille, inmediatamente se les acaba la dulzura y aparece el mal genio. Con lo cual se demuestra que su virtud es de apariencia y de palabras,  pero no de obras. Hay mucha diferencia entre no tener un vicio y poseer la virtud contraria a ese vicio. Lo que sucede es que nuestras pasiones están dormidas, pero apenas alguien las despierta nos atacan y nos derrotan.  Por eso hay que ser humildes y no pensar que poseemos una virtud sólo porque no tenemos el vicio opuesto”. Que el Señor nos ayude a ser humildes y reconocer nuestra pequeñez y poquedad para que con la ayuda de su gracia podamos vivir las virtudes según su voluntad. 

     Que Dios te bendiga.

Camino de conversión

     Arrepentíos, pues, y convertíos  (Hechos 3:19)

     Debemos de reflexionar sobre la necesidad de una conversión profunda y permanente en nuestras vidas. No es decir que hoy me convertí al Señor; la realidad es  que todos los días  de mi vida deben ser una progresiva conversión con entrega y dedicación a la voluntad de Dios en mi peregrinar por esta vida.

     Los temas para estos próximos meses son: “Conversión Permanente, Guiados por el Espíritu Santo hacia un nuevo estilo de vida, Vocación universal a la santidad y Penitencia y reconciliación”.

     Damos comienzo con la reflexión de su Santidad Juan Pablo II en su exhortación apostólica: “La Iglesia en América”.  

Conversión permanente

      La conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida. Por otro lado, mientras estamos en este mundo, nuestro propósito de conversión se ve constantemente amenazado por las tentaciones. Desde el momento en que ‘nadie puede servir a dos señores’ (MT 6,24), el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de asimilar los valores evangélicos que contrasta con las tendencias dominantes en el mundo. Es necesario, pues, renovar constantemente ‘el encuentro con Jesucristo vivo’, camino que, como han señalado los Padres sinodales, ‘nos conduce a la conversión permanente’.

     El llamado universal a la conversión adquiere matices particulares para la Iglesia en América, comprometida también en la renovación de la propia fe. Los Padres sinodales han formulado así esta tarea concreta y exigente: ‘Esta conversión exige especialmente de nosotros Obispos una auténtica identificación con el estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como El, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la fu0erza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están  sumamente lejanos y excluidos’.

     Para ser Pastores según el corazón de Dios (cf.Jr 3,15), es indispensable asumir un modo de vivir que nos asemeje a Aquel que dijo de sí mismo: ‘Yo soy el buen pastor’ (Jn 10,11), y que San Pablo evoca al escribir: ‘Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo, (I Col.11,1).  

Nuevo Estilo de vida

      Una vez hemos reflexionado por algún tiempo el tema "Conversión Permanente", sería bueno pasar a otro tema que nos lleve a vivir lo que quiere el Señor de nosotros, un nuevo estilo de vida. Para lograr vivir un nuevo estilo de vida es indispensable la ayuda del Paráclito, el Espíritu Santo. Leemos en la continuación de su carta pastoral lo que Su Santidad Juan Pablo II nos advierte con gran insistencia: "Tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu Santo".

     La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para los pastores, sino más bien para todos los cristianos que viven en América. A todos se les pide que profundicen y asuman la auténtica espiritualidad cristiana. ‘En efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias cristianas, la cual es <<la vida en Cristo >> y <<en el Espíritu>>, que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial’. En este sentido, por espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión, se entiende no ‘una parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu Santo’. Entre los elementos de espiritualidad que todo cristiano tiene que hacer suyos sobresale la oración. Esta lo ‘conducirá poco a poco a adquirir una mirada contemplativa de la realidad, que le permitirá reconocer a Dios siempre y en todas la cosa; contemplarlo en todas las personas; buscar su voluntad en los acontecimientos’.

     La oración tanto personal como litúrgica es un deber de todo cristiano. ‘Jesucristo, evangelio del Padre, nos advierte que sin El no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). El mismo en los momentos decisivos de su vida, antes de actuar, se retiraba a un lugar solitario para entregarse a la oración y a la contemplación y pidió a los Apóstoles que hicieran lo mismo’. A sus discípulos, sin excepción, el Señor recuerda: ‘Entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo secreto’ (Mat.6,6). Esta vida intensa de oración debe adaptarse a la capacidad y condición de cada cristiano, de modo que en las diversas situaciones de su vida pueda volver siempre ‘a la fuente de su encuentro con Jesucristo para beber del único Espíritu’ (1Co.12,13). En este sentido, la dimensión contemplativa no es un privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario, en las parroquias, en las comunidades y en los movimientos se ha de promover una espiritualidad abierta y orientada a la contemplación de las verdades fundamentales de la fe; los misterios de la Trinidad, de la Encarnación del Verbo, de la Redención de los hombres, y las grandes obras salvíficas de Dios.

     Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación tienen una misión fundamental en la Iglesia que está en América. Ellos son, según expresión del Concilio Vaticano II, ‘honor de la Iglesia y hontanar de gracias celestes’. Por ello, los monasterios, diseminados a lo largo ancho del Continente, han de ser; ‘objeto de peculiar amor por parte de los Pastores, los cuales estén plenamente persuadidos de que las almas entregadas a la vida contemplativa obtienen gracia abundante por la oración, la penitencia y la contemplación, a las que consagran su vida. Los contemplativos deben ser consientes de que están integrados a la misión de la Iglesia en el tiempo presente y que, con el testimonio de la propia vida, cooperan al bien espiritual de los fieles, ayudando así para que busquen el rostro de Dios en la vida diaria’.

     La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo de una vida sacramental asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente de inagotable de la gracia de Dios, necesaria para sostener al creyente en su peregrinación terrena. Esta vida ha de estar integrada con los valores de su piedad popular, los cuales a su vez se verán enriquecidos por la práctica sacramental y libres del peligro de degenerar en mera rutina. Por otra parte, la espiritualidad no se contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano. Al contrario, el creyente, a través de un camino de oración, se hace consciente de las exigencias del Evangelio y de sus obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia indispensable para perseverar en el bien. Para madurar espiritualmente, el cristiano debe recurrir al consejo de los ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo mediante la dirección espiritual, práctica tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres sinodales han creído necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio de tanta importancia.

Amor al prójimo
 

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Continuamos, en esta ocasión, compartiendo con nuestros lectores algunos puntos de reflexión tomando como modelo los enfoques cristianos de un gran santo de quien les hablé en la edición anterior, San Francisco de Sales.

      A San Francisco le impresionaban las enseñanzas de San Agustín, doctor de la Iglesia, cuando éste decía: “Si amas al prójimo porque es de tu familia, ese es un amor natural.  Si amas a alguien porque te atrae y te emociona, ese es amor sentimental. Si amas porque esa persona te puede hacer favores, ese es amor interesado. Si amas porque es una criatura hecha a imagen de Dios y porque todo favor que hacemos al prójimo lo recibe Cristo como hecho a Él, entonces sí, tu amor es “Amor de Caridad”.  Insistía en que amar a las personas que nos resultan simpáticas es algo muy fácil y eso lo hace todo el mundo. Pero amar porque Dios manda amar a todos y porque los demás son hijos de Dios, ese sí resulta más difícil. Ahora piensa con detenimiento, ese amor sobrenatural es el más perfecto, el más costoso, pero es a la vez el que más premios traerá para esta vida y sin lugar a dudas, para la otra.

      Sería para nosotros muy fuerte pensar que hemos de amar como nos ama Dios, pero quiero que pienses en lo siguiente: El buen Dios no nos ama porque nosotros somos buenos (pues no lo somos) sino porque El es bueno. Y así debería ser nuestro amor hacia las demás personas: Amar no porque los demás son buenos, amables y simpáticos, sino sencillamente porque tenemos un buen corazón que sabe amar a todos sin distinción de personas.  

       Nos dice San Francisco de Sales que es bueno fijarse en las cualidades y virtudes de los demás, reconocer los favores que nos han hecho, y eso aumentará nuestro amor hacia ellos, pero hay que referirlo todo a Dios que es el que les ha regalado esas cualidades y dones, y llevar nuestro amor de manera que amemos al prójimo pero en Dios, y por amor de Dios y para agradar a Nuestro Señor. Así no tendremos peligros de que nuestro Divino Juez  nos diga en el día del juicio la frase impresionante que Jesús le dijo a los fariseos que sólo buscaban aparecer bien y ganarse la simpatía y el respeto de la gente: “Ya recibieron su recompensa en esta vida”. Nada les queda para el cielo.

     Quiero terminar con aquella frase del  libro del Eclesiastés  “Hay algo aún peor que la misma muerte, y es una amistad sensual que lleva al pecado”. Pidamos al Señor como el  profeta Ezequiel que cambie nuestro corazón de piedra por uno de carne. “Yo les cambiaré ese corazón que tienen duro como de piedra, y lo transformaré en un corazón nuevo, capaz de amar”.  Que Dios te bendiga.   

Conserva a tus amigos

     Esta es la historia de un muchachito que tenía muy mal carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta. Descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta. Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día.

     Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo anunciar a su padre que no quedaban mas clavos para retirar de la puerta... Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: "has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca mas será la misma. Cada vez que tu pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves." Tu puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas lo devastará, y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física. Los amigos son en verdad una joya rara. Ellos te hacen reír y te animan a que tengas éxito. Ellos te prestan todo, comparten palabras de elogio y siempre quieren abrirnos sus corazones. Muestra a tus amigos cuánto te importan y envía este mensaje a quien consideres tu AMIGO, 

     TU ERES MI AMIGO Y PARA MI ES UN HONOR

     Este mensaje me lo envió un amigo y ahora te lo paso a ti. Por favor perdóname si alguna vez dejé una cicatriz en tu puerta.

 

 Dominio Propio

                                     Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

     Con la mejor intención de aportar a la evangelización de nuestra Iglesia, pretendo llegar a los hermanos de la Renovación Carismática Católica por medio del periódico el “Nazareno” y a todos los que tengan la oportunidad de entrar a nuestra página de Internet. Quiero compartir algunas ideas o temas que, mientras disfruto la lectura de algunos libros de espiritualidad, me parece que serán de gran ayuda a los hermanos y hermanas que lean estos artículos. Una de las reflexiones que me gustaría compartir, con nuestros lectores, es la importancia de dominar las malas inclinaciones.

     Recuerdo haber leído de San Francisco de Sales que algunas veces decía una bella frase que podemos calificar como “afirmación de oro” o “palabras con luz”. Es la siguiente: “A quien más domina y mortifica sus inclinaciones naturales, le llegan más inspiraciones celestiales”. Quien más fuertemente se enfrenta contra sus malas inclinaciones, más recibe del cielo bendiciones.

     Con gran sabiduría solía decir: Hay un medio sumamente efectivo para atraer favores y regalos del cielo; mortificarse exteriormente e interiormente. Mortificar los sentidos exteriores y los sentimientos del corazón. Yo he notado que la persona que se mortifica y le lleva la contraria a sus inclinaciones sensuales y a sus pasiones, obtiene de Dios favores admirables. Una vez empezamos a mortificarnos podemos ir adquiriendo una especial facilidad para lograrlo. Podemos decir que vamos logrando una gracia especial para el dominio propio, algo tan importante en nuestra vida espiritual.  Qué hermoso si cada uno de nosotros puede repetir con San Pablo: “Llevo conmigo y en mi ser las mortificaciones que sufrió Cristo, para que también la vitalidad de Jesús se manifieste en mi existencia” (2 Cor. 4:10).

     Decía el santo de Sales que a quienes se mortifican y se sacrifican por amor a Dios les sucede como a aquellas víctimas que el profeta Elías ofreció a Dios en sacrificio: “Les cae fuego sagrado del Cielo” (1 Reyes 18:38) o sea, les llegan luces y gracias celestiales que les iluminan y les enfervorizan y les van quitando sus imperfecciones.

     A este gran santo le gustaba recordar en sus predicaciones que el MANÁ del cielo no fue enviado por Dios a los israelitas mientras éstos tenían todavía la harina que habían llevado de Egipto, y que lo mismo les sucede a los creyentes: mientras no se despojen de ciertas malas inclinaciones y apegos sensuales y mientras no se mortifiquen sus inclinaciones naturales, no les empiezan a llegar ciertas gracias y favores especiales que Dios regala a las almas escogidas.

     El Señor sigue repitiendo lo que dijo en tiempos del diluvio: “Mi espíritu no permanece continuamente en la criatura humana porque se comporta como si no fuera mas que carne (Gen. 6.3).   Muchos hermanos y hermanas no progresan en la santidad y se quedan  siempre en la mediocridad porque no se niegan a sí mismos, y no les llevan la contraria a sus malas inclinaciones y no mortifican sus inclinaciones naturales.  Conclusión:  Tenemos que luchar diariamente para que, negándonos a nosotros mismos, podamos conseguir la santidad que nuestro buen Dios quiere para todos sus hijos.  Que Dios te bendiga

Desear la Eternidad


                                          Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Nos cuenta Mons. Francisco de Sales que en una de sus visitas pastorales, en un pueblecito de su diócesis, se encontró con un  pobre campesino moribundo quien deseaba recibir su visita. El santo que tenía como lema aquella frase del libro de los Proverbios: “No niegues un favor a quien lo necesita si en tu mano está el poder de hacerlo”, se fue a visitar al enfermo y lo encontró ya muy grave, pero en plena lucidez mental. Emocionado de gozo el sencillo campesino al ver que se le había cumplido el deseo de ser visitado por tan apreciado obispo, le recibió con las palabras que el santo profeta Simeón dijo al ver a Jesús: “Señor, ya me puedes dejar partir en paz para la eternidad, porque he visto al que tanto deseaba mi alma”. No nos quepa la menor duda que esta expresión bíblica en la boca de un moribundo tiene un gran significado espiritual. El campesino pidió a los presentes que se salieran de la habitación e hizo con el Santo Obispo una confesión de toda su vida. Siempre es aconsejable que en momentos de peligro de muerte se haga una buena confesión general, o sea, de toda la vida.    

Un dato curioso vemos en este caso en particular; después de recibir la absolución le hace una pregunta, con mucha confianza, a su confesor. Monseñor: ¿Me moriré de esta enfermedad? Como era de esperarse, en esta situación, el santo le dijo:  He visto a otros más grave que usted y se han sanado. Pero es necesario que se ponga totalmente en las manos de Dios y acepte toda lo que Él permita que le suceda. Hermanos, fijémonos cuidadosamente en las preguntas que hace este moribundo. Monseñor, ¿pero según parece, que es más probable: que yo sane de esta enfermedad o que me muera de este mal que tengo?  Sabiamente le contesta aquel santo obispo: Pues el médico le podría responder mejor que yo. Pero mi consejo es que acepte plenamente todo lo que nuestro buen Dios permita que le suceda.  Lo que sí le digo es que usted está en tan buenas condiciones espirituales que si se muere como está, tiene asegurada la eterna salvación.

Ahora fijémonos en la repuesta y actitud de este buen campesino. Le dice: Gracias Monseñor,  yo le hago estas preguntas no porque tenga temor a morir, sino porque tengo temor a no morir, y lo que más me costaría aceptar sería sanar de esta enfermedad y tener que seguir viviendo sobre la tierra. Es sorprendente escuchar semejante aseveración. Oír estas afirmaciones que ordinariamente sólo personas muy perfectas desean que llegue la muerte para ir al cielo, es, sin lugar a dudas, maravilloso. Se pueden escuchar también de personas muy malas que en su desesperación quieren morirse, pero la gente común no desea morir. Cuando Monseñor le pregunta al enfermo cuál es la razón que le hacía no querer seguir viviendo en este mundo, él le da una contestación digna de elogio. “Ah Padre: es que aquí hay tantos peligros de ofender a Dios, que se hace duro vivir”. Que maravilloso, cuanta santidad refleja esta contestación. Este anciano no deseaba ir a la eternidad porque estuviera aburrido por los sufrimientos en la enfermedad, su salud había sido muy buena,  había llegado a los 70 años lleno de fuerza y robustez. No tenía problemas económicos ni de familia. Decía que se había cumplido en él lo que pedía Salomón en la Biblia: “Señor: que no me falte ni me sobre. Porque si me falta me desespero, y si me sobra me puedo olvidar de Dios”.

Lleno de curiosidad Monseñor le preguntó: ¿Y entonces qué es lo que lo mueve a dejar este mundo? Para su sorpresa y para la nuestra le dice: Ah Padre, es que en los sermones he oído hablar tan hermosamente de lo que en el cielo espera a los que creemos y amamos a Dios. Se nos ha insistido en aquellas palabras de San Pablo: ni ojo vio; ni oído oyó, lo que Dios tiene preparado para los que lo aman y nos han dicho que allá no habrá pecado, ni enfermedad, ni dolor, sino gozo y alegría para siempre. Que en el cielo amaremos y seremos amados por Dios y por los ángeles y santos. Siempre me emocionaron aquellas palabras de Jesús: “Me voy a prepararles un sitio, y cuando me haya ido y les haya preparado un sitio, vendré y me los llevaré conmigo, para donde yo estoy estén también mis amigos”. Le comentaba aquel buen hombre a San Francisco de Sales que en este mundo hay tanto peligro de pecar, tantas ocasiones donde corre peligro nuestra eterna salvación. Cada día se cumple lo que Jesús le dijo a los apóstoles: “Satanás ha pedido permiso para sacudirlos violentamente” y aquello otro que dijo en el huerto de Getsemaní: “El Espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Todos tenemos que repetir lo que afirma San Pablo: “El bien que quiero hacer no lo hago, y el mal que no quiero hacer ese sí lo hago”. En verdad que se cumple lo que decía el Santo Job: “La vida del ser humano sobre la tierra es como un servicio militar. Y lo grave no es que tengamos que sufrir, sino que el demonio da vuelta alrededor nuestro como león rugiente buscando a quien destrozar, y nos hiere y nos destroza continuamente. 

Como era de esperarse, cuando aquel sencillo campesino terminó de hablar, Monseñor Francisco estaba llorando de emoción. No es para menos, el testimonio de este hombre dice mucho más que muchos libros en los cuales se expliquen los misterios del cielo y la vida eterna. Así lo declara Monseñor de Sales cuando dice que aquel día se emocionó más por el cielo y se desilusionó más de las miserias de esta vida, que si hubiera leído un libro muy espiritual. Terminó aquel campesino sus días aquí en la tierra entregando su alma al Señor lleno de paz y reflejando en su rostro el gozoso abrazo con el Señor, repitiendo las palabras:   “Señor, estoy en tus manos. Haz lo  que quieras”. Dios quiera que nosotros vivamos tan intensamente nuestra relación con el Señor, que podamos morir como este buen campesino. Que Dios te bendiga.

