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Algunas personas
nos han escrito sugiriéndonos que pongamos más enseñanzas,
temas de formación y de espiritualidad en nuestra página
de Internet