 Temor a la Muerte 

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Con gran sabiduría y con mucha fe se expresa San Francisco de Sales cuando se refiere a ese fenómeno que nos aterra muchas veces y a la que San Francisco de Asís le llama la hermana muerte. Cuando alguien le decía a nuestro Santo que sentía mucho temor a la muerte a causa de la multitud de pecados que se han cometido durante la vida, le daba esta hermosa repuesta: "recuerde que nunca nuestros pecados serán tantos ni tan graves que logren superar a la infinita misericordia de Nuestro Señor"; añadía la bella noticia del salmo 51: "Un corazón humillado y arrepentido nunca lo desprecia Dios". Y le agradaba meditar y hacer que otros meditaran aquellas frases tan consoladoras del Salmo 130: "Si llevas cuenta de los pecados, Señor ¿quién podría resistir? Pero de Ti procede el perdón. Porque del Señor viene la misericordia y Él redimirá a su pueblo de todos sus pecados". Cuando alguna persona le decía que la muerte es horrible, le respondía: "Aunque la muerte sea temible, sin embargo, lo que viene después de ella es maravilloso. No olvidemos que Jesús nos ha prometido que quien se llega a el no lo echa fuera y nosotros vamos a El cada día con nuestras oraciones y nuestras peticiones de perdón, por lo tanto no nos echará fuera ni nos alejará de su presencia para siempre". "A quien venga a Mí, no lo echaré fuera". (Juan 6:37)

Tomando el ejemplo de los santos, recordaba el caso de San Agustín el cual en su última enfermedad hizo colgar en las paredes de su habitación en grandes carteles los salmos escritos en letras gigantes, para poderlos leer desde su lecho, y esta lectura le llenaba de confianza. Allí podía leer: "Dichosos los que confían en el Señor" (Sal. 2,12). "Señor, en Ti he confiado. No sea yo confundido eternamente" (Sal 31,2). "No serán condenados los que confían en el Señor Dios" (Sal. 34). En Ti oh Dios he confiado, por eso no tengo que temer". (Sal. 56,12)

San Francisco narraba el caso de San Carlos Borromeo el cual mandó colocar frente a su lecho de moribundo unos cuadros de los misterios dolorosos en los cuales se representa la Pasión y Muerte de Jesús, y decía: "La meditación en lo que Jesús sufrió por mí, me anima a sufrirlo todo por Él y confiarle la salvación de mi alma". Hemos de tener una gran confianza en el Señor no con terror sino con gran esperanza. Recordemos aquella frase de San Juan el Evangelista: "Donde hay amor no hay terror. El amor perfecto echa fuera el temor, pues el temor mira al castigo. Mientras uno teme no conoce el amor perfecto". (1ra. de Juan 4,18). Nos recuerda este gran santo que vivir llenos de terror por lo que nos espera al final de la vida demuestra que lo que sentimos hacia el buen Dios no es amor de hijos cariñosos sino un temor de esclavos aterrados. Debemos desear la vida futura que no se nos podrá quitar como leemos en la oración de la Iglesia, liturgia de las horas para los fieles: "No tienes aquí ciudad permanente, sino que vamos buscando la futura". (Hebreos 13-14)

Quiero resaltar el hecho de que, ante la desconfianza en nosotros mismos por tantas debilidades y miserias que tenemos, debe añadirse una gran confianza en Dios que es tan generoso, tan comprensivo y que perdona al pecador arrepentido. Sería bello que se cumpliera en nosotros lo que dice el salmista "Quien confía en Dios es como el monte de Sión que no se estremece ante las tempestades que le combaten". Y no olvidemos lo que no dice San Pablo: "Creemos que si morimos con Cristo, también resucitaremos con Él y viviremos en Él para siempre". (Romanos 8:10-11) Esto nos debe animar a vivir con más confianza en el Señor y menos temor a la muerte, a ésta la debemos ver como "regalo de Dios" para encontrarnos con Él. Pidamos al Señor, todos los días de nuestra vida, el regalo de una buena y santa muerte.

 
   Ser devoto y ser malo

Por: Hno. Pascual Péerez, H.Ch.

El tema que pretendo desarrollar puede ser para algunos algo increíble y que suena como imposible que sea cierto, ser muy devoto y muy malo al mismo tiempo. No estoy hablando de una persona disfrazada de “devoto” un hipócrita que parece ser devoto pero no lo es. ¿Cómo se explica esto que lo podamos entender? Me explico. La devoción proviene de la piedad que es una virtud por medio de la cual sentimos hacia Dios un afecto como el de hijos muy cariñosos. La devoción es la demostración que hacemos de esa piedad o amor filial que sentimos. Como dice San Pablo, puede alguien tener una fe tan grande que  logre trasladar montañas y al mismo tiempo no tener caridad (1ra. Corintios 13)  y así como es posible que alguien logre profetizar y anunciar el futuro, como lo hicieron el profeta Balaam, y el rey Saul y Caifás, y al mismo tiempo ser personas de mal comportamiento como lo fueron ellos, de la misma manera puede alguien ser devoto, muy devoto, y al mismo tiempo malo, muy malo.

Puede suceder que alguien tenga manifestaciones externas de devoción y fervor y sienta en su alma afectos hacia Dios y sin embargo siga dejándose dominar  por uno o varios de los siete pecados capitales: orgullo, avaricia, ira, impureza, gula o pereza, o por otros vicios parecidos.  Lógicamente no se puede decir que una persona es devota si comete continuamente esas faltas. Eso es sólo apariencia de devoción.

Cuando la persona se presenta muy devota y  piadosa podemos decir que sí es devoción porque la devoción es sentimiento de veneración hacia Dios y de fervor religioso que se manifiesta externamente, pero es una devoción que no es provechosa., porque una devoción que no consiga la enmienda de la vida no puede se agradable a Nuestro Señor. Eso nos debe hacer recordar el episodio del fariseo y el publicano.  En estos casos puede repetir el Creador lo que anunció por medio del profeta Amós: “Me fastidian sus actos de culto, porque mientras me demuestran externamente que me tienen amor y veneración, interiormente siguen ofendiéndome con sus pecados y maldades”. O lo que dijo el profeta Isaías: “¿De qué le sirve hacer tantas demostraciones externas de piedad y de devoción si siguen llenos de maldades y  no se convierten de su mala vida?”.

Me encanta el relato de San Francisco de Sales en su libro 133 consejos. Un día cuando los enemigos de David entraron en su habitación para golpearlo y matarlo, después de que se fueron contentos porque lo habían destrozado a golpes en su lecho, se lo encontraron vivo en la calle porque Micol la esposa de David, había colocado en la cama una estatua y la había cubierto con las cobijas y lo que ellos encontraron fue una simple imagen sin vida y no el verdadero David vivo. Pues así sucede cuando una persona tiene piedad y devoción y sigue su vida de maldad y de pecado sin demostrar conversión y progreso en la virtud: lo que hay debajo de todas esas apariencias de piedad es una espiritualidad muerta, un cadáver de devoción, pero sin vida ni provecho verdadero. Dios no pide solo comportamientos externos de devoción  sino una vida según su santa voluntad.

         No nos dejemos engañar por las apariencias, una persona puede llevar, para demostrar una verdadera devoción, una hermosa cruz colgando del cuello, pero luego cuando llegan las cruces de la vida se dedican a protestar y renegar. Entonces sí se cumple la anécdota campesina. “La cruz en el pecho y el diablo en los hechos”. A todo esto podemos añadir la frase con que Jesús denuncia a los fariseos. “Sepulcros blanqueados por fuera pero podridos por dentro”. Otra expresión interesante la hace el profeta Isaías. “No juzgará por las apariencias, ni se decidirá por lo que se dice. Juzgará con justicia a los débiles y dictará sentencias justas a los pobres”. Para concluir, nuevamente cito al gran profeta del anuncio mesiánico en su tan conocido texto: (Isaías 29:13-14), que también nos lo recuerda San Mateo en su evangelio: “El Señor ha dicho: Este pueblo se acerca a mí tan solo con palabras, y me honra sólo con los labios, pero su corazón sigue lejos de mi. Su religión no es más que costumbres y lección aprendida”. Medita en lo que acabas de leer, no permitas que el maligno te engañe con su astucia y te haga caer en la trampa,  ser devoto pero malo a la vez.   Que Dios te  bendiga.

 La Santísima Trinidad      

Ppr: Hno. Pascual Pérez, .Ch.

     En el evangelio de San Mateo, cap. 28:16-20, se nos presenta el mandato claro e inequívoco de hacer de los hombres auténticos discípulos de Jesús. Por eso vemos cómo Jesús envía a sus discípulos... "Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Por eso vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos." Y enseguida nos presenta el misterio trinitario con la encomienda muy particular a sus discípulos y sucesores: "Bautícenlos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado." Las palabras más alentadoras y confortantes de este evangelio son:  “Yo estoy con ustedes, todos los días hasta que se termine este mundo”.

     En el misterio de la Santísima Trinidad vemos el papel protagónico del Espíritu Santo en el avivamiento de la primera comunidad cristiana. Un grupo de pescadores tímidos y sin educación empieza, de repente, a predicar el Evangelio de Jesucristo con una audacia desconocida; en realidad, les había ocurrido algo nuevo y distinto algo que solamente Dios podía hacer.  Los seguidores de Jesús fueron “bautizados con el Espíritu Santo” y por el poder del Espíritu empezaron a construir el reino de Dios y así cambiaron el curso de la historia humana. Si estamos conscientes de las acciones del Espíritu en los apóstoles, crecería nuestra fe en que Dios puede y quiere hacer lo mismo en nuestra propia vida.

     Los discípulos dedicados a orar se habían ocultado en aquel lugar que los Hechos de los Apóstoles llaman el aposento alto de Jerusalén sin poder olvidar las cosas sorprendentes que habían sucedido en las últimas semanas. Estaban llenos de terror.

     De momento todo cambia cuando de repente sopla un viento fuerte, un ruido sordo que venía de lejos. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad se posesiona de ellos y desaparece el miedo. Cuando la gente escuchó a estos israelitas sencillos y sin cultura hablar de las maravillas de Dios en sus propios idiomas nativos se quedaron muy asombrados. Lo que le había ocurrido a los discípulos era tan asombroso que no se podían frenar. Luego San Pedro tomó la palabra impulsado por el Espíritu Santo anunciando a Jesús con tal pasión y convicción que tres mil personas se unieron a los discípulos ese mismo día. El Espíritu no solo entró como torbellino en los apóstoles sino entró personalmente en el corazón de miles de personas. Por este motivo debemos creer que también desea entrar en cada corazón de cada creyente hoy día. Esa es la promesa del Padre en Cristo Jesús para nosotros sus hijos muy amados.  Que Dios te bendiga.      

                                Vocación Universal a la Santidad

      "Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo" (Lv. 19,2). La Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América ha querido recordar con vigor a todos los cristianos la importancia de la doctrina de la vocación universal a la santidad en la Iglesia. Se trata de uno de los puntos centrales de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II. La santidad es la meta del camino de conversión, pues ésta ‘no es fin en sí misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en nuestra vida" (cf. Mat 5,16). En el camino de la santidad Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar. El es ‘el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf. Mc 1,24). El mismo nos enseña que el corazón de la santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros (cf.Jn 15,13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc.10,25)ss’.

     Jesús, el único camino para la santidad

     "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn. 14.6). Con estas palabras Jesús se presenta como el único camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento concreto de este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios que la Iglesia anuncia con su predicación. Por ello, la Iglesia en América ‘debe conceder una gran prioridad a la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por todos los fieles’. Esta lectura de la Biblia, acompañada de la oración, se conoce en la tradición de la Iglesia con el nombre de Lectio divina, práctica que se ha de fomentar entre los cristianos. Para los presbíteros, debe constituir un elemento fundamental en la preparación de sus homilías, especialmente las dominicales.

La voluntad de Dios puede ser activa o permisiva

Por: Hno. Pascual Perez H.Ch.

     Me gustaría reflexionar un poco sobre la importancia de aceptar, y que otros acepten, que cada cosa que sucede la permite Dios para nuestro bien, como claramente dice san Pablo en Romanos 8:28. "Todo lo que sucede lo permite Dios para el bien de los que lo aman". Nada sucede, ya sea agradable o ya sea desagradable, que no lo haya permitido el buen Dios para nuestro mayor bien; todo lo dispone la Divina Providencia a favor de los que aman a Dios, excepto el pecado. Permítanme exponer las dos maneras de entender la voluntad de Dios, o sea, voluntad activa y voluntad permisiva.

     Existen dos maneras de ver y entender la manifestación de la Voluntad Divina. El uno, cuando manda y ordena que algo suceda. Esto sería la voluntad activa del Señor. Y el otro, cuando permite que sucedan las cosas. Esto sería la voluntad permisiva de Dios. Todas las cosas buenas, provechosas para el alma, suceden por voluntad de Dios, según lo dice el Apóstol Santiago, el cual afirma: "Toda dádiva buena y todo don perfecto, viene de lo alto, del Padre de las luces que es Dios". (Santiago 1,17). Pero las cosas desagradables y dolorosas también vienen de la voluntad de Dios, que con su voluntad permisiva ha permitido que así sucedan (porque El había podido muy bien hacer que no sucedieran). Por eso el profeta Amos dice: "¿Es que puede suceder algo desagradable sin que Dios haya permitido que suceda? Los mismos males son algo que Dios ha permitido que sucedan" (Amos 3,6).

     Por males entendamos aquí los sucesos dolorosos y desagradables como las enfermedades, los accidentes, los desastres naturales, la carestía, la guerra, el desempleo, la muerte de seres queridos, el fracaso en los negocios , etc. Aquí no hablamos de pecado, porque aunque éste suele ser la causa muchas veces de tantos males que suceden, sin embargo, él es fruto de la libre voluntad del ser humano, libertad que Dios nos dio para que podamos así ganarnos el cielo, y seamos así merecedores de premio o castigo, según sea nuestra conducta.

     Es que el pecado no se puede afirmar que "nos sucede" porque lo que "nos sucede" es algo que viene de afuera y que no depende de nosotros que suceda o que no suceda y en cambio el pecado procede de nosotros mismos y en nuestra voluntad está el cometerlo o el evitarlo. El pecado es algo que sale y procede de nuestro corazón según lo afirmó Jesús diciendo: "De dentro del corazón salen los robos, las impurezas, los asesinatos, la ofensas al prójimo" (Mateo 15,19).

     Lograríamos ser muy felices si nos acostumbráramos a aceptar todo lo que sucede, como algo que proviene de las manos generosas del buen Dios para nuestro mayor bien, pues como dice el salmo 144: El sacia de favores a todo viviente. Cuántos consuelos encontraríamos para hacer más amables y agradables nuestros trabajos y dificultades si creyéramos que todo lo que nos sucede forma parte de un buen plan que Dios tiene para nuestro mayor bien. Se cumpliría entonces lo que dice el escritor sagrado: "A quienes lo aman, el Señor Dios los hace sacar miel de las rocas y aceite de las más duras piedras". (Deuteronomio 32,13).

     Seríamos moderados y humildes cuando todo nos sucede bien, si creyéramos que esto es sólo un regalo de Dios, y seríamos pacientes cuando las cosas nos resultan mal si de verdad estuviéramos convencidos de que así lo permite Nuestro Señor para nuestro mayor bien, aunque no logremos entender cómo puede ser así, y que aún de los hechos más desagradables puede resultar mayor gloria para Dios y mayor provecho para nosotros.

     Pensemos en esto de vez en cuando y reconozcamos la mano de Dios en todas los acontecimientos y veámoslo colocado en las manos de Dios; "para que Dios sea glorificado en todo" (Ira. de Pedro 4,11) ese Dios que "nos consuela en todas nuestras tribulaciones y en nuestros males, para que también nosotros podamos consolar a otros y sacar bienes de lo que parecen ser males" (2da. Corintios 1,45).

     Creo que será muy saludable el que recodemos las palabras del Santo Job. "Si bendecimos a Dios cuando nos suceden bienes, ¿Por qué no bendecirlo cuando nos suceden males? Que Dios te bendiga.

Orando con la Iglesia

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

     Quiero destacar la importancia que tiene la oración de la Iglesia en nuestra vida cristiana. Debemos recordar que nuestra Santa Madre la Iglesia nos invita a orar de forma especial por medio de la Santa Misa y en segundo término podemos poner el rezo de la "Liturgia de las Horas". Es muy loable, también, el rezo del Santo Rosario y las devociones piadosas, todas acompañadas de la lectura de la Palabra Divina.

     Por medio del rezo divino podemos vivir más de cerca y con profundidad la intimidad espiritual con el Señor. En las preces del primer domingo de la primera semana tomado de las vísperas podemos alabar y bendecir a nuestro creador diciendo:

"Escucha a tu pueblo, Señor"

Te recomiendo que leas con detenimiento y reflexiones estas peticiones que te ofrece la Iglesia para tu crecimiento espiritual y para que aprendas a vivir en la presencia del Señor cada minuto de tu vida.

Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia y que tu pueblo se alegre en paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino y que el pueblo judío sea salvado.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia y que sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores y concédeles la vida eterna.

     ¿Qué diferente sería nuestra vida si cada día nuestro corazón estuviera elevado al Señor como sugiere el rezo divino? Les aseguro que hará una gran diferencia. Nuestra vida se convertirá en un paraíso aún en medio del dolor y el sufrimiento, porque, como nos dice el salmista, Jesús es bálsamo consolador. La Iglesia nos invita a comenzar el rezo de "los Laudes"con un himno que nos llena de gozo, alegría y esperanza:

Es verdad que las luces del alba del día de hoy son más puras, radiantes y bellas por gracia de Dios.

Es verdad que yo siento en mi vida, muy dentro de mí , que la gracia de Dios es mi gracia, que no merecí.

Es verdad que la gracia del Padre, en Cristo Jesús, es la gloria del hombre y del mundo bañados de luz.

Es verdad que la Pascua de Cristo es pascua por mí, que su muerte y victoria me dieron eterno vivir.

Viviré en a alabanzas al Padre, que el Hijo me dio, y que el Santo Paráclito inflame nuestra alma de amor, Amén.

     Que lindo sería acostumbrase a vivir en la presencia de Dios y permanecer en su alabanza, como nos aconsejan los salmos. San Francisco de Sales nos dice que cuando se daba cuenta de haberse distraído por unos 20 minutos sin estar en la presencia de Dios, se asustaba y le pedía perdón al Señor. Si nos remontamos a cuando éramos niños que estudiamos el catecismo preparándonos para hacer la primera comunión, recordaremos aquellas palabras, que a mi jamás se me han olvidado. ¿Para qué Dios te creó? Dios me creó para conocerle, amarle y servirle y luego gozarle en la vida eterna.

     Si nos acostumbramos a ver en cada detalle de nuestra vida, en cada cosa, en cada criatura, la mano de Dios, todo es diferente. Creo que tiene mucha razón San Agustín cuando nos dice que nuestra vida no puede ser plena y feliz hasta no llegar a la plena realización en Dios. Sin lugar a dudas, una de las frases dentro de la liturgia por excelencia, la Santa Misa, y que más me llena de alegría, es aquella que dice: "De Dios venimos, en Dios existimos y hacia El vamos".

     Concluimos este primer contacto con la Oración de la Iglesia reflexionado en las preces de las segundas vísperas. Confiadamente digamos a Jesús, "venga a nosotros tu reino, Señor".

Señor, amigo de los hombres, has de tu Iglesia instrumento de concordia y unidad entre ellos y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege con tu brazo poderoso al Papa y a todos los obispos y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestro Maestro, y dar testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Otorga, a los que han muerto, una resurrección gloriosa y haz que los que aún vivimos en este mundo gocemos un día con ellos de la felicidad eterna.

     Con esta reflexión quiero darte una idea de la riqueza que tenemos en la Iglesia y que tantos hermanos desconocen. Te invito a inquietarte y comenzar a buscar en el depósito inagotable y tesoro espiritual de la Iglesia, para conocer, amar y servir al Señor como él se merece. Que Dios te bendiga.

Muriendo a nosotros mismos

Cuando eres olvidado, rechazado o dejado de lado a propósito, y no te afliges ni te dueles con el insulto o con el descuido, sino que tu corazón está contento, teniendo como valioso el sufrir por Cristo...

MUERES A TI MISMO

Cuando se habla mal de las cosas buenas que has hecho, cuando tus deseos son mal interpretados, tu consejo es pasado por alto, tus opiniones ridiculizadas y no permites que el enojo surja en tu corazón, ni siquiera tratas de defenderte a ti mismo, sino que lo tomas todo con paciencia, en silencio amoroso...

MUERES A TI MISMO.

Cuando soportas en forma paciente y amorosa cualquier desorden, irregularidad, impuntualidad o enojo; cuando te encuentras cara a cara con lo superfluo, con la insensatez, con la extravagancia, con la insensibilidad espiritual y permaneces tal como permaneció Jesús...

MUERES A TI MISMO.

Cuando estás contento con cualquier comida, con cualquier ofrecimiento en cualquier clima, en cualquier sociedad, con cualquier vestimenta, con cualquier interrupción que esté de acuerdo con la voluntad de Dios...

MUERES A TI MISMO.

Cuando nunca te preocupas por referirte a ti mismo en la conversación, o de indicar tus propias palabras buenas, o de anhelar vehementemente las alabanzas, cuando realmente puedes amar el hecho de ser desconocido...

MUERES A TI MISMO.

Cuando puedes ver prosperar a tu hermano y ver sus necesidades satisfechas y puedes, honestamente, regocijarte con él en espíritu, y no sentir envidia alguna, sin cuestionar a Dios porque tus necesidades son muchos mayores y en circunstancias desesperadas...

MUERES A TI MISMO.

Cuando puedes recibir corrección y reprensión de alguien menos importante que tú, y puedes someterte humildemente, tanto interior como exteriormente, sin que surja ninguna rebelión ni resentimiento dentro de tu corazón...

MUERES A TI MISMO.

Actualmente, ¿estás muerto? En estos últimos tiempos, el Espíritu nos lleva a la cruz "a fin de conocerle (a Jesús) llegando a ser semejante a El en su muerte" (Filipenses 3:10) +

 

Orando con la Iglesia II

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.   

En mi segundo tema, Orando con la Iglesia, quiero destacar la importancia de la oración de abandono en los brazos providentes de nuestro Padre Dios. Para ello te invito a recitar esta jaculatoria en tu oración diaria: “Entremos en la presencia del Señor dándole gracias”.  De una manera muy bella y elocuente se nos presenta en el rezo divino en su “himno” de laúdes de la primera semana, el pensamiento que me interesa compartir en esta reflexión. Creo que será muy saludable, a nuestro espíritu, elevar nuestro corazón al Señor y decirle: “No se lo que será del nuevo día que entre luces y sombras viviré, pero se que, si tú vienes conmigo, no fallará mi fe”. Como puedes ver, en esta oración se nos invita a abandonarnos en las manos de  Nuestro Señor para que  tengamos una vida llena de luz y no de oscuridad para que nunca falle nuestra fe. Para que medites e interiorices estos pensamientos, comparto contigo estos tres versos del himno al que hice mención.

Tal vez me esperan horas de desierto amargas y sedientas, mas yo sé que, si vienes conmigo, no fallará mi fe.

Concédeme vivir esta jornada en paz con mis hermanos mi Dios, al sentarnos los dos  para la cena, párteme el pan, Señor.

Recibe, Padre santo, nuestro ruego, acoge por tu Hijo la oración que  fluye del Espíritu en el alma que sabe de tu amor, Amén.

          Te invito a que le pidas a Jesús que sea el Señor de tu  vida y tenga absoluta autoridad para penetrar en tu interior, quitar, cambiar y poner tu vida espiritual agradable al Padre. El quiere hacerlo pero tu tienes que permitírselo, déjalo obrar en tu interior y verás la gloria de Dios. La Liturgia de las Horas para los fieles contiene todas estas oraciones, salmos y preces que te ayudará a vivir en la presencia del Señor y vivir esa relación muy personal con él en cada momento de tu vida. 

          Deberíamos meditar diariamente la Palabra de Dios usando este maravilloso medio de oración que a su vez es formación y guía para nuestras vidas. Fíjate detenidamente en la lectura breve que se nos presenta el miércoles de la primera semana, tomado del libro de Tobías: “No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan. Da de tu pan al hambriento y da tus vestidos al desnudo. Busca el consejo de los prudentes. Bendice al Señor en toda circunstancia, pídele que sean rectos todos tus caminos y que lleguen a buen fin todas tus sendas y proyectos”. (Tob. 4:16-17, 19-20”) 

     Quejas de Dios...

Me llamas Señor, y no me obedeces,

Me llamas luz, y no me ves,

Me llamas El Camino, y no me sigues,

Me llamas Vida, y no me deseas,

Me llamas Sabio, y no me escuchas,

Me llamas Bello, y no me amas,

Me llamas Rico, y no me pides nada,

Me llamas Eterno, y no me buscas,

Me llamas Bondadoso, y no me confías,

Me llamas Noble, y no me sirves,

Me llamas Dios, y no me temes,

Si Te Condenas No me Culpes.

"Jesús dijo: si me amáis, Guardad mis Mandamientos". Juan 14:15

Orando con la Iglesia en Pascua

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

      Ha resucitado el Señor, aleluya, aleluya, aleluya. Hemos llegado a la solemnidad más grande que celebra la Iglesia en todo el mundo, la Pascua de la Resurrección. En el conjunto del año litúrgico, la Cincuentena pascual es el "tiempo fuerte" por excelencia. Todo cristiano debería celebrar este ciclo como algo diverso de lo días restantes del año. Celebrar el año cristiano colocando su culminación en estos cincuenta días de alegría responde muy bien a lo que es el núcleo mismo del mensaje cristiano: anuncio de alegría, de liberación, de vida nueva.

     Una característica muy propia de este ciclo es el hecho de que el conjunto de los cincuenta días forman una sola y gran fiesta que, arrancando de la Vigilia pascual, se prolonga hasta la II Vísperas de Pentecostés.

     Verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya; así comienza la antífona del invitatorio en laúdes del domingo de la pascua de la Resurrección del Señor. Encontramos en las antífonas una idea de la magnitud de este evento por excelencia en el plan de salvación. Evento que sobrepasa a todos los demás pues es la culminación del nacimiento, vida, pasión y muerte del Señor Jesucristo Nuestro Salvador. Todo el plan de salvación concluye con la Resurrección. Es la confirmación de todo el plan de Dios Padre en su infinito amor hacia el hombre caído en el pecado. Es él, quien cierra con broche de oro para que nadie se pierda, una vez que por Jesús recibimos la gracia abundante y sobreabundante para nuestra salvación. Por eso creemos en las promesas de nuestro buen Dios que aparece en las escrituras. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina a todo su pueblo rescatado por su sangre preciosa.

     Ha resucitado del sepulcro Nuestro Redentor; cantemos un himno al Señor nuestro Dios. Leemos en el evangelio de San Juan el famoso relato Marta y María, un episodio lleno de esperanza para nosotros los cristianos. Allí vemos que Jesús es la esperanza de vida, según Marta, pues ella bien sabía que Lázaro resucitaría en el último día. Pero Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mi , aunque esté muerto, vivirá y el que vive y cree en mi, no morirá para siempre. Crees esto". La misma situación se nos presenta a nosotros hoy día; sabemos lo que dicen las Sagradas Escrituras, pero: ¿creemos sinceramente lo que dice el Señor? Quizá decimos que sí pero en la práctica creo que no estamos tan seguros pues a veces no nos comportamos como los que viven de acuerdo a las exigencias del evangelio y, naturalmente, nuestro estilo de vida deja mucho que desear.

     Si echamos un vistazo a la octava de pascua en la liturgia de las horas encontramos que se repite el miso rezo divino durante toda la semana y tanto en laúdes como en vísperas se concluye con la siguiente oración: "Dios nuestro, que en este día nos abriste las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a todos los que celebramos su gloriosa resurrección que, por la nueva vida que tu Espíritu nos comunica, lleguemos también nosotros a resucitar a la luz de la vida eterna. Por nuestros Señor Jesucristo, tu Hijo".

     Recordemos lo que nos dice San Pedro en su segunda carta. (Nosotros esperamos según la promesa de Dios "cielos nuevos y tierra nueva", un mundo en que reinará la justicia. Por eso, queridos hermanos, durante esta espera, esfuércense para que Dios los halle sin mancha ni culpa, viviendo en paz. Y consideren que la paciencia del Señor con nosotros es para nuestra salvación, como ya se lo escribió nuestro querido hermano Pablo, con la sabiduría que se la ha dado, 2da. de Pedro 3:13-15".) Para que logremos el resucitar con Cristo tenemos que crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: a El la gloria, ahora y hasta el día de la eternidad. Amén. De esta manera concluye la carta de San Pedro, ofreciéndonos un bello mensaje digno de meditar.

     Si de verdad creemos en la resurrección demos una mirada a la carta a los Hebreos que nos invita a progresar en la santidad. "Procuren estar en paz con todos y progresen en la santidad, pues sin ella nadie verá al Señor". Hebreos 12:14. Cuando la Santísima Virgen María nos dijo hagan lo que él les diga nos estaba invitando a seguir fielmente la Palabra de Dios, que naturalmente, es sinónimo a obedecer a su Hijo. Por tal motivo podemos estar seguros que la invitación era a que busquemos las cosas de arriba como veremos en el siguiente texto. "Así pues, si han sido resucitados con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo sentado a la derecha de Dios; piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Pues ustedes han muerto, y su vida está ahora escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, ustedes también vendrán a la luz con él, y tendrán parte de su gloria". (Colosenses 3:1-4)

     Tenemos un hermoso ejemplo de lo que es vivir la Palabra de Dios, de manera particular la Pascua de la Resurrección, en nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez. El supo peregrinar por esta vida esperando y confiando lograr vivir en la vida eterna la pascua del Señor. Tenemos en Puerto Rico un laico sencillo pero lleno de la sabiduría de Dios, entendió lo que era estar de paso, ser peregrino por este mundo con su mirada fija en el Señor que le alumbraría el camino hacia la eternidad. Carlos Manuel se distinguió por haber vivido ardientemente la liturgia de la Iglesia Católica. El vivió de forma particular el misterio de la Pascua del Señor. Por eso aquellas palabras que nos dejó como regalo: "Vivamos para esa noche" Te preguntarás, ¿cuál noche?. La noche de la gran vigilia de la Pascua de la Resurrección. Sigamos su ejemplo y no le fallaremos al Señor, pues porque él fue fiel, hoy día, lo honramos como nuestro primer Beato Puertorriqueño.

     Quiero concluir esta reflexión con el texto que aparece en la liturgia de las horas en los laúdes del miércoles de la segunda semana tomada de la carta a los Romanos. "Si verdaderamente hemos muerto con Cristo, tenemos fe de que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene ya poder sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, mas su vida es un vivir para Dios. Así también, considerad vosotros que estáis muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión a Cristo Jesús. (Romanos 6:8-11)." En esta palabra del Señor hemos de fijar nuestra esperanza y confiar en lo que nos dice Jesús; si estamos muertos al pecado, viviremos para Dios con Cristo.

VIVIR EL DIA DE HOY

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

          Pienso que muchas veces nos preocupamos demasiado por vivir el futuro, pensando en lo que tenemos que hacer mañana, el mes próximo y aún peor, estamos preocupados por lo que vamos a realizar en los próximos años. No estoy diciendo que no planifiquemos semanal, mensual, y anualmente nuestros proyectos a realizar, eso está muy bien. Lo que quiero dejar claro es que no podemos estar preocupados y perdiendo la calma, la paz interior, y afectando a los nuestros por nuestras preocupaciones injustificadas. Al igual que yo, creo que has escuchado ese dicho popular que dice: "Cada día trae sus propios problemas" que, más que un dicho popular, es el mismo Señor quien lo dice en su palabra. Jesús es aún más especifico cuando nos dice en su Divina Palabra y con gran sabiduría: "Por eso les digo: No anden preocupados pensando qué van a comer para seguir viviendo o con qué ropa se van a vestir. ¿No es más la vida que el alimento y el cuerpo más que la ropa? Miren como las aves del cielo no siembran, ni cosechan, ni guardan en bodegas, y el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que las aves? (Mateo 6:25-26). Cada día trae sus propios problemas, sus propios trabajos, sus propias luchas. Algunas son grandes y persistentes; otras son menores mas bien molestias; algunas son previsibles, otras totalmente inesperadas. De una cosa podemos estar seguros,  siempre habrá pruebas y problemas. De esto puedes estar bien seguro, no lo dudes. Pero recordemos lo que nos dice el Señor: "Vengan a mí los que se sientan cargados y agobiados, porque yo los aliviaré" (Mateo 11:28).

          A veces, uno cree que puede resolver sus problemas sin ayuda de nadie, y ni siquiera se le ocurre pedirle auxilio a Jesús; en otras ocasiones, simplemente queremos que el Señor haga desaparecer toda dificultad. Pero el secreto para que nuestros problemas se conviertan en oportunidades es encomendarse a Cristo y pedirle que El esté con nosotros en medio de las tribulaciones, dificultades y problemas. No es hacer una oración pidiendo que el problema desparezca lo que nos hará experimentar el poder de la gracia de Dios, es someternos a su santa voluntad y permitirle que obre en nosotros para su mayor honra y gloria; es abandonarnos en sus manos como El lo hizo: "Padre me abandono en tus manos has conmigo como quieras". Ríndete a los pies de Jesús y El hará contigo lo mejor que te convenga, puedes estar seguro que nada malo quiere para ti. Y no olvidemos lo que nos dice San Juan Evangelista en su evangelio: "Yo soy la Vid y ustedes los ramas. Si alguien permanece en mí y yo en él, produce mucho fruto: pero sin mí no pueden hacer nada" (Juan 15:5).

          La Escritura nos ofrece varias muestras de la promesa de que Dios está siempre con nosotros. El Señor jamás abandonó a los israelitas durante sus 40 años en el desierto (Éxodo 40:36-38) y Jesús, momentos antes de ascender al cielo, declaró: "Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin de este mundo" (Mateo 28,20). San Pablo escribió unas palabras muy alentadoras que nos deben hacer recapacitar cuando estemos preocupados, desanimados y desalentados. "Estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los poderes espirituales, ni el presente , ni el futuro, ni las fuerzas del universo, sean de los cielos, sean de los abismos, ni creatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios que encontramos en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Romanos 8:38-39).

          Reconociendo la presencia de Jesús hasta en las situaciones más difíciles es como cuando, en medio de la tormenta, los discípulos vieron al Señor caminando sobre las aguas: "Ellos querían recibirlo en la barca y en un momento llegaron a la tierra adonde iban" (Juan 6:21). Así pues, si uno se encuentra en una tempestad de problemas y, viendo a Jesús, lo invita a acompañarlo, puedes estar seguro de que llegará a su destino sano y salvo. El Señor utiliza todas las circunstancias para llevarnos a su lado; por eso, cada vez que navegamos atravesando mares embravecidos, en nuestro caminar por esta vida, el milagro de sentirnos reconfortados por la presencia de Cristo hace que cada travesía valga la pena. Quiero terminar esta corta reflexión citando lo que nos dice la segunda carta de San Pedro: "Por eso, queridos hermanos, durante esta espera, esfuércense para que Dios los halle sin mancha ni culpa, viviendo en paz" (2 de Pedro 3:14).

Mi Relación con Dios

Por: Hno. Pascual Perez, H. Ch.

     Si nos fijamos en los evangelios, Jesús hace realidad su compromiso de servicio al darse por amor a los demás. El se da por amor hasta el extremo de dar su vida por la humanidad. Con toda claridad nos dice en su Palabra: "Yo vine a servir, no a ser servido". (Ct. Mateo 20:28)

     La pregunta que tenemos que hacernos los cristianos, hoy día, debe ser: ¿A donde lleva el encuentro profundo con Dios? ¿Que acontece en la vida de aquel que ha llegado a la experiencia de Dios? A veces nos encontramos que algunos cristianos ofrecen algunas respuestas a estas preguntas muy negativas y carentes de realidad de lo que es experiencia de Dios o encuentro profundo. Para ser más explícito pongamos dos ejemplos. (A) La experiencia de Dios lleva al hombre a las nubes y le hace perder la realidad en que vive. (B) Cuando lo humano se introduce en lo divino, lo humano deja de ser humano. A estas respuestas podemos asegurar con certeza que están muy lejos de la verdad para el hombre que busca a Dios. Porque la búsqueda de Dios se hace desde la realidad profunda del corazón; y no hay nada más profundo y real que el corazón humano. Cuando el hombre busca a Dios y Dios le da a conocer su rostro, el hombre, con la presencia de Dios en su vida, se hace más hombre, más mujer, más humano; se siente más él mismo porque, al fin, ha encontrado sus raíces, ha encontrado el espejo en que mirarse y reconocerse. Encontrando a Dios, se ha encontrado; tocando a Dios, se toca a sí mismo; mirando a Dios, se ha visto a sí mismo; amando a Dios, ha terminado por amarse, aceptarse como realmente es criatura de Dios, hijo de Dios de quien le viene el origen, con quien camina y hacia donde peregrina. En Dios ha encontrado, por fin, toda la felicidad, todo el bien que andaba buscando.

     Hermano y hermana cibernético, este es tu reto, al igual que el mío y el de todos los cristianos: conocer a Dios, un Dios revelado en Jesús. Conocer el rostro divino de Dios en el rostro humano de Jesús. En lo humano del Jesús del Evangelio se irradia la divinidad; de su rostro emerge el resplandor de la Gloria del Padre; de su mirada transparente y pura, surge la mirada compasiva y misericordiosa del Padre; de su Palabra encendida, nos llega la Palabra de Vida Eterna salida de la boca del Padre; de sus manos amigas, nos llega la abundancia de bendiciones y gracias del Padre. Quien ve a Jesús, ve al Padre, quien ama a Jesús ama al Padre; quien escucha a Jesús, escucha al Padre; quien conoce a Jesús, conoce al Padre. Porque el Padre y el Hijo son una misma cosa, son el único Dios revelado en el fuego del Espíritu Santo.

     Sigue siendo para ti y para mi un reto que no podemos eludir, amar a Dios en su Hijo Jesús. Amarle como respuesta al amor primero con que Él nos amó. Amarle en la necesidad más fuerte del corazón humano, como el apremio más urgente del corazón que busca a un Dios que lo es Todo. En Dios encontrado, conocido y amado el hombre ha llegado al sentido profundo de la vida. Ha dado con "el centro" de la vida; ha dado con "la razón" de la vida que le fue entregada; ha dado con "la raíz" de la vida de donde viene la vida sin término, la vida divina, la vida que nunca se acaba.

     Mi Dios, el Dios que yo buscaba y que encontré, es un Dios derramado en plenitud en mi corazón; un Dios que ha tomado posesión amorosa y gozosa en mi corazón en su Espíritu de Amor. El amor del Padre y del Hijo ahora, desde el Bautismo, yo lo vivo, yo lo experimento en el Espíritu de Vida que habita dentro de mí. Mi reto es peregrinar constantemente hacia el interior, donde Dios, Trinidad de amor, vive, ama, mora. Esta es la realidad profunda del Dios de los cristianos, del Dios revelado por el Hijo Amado e interiorizado por la luz y la fuerza del Espíritu Santo. Esta es la realidad y la certeza más honda: Dios se ha hecho peregrino del hombre por medio de Jesús, en el Espíritu. Dios ha bajado de lo alto del cielo enviando a su Hijo único con el fin de que el hombre tenga Vida abundante en el Espíritu del Padre y del Hijo que ha sido dado sin medida. Yo estoy marcado, sellado por el Amor de Dios: el Espíritu Santo.

     Mi vida humana tiene sentido al vivirla en unión, en comunión con Jesús, el Hijo de Dios. Mi vida tiene sentido cuando todo lo que hago lo realizo en unión con Jesús. Mi vida tiene sentido cuando todo lo vivo en Jesús, con Jesús, en su nombre. Yo quiero hacer todo "en el nombre de Jesús". Entonces lo que yo hago ya no es mío, sino de Jesús: mis obras son obras de Jesús, mi amor es amor de Jesús. De tal manera la fe me ha hecho comunión de vida con Jesús que mi vida es nueva, mi vida es "vida nueva en Cristo". Con mi vida de fe, yo le hago presente hoy en la historia; con mi vida de fe yo soy irradiación del rostro de Dios en Jesús para que los hombres crean en el Hijo y glorifiquen al Padre del cielo. Con mi vida de fe en Jesús yo me convierto en epifanía, en revelación de Dios hoy en la historia para que los hombres puedan encontrar al Dios que buscan.

     Mi vida humana tiene sentido cuando, en comunión con Jesús, yo le pido que me comunique su vida, su amor, la fuerza del Espíritu Santo. Entonces todo lo que yo hago en comunión con Jesús, lo hago con el poder, la fuerza del Espíritu de vida. Desde mi debilidad, en unión con Jesús, actúa su Poder, su Espíritu Santo y así "todo lo puedo en Aquel que me conforta". El Espíritu de Jesús me lleva a trabajar fuerte, duro, por el Reino de Dios; me anima, me alienta para construir la Civilización del Amor; me fortalece, me impulsa para luchar contra el mal a base del bien; para enfrentar el pecado a base de la gracia; para deshacer las tinieblas a base de la Luz. Con el Espíritu de Jesús yo sirvo al Reino de la Iglesia a la mayor Gloria de Dios.

     Mi vida humana tiene sentido cundo, en todo lo que hago en comunión con Jesús bajo el impulso del Espíritu, busco la "Gloria de Dios", busco que Dios sea alabado, bendecido, glorificado, reconocido, amado. Toda mi vida se convierte ahora en un canto maravilloso a la Gloria del Padre. Mi vida tiene una meta: que el Padre esté contento conmigo, que el Padre se sienta feliz con su hijo. Esto me lleva a "no mirar nada sino con los ojos de la fe; no hacer nada sino con la mira puesta en Dios y atribuirlo todo a Dios".

     Que nuestro buen Dios nos conceda la gracia de vivir en esa relación tan linda con nuestro Creador y que nuestra vida sea una alabanza viva en cada instante y en todo momento a mayor gloria de Nuestro Señor Jesucristo.

ALGUIEN HABITA EN MI CORAZON

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

     En este nuevo tema de meditación, quiero ayudarte a reflexionar por medio de la naturaleza, mirando y contemplando todo lo que te rodea para que veas en ello la maravillosa mano de nuestro buen Padre Dios. Es importante que trates de encontrar a Dios en cada criatura, en cada acontecimiento, en cada situación, en las cosas buenas y en las menos buenas porque nada fue creado sin Él y todo fue creado por Él. Como siempre digo, en Dios existimos y hacia Él vamos.

     Ahora quiero citar algunos párrafos del libro "Peregrino del Absoluto" que te serán de gran ayuda en esta reflexión. "Si la búsqueda de Dios es apasionante; si encontrar su rostro deslumbra; si ser peregrino de mil caminos hacia el Absoluto da sentido a una vida; si mirando en la noche las estrellas del cielo me hacen temblar el corazón porque detrás de ellas está Él; si al escuchar el canto del ruiseñor mi alma se queda en profundo silencio; si al orar, al ponerme en contacto con la Biblia, siento que El se hace presente; si al dejar unos centavos en la mano del niño de la calle siento que en él de los dejé a Él; si al reunirme en un grupo con unos jóvenes en busca de la verdad siento su presencia en medio de la comunidad; si cuando me toca el dolor levanto mi grito sabiendo que Él me escucha y socorre; si al acercarme al sacerdote en busca de reconciliación siento que su sangre (la de Cristo) está allí, a mi alcance, para ser perdonado; si celebrando su muerte y resurrección mi corazón se alegra al experimentar su salvación (la del Señor Jesús); si... si... por tantos caminos me he encontrado con Él, ahora quiero peregrinar a mi corazón donde Él – Trinidad de Amor - me espera.

     Cuando hoy oraba con la liturgia del día del Señor me decía que: "El se olvida, de todo corazón, de mis cosas pasadas", que viviese ahora "con júbilo, como gozo y alegría". Me invita a experimentarle a El como el Júbilo de mi corazón, como el Gozo de mi corazón, como la alegría de mi corazón, Y aún más: me desconcertaba cuando me decía. "Yo creo en ti un cielo nuevo y una tierra nueva"; me decía que El, mi Dios, era dentro de mi, "mi nuevo cielo" y "mi nueva tierra" me decía que sobre mi derramaba, como lluvia temprana o tardía, (siempre buenas) su bondad y su misericordia, su paz y su ternura (yo he descubierto que no existe camino mejor y más seguro para encontrar al Señor que el de vivir, cada día, la liturgia de la Palabra).

     Este es el reto. Es el mayor de todos los desafíos. Esta es la pasión, la pasión más fuerte que el hombre puede experimentar: la de descubrir a Dios, un Dios de Amor en el fondo del corazón. Desconcierta, porque andamos buscando a Dios fuera de nosotros. Y El se ha hecho "Dios nuestro" en nuestro pobre corazón de barro. Le llevamos dentro, tan dentro que descubrirlo asusta, estremece, enternece. Lo llevamos dentro como un tesoro escondido, como una perla preciosa. Cuando uno se descubre, "por la alegría que le da", va y vende todo y se queda sólo con esa joya única. Entonces ya no hay Dios lejano, distante en un cielo desconocido; entonces Dios se hace cercano, entrañable, amigo, mío. Ahora la peregrinación se hace hacia el interior; ahora se sienten ganas de "cerrar los ojos para verlo" ahora se necesita agudizar el oído para su escucha, contener la respiración para descubrirlo dentro; ahora se necesita la paz, armonía y unidad del ser para descubrirlo como la armonía más maravillosa que existe. "¡Oh Dios, dentro de mi, te amo!"

     Es cierto, es real: Dios Padre mora en mi corazón. Y me está continuamente amando, llamando. Con su amor está creando dentro de mi cielos nuevos y tierras nuevas. Dios Padre me hace sentirme hijo, hijo amado. Dios Padre en mi corazón me comunica su misericordia, ternura, bondad, perdón, gozo y paz. Esto es de tal manera cierto que mi corazón se ha convertido en su cielo. Es el Padre que "está en los cielos de mi corazón".

     Es cierto, es real: Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo y de la historia, habita en mi corazón. Desde el día del bautismo. Desde ese día Jesús es mi hermano. Y me está salvando continuamente, me está dando como la fuente al río, su gracia y su verdad. "Jesús me hace hijo de Dios en el Hijo". Dentro de mi corazón es mi Maestro bueno que me instruye; es mi Pastor bueno que me guía; es mi Sacerdote Real que intercede al Padre por mi. Jesús de tal manera vive en mi que "ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive e mí".

     Es cierto, es real: El Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, Amor entre el Padre y el Hijo, vive en mi. Y me santifica con Jesús para que el Padre me reconozca como hijo en el Hijo. El Espíritu Santo se une a mi espíritu y clama y ora y alaba y grita y levanta mi vida, con Jesús, hacia el Padre. El Espíritu Santo me comunica sus dones y sus gracias en lo profundo del corazón. El Espíritu Santo me rocía con sus bendiciones y me despierta con sus toques interiores y sus llamadas. Vive en mí y me comunica la vida de Dios. Vive en mí y despierta mi corazón con deseos de Vida Eterna. Vive en mí y me defiende, me fortifica, me alienta y anima. "¡Oh Espíritu de Jesús, yo te amo!".

     Es cierto, es real: la Santísima Trinidad habita en mi corazón. Yo poseo la Plenitud, la Gloria, la Bienaventuranza, la Felicidad, Toda Paz y Todo Bien. Llevo en mi corazón al Dios Uno, al Dio Amor, al Dios Comunión, al Dios Unidad, al Dios Armonía. Llevo en mi corazón la "fuerza interior" para unificar, integrar, armonizar todo mi ser. Llevo dentro de mí al Dios Trino. Al Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Llevo el amor del Padre, la Gracia de Jesús, la vida del Espíritu. Llevo dentro la Dios Creador, al Dios Salvador, al Dios Vivificador. En mi interior, donde siempre se esta realizando la Obra de la Creación, en la que yo soy creado continuamente, naciendo a mundos nuevos; se está realizando continuamente la Obra de la Santificación en la que yo soy santificado continuamente en la Gracia del Espíritu de Vida. ¡Es cierto, es real: soy morada de la Trinidad¡

     No; no son cosas subidas, son cosas profundas. No; no son cosas para místicos, son cosas para los bautizados. Vivir la Trinidad en mi interior es volver continuamente a la maravilla del Bautismo. Vivir la Trinidad, relacionándome con Ella a través de la fe, la esperanza y la caridad, que también se me dieron en el Bautismo, es vivir lo "fundamental del cristiano."

     Espero que puedas leer y profundizar en este tema tratando de evaluar tu vida interior mirando con sinceridad a lo más profundo de tu corazón y preguntar a Jesús cómo es tu relación con El. De ser como te indicamos en le tema, trata de revisar tu relación con el Señor y pídele su gracia y ayuda. Que Dios te bendiga.

Un Rostro Glorificado

Esta reflexión fue tomada del libro "Peregrino del absoluto"

     En la capilla de las Hermanas de La Salle se encuentra una estatua de San Juan Bautista de La Salle que tiene a dos niños a ambos lados y una mano la posa sobre el hombro de uno de los muchachos y la otra la tiene levantada como indicándoles que busquen las cosas de arriba, que se superen en la vida. El hecho que les voy a contar fue una realidad vivida por las hermanas con un niño que iba a hacer su primera comunión.

     En una de las celebraciones de primera comunión le tocó el turno a un muchachito que al entrar en la capilla y ver a Juan Bautista de La Salle dijo a sus papás: Papá, Mamá, fue ese Señor de la sotana y el cuello blanco el que me cogió al caer; fue él. Resulta que ese muchachito un año antes de su primera Comunión se cayó de una casa en construcción. El niño estaba trepado en la azotea y cayó de una altura de siete metros sobre hierro y otros materiales de construcción. Al caer el niño, que en el Kinder se había educado con las Hermanas, invocó a San Juan Bautista de La Salle y él sintió que alguien lo protegía. Los papás lo llevaron al médico, le hicieron todas las pruebas necesarias para ver si tenía algún golpe interno y diagnosticaron que el niño estaba perfectamente bien; ni siquiera tuvo rasguños en su cuerpecito. "Papá, mamá fue ese Señor quien me cogió al caer" ¿Cosas de niños? Imposible: cosas de un niño de corazón puro y de un santo. ¿Cómo no le iba a ayudar San Juan Bautista de La Salle, Patrono de los maestros y de los niños? Los santos hicieron posible en su tiempo, mientras vivían, la presencia de Cristo Resucitado. Los santos son hoy irradiación del Resucitado que habita en ellos con sus virtudes y las gracias que Dios concede por su intercesión.

     En los santos Jesús Resucitado ha sido glorificado por medio de su Espíritu. Porque los santos fueron hombres y mujeres que se dejaron transformar por el Espíritu Santo e identificar con el Señor Resucitado. Ellos son "vivencia del Resucitado" entre los hombres. Ellos son, en vida, seres que viven como de una manera anticipada su resurrección en la Resurrección del Señor. Ellos nos dan la experiencia de Dios, del Señor Resucitado, y le hacen vivo, presente entre nosotros. Mirar a un santo es mirar al rostro del Señor. Mirar a un santo es descubrir y celebrar la muerte y Resurrección de Jesús en alguien que se ha dejado salvar, se ha dejado llenar de la gracia del Misterio Pascual. El Hijo de Dios ha sido glorificado por el Espíritu del Padre en sus santos. Ellos son testimonio vivo de que Jesús vive. Los santos hoy están de moda; están volviendo por medio de nuevas y buenas biografías que el creyente estima y lee. Una buena biografía de un santo vale por todo un tratado de teología.

     Cuando yo vivo en la verdad y con mis palabras y obras soy verdadero y no me dejo envolver por la mentira, hago presente en la historia de hoy a Cristo Resucitado. Cuando yo amo y entrego mi vida al servicio de los hombres, y me esfuerzo en comprender y perdonar, estoy haciendo presente en la historia de hoy a Cristo Resucitado. Cuando yo soy libre y vivo en la libertad de los hijos de Dios cumpliendo sus mandamientos, estoy haciendo presente al Resucitado. Cuando yo comparto mis bienes con personas necesitadas y lo hago de corazón para ayudarlas y no busco que la gente se entere de la caridad que hago, estoy haciendo presente a Cristo Resucitado. Cuando yo tengo fe y confío en el Señor en momentos de prueba y oro pidiendo su ayuda, estoy haciendo presente a Jesús Resucitado. Cuando denuncio la injusticia, cuando soporto persecución y calumnias, cuando devuelvo bien por mal estoy haciendo presente al Cristo Resucitado. Cuando soy humilde, cuando no me busco, y busco la ayuda del otro y la gloria de Dios, estoy haciendo presente al Cristo Resucitado. Cuado el bien que hago, con la fe, la esperanza, la caridad, que vivo... estoy "glorificando al Señor Resucitado". Todo lo que hago es posible por la acción del Espíritu Santo en mí.

     Yo creo en la presencia de Cristo hoy entre los hombres. Lo creo porque su muerte y Resurrección es la victoria sobre el mal, el pecado, el Diablo. Creo que el Señor vive hoy en el corazón de los hombres, en medio de los hombres, en la Iglesia, en cualquier lugar donde se trabaja por el reino (se sepa o no) por medio de la acción del Espíritu. Y aunque el mal exista y haga mucho ruido y se le dé tanta publicidad, yo creo que el Bien es mayor porque la sangre de Cristo no puede ser infecunda, sino profundamente fecunda y que esta transformando la Historia, convulsionándola, destapando todas las corrupciones, todos lo juegos sucios de los que se creen "señores de la historia" El Padre ha puesto en las manos de su Hijo Jesús todas las cosas, toda la Historia y no cae ni un cabello de un niño, un hombre, sin que el Padre lo permita. Jesús, dueño de la Historia por su muerte y Resurrección, actúa por medio del Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida, el único que conduce la Historia y mueve los acontecimientos. Los "señores de la historia" que quieren quitar al Señor Resucitado el gobierno, la conducción de la historia, están cayendo, como cayeron otros más poderosos, porque Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

La Palabra de Dios

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

     En esta corta reflexión quiero, desde lo más profundo de mi corazón, ofrecerte algunos caminos que te ayudarán mucho en la vida de peregrinación hacia Dios, durante el caminar hacia el Absoluto, en tu vida de relación personal con tu padre Dios. En la búsqueda de Dios, en el peregrinar hacia el Absoluto yo creo que hoy día hay muchas personas empeñadas en caminar, en buscar las huellas de Dios. Para ello quiero aportar en algo y en la medida de mi experiencia por la gracia de Dios. Que el Espíritu de Dios me ilumine.

     Este es el primer camino, el de la Palabra de Dios. En mi vida ha sido el más importante, el más decisivo, el que me ha hecho encontrar de veras con el rostro de Dios, es manifestación de Dios, es Epifanía de Dios. Pero si es cierto que la Palabra revelada de Dios se manifiesta, también es cierto que no basta con leerla, con escucharla en el sermón de la Santa Misa, ni con saberla de memoria. Para acercarse a la Palabra de Dios se necesita tener hambre de Dios, sed de Dios, ganas de conocerlo y amarlo. Y todo esto exige un corazón humilde y un corazón limpio. Yo diría que un corazón sincero, verdadero. La Palabra de Dios es como lluvia suave que empapa la tierra y la fecunda; es como lámpara que ilumina el camino, es como miel que deleita el paladar. La Palabra de Dios es como semilla que lleva dentro la vida del mismo Dios; es como una semilla que, si se le acoge en el corazón, florece y da fruto abundante. La Palabra de Dios comunica al mismo Dios y empapa el alma de la vida divina y le abre el deseo profundo de la vida Eterna. ¡Dichoso el que tiene hambre de la Palabra de Dios, porque llegará a ver el rostro entrañable de Dios!

     En una ocasión en que se iba a celebrar un acto penitencial, un joven que no estaba muy de acuerdo con la confesión, le asignaron leer las lecturas que se usarían para reflexionar en preparación para las confesiones. Las lecturas que tenía que leer eran "el hijo pródigo" y la de "la pecadora". Después de haber pasado un rato en oración el joven proclamó la Palabra de Dios. Unos seis sacerdotes entraron para escuchar las confesiones y este joven, que se resistía a la confesión, tomó la decisión de hacerlo. Comenta ese joven que después de la proclamación de la Palabra de Dios sintió tal fuerza en su corazón que en ese momento hubiera dicho ante sus compañeros todos los pecados de su vida sin ninguna vergüenza. Quiero confesarme fue la decisión de aquel joven que hacía más de 3 años que no se confesaba.

     Como hemos leído en las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios tiene fuerza hasta para resucitar muertos. La Palabra de Dios devuelve a la vida lo que estaba perdido, anima lo que estaba tirado por tierra, levanta lo que lo ya no tenía alas en vuelo. La Palabra de Dios despierta con fuerza y gozo el corazón y lo pone en comunión con Dios. Porque la Palabra es la espada del Espíritu y por medio de ella el Espíritu toca, conmueve, renueva, alienta nuestro pobre corazón. La Palabra de Dios es el alimento de la fe, la base para la fe, la roca para levantar la fe. Y es la fe quien nos hace encontrar con Dios. La Palabra de Dios llena el corazón de fuerza, esperanza, alegría. Es preciso experimentarla, pero con frecuencia. Yo diría que quien la descubre, descubre un Tesoro y ya nunca más lo deja. Quien la descubre, haya el manantial de su río, la raíz de su árbol, el fundamento de su casa. Sin la Palabra, Dios se pierde, se oscurece, se oculta en nuestra vida. Sin la Palabra, Dios se apaga, como la hoguera que no se alimenta con nuevos troncos. Ella mantiene encendida la fe; ella aviva la esperanza, ella da hondura a la caridad. ¡Dichosa el alma que se alimenta de la Palabra de Dios!

     Esta Palabra de Dios no es como la de los hombres. Ella sale de la boca del mismo Dios. Ella comunica la voluntad de Dios, su proyecto de vida para el hombre, su plan de salvación para el corazón. Cuando yo abro la Biblia no me encuentro con un libro, ni un texto literario. Yo me encuentro con alguien, alguien vivo, presente, cercano, amigo que me habla. Porque no hay Palabra si no hay Alguien que la diga. Al leerla yo escucho la voz del Señor que me habla, que me dice verdades de vida eterna. Cuando me acerco a ella, siento la necesidad de callar, entrar en soledad y silencio y dejarme ir en sus aguas, en su ritmo. Ella es el mejor pedagogo para conducir a Dios. Ella es el mejor guía para andar en busca del rostro de Dios. Ella es como la luz del medio día que ilumina con fuerza y calienta con alma. Ella es el camino, la verdad y la vida que yo busco. Porque en definitiva, lo que yo encuentro en la Palabra de Dios es el rostro del Padre manifestado en su Hijo, Jesús, al impulso del Espíritu. Encontrarme con la Palabra es encontrarme con Jesucristo, manifestación plena del Dios vivo.

     Cada día al anochecer, al acostarse, o quizás en la mañana, es sabroso dedicar un tiempo a entrar en el corazón de la Biblia. Sobre todo en los Evangelios. Cada vez que me acerco a la Palabra descubro una Buena Nueva, una Gran Noticia que alegra mi corazón, quita las tinieblas de mi alma, alienta los pasos de mi camino. Cada vez que oro llevo a mi corazón la Palabra de Dios. Ella me aumenta la fe; me exige fe; ella me aumenta la esperanza y la caridad y me pide que abra el corazón en amor noble, preferente por Dios. La Palabra leída, meditada, orada cada día, se va encarnando en mi vida me va haciendo cada vez más hombre, porque me va metiendo cada vez más en la esfera divina. Que Dios nos ilumine por su Palabra y con su Palabra nos llene de sabiduría para buscar de El que es nuestro mayor bien.

Huesos secos

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

     En esta reflexión deseo tomar como marco de referencia el texto sagrado del profeta Ezequiel el cual te recomiendo que leas con detenimiento, (Ezequiel 37:1-14.) Una vez lo hayas leído y reflexionado, estoy seguro de que estarás muy de acuerdo conmigo.

     Nos puede parecer algo sin sentido, el relato del profeta Ezequiel cuando nos narra su visión de los "Hueso Secos". Te invito, nuevamente, a que leas y reflexiones un poco sobre este relato desde otra perspectiva, viéndolo como una realidad en nuestros días, hoy en este mundo moderno. Creo que hoy día, más que nunca antes, se puede ver que tenemos muchos huesos secos por todas partes que necesitan de la acción del Espíritu Santo para que tomen nervios, carne y piel.

     La visión que tuvo Ezequiel de los huesos secos es una imagen especialmente útil en la actualidad, porque hay tanta gente demasiado ocupada, que no se detiene a reflexionar en los valores eternos ni en el significado de la vida. Se dejan llevar por la agitación y la vanidad, corriendo en pos de valores pasajeros, mundanos, hasta que, al final de la vida, encuentran que no han logrado nada de valor permanente. Han perdido el tiempo que Dios le ha dado en cosas que, en definitiva, no tenían ningún propósito útil. Su vida no ha tenido sentido ni significado y más bien ha quedado reducida a nada más que a huesos secos.

     Los cristianos, en cambio, están llamados a nutrirse de la fuerza y la inspiración del Espíritu Santo, porque se dan cuenta de que todo lo que son y todo lo que tienen viene de Dios y que sin Él, no son nada. Es decir que, si quiero descubrir el sentido de mi vida, tengo que descubrir quién soy para Dios y cómo me encuentro en sus planes. Necesito el "aliento de vida" del Espíritu Santo para que reanime mi espíritu, me enseñe las verdades eternas, me instruya para vivir rectamente y me comunique fortaleza para hacer la voluntad del Padre. Ahora bien, ¿cómo podemos nosotros experimentar la misma clase de paz y eficacia que tuvo Cristo? La respuesta es: Obedeciendo al Espíritu Santo. Cuando despiertes en la mañana, invoca al Espíritu Santo y dile algo como lo siguiente: "Señor, te ruego que guíes mis pasos hoy. Llévame a donde Tu quieres que yo vaya. Engendra los pensamientos de Dios en mi mente. Sana y purifica en mí todo lo que no sea grato a tus ojos. Gracias, Señor." Luego, durante el día, pon atención a la dulce voz del Espíritu y sigue sus instrucciones. Tal vez te comunique un mensaje de sabiduría acerca de alguien que necesita tu bondad o tus oraciones; o bien puede llevarte a leer algún pasaje específico de la Escritura para reanimar tu espíritu.

     A medida que continúes poniendo atención al Espíritu con actitud de sumisa entrega, poco a poco irás experimentado su presencia durante todo el día, y comprobarás que te irá capacitando para demostrar paciencia y amabilidad aunque estés cansado, para perdonar aunque estés dolido o enojado, para aquietar el corazón cuando te sientas inseguro o desorientado. Te sentirás como si el Espíritu Santo te ha sacado de la tumba y te ha llevado al aliento de la vida de Dios. Pidamos al Espíritu Santo que nos llene de su vida divina y nos conduzca como a él le plazca para su honra y gloria y para nuestro bien y eterna salvación.`

     Cada mañana ora al Señor de esta o de otra forma parecida pero que sea desde lo más profundo de tu corazón: "Muéstranos, Señor, los tesoros de tu amor. Señor, sol de justicia, que nos iluminaste en el bautismo, te consagramos este nuevo día. Que sepamos bendecirte en cada uno de los momentos de nuestra jornada y glorifiquemos tu nombre con cada una de nuestras acciones. Tu que tuviste a María, siempre dócil a tu palabra, encamina hoy nuestros pasos para que obremos también como ella según tu voluntad. Haz que mientras vivimos aún en este mundo que pasa anhelemos la vida eterna y por la fe, la esperanza y el amor vivamos ya contigo en tu reino". Que Dios te bendiga.

FATIGA INÚTIL

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

No podemos dejar pasar la vida sin reflexionar un instante en la realidad ineludible de la corta existencia del ser humano sobre la tierra.  Aunque fuimos creado para vivir eternamente, no para morir, todos sabemos que la realidad es que nacemos, crecemos y morimos. ¿Cómo explicar esto en cortas palabras? Esto es muy sencillo. Por culpa del pecado todos los que venimos a este mundo estamos “condenados” a morir. Si no hubiera pecado no existiría la muerte. El Señor nos invita por medio de su Palabra a vivir conscientes de esta realidad y nos da las herramientas para lograr esa vida eterna a que teníamos derecho por la creación. Fuimos creados para ser eternamente felices y no para morir. Por eso y para que tengamos vida abundante vino Jesucristo al  mundo. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

Si nos fijamos en el Salmo 89 nos daremos cuenta que la vida presente es fatiga inútil. Tanto luchar y trabajar para siempre tener que morir. Esto nos debe mover a realizar, en esta vida, todo lo que hagamos con una recta intención de agradar a Dios y para nuestra propia santificación. Y por supuesto, con el mejor deseo de servir a los hermanos, nuestro prójimo, a imitación de Cristo. “Yo he venido a servir, no a ser servido”. Para que estos pensamientos se hagan realidad en nosotros acudamos al Señor con palabras tan sencillas como estas: Señor, acrecienta nuestro amor. Que todo el día de hoy  sepamos dar buen testimonio del nombre cristiano y ofrezcamos nuestra jornada como un culto espiritual agradable al Padre.  Enséñanos, Señor, a descubrir tu imagen en todos los hombres. El Salmo 89 también nos alerta con palabras de luz y que nos deben hacer pensar y reflexionar un poco.   Tu reduces el hombre al polvo, diciendo: “Retornad, hijos de Adán”. Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vigilia nocturna”. En el mismo Salmo leemos:  Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan. Toca a nosotros acudir al Señor con humildad y decir como el salmista: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”. Caminemos en la presencia del Señor para que logremos la vida abundante que Jesús nos ha prometido.

Sería bueno recordar aquellas palabras de Jesús en el evangelio con las que nos hace un llamado claro y preciso. Vengan a mí los que estén cargados y agobiados y yo los haré descansar”. No olvidemos que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida y sólo en Él podemos tener vida exuberante. Como diría San Juan “Sin mí no pueden hacer nada” o como nos enseña San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me fortalece”. Hermanos, el que a Dios tiene nada le faltan, él lo llena todo en la vida del cristiano que es fiel a su palabra. 

El Santificador

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Sabemos que el Espíritu Santo es el Santificador de nuestras almas, es necesario que los hombres de este siglo nos esforcemos en conocerle, tratarle y seguir sus inspiraciones demostrando así que le amamos y que le somos dóciles en seguirle. Toda persona debe hablar con Él, pedirle ayuda, tratarle con intimidad: "Concede a tus fieles, que en ti confían, tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo" (Secuencia de la misa de Pentecostés)

El trato continuo con el Espíritu Santo aumenta nuestro amor, y en consecuencia nos facilita el seguir con docilidad sus enseñanzas. El Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. Debemos pedirle sus virtudes y sus dones a cada momento y en cada día de nuestras vidas. Es muy oportuno rendirle nuestro homenaje de adoración y de amor a cada instante, reconociendo que el Dios Trino habita en nuestro corazón. Pero sobre todo, evitar cuanto pueda disgustarlo y que nos lleve a expulsarlo de nuestra alma por el pecado mortal. "No contristéis al Espíritu Santo" (Efesios 4:30), o como nos dice el mismo San Pablo: ¿Ignoráis vosotros que sois templo de Dios? (Ira. Cor. 3:16) Tenemos la obligación de alejarnos de toda impureza y ocasión de pecar por respeto al Espíritu Santo que mora en nosotros.

Con la venida del Espíritu Santo los apóstoles recuperan las fuerzas perdidas, renuevan la ilusión y el entusiasmo, aumentan el valor y el coraje para dar testimonio ante todo el mundo de su fe en Cristo Jesús. Hasta ese momento siguen con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Desde que el Espíritu Santo descendió sobre ellos las puertas quedaron abiertas, cayó la mordaza del miedo y del respeto humano. Ante toda Jerusalén primero, proclamaron que Jesús había muerto por la salvación de todos, y también que había resucitado y había sido glorificado, que sólo en Él estaba la redención del mundo entero. Fue el primer atrevimiento que pronto suscitará una persecución que hoy, después de veinte siglos, todavía sigue en pie de guerra. Vemos en la historia de la Iglesia que el atrevimiento de muchos cristianos ha producido una gran lista de santos mártires. Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda la valentía de los Santos Mártires.

Estábamos Muertos

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Pienso que en muchas ocasiones has leído el capítulo 2 de la carta a los Efesios. Pero ahora quiero pedirte que leas de nuevo esta carta con mucha atención y fijándote en el contenido de esta reflexión. En términos médicos, estar vivo significa tener un corazón que esté latiendo, pulmones que funcionan bien y una actividad cerebral perceptible; por el contrario, morir significa lo contrario, es decir, que éstas funciones hayan quedado inertes. En términos espirituales podríamos quedar intrigados por lo que dice San Pablo: "que cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, Dios nos resucitó juntamente con Cristo y nos hizo sentar con Él en el cielo (Efesios 2, 5-6).

Todos sabemos que San Pablo, igual que tu y yo, experimentó la diferencia entre encontrarse en las garras del pecado y la oscuridad, y ser liberado por Jesús; entendió que estar en tinieblas significa no tener conocimiento directo de Cristo, estar ciego ante la verdad y ser incapaz de cambiar. Por otra parte, también supo que estar sentado en los cielos con Cristo significa conocer el amor infinito de Dios y recibir su gracia libremente en la oración, en la Eucaristía y durante los sucesos ordinarios de la vida. Con sobrada razón San Pablo podía hablar de manera tan bella y elocuente de la diferencia entre la muerte y la vida en el plano espiritual.

Si meditas con detenimiento el relato del apóstol en esta carta paulina, te darás cuenta que Jesús te ha dado la vida y te ha elevado al rango de coheredero para que estés con Él, de manera que sus intereses pasen a ser tuyos también, y llevando el amor de Jesús en tu corazón, reconocerás el valor de cada ser vivo. Podrás reconocer el valor de cada persona porque tendrás la capacidad de ver en cada una de ellas el rostro de Jesús, la imagen del Dios vivo. Si te das a los demás con una palabra bondadosa, una oración o una manos de ayuda, Dios pondrá dignidad e importancia eterna en todas tus acciones.

Nadie es perfecto, lo sabemos, por tal razón no tienes que hacerlo todo de forma perfecta porque Dios bendice hasta las buenas intenciones de tu corazón. Confía en su gracia y tendrás paz, una alegría inexplicable y un inquebrantable sentido de la bondad de Dios en cualquier situación.

Te exhorto a que medites la Palabra de Dios en la carta a los Efesios 2:1-10, fijándote con detenimiento en los versículos 4,5, y 6. "Pero Dios, que es rico en misericordia, nos manifestó su inmenso amor, y a los que estábamos muertos por nuestras faltas nos dio vida con Cristo. ¡Por gracia han sido salvados! Y Dios nos resucitó con Cristo, y nos sentó con él en los cielos". Me parece que debemos sentirnos muy alegres y dichosos de saber que podemos sentarnos con Jesús en el cielo si hacemos la voluntad del Padre y eso nos anima a serle fiel como nos dijo su Santísima Madre, "Hagan lo que él les diga". Vivamos en fidelidad y el Señor cumplirá su promesa. Para que pongamos toda nuestra confianza en el Señor el Salmo 26 nos dice: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quien temeré?. El Señor es la defensa de mi vida, ¿quien me hará temblar?". Nuestro descanso tiene que apoyarse en nuestro Señor y Salvado Jesucristo. Nos dice el salmista, "una cosa pido al Señor, eso buscaré, habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo".

Nacer de Nuevo

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

En mi reflexión diaria con la oración de la Iglesia (Liturgia de las horas) y la lectura de la Palabra, me tocó profundamente al corazón aquella frase del evangelio: "NACER DE NUEVO". Puede parecernos curioso el relato del evangelista sobre Nicodemo, uno de los jefes de los judíos, que una noche fue a buscar a Jesús para que nadie lo viera. Creía que Dios estaba efectivamente en lo que Jesús decía y hacía, y que valía la pena averiguar más a fondo. Estuvo dispuesto a arriesgarse al ir a encontrarse con Jesús, porque percibía que el Señor actuaba en el nuevo rabino, pero Jesús le insistió que si quería ver el reino de Dios tenía que "nacer de nuevo" (Juan. 3:3). La pregunta que tú y yo nos hacemos es la misma que le hizo Nicodemo. "¿Y como uno puede nacer de nuevo?" (Juan 3:4). Pero el Señor Jesús le explicó que mientras no "naciera de nuevo", del Espíritu de Dios, las oscuras limitaciones del razonamiento humano lo mantendrían atado. Esto significa que, así como había venido a ver a Jesús oculto por las sombras de la noche, así mismo permanecería en la oscuridad espiritual.

El encuentro de Nicodemo con Jesús deja en claro que por mucha moral que uno haya adquirido en la vida sino vive personalmente la acción del Espíritu Santo, no puede percibir ni entender la verdad espiritual. Una persona puede ser buena y tener buenas intenciones, pero eso no basta para establecer una relación íntima con Cristo. Siempre nos encontraremos limitados en la capacidad para obedecer los mandamientos de Dios y amar el prójimo como Cristo nos enseñó. En cambio, si uno busca y pide el poder transformador del Espíritu Santo, puede llegar a participar de la naturaleza misma de Dios y recibir la fortaleza que da el Espíritu Santo no sólo para obedecer a Dios sino para crecer en su confianza.

La Iglesia insiste en su enseñanza prebautismal en la importancia de educar a los niños en la fe desde muy pequeños para que vayan creciendo en el Espíritu desde entonces. Es cierto que los cristianos hemos adoptado el Credo de los Apóstoles, renunciando al pecado y recibiendo personalmente a Cristo como Salvador y Señor, pero cada día tenemos que reconocer que necesitamos "nacer de nuevo" y vivir según ese nacimiento espiritual. En efecto, hemos "nacido de nuevo" en el Espíritu para poder comportarnos según el Espíritu cada vez con mayor madurez (Gálatas 5, 16-25). Si nos esforzamos por buscar al Espíritu Santo por medio de la oración, llegaremos a experimentar una relación viva con Jesús, el Esposo de nuestra alma. No la dejes para luego, la oportunidad es ahora para que puedas experimentar el renacimiento en Jesús. El te recuerda que es Camino, Verdad y Vida y también te dice que ha venido para que tengas vida en abundancia.

Quiera Dios y logremos esa relación personal con el Señor desde ahora y durante nuestra estadía en este mundo que, como peregrinos viajamos hacia la casa paterna, para que al final de nuestro peregrinar, alcancemos el abrazo y ósculo de paz que nuestro buen Dios quiere darnos.

La Nueva Era

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

En la fe cristiana tenemos que denunciar lo que atente contra la sana doctrina de la Iglesia venga de donde venga. No podemos cruzarnos de brazos frente a corrientes de espiritualidad o enseñanzas supuestamente cristianas, que atentan contra la verdad revelada y contenidas en las Sagradas Escrituras. Por eso es que intento denunciar, con respeto y caridad, lo que pretende aparecer como bueno e igual al cristianismo y peor aún igual a la fe católica. Se trata de, "La Nueva Era". Como cristiano responsables y conocedores de la verdad de nuestra fe católica, es nuestro deber discernir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Por eso hemos tomado una actitud de acogida a la "La Nueva Era", hemos buscado los criterios de discernimiento porque cuando nos enfrentamos a esta realidad no podemos perder de vista que estamos dialogando con personas humanas y no con ideas. Esto supone un respeto particular hacia el otro.

El cristiano debe superar dos grandes riesgos al confrontarse con "La Nueva Era" no rechazar todo de bloque y tampoco darlo todo como diabólico. Tenemos que rechazar esas dos tentaciones. Por otro lado, tenemos que evitar el riesgo de no discernir correctamente y por consecuencia lógica, dejarnos seducir porque el poder de seducción de este movimiento es impresionante, y aunque uno esté prevenido, fácilmente puede llegar a comprometerse con él. Acercarse a "La Nueva Era", indudablemente, significa enfrentarse a una ideología peligrosa, sobre todo para el cristiano que no tiene una buena base y formación cristiana. Se trata de una doctrina que puede seducir inclusive a los mismos elegidos, porque emplea el mismo lenguaje, las mismas palabras que usamos los cristianos. Recodemos lo que nos dice San Mateo en el capítulo 24. "En efecto, aparecerán falsos cristianos y falsos profetas, que harán cosas maravillosas, capaces de engañar, si fuera posible, aún a los elegidos de Dios". (Mat. 24:24) Con toda claridad nos repite esta advertencia el evangelista San Marcos. " Entonces, si alguien les dice: Mira, el Cristo está aquí o allá, no lo crean. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar, aún a los elegidos, si esto fuera posible. Ustedes estén preparados; ya están sobre aviso de todo esto". (San Marcos 13: 21-23)

Desconfiemos de los frutos producidos por la "La Nueva Era" Cristo dijo que el buen árbol se conoce por sus frutos. Ahora bien, nosotros veremos muchos frutos en este movimiento que nos pueden engañar y aun seducir. Muchos cristianos han quedado turbados y no comprende que hay algo que denunciar cuando observan dichos frutos. Si usted quiere denunciar, trate de diferenciar a la persona, de lo que ella afirma; porque debemos amar a las personas y denunciar los errores. El Señor Jesús nos lo enseña durante su encuentro con la samaritana. El no se comporta como los judíos de entonces que no hablaban nunca con los samaritanos porque los despreciaban. El ama a la samaritana y se lo manifiesta; habla con ella, pero le dice claramente: La salvación viene de los judíos. No de los samaritanos. Porque Jesús es judío y es Dios. La salvación viene de Cristo, no viene de Buda, de Mahoma, de Confucio o de Lao-Tsé. Hay que decirlo, porque es la verdad de Dios, pero sin ninguna agresión contra las personas.

La "Nueva Era" presenta un dios panteísta que está en todas partes, que anima la materia, en el agua que bebemos y en el aire que respiramos. Pero no hace diferencia entre Dios y sus criaturas. Todo es uno, todo es divino. Por eso el ser humano también es divino, pues es una partecita de la divinidad. Esto es para que tengamos una idea pero hay muchas otras cosas que podemos citar. El cristiano por su parte proclama la revelación de la uni-trinidad, de un Dios uno en tres personas, en perfecta comunión sin pérdida de identidad ni división.

En este movimiento vemos el rechazo a la Encarnación. La "Nueva Era" habla de Cristo, y espera el segundo advenimiento, pero es un falso cristo. El Cristo real no se encuentra en la "Nueva Era". Se rechaza al Padre y se rechaza al Hijo. Se niega la Encarnación y se remplaza por la desencarnación, es decir experiencias de salida del cuerpo suscitadas por técnicas de meditación. Se remplaza también por la reencarnación que vendrá después de la muerte. El cuerpo no será sino una corteza perecedera, independiente de la identidad personal. Es, pues, importante denunciar estas confusiones que estropean nuestra fe, y denunciar este lenguaje; que aunque se parece mucho al nuestro es un falso cristo.

En la conclusión de este tema me parece oportuno citar las palabras de Su Santidad Juan Pablo II en su libro: "Cruzando el umbral de la Esperanza (página 103)" "Cuestión aparte es el renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en la forma de la llamada New Age. No debemos engañarnos pensando que ese movimiento pueda llevar a una renovación de la religión. Es solamente un nuevo modo de practicar la gnosis, es decir, esa postura del espíritu que, en nombre de un profundo conocimiento de Dios, acaba por tergiversar Su Palabra sustituyéndola por palabras que son solamente humanas". No perdamos de vista lo que nos dice el Señor en Su Palabra. "El Espíritu nos dice claramente que en los últimos tiempos algunos renegarán de la fe para seguir enseñanzas engañosas y doctrinas diabólicas." (Ira. de Timoteo 4:1-2). En la segunda carta de Timoteo se nos advierte que: "Vendrá un tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina, sino que se buscarán una multitud de maestros según sus deseos. Estarán ávidos de novedades y se apartarán de la verdad para volverse hacia puros cuentos." (2da. de Timoteo 4:3-4.

SANTA MARIA, MADRE DE DIOS

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

En el primer día del año nuevo rendimos homenaje a la Virgen María como "Madre de Dios", título que le dio el Concilio de Efeso en el año 431. Los Padres de este Concilio reconocieron que confiriendo a la Virgen María semejante título estaban dando la alabanza más suprema a su Hijo Jesús, Nuestro Señor. Así proclamaban que El no era sólo un hombre santo o una antigua voz profética, sino el eterno Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Ella había sido anunciada por el profeta Isaías como "La Virgen" que dará a luz al Emmanuel. "Miren que La Virgen está embarazada y da a luz un hijo varón a quien le pone el nombre Emmanuel" (Isaías 7:14-15). Como muy bien sabemos para Dios no hay nada imposible. Podemos colegir y así lo enseña la Santa Madre Iglesia, que la Santísima Virgen permaneció pura y limpia después del parto. Por eso se le da el nombre de: "La Inmaculada" porque permaneció pura antes del parto, en el parto y después del parto. Sería lógico pensar que si María iba a dar a luz al Salvador del mundo, al Emmanuel (Dios con nosotros), tenía que ser preservada de la mancha original y conservada en la Gracia para tan grande misión.

Este es el verdadero milagro que celebra la Iglesia en el primer día del año natural: que el Dios infinito y todopoderoso entró en su creación mediante una de sus propias hijas. ¡Qué bienaventurada fue María, que siempre se le recordará como la Théotokos [la que llevó a Dios en su seno], Vaso de la Gracia, Arca de la Alianza! Es bienaventurada y cada vez que adoramos a Jesús, veneramos también a María por su obediencia y por el fruto que esa obediencia engendró. Ella misma declaró que "desde ahora siempre me llamarán dichosa; porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas" [Lucas 1:48-49].

Dios también quiere hacer grandes cosas en los fieles de hoy. Cada uno de nosotros tiene un lugar en los planes de Dios, una misión que nadie más puede cumplir. Al trabajar para llevar a cabo esa misión, Dios quiere que lleguemos a ser "portadores de Dios" como lo fue la Virgen María. En efecto, tenemos la misión de llevar a Cristo a todos lo que nos vean a diario, de ser "un aroma agradable... que Cristo ofrece a Dios... que se esparce tanto entre los que se salvan como entre los que se pierden" [2 Corintios 2:14-15].

El llamado que nos hace el Señor con aquellas palabras salidas de los labios de su Madre: "Hagan lo que él les diga" son consonantes con la única Palabra del Eterno Padre en los Evangelios: "Escúchenlo". Si los cristianos hacemos caso a la petición de la Santísima Virgen y al llamado del Padre Eterno podemos estar seguros que no nos faltará poder de lo alto para vivir según la voluntad de Dios y lograr la felicidad eterna.

Seamos vasos llenos de gracia, como la Virgen María; pero esto sólo sucederá si perseveramos en la obediencia a los mandatos de Dios y si nos esforzamos por ser dóciles al Espíritu Santo. El Señor quiere vernos a todos trabajar con El en la transformación de nuestra vida. Recordemos, pues, al someternos a su voluntad, que Dios quiere que todos los que nos vean perciban la vida divina que emana del corazón de sus fieles.

"Morir para Vivir"

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch

Cuando decimos que tenemos que morir para vivir pudiera parecernos algo absurdo e irracional. Si nos fijamos en lo que nos dice el Señor en las Sagradas Escrituras podemos cambiar de opinión y entender mejor este "absurdo". "En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la destruye; Y el que desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida eterna" (Juan 12: 24-25). Esta analogía que nos presenta el autor sagrado, nos debe hacer pensar que, como el grano de trigo, debemos morir ser enterrados y resucitar a la vida eterna en Cristo Jesús para la gloria del Padre. Te invito a que leas en la 2da. carta a Timoteo la definición más bella de lo que significa Morir para Vivir. "Si hemos muerto con él, con él también viviremos. Si sufrimos pacientemente con él, también reinaremos con él." (2da. Timoteo 2:11-12)

La Escritura nos dice que los cristianos debemos vivir como muertos al pecado y vivos en Cristo. (Romanos 6:10-11) Para hacer realidad esa vida en Cristo tenemos una importantísima misión que cumplir: hacer discípulos a todas las naciones (Mateo 28:19), ser sal de la tierra y luz en el mundo (Mateo 5:13-14); ser perfectos (Mateo5:48) y vivir en paz con el prójimo (Marcos 9:59). Debemos amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas y finalmente amar al prójimo, incluso a nuestros enemigos, como a nosotros mismos. (Lucas 6:27; 10:27). Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Filipenses 2:5).

Sin lugar a dudas que tenemos una grande misión. Pero gracias a Dios que contamos con su promesa de que no desfalleceremos porque ya "no hay ninguna condenación para los que están unidos a Jesús (Romanos 8:10). Para aquellos en cuyo corazón habita el Espíritu Santo, todo lo que merecíamos conforme a la ley fue eliminado por la muerte y resurrección de Jesús (Romanos 8:1-4).

Ahora, teniendo las primicias del Espíritu Santo en el corazón, podemos hacer mucho más que limitarnos nada más que aprender a complacer a Dios. También podemos recibir el poder divino para cumplir nuestra misión. El hecho de vivir así "en el Espíritu" es algo maravilloso, porque uno experimenta la magnífica verdad de que ya no es uno el que vive, sino que es Cristo el que vive en uno (Gálatas 2:20). No cabe duda que tendremos pruebas y limitaciones, y a veces caeremos, pero también sabemos que no estamos solos ni condenados. Todos podemos tener esperanza, porque el poder del Espíritu Santo actúa en nosotros y su poder es ilimitado.

El cielo es la meta de nuestra vida, el propósito para el que vivimos y todo el sentido de nuestra existencia. Fuimos creados para vivir con Dios y verlo cara a cara. Todo lo demás que hacemos, nuestros pensamientos, palabras y acciones, deben acercarnos a la vida eterna. ¡El cielo es nuestro hogar! Miremos a Jesús sabiendo por fe que cuando El regrese en gloria, nos resucitará y nos llevará consigo.

El bautismo es, pues, el comienzo de nuestro peregrinaje hacia el cielo. Por medio del bautismo y la obra de la fe en nuestra vida, nuestro ser interior, el espíritu, comienza a anhelar la plenitud de la vida en Jesús en el cielo y a sentirse atraídos por ella. Como nos dice el autor de la carta a los Hebreos: "no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos buscando la futura" (Hebreos 13:14).

SANTOS MODERNOS

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Con frecuencia escuchamos decir que, hoy día o en estos tiempos modernos, es muy difícil ser santo o conseguir la santidad. Nada más lejos de la verdad, pues lo mismo que en el pasado o la época de los grandes santos de la historia, Jesús nos promete su asistencia, su gracia y, como bien nos ha dicho, se quedará con nosotros hasta que se termine este mundo. Jesús ha dejado empeñada su Palabra y promete su asistencia a todo aquel que se interesa por buscar de su reino y seguir sus pasos como El nos recomienda en las Sagradas Escrituras: "Sed santos como yo soy santo, buscad el reino de Dios y lo demás os vendrá por añadidura, en la casa de mi Padre hay muchas mansiones para que a donde yo esté, estén también ustedes,"

La razón por la cual se dice que es muy difícil ser santos tiene algo de lógico, pues no cabe duda que en este mundo nos topamos con cada cosa que, a decir verdad, son motivos de tentación y de escándalo. Basta con dar un vistazo a nuestro alrededor. Se le esta dando una excesiva promoción al sexo en todas partes, pero de forma muy escandalosa en la televisión. Búsqueda de placeres sin medida, conducta deshonesta por todos lados, filtración de mensajes subliminales y doble sentido, películas que nos impulsan a la violencia y al crimen y al sexo, etc. No obstante, encontramos, en nuestros tiempos, unos cuantos modelos de santidad y no tenemos que ir muy lejos para dar con ellos. Tenemos el Beato Carlos Manuel Rodríguez, una Madre Dominga Guzmán Florit, Sor Isolina Ferré, Madre Teresa de Calcuta, Padre Pío de Pietrelcina (su nombre de pila, Francis Forgione) y muchos más. Todos ellos nos están diciendo que sí se puede llegar a la santidad sin importar el ataque exterior que, evidentemente, es continuo y demasiado.

A todo esto, contamos con la asistencia del Espíritu Santo como el Señor lo prometió, igualmente como la obtuvieron cada uno de ellos. Por otro lado tenemos a nuestra disposición lo que nos dice el Señor Jesús en su Palabra: "Yo estaré con ustedes hasta el fin de este mundo." "Mi gracia te basta." "El que me sigue no camina en tinieblas." "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia." "Lo que es imposible para el hombre es posible para Dios." Y muchos otros textos que nos deben hacer entender que sí se puede llegar a la santidad por la gracia de Dios.

Es importante, pues, que le demos la oportunidad al Señor para actuar en nosotros y si le dejamos ser el Señor de nuestras vidas podemos tener la seguridad de que El lo hará. Sabemos que el Dios Trino mora en nuestros corazones y como nos dice San Pablo, "Todo lo puedo en aquel que me fortalece". Con esta convicción, dejemos que Jesús actúe en nuestro diario vivir y nos moldee a su imagen y semejanza tal cual fue su voluntad cuando nos creó y más aún cuando nos redimió del pecado. Pensemos por un instante en lo que nos dice el salmista: "El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres; desde su morada observa a todos los habitantes de la tierra; él modeló cada corazón, y comprende todas sus acciones". (Salmo 32)

No podemos olvidar que Dios nos creó para que fuésemos eternamente felices, así lo relata el libro del Génesis cuando nos presenta al hombre en el paraíso terrenal, el Edén. (Génesis 2:8-9) Dios nos creó con una enorme capacidad para dar y recibir amor, principalmente el amor de Dios. Sin embargo, por los efectos del pecado, en la vida de cada uno esa capacidad ha quedado gravemente afectada. Unos tratan de saciar la sed de afecto divino buscando placeres y satisfacciones tratando de conseguir la aceptación de los demás, dedicándose a realizar buenas obras, adquiriendo bienes materiales. Pero en lo más profundo del nuestro ser sabemos que ninguna de estas cosas realmente llena el vacío del corazón, por mucho que lo deseemos. El único que puede satisfacer las necesidades más profundas del ser humanos es Dios. Concluimos con el siguiente mensaje tomado de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3: 12-13. "Que el Señor los haga crecer más y más en el amor que se tienen unos a otros y también a los demás, imitando el amor que a ustedes le demostramos. Que él los fortalezca interiormente, que sean santos e irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el día que venga Jesús nuestro Señor con todos sus santos." Que así sea.

VIVIRE ENTRE ELLOS

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch

Jesucristo nos recuerda su convivencia entre nosotros. "Yo estaré con ustedes hasta que se termine este mundo." No solamente porque había de venir como un niño nacido en Belén, hacerse hombre y morir crucificado, sino porque nos haría la promesa de quedarse con y entre nosotros para siempre. Presencia que se hace accesible a nosotros por su Palabra y por la Eucaristía. Esta promesa del Dios del amor se encuentra plasmada en el libro de Ezequiel. "Viviré entre ellos" nos dice el profeta Ezequiel, las demás naciones reconocerán que yo he escogido a Israel como mi posesión sagrada (Ezq. 37:27-28). Un día Dios sacaría a su pueblo del exilio y jamás lo abandonaría; haría su morada entre ellos en un lugar de divina misericordia, protección y paz. Este sería el comienzo de una nueva alianza entre Dios y su pueblo. Recordemos las palabras del apóstol y evangelista San Mateo: "Dichosos los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos quedarán saciados (Mat.5:6).

En la Iglesia tenemos un lugar de encuentro entre Dios y su pueblo. A similitud con el santuario prometido en la antigüedad, la Iglesia es lugar de bendición que Dios santifica con su presencia; es una señal de la felicidad del Señor en medio de la oscuridad del mundo que se hunde en la incertidumbre. Aquí se reúnen los redimidos del Señor y se unen con el lazo de su amor; aquí comparten unos con otros y con el mundo el amor de Cristo. Es el lugar donde los pecadores tienen cabida y reciben el perdón, para comenzar de nuevo.

Definitivamente que Jesús se hace presente por medio de la reconciliación del pecador arrepentido. Se hace presente en la persona del sacerdote que lo recibe con los brazos abiertos como al hijo pródigo. Pero, lo más bello es que, en el tabernáculo, está Jesús mismo en el misterio del amor divino, la Eucaristía. En el sagrario se ha quedado esperando nuestra visita y nuestra compañía. En el Pan de Vida está Jesús el que vive y da vida a todo el que, con sinceridad, le busca y le abre el corazón. Toquemos a su puerta y El nos abrirá.

Esto es lo que deberíamos ver en nuestras parroquias y lo que debería suceder en nuestra comunidad eclesial. La "iglesia" no es solamente un lugar que uno visita; ¡es también lo que somos! La Iglesia es la comunidad de fieles integrada por muchos bautizados en Cristo, donde todos formamos parte del cuerpo de Jesús. Todos somos santuario de Dios, templo del Espíritu Santo, y como tales somos intermediarios entre Dios y su pueblo. No tenemos que dejárselo todo al sacerdote, al consejo parroquial, porque todos podemos dar la bienvenida a los extraños, orar por los enfermos física o emocionalmente, y buscar la santidad. El Señor nos prometió quedarse siempre con sus fieles, por eso es nuestra fuente de fortaleza y valentía, y nos ayuda a ser "iglesia" y a salir a llevar su mensaje al mundo que muere por conocer a su creador. "Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes, todos los días hasta que se termine este mundo". (Mateo 28:18-20) Déjate usar por el Señor. El quiere que seas su instrumento, canal de su gracia, no quiere que seas piedra de tropiezo para tu hermano. Jesús quiere que tú y yo seamos cooperadores suyos para que muchos se salven.

Corpus Christi

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Señor es fiesta de precepto para los puertorriqueños; razón por la cual los católicos estamos obligados a participar de la Santa Misa ese día. Pero no hace falta que sea un precepto para que los cristianos asistamos al banquete eucarístico, la Santa misa, cuantas veces nos sea posible. Solo nos bastaría comprender el acto de amor más grande de la historia humana, Jesús que se entrega por nosotros y se queda con nosotros. Así lo demuestra el Catecismo de la Iglesia en el numero 1323: "Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prueba de gloria futura" (SC 47).

Toda nuestra vida cristiana debe encontrar en la Eucaristía su fuente y hemos de realizarnos como buenos cristianos alrededor de la mesa. Porque ella es comunión de vida de Dios y con los hermanos. Es anticipo de la vida eterna y suma de nuestra fe como nos lo revela el catecismo de la Iglesia en los números 1324, 1325, 1326 y 1327, la Eucaristía, Fuente y Cumbre de la Vida Eclesial.

Su Santidad Juan Pablo II nos dice en su más reciente carta apostólica que: La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, auque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Esta no queda relegada al pasado, pues "todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de le eternidad divina y domina así todos los tiempos…" (Catecismo de la Iglesia Católica 1085). Como todos sabemos, el sacrifico de Jesucristo es uno solo nuevo y eterno del cual vive la Iglesia y se alimenta. Con sobrada razón nos dice su Santidad Juan Pablo II que la Iglesia vive continuamente del sacrificio del Redentor y que este sacrificio se hace presente perpetuamente. "De este modo, la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo, una vez por todas, para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, "el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio. (Carta encíclica sobre la Eucaristía página 20)

En una de sus homilías San Juan Crisóstomo nos dice: "Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo". Nada más bello que las palabras de San Pablo en la 1ra. Carta a los Corintios, "Yo recibí del Señor mismo lo que a mi vez les he enseñado... pero más adelante nos dice: "Así pues, cada vez que coman de este pan y beban de esta copa, están anunciado la muerte del Señor hasta que venga. Por lo tanto, si alguien come del pan y bebe de la copa del Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Por esto que cada uno examine su conciencia cuando va a comer del pan y a beber de la copa. De otra manera, come y bebe su propia condenación al no reconocer el Cuerpo" (Ira. Cor. 11:23-29). De aquí se desprende el cuidado y la diligencia con que debemos acercarnos a este sacramento de amor divino, con temor y temblor, con gran sentido de respeto y adoración pues no estamos recibiendo un mero pedazo de pan sino que estamos recibiendo, en nuestra miserable naturaleza humana, al Señor de Señores, al Dios de cielo y tierra, a nuestro Creador y Salvador en quien vivimos, nos movemos y existimos.

Le decimos al Señor, antes de recibirlo en la comunión, que no somos dignos pero El nos dice aquellas dulces y consoladoras palabras: "En verdad les digo: Si no comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben su sangre No tendrán la vida. El que come mi carne y bebe mi sangre Tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre Vive en mí, y yo en él" (Juan. 6: 53-55). Acudamos a la fuente de vida eterna y hagamos nuestra la promesa de vida que Jesús nos ofrece. "Después que yo haya ido a prepararles un lugar, volveré a buscarlos para que donde yo estoy, estén también ustedes" (Juan 14:3). Y como si fuera poco, Jesús que es Camino, Verdad y Vida nos dice: "Pero yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Te invito a que te alimentes con el Cuerpo y la Sangre del Señor para que tengas vida abundante y eterna.

Alabemos al Señor

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch

La invitación a la alabanza recorre toda la Sagrada Escritura. Son muchos los lugares en la Biblia en los que podemos encontrar una invitación a la alabanza que nos lleva a preferir este tipo de oración por excelencia. Como bien sabemos, la alabanza es una de los muchos tipos de oración que enriquecen nuestra piedad cristiana. Tenemos oración de peticiones, oración de acción de gracias, oración de alabanza y otras. Para muchos de los santos su oración preferida era la alabanza y por eso no se cansaban de adorar al Señor. Tenían muy clara la realidad para lo que fuimos creados. Tan bella e importante es este estilo de oración que cuando vayamos al cielo alabaremos al Señor por toda la eternidad junto con los Angeles y los Santos.

El llamado a la alabanza la encontramos de una forma especial en los Salmos. No podemos negar que en otros lugares en la Biblia encontramos también y de forma magistral la alabanza. "Toda la creación alabe al Señor" nos dice el autor sagrado del Deuteronomio. "Alabad al Señor, sus siervos todos" nos recalca el libro del Apocalipsis. El llamado, la invitación a la alabanza es tan sublime que el Deuteronomio insiste en que debemos alabar al Señor junto con los Angeles, junto con las aguas del espacio y unir nuestra alabanza a la del Sol y la Luna, a la de los astros y a la del rocío y la lluvia, a la de los vientos y el fuego. También nos invita a unir nuestra alabanza a la de los peces, animales y fieras. En toda esta invitación a la alabanza hay una muy específica: "Hijos de los hombres, bendecid al Señor. Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor". Como nos diría el Salmista en el Salmo 150: "Todo lo que respira alabe al Señor".

Otro pasaje bíblico que es rico en alabanza es el salmo 149 que, igual que el salmo 150, nos invita a ser y vivir en una continua alabanza en la presencia del Señor. "Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles". Nos aconseja el Salmista que usemos todos los medios a nuestro alcance para alabar y glorificar al Señor. "Alabad su nombre con danzas y cantadle con tambores y cítaras. Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas". Me parece que hablar de la alabanza es un tema que no tiene fin, que no termina nunca, pero quiero terminar con las palabras del salmo 62: "Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré de manjares exquisitos y mis labios te alabarán jubilosos". Sigamos el consejo de la Santísima Virgen María en el relato que nos ofrece San Lucas: "Mi alma alaba al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador".

Sigamos el ejemplo de la Santísima Virgen y de los santos que, teniendo bien claro la importancia y el valor de la alabanza, no perdían la oportunidad de acudir a este medio de oración. Estaban muy conscientes que esa sería la oración para toda la eternidad cuando entrasen en la gloria para alabarle y bendecidle por los siglos de los siglos. Me parece lógico y loable comenzar desde ahora haciendo la práctica e ir ganando terreno, pues a Dios hemos de amar y alabar para siempre. Ese es nuestro destino eterno; para eso fuimos creados.

Quiera Dios y nos convirtamos en hombres y mujeres de alabanza perpetua al Señor y que nuestra vida sea una alabanza que en todo lo que hagamos seamos agradables a nuestro buen Padre Dios. Les invito a comenzar practicando vivir en alabanza cuando vamos al descanso en la noche, decirle al Señor que queremos alabarlo con nuestro sueño, con nuestro descanso. Al levantarnos le pedimos que nos de la gracia de ser una alabanza viva durante todo el día, que en todo lo que hagamos sea una alabanza en su honor. Les aseguro que el Señor hará grandes cosas en sus vidas y verán la gloria de Dios.

EL SEÑOR RESUCITO

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

A lo largo del tiempo cuaresmal nos preparamos para la gran Pascua de Resurrección. Recordemos las palabras de nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez quien nos dejó como regalo el lema "VIVIMOS PARA ESA NOCHE" que, indudablemente significa no sólo prepararnos durante la cuaresma para la gran Pascua sino que, como él lo hizo, hemos de prepararnos todos los días de la vida para ese gran día de encuentro con el Señor. Jesús ha sido muy claro en sus expresiones, por medio de su Palabra, cuando nos dice que no nos dejará huérfanos sino que volverá a nosotros y se alegrará nuestro corazón. Nos dice también, que Él es la puerta: "Yo soy la puerta –dice el Señor- el que entre por mí se salvará y encontrará pastos abundantes".

Permanezcamos junto a Cristo en la alegría de la resurrección. Aún cuando los acontecimientos del mundo nos causen graves preocupaciones, y que los "imprevistos" del diario vivir traten de socavar nuestra paciencia y confianza, Jesús está con nosotros. Ya es hora de levantar la cabeza y pensar "en las cosas del cielo, no en las de la tierra" "¿Por qué? Porque ustedes murieron y ahora su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando él aparezca, ustedes también aparecerán con él y tendrán parte en su gloria." (Col. 3:2-4). Nuestra fe en la resurrección significa que podemos confiarle toda nuestra vida.

Durante la octava de Pascua la Iglesia reza en su oficio divino: "Este es el día en que actuó el Señor. Sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya." La Pascua de Resurrección es tan importante para la Iglesia y para los cristianos que durante toda la semana de la Octava de Pascua se reza la liturgia de la festividad o sea el rezo durante toda esa semana es tomado del domingo de resurrección. Es, indudablemente, una prolongación festiva del domingo de resurrección. La Palabra nos viene anunciando la gran esperanza que tenemos si somos fieles al Señor. Para ser más específicos, veamos algunos textos contenidos en la liturgia de estos días: Hechos 10:40-43; Romanos 10:8-10; Romanos 8:14-17; Hechos 13:30-33; Ira. Pedro 3:18-22 y Romanos 4:7-9. Jesús quiere que tengamos un encuentro personal con él que es el Camino, la Verdad y la Vida; que nadie va al Padre sino por él; que en él tendremos vida en abundancia; que no podemos hacer nada sin él; que se va al Padre a prepararnos un lugar para que allí estemos también nosotros.

Podemos asegurar, sin lugar a equivocarnos, que la garantía de nuestra resurrección está en la Eucaristía. Para dar fuerza y credibilidad a mis palabras me permito citar a su Santidad Juan Pablo II en su Carta Apostólica "Ecclesia de Eucharistía" página 27. "Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna; la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía, recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo; "el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día"

Con sobrada razón nos dice el evangelista San Juan: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna". (Juan 3:16) Pidamos al Señor Resucitado, vencedor de la muerte, que al celebrar su gloriosa resurrección nos conceda llegar a resucitar a la luz de la vida eterna por el poder de su Santo Espíritu.

AMENSE

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Si te preguntasen cuales son los dos amores inseparables en la vida de un cristiano, ¿qué tu contestarías? Me imagino que irías a la Ira. Carta de San Juan en el capítulo 4 del 7 al 13 y con mucha seguridad dirías "amar a Dios y amar al prójimo". Proclamarías con gran fuerza y convencimiento que Dios es amor y el amor a los hermanos es la respuesta más elocuente de ese amor a Dios. Te invito a que leas el siguiente texto y compruebes por ti mismo que Dos es amor y fuente de amor.

"Queridos míos amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios: pues Dios es amor. Envió Dios a su Hijo único a este mundo para darnos la vida por medio de él; Así se manifestó el amor de Dios entre nosotros. No somos nosotros los que hemos amado a Dios sino que El nos amo primero y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados: en esto está el amor. Queridos, si tal fue el amor de Dios, también nosotros debemos amarnos mutuamente".

El cristianismo no es solamente un conjunto de creencias. Antes que nada y principalmente es una relación, una comunión de amor y amistad personal con Dios y con el prójimo. Son dos amores inseparables. Mientras más experimente uno el amor de Dios y corresponda a ese amor, mejor estará dispuesto a demostrarle al vecino la misma aceptación y bondad que Dios ha tenido con él.

Para explicar lo asombroso que es este amor, el autor de la Carta a los Hebreos lo pone en la categoría de un "amor de familia", es decir insta al creyente a tratar al prójimo con el afecto y la lealtad que naturalmente se dan entre familiares y parientes. "No dejen de amarse unos a otros como hermanos, (Hebreos 13:1) En el bautismo Dios nos adopta como himnos suyos; por eso, esta hermandad espiritual que une a los hijos nos lleva a tratar a los demás con la misma dignidad y honor.

Esta comunión fraterna y amor cristiano podemos expresarlos día tras día en actos de bondad, como visita a los enfermos, los ancianos y los solitarios, y también llevar una palabra de aliento a los que no tienen casa, los presos y los marginados. Hacer el bien a los que nos pueden reciprocar no es tan importante o peor aún hacerlo para que nos premien no tiene valor alguno; eso es claro en el evangelio; pero el amor cristiano va más allá para llegar a los que nos caen antipáticos, que a veces son desagradables o incluso desagradecidos. Pero "Dios ha llenado con su amor nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado" (Romanos 5:5).Tan sencillo como esto.

San Agustín dijo en una ocasión: "Pidan a Dios el don de amarse los unos a los otros. Amen a todas las personas, incluso a sus enemigos, no porque sean hermanos suyos, sino para que siempre estén animados por el fuego del amor, ya sea a los que han llegado a ser sus hermanos como sus enemigos, para que, recibiendo ese amor, éstos lleguen un día a ser hermanos suyos". Roguemos al Señor que nos conceda el don de amarnos los unos a los otros.

Solemnidades

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Cuando vamos llegando al final del Tiempo de Pascua, vemos en el calendario litúrgico, algunas importantes solemnidades que desembocan en el Tiempo Ordinario que, como es de nuestro conocimiento, constituye una larga preparación y reflexión de los misterios de la redención y salvación de la humanidad. Me refiero a la Ascensión del Señor, Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus Christi y Sagrado Corazón de Jesús.

A partir de la solemnidad de la Ascensión del Señor, la Santa Madre Iglesia nos presenta otras importantes solemnidades que nos preparan para vivir a plenitud el tiempo ordinario llenos de grandes revelaciones del Señor Jesús en su plan de Salvación. Naturalmente que con la celebración de la Ascensión nuestros corazones se llenan de gozo, alegría y de esperanza porque Jesús sube al cielo a prepararnos un lugar para que vayamos a vivir con él por toda la eternidad. Es su promesa. El Señor quiere que disfrutemos de su triunfo en la cruz que El ganó para nosotros y que tenemos derecho por adopción.

Jesús quiere que recordemos la realidad para la cual fuimos creados, como nos dice el libro del Génesis, fuimos creado para vivir una eternidad feliz al lado de nuestro Creador sin dolor ni sufrimiento. Sólo y por culpa del pecado este plan maravilloso se troncó pero por Cristo, que vino para salvarnos, lo recuperamos. ¡Gracias, Señor!.

Para que se pueda hacer realidad la vida de la gracia en nosotros y podamos alcanzar la plenitud que lleva a la vida eterna, Jesús al subir al cielo nos envía la promesa, el Paráclito, el Espíritu Santo en Pentecostés. El Señor nos había dicho que cuando se fuera al Padre nos enviaría al Espíritu Santo, la promesa, para que nos enseñara todo lo que El nos había revelado y nos guiaría en el caminar de la vida. Este es el motivo por excelencia de la gran celebración de Pentecostés. Porque en cada Pentecostés esperamos que baje el poder de lo alto sobre la Santa Iglesia, sobre cada cristiano para que nos asista, transforme y llene a plenitud de sus Santos Dones. La barca de Pedro será llevada a puerto seguro como Jesús lo prometió: Yo estaré con ustedes hasta que se acabe este mundo. "Oh Espíritu Santo, guíanos hacia el encuentro permanente con Jesús y por Jesús al Padre. María, Madre de la Iglesia, tú que en Pentecostés esperabas, junto a los discípulos de tu Hijo, la venida del Espíritu Santo, intercede por nosotros para que seamos llenos de ese que fue tu Esposo en el plan de la redención y salvación del mundo. Amén".

Terminada la solemnidad de Pentecostés, la Iglesia nos presenta el misterio amoroso de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Dios Trinidad, Dios familia, Dios conjugación perfecta del amor. El Dios que nos crea, el Dios que nos redime, y el Dios que nos santifica. ¿Qué hermoso misterio? Ese misterio de amor divino nos ha dicho, claramente, que mora en nosotros sus hijos muy amados y que su mayor empeño es que "nadie se pierda", que todos logremos alcanzar la vida eterna. Cooperemos a la gracia para lograrlo.

Por amor, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre se queda con nosotros y en medio de nosotros por el gran misterio de amor, "el que me come tiene vida eterna", la Eucaristía. Por lo cual, este éste pan de vida entregado por Jesús, no como el maná que recibieron nuestros antepasados sino realmente el cuerpo de Jesús, viene a ser alimento y fortaleza para nuestra vida cristiana. Porque alimentados con el pan de vida podemos sobrellevar los duros embates diarios y lograr la victoria. No perdamos la oportunidad de recibir el alimento que lleva a la vida eterna, el Cuerpo y Sangre del Señor. Celebremos el "Corpus Christi"como precepto de amor.

Como nos dice Santa Margarita Maria de Alacoque, Jesús permanece en el Sagrario esperando a los hombres por amor y se queja de que los hombres no le aman. La invitación de la Iglesia es para que celebremos el día del Sagrado Corazón de Jesús como día de reparación con amor por nuestra falta de amor.

Pecador arrepentido

Por el Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Encontramos en las Sagradas Escrituras unas verdades muy alentadoras con respecto al arrepentimiento. El Señor nos hace muchos recordatorios sobre este particular. Definitivamente que nuestro buen Dios cumple lo que promete y por eso nos ilustra con muchos ejemplos de cómo quiere que vivamos una vida arrepentida, en su gracia y amistad. Encontramos en la Santa Biblia frases como éstas: "No quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva", "Habrá más fiesta en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos" "El Hijo que le pide a su padre la herencia, se va y la malgasta con sus amigos pero luego recapacita y decide regresar a la casa de su padre y éste lo recibe con los brazos abiertos y manda a preparar una fiesta para ese hijo que se había perdido en el pecado". Y encontramos otros pasajes que hacen alusión a este asunto tan importante para la vida del cristiano. Les aconsejo, hermanos, que sigamos los consejos del apóstol San Pablo en la carta a los Efesios. "Ustedes saben que tienen que dejar su manera anterior de vivir, el "hombre viejo", cuyos deseos falsos llevan a su propia destrucción. Han de renovarse en lo más profundo de su mente, por la acción del Espíritu Santo." (Efesios 4:22-23)

Partiendo de esta premisa debemos analizar lo que nos dice el Salmo 50 y veremos lo que nos pide nuestro buen Padre Dios a nosotros sus hijos en el caminar por esta vida como peregrinos, caminantes y de paso hacia la vida eterna. El salmista nos invita a pedir perdón por nuestras culpas con un corazón contrito y arrepentido. Nos aconseja que acudamos a Dios pidiendo misericordia y que lave todos nuestros pecados. "Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; limpia mi pecado". También nos invita a que reconozcamos lo que somos, pobres pecadores, y más aún que nos demos cuenta de que él aborrece la maldad. "Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado; contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces."

Además de esto el Señor quiere que entendamos que el castigo merecido es justo porque no sólo hemos pecado sino que también fuimos concebidos en pecado, heredamos el pecado, y como consecuencia una fuerte inclinación al pecado. Por eso recordemos lo que nos dice el salmista: "En la sentencia tendrás razón, en el juicio brillará tu rectitud. Mira, que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre." Pero como dice el Señor en su Divina Palabra, "Allí donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia", vemos que a pesar de nuestro pecado y de nuestra inclinación al pecado, el Señor quiere en nosotros un corazón limpio y puro.

"Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo, quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve." Para que puedas saborear, meditar y vivir esta reflexión te exhorto a que leas algunos versículos del Salmo 50 que, a mi mejor entender, es uno de los Salmos más interesantes y que debemos meditar frecuentemente para lograr el crecimiento espiritual que el Señor quiere de nosotros.

"Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mi toda culpa. ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti". No me cabe la menor duda de que si meditamos el contenido de este salmo obtendremos del Señor la gracia del arrepentimiento y lograremos vivir y perseverar en su amistad con santo temor de Dios.

La Oración

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch

En ocasiones escuchamos a personas decir que no saben orar y sin embargo es algo tan sencillo como decirle al Señor "no sé orar" para que ya esté orando. Un corazón tocado por la Palabra de Dios termina siendo un corazón orante. Por eso te hablaba en mi artículo anterior "La Palabra de Dios" sobre la importancia de nuestra vida de oración y relación con el Señor. Para mí es algo indispensable en nuestra vida como cristianos. Como el aire es indispensable para poder vivir así es la oración para el cristiano, indispensable para lograr vivir la vida de hijo de Dios y heredero de su reino. No hay nadie que pueda decir "no sé orar" porque tan pronto como tu corazón y tu mente se pongan en la presencia de Dios estás orando. La oración consiste en tratar amorosamente con Dios, hablarle de corazón a corazón, vida a vida. Se trata de abrir el alma con sus más y sus menos a Dios esperando de El misericordia. Sencillamente contarle las cosas como se las contarías a un amigo, a alguien con quien se tiene confianza.

La oración es camino de búsqueda, de encuentro, de peregrinación hacia el "Totalmente Otro", hacia el Dios de la vida. Orar es aprender a vivir, a respirar, a caminar, a marchar por la vida con pasos ligeros. Porque quien ora lleva a Dios consigo y nada teme pues nada le falta.

La oración debe ser una realidad en todos los momentos de la vida, pero de una manera especial en los momentos fuertes, momentos de prueba. Recuerdo que hace 20 años fui intervenido quirúrgicamente en la columna vertebral. Después de dos meses en el Hospital de Veteranos, por medio de un myelograma, los médicos detectaron una lesión espinal a nivel T10-L1. Mi doctor de cabecera y un grupo de médicos se reunieron conmigo y, con mucha prudencia, me informaron que tenían que hacerme una exploratoria de emergencia porque tenía un tumor en la columna vertebral. De momento, no lo puedo negar, me asusté un poco. Una vez me informaron de la situación me puse en oración y fui a la capilla del hospital y le conté al capellán lo que me pasaba e hice una confesión general. El día de la operación la enfermera que me llevaba a la sala de operaciones me dijo que si quería orar antes de ir a sala, lo que acepté con mucho gusto. Fui a la sala de operaciones con tranquilidad y abandono en las manos de nuestro buen Padre Dios. Terminada la operación, que duró más de 6 horas, me llevaron al cuarto de intensivo por tres días. Lo hermoso y bello de todo esto fue que a pesar de lo delicada de mi operación yo no sentí ni dolor ni malestar alguno durante la operación ni durante el tiempo de recuperación en la sala de intensivo. Mi recuperación fue muy buena hasta que regresé a casa con un pase de fin de semana para el día de acción de gracias, que por no descansar lo suficiente tuve que ser llevado al hospital antes de tiempo por una rigidez muscular en toda mi espalda. No puedo negar que una vez dado de alta del hospital quedé con daños permanentes en mi columna y, por consecuencia lógica, algunos trastornos causados por el tumor que después de la operación me dijeron que se trataba de una Syringomyelia y Ependymoma, lo que después de 20 años ha vuelto a recurrir y aún padezco con alegría y gozo en el Señor. Se añade a mi padecer, para gloria del Señor, una paraplegia incompleta.

La realidad es que mantenerme en oración, en la presencia del Señor, me hizo pasar el tiempo viviendo la certeza de que Él estaba conmigo y yo estaba sumergido en Él. Es mi Dios y por tanto cuida de todo lo que le ocurre a su criatura; es mi padre y por tanto derrama su ternura sobre sus hijos más que una madre. Cada cual debe orar desde su propia vida y partiendo de su propia realidad. La oración a solas con Dios, hecha en lo profundo del corazón da serenidad, paz y confianza al alma. Cada momento de la vida tiene su oración. En las zonas de turbulencias durante un visaje en avión que puedes hacer mejor que ponerte a orar, sencillamente eso es lo mejor que se puede hacer, aclamar la divina misericordia y protección del Señor. Ponte a orar: "El Señor es mi pastor, nada me falta; aunque pase por valle tenebroso nada temo, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan". La turbulencia podrá continuar pero la oración con el Salmo me da una fuerza y seguridad que es preciso experimentar para saber lo que es. Cada momento de la vida tiene su oración. Puedo orar mirando un paisaje maravilloso de nubes caprichosas, blancas, puras, y le puedo decir al Padre: "Qué lindo eres, qué maravilloso. Has dejado tus huellas en esas nubes. Te alabo y te bendigo, Padre." Puedes estar seguro de que Dios se preocupa más por ti que tú mismo. De esa misma forma puedes orar mirando a cada flor a cada árbol a cada criatura que veas en tu caminar por la vida. Te invito a recordar lo siguiente: "Todas las cosas nos hablan de Dios, a nosotros nos corresponde descubrirlo en cada una de ellas".

En la oración a solas con Dios, escondido en un rinconcito, en ambiente de soledad y silencio, Dios se deja sentir. A veces se deja sentir en el corazón. Y el amor de Dios que en ese momento se experimenta nos habla de El, de su Bondad y Ternura. Otras veces se deja ver en la mente y tenemos una luz de su grandeza o de su misericordia. Y llegamos como a comprender un poquito de Dios. Otras veces nos hace sentir nuestro barro y nuestro pecado y nos lleva a humillarnos ante Él, que es Santo. Pero con paz y serenidad. Otras veces nos llena el corazón de alegría y lo elevamos en alabanza y acción de gracias. En otras ocasiones nos abre el corazón a los necesitados del mundo, de la Iglesia, de los hombres, y le suplicamos con fe que ayude, que tenga misericordia. Dios es Dios y se manifiesta en Jesús. Dios es Dios y se manifiesta en su Espíritu de vida.

Orar es mirar fijamente a Jesús hasta dejarnos transformar en El; hasta que su imagen quede grabada en nuestros corazones. Orar es vivir en la permanente espera del Señor, que vino, que viene, que vendrá. Cuando oro, el Espíritu reposa en mí y mi alma es un lago tranquilo donde se refleja el Universo. La oración es el silencio de un corazón enamorado; donde no hay silencio, no hay oración. La oración es la música del alma; el alma que no ora desconoce su propia armonía interior y la belleza de su destino eterno.

La oración cristiana es una oración "centrada en Jesús", lugar de encuentro con Dios. Él es el único Mediador ante el Padre, es el único Camino que nos conduce al Padre. Por medio de Jesús nuestra oración siempre tiene camino, siempre es escuchada por el Padre. Cuando oramos a Jesús y ponemos en El toda confianza, sentimos que su Espíritu es quien ora en nuestro interior. Su Espíritu, clama, alaba, suplica, llora, goza... en nuestro corazón de barro y nos hace sentirnos débiles y fuertes; "fuertes en nuestra debilidad". Jesús nos pide orar sin cesar. Porque el Espíritu ora sin cesar en el fondo de nuestra alma. Se trata de escuchar la oración del Espíritu en nosotros y hacerla nuestra. La oración es "conocimiento profundo" del Señor y "ejercicio amoroso" con el Señor. Conocer y amar: aquí está el alma de la oración interior. Vale la pena orar porque su fruto es "vivir vida con Él". Mientras oramos vivimos en fe; si dejamos la oración, nuestra fe se marchita y apaga. La oración mantiene encendida la lámpara de nuestra vida. Con sobrada razón en las Sagradas Escrituras se nos invita a orar sin desanimarse y a orar sin cesar. Que Dios te bendiga.

Quédate, Señor, Conmigo

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

En esta nueva meditación quisiera que recuerdes los temas anteriores que fueron dedicados a la oración de la Iglesia usando la Liturgia de las Horas como fuente de reflexión con sus textos bíblicos. Orando con la Iglesia, Orando con la Iglesia en Pascua, etc. En esta ocasión y por medio de mi reflexión personal diaria salta de alegría mi corazón al leer el himno que comparto contigo para gloria del Señor. Espero que, al igual que este servidor, te llenes de la presencia del Señor durante la meditación.

"Estate, Señor, conmigo siempre, sin jamás partirte, y cuando decidas irte llévame, Señor contigo". Así reza el himno que nos presenta la Liturgia de las Horas el martes de la cuarta semana. Cada vez que llego a la cuarta semana y medito este himno mi corazón se llena de alegría y de esperanza. Me hace sentir la necesidad de buscar más y más del Señor para lograr la gran felicidad que significa la vida eterna. Como recientemente nos decía el Santo Padre Juan Pablo II: "pasar de la vida a la vida" Continuando con el himno y su mensaje maravilloso, nos lleva a pensar que sería espantoso el que Jesús se fuera sin mí, que me dejara solo sin su compañía. Eso me hace recordar aquellas palabras del evangelio de San Juan "sin mi nada podéis hacer" o las de San Pablo "todo lo puedo en aquel que me fortalece" o como el decir cotidiano: "con Dios todo, sin Dios nada". Continuando con el himno, creo que debe ser muy triste para el ser humano quedarse solo y sin esperanza si el Señor se va y la deja abandonada. Aunque parezca injusto, esto es posible si no le damos la oportunidad a Jesús de ser el Señor de nuestras vidas. Con razón decía San Agustín: "aquel que te creó sin ti no te salvará sin ti". "Porque el pensar que te irás me causa terrible miedo de si yo sin ti me quedo, de si tú sin mi te vas".

Quisiera que todos los que navegan por nuestra página sientan la necesidad del Señor, sed de su Palabra, hambre de su Eucaristía, de su alimento espiritual y así puedan ser saciados por la fuente que es Jesús que emana "Ríos de Agua Viva". "A ver ustedes, que andan con sed, ¡vengan a tomar agua! No importa que estén sin plata, vengan no más" (Isaías 55:1). El mismo profeta Isaías nos invita a buscar del Señor ahora, no mañana, la semana próxima o el mes próximo sino ahora que lo podemos encontrar. "Busquen a Yavé, ahora que lo pueden encontrar, llámenlo, ahora que esta cerca. Que el malvado deje su mala conducta y el criminal su proyecto. Vuélvanse a Yave; que tendrá piedad de él, a nuestro Dios, que esta siempre dispuesto a perdonar". (Isaías 55: 6-7)

Es por esta sencilla razón que me empeño en poner un granito de arena, por medio de esta reflexión, para que mis hermanos y hermanas cibernéticos logren un encuentro personal con Jesús el Señor. Recordemos lo que nos dice San Pablo: "nuestra meta es Cristo".

"Llévame, en tu compañía, donde tu vayas, Jesús, porque aún sé que eres tú la vida del alma mía; si tú vida no me das, yo sé que vivir no puedo, ni sin yo sin ti me quedo, ni si tú sin mí te vas". ¡Que hermoso es orar con la Liturgia de las Horas! Este rezo nos llena el alma de alegría, gozo y esperanza en nuestro caminar por este valle de lágrimas en que nos ha tocado vivir como peregrinos hacia la eternidad. Su Santidad Juan Pablo II no dice unas palabras muy alentadoras y confortantes: "A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios". También cita el Santo Padre las palabras que se recitan después de la Eucaristía: "En la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a ti". Es la oración de la esperanza cristiana, que nada quita a la alegría de la hora presente, sino que pone el futuro en manos de la divina bondad. "Llámame, y mándame a ir a ti". Este es el anhelo más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello. (La Palabra entre nosotros oct.- nov. 2002)

Te invito a que leas con detenimiento este último párrafo del himno citado en esta reflexión y llegues a tu propia conclusión. "Por eso, más que a la muerte temo, Señor, tu partida, y quiero perder la vida mil veces más que perderte; pues lo inmortal que tú das, sé que alcanzarla no puedo, cuando yo sin ti me quedo, cuando tú sin mí te vas, Amén".

Al concluir esta reflexión te invito a leer y meditar el Salmo 100 que forma parte de este rezo de la cuarta semana y hagamos nuestras las palabras del evangelista San Juan: ‘Si me amáis, guardaréis mis mandamientos". (Juan 14:15)

No Pierdas la Confianza

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Creo que a nadie le gustaría perder la confianza en Dios; al contrario, a todos nos gustaría aumentarla cada día más. Por esa razón en la carta a los Hebreos se nos alienta a proteger hoy nuestra fe. Mañana puede ser demasiado tarde. Hoy día es urgente que los cristianos velemos y cuidemos de nuestra fe porque los peligros que nos asechan para que la perdamos cada día son mayores y más graves. Ante esta realidad de peligro, ¿cómo podemos mantenernos firmes hasta el fin en la confianza que teníamos al principio y evitar el desaliento que nos arrastra el mundo actual? Esta es la pregunta que se hace el autor sagrado de la carta a los Hebreos. (Hebreos 3:14) Para evitar que el corazón se nos endurezca y que la incredulidad nos despoje de toda alegría hemos de confiar en nuestro buen Dios.

El autor de la carta a los Hebreos nos da unos consejos muy saludables que deberíamos poner en práctica. Uno de esos consejos es que dediquemos tiempo para estudiar y reflexionar las verdades cristianas contenidas en la Palabra de Dios y que nos hablan de su plan para nuestras vidas. Por ejemplo podemos entender que Dios nos habla directamente a través de su Hijo, y ya no por intermediarios. (Hebreos 1:1-2.) Además, por haberse hecho hombre verdadero, Jesús conoce exactamente los que significa ser humano; conoce nuestras flaquezas y pruebas y entiende por que caemos en pecado; por eso puede solidarizarse completamente con nosotros. (Hebreos 2:14). Sin embargo, siendo el Santo Hijo de Dios, también se encuentra en posición de interceder por sus fieles como nuestro sumo sacerdote y recibirnos en su reino como sus propios hermanos.

Podríamos decir que no tiene nada de raro que uno pierda la confianza al reconocer sus propios pecados, porque crean una barrera de vergüenza en el corazón. En esos momentos hemos, de recordar que nuestros pecados están perdonados. Hebreos 8:12). No podemos tener la menor duda de que, si nos hemos arrepentido y hemos confesado nuestros pecados, han sido totalmente perdonados. A veces perdemos la confianza que teníamos al principio porque nos sentimos impotentes frente a las situaciones de la vida; sin embargo debemos recordar de mantenernos firmes en la fe y valientes porque Jesús ha vencido el mundo (Juan 16:33). Cuando logremos conocer mejor las verdades de Evangelio, haremos nuestras las promesas del Señor y usaremos las herramientas que se encuentran en su Palabra. Leyendo las Escrituras disfrutamos de las experiencias del Espíritu Santo que viene en nuestra ayuda para socorrernos. Pidamos al Espíritu Santo que nos dé la fortaleza y la confianza en el poder de las promesas de Cristo y recordemos lo que nos dijo, "Sin mí no pueden hacer nada". (Juan 15:5) "Yo perdonaré sus maldades y no volveré a acordarme de sus pecados". (Hebreos 8:12)

Esperanza que Purifica

Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

A mi parecer y lo afirma la Palabra de Dios, es muy importante que nuestra esperanza esté puesta en el Señor Nuestro Dios, cuyas promesas no fallan por el contrario, nos purifican. Así nos lo afirma el evangelista San Juan. "Todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica así mismo, de la misma manera que Jesucristo es puro" (1ra.de Juan 2:29). La palabra griega que significa traer esperanza (elpo) también significa prever, aguardar, anticipar pero con la connotación de confianza. Cuando uno pone su esperanza en el Señor puede tener la seguridad de que no le fallará. Dios es digno de confianza, porque siempre cumple sin faltas sus promesas. Él es el amigo que nunca falla, siempre está a nuestro lado para socorrernos. Por nuestra parte, nos pide que creamos y confiemos en Él.

Así pues, tenemos la esperanza de que un día estaremos tan llenos de la vida y el amor de nuestro Dios que efectivamente llegaremos a ser como Jesús. (1ra. de Juan 3,2) En aquel día podremos presentarnos ante Dios santos, irreprochables y sin culpa. (Colosenses 1,22) Mientras aguardamos con ansias este cumplimiento, hemos de atesorar estas promesas de Dios y obedecer su palabra, porque sus promesas son cierta y ciertamente se harán realidad. Así es como nuestro Padre Celestial ha cumplido su plan perfecto por intermedio de su Hijo Jesús, nuestro Salvador.

Cuando nos sintamos desalentados por el pecado o por las dificultades, siempre podemos creer en las promesas del Señor y con mucha fe y confianza hacerlas nuestras. Tal vez no veamos resultados inmediatos, porque vemos que el pecado sigue presente y queremos que haya más cambio. Porque nadie es perfecto, hemos de poner nuestra esperanza en Dios, que es fiel a su palabra.

Depositemos, pues, toda nuestra esperanza en Cristo; si no, no podremos recibir la plenitud de la vida que Dios quiere concedernos. A medida que aprendemos a confiar en el Señor y en sus magníficas promesas, experimentaremos cambio en nuestra vida. Nos sentimos confiados y seguros y El nunca nos desalentará ni nos decepcionará. Por el contrario, nos capacitará para enfrentar el pecado y las debilidades con esperanza, sabiendo que Jesús ha ganado nuestra redención completa.

Acudamos al Espíritu Santo rogándole que reavive nuestra fe en Jesucristo que es la roca de Salvación. Creemos que Él obtuvo un lugar para nosotros en la mansión de Padre y que siempre actúa en nosotros. Confiemos en el Señor creámosle a Él. Él es nuestra Luz y nuestra Salud.

Sal y Luz

Por Hno. Pascual Pérez, H.Ch.

Todos los cristianos tenemos un llamado divino del cual tendremos que dar cuenta a Dios el día que nos encontremos ante su divina presencia al término de nuestros días aquí en la tierra. Tenemos una misión clara por el solo hecho de ser bautizados y confirmados. Estamos llamados a cambiar al mundo porque somos sacerdotes, profetas y reyes, porque somos sal y luz, porque hemos sido comisionados para ir por todo el mundo con el testimonio de lo que somos, de lo que nuestro nombre de cristianos significa; porque somos llamados a proclamar a Jesús y su reino a tiempo y a destiempo. Esto no quiere decir que toda la humanidad va a ser católica. Pero la Iglesia, debe ser sal que da sabor y luz que ilumina en todo momento y a su alrededor. Nuestra vida tiene que ser atractiva, dando un ejemplo de seriedad y solidez, tiene que tener sabor, dar gusto e iluminar. Que se note por nuestro modo de ser y de vivir, que somos como Cristo. De eso es que habla el evangelista San Mateo cuando dice: "Ustedes son sal de la tierra. Y si la sal se vuelve desabrida, ¿con que se le puede devolver el sabor?" (Mateo 5:13). También dice el Señor en este mismo evangelio que nosotros somos luz para el mundo. Como es de esperarse, la luz debe alumbrar. "Ustedes son luz para el mundo. No se puede esconder una ciudad edificada sobre un cerro. No se enciende una lámpara para ocultarla, sino para ponerla en un candelero, a fin de que alumbre a toda la casa" Mateo 5: 14-15).

En nuestra misión de bautizados sabemos que la conversión es obra de Dios, pero los creyentes tenemos al misión de llevar a las personas a Cristo, el agua de vida, para que puedan experimentar el don de la conversión. El testimonio que hemos de dar es doble: de vida y de palabra. La Beata Madre Teresa de Calcuta dijo una vez: "Imita a Jesús; comparte a Jesús". A mi me gusta mucho aquella expresión de San Francisco de Asís que decía: "Predica el Evangelio en todo momento, y si es necesario, habla". Esto significa que en la manera en que somos testigos para los demás es viviendo día tras día la vida de Cristo en nosotros.

Jesús quiere que seamos Sal y Luz pero en cantidades correctas y a su debido tiempo. Podíamos decir que un poco de sal provoca sed, pero en exceso produce náuseas. Una luz moderada alumbra y genera tibieza, pero la luz excesiva quema y encandila, deslumbra y distrae. De modo similar, la evangelización ha de presentar la verdad de Cristo de una manera interesante y estimulante, sin presiones ni aires de superioridad moral. Lo que hemos de hacer es invitar a las personas a participar en la experiencia de purificación y renovación que Dios ha realizado en nosotros mismos, y la única manera de hacerlo es manteniéndose sumergido en el caudal de la gracia y el poder sanador de nuestro Salvador. Recordemos las palabras de San Pablo: "Sed mis discípulos como yo soy de Cristo". De esta manera podemos logra ser "Sal y Luz" para dar sabor y alumbrar a los que nos rodean. Para eso fuimos bautizados y confirmados y llamados por el Señor para ser evangelizadores por el testimonio de vida. Oremos con la Iglesia en la Liturgia de las Horas en la segunda semana del rezo divino: "Que en todas nuestras palabras y acciones seamos hoy luz del mundo y sal para cuantos nos traten".

Quiera Dios y tengamos un parecido a los primeros cristianos quienes eran admirados por la gente al ver su comportamiento y su fidelidad al Señor. Lo compartían todo, se amaban, vivían unidos ("miren como se aman") eran testigos, Sal y Luz. Veamos esta verdad plasmada en los Hechos de los Apóstoles. "Toda la gente estaba asombrada, ya que se multiplicaban los prodigios y milagros hechos por los apóstoles. Todos los creyentes vivían unidos y compartían todo cuanto tenían. Vendían sus vienes y propiedades y se repartían de acuerdo a lo que cada uno de ellos necesitaba". Hechos 2:43-45. Quizás podemos pensar que a los cristianos de hoy día nos falta mucho si nos comparamos a los descritos en los Hechos de los Apóstoles y no estoy hablando literalmente. Pensemos un poco en lo que nos quiere decir el Señor. Busquemos en lo más profundo de nuestro interior y veamos si somos Sal y Luz.

DEMOS GRACIAS AL SEÑOR

Por: Hno Pascual Pérez, H. Ch.

Estamos acostumbrados a separar una fecha en el año para dar gracias a Dios. Eso está muy bien. Pero desafortunadamente, más que dar gracias a Dios dedicamos ese día para preparar un buen pavo, una buena cena o un buen banquete para festejar con la familia, amigos e invitados. Tampoco creo que todo esto en sí tenga nada de malo, por el contrario, es muy bueno que la familia separe tiempo para compartir y nada mejor que hacerlo en una cena familiar. Lo que podemos cuestionarnos es que para dar gracias a Dios sólo lo hagamos en un día en específico del año y no a cada instante de nuestras vidas.

En muchísimos lugares de las Sagradas Escrituras encontramos que debemos dar gracias a Dios por todo y en todo momento. Si nos fijamos en las diferentes partes de la Celebración Eucarística encontramos en ella la acción de gracias por excelencia. También cuando oramos con la Iglesia usando el rezo de la Liturgia de las Horas aparece, de forma muy destacada, la acción de gracias al Señor en cada semana del rezo litúrgico.

La Iglesia está llamada a vivir en continua acción de gracias a su Creador. Nosotros los creyentes, los bautizados que somos el cuerpo místico de Jesús, los que componemos esta Iglesia, somos los responsables de serle agradecidos desde lo más profundo de nuestro ser por cada momento, en toda circunstancia y en cada lugar en que nos encontremos durante nuestra vida.

La oración de acción de gracias la encontramos a través de toda la Sagrada Biblia desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Si nos fijamos en el primer libro sagrado, encontramos una bella prefigura de la acción de gracias por excelencia, la Eucaristía. "Entonces Melquisedec, rey de Salem, trajo pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo"…" Génesis 14: 18. No podemos ignorar que en la plegaria eucarística se menciona la acción de gracias al Señor y de una manera muy particular en la consagración.

Para San Pablo dar gracias a Dios era muy importante, al extremo que dice en la 1ra. Carta a los Corintios que da gracias por sus hermanos de Corinto. Por aquellos que el Señor les había encomendado evangelizar. "Si cesar doy gracias a mi Dios por ustedes y por la gracia de Dios que recibieron en Cristo Jesús. Pues en él han recibido todas las riquezas, tanto las de la palabra como las del conocimiento, al mismo tiempo que se hacían firmes en la fe". 1ra. de Corintios 1:4-6. Por otro lado, San Pablo es claro en la importancia que tiene para los creyentes hacer de la acción de gracias un estilo de vida, un buen hábito y una magnífica costumbre. En el capítulo 5 versículo 15 de la carta a los Efesios nos dice: "Miren cómo se comportan". Pero si nos fijamos bien más adelante nos ofrece unas directrices muy importantes. "No se emborrachen; el vino lleva al libertinaje. Más bien llénense del Espíritu Santo: hablen entre ustedes con salmos, himnos y cánticos espirituales. Canten y celebren interiormente al Señor, dando gracias a Dios Padre, en nombre de Cristo Jesús nuestro Señor, siempre y por todas las cosas." Efesios 5:18-20. Esto confirma lo que hemos venido diciendo, "para nosotros la acción de gracias tiene que ser un estilo de vida".

Insistiremos un poco más en la actitud que debemos tomar para ser agradecidos al Señor por todo lo que nos sucede durante nuestro peregrinar por la tierra caminando hacia la eternidad. Observemos con detenimiento lo que nos dice el apóstol de los gentiles en la primera carta a los Tesalonicenses. "Estén siempre alegres, y en toda ocasión den gracias a Dios: esta es, por voluntad de Dios, vuestra vocación de cristianos. No apaguen el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal, dondequiera que lo encuentren" 1ra. Tes. 5: 16-22.

No quiero pasar por alto aquella frase de San Pablo a los Colosenses: "Sean constantes en la oración; quédense velando para orar con acción de gracias" Col. 4:2. No podemos tener la menor duda de que en nuestra vida de oración es indispensable la acción de gracias, ser agradecidos al Señor en todo y por todo.

De forma elocuente y con gran sentido de agradecimiento se expresa el salmista en el Salmo 117 con alabanzas y acción de gracias. "Alaben al Señor, todos los pueblos y festéjenlo todos los países. Porque grande es su amor hacia nosotros, su lealtad perdura para siempre. Den gracias al Señor, porque es bueno, su piedad es eterna. Te doy gracias, porque me oíste, y fuiste para mi la salvación". Podemos añadir lo que nos dice le Salmo 91 para refirmarnos en lo dicho anteriormente, un estilo de vida. "Es bueno darte gracias, oh Señor y cantarle, oh Altísimo, a tu nombre, anunciando tu amor por la mañana y tu fidelidad toda la noche…"

Quiero concluir este recorrido por las Sagradas Escrituras fijándome en la importancia de la acción de gracias como estilo de vida, con lo que nos dice la carta a los Colosenses y el libro del Apocalipsis; algo que tiene que permanecer en el cristiano a flor de labios: "Sean constantes en la oración; quédense velando para orar con acción de gracias." Col. 4:2 Y en el último libro de la Biblia: "Los veinticuatro Ancianos que ocupaban los tronos delante de Dios, se postraron para adorar a Dios, diciendo: Te damos gracias Señor, Dios y Todopoderoso, por haber empezado a reinar, valiéndote de tu poder invencible." Como hemos visto y no me cansaré de decirlo, tenemos que ser una acción de gracias constante a nuestro Señor y Salvador.

                                © 1999 a 2009                                
Ministerio de Radio e Internet  
Parroquia La Milagrosa Box 4021 Aguadilla, Puerto Rico 00605-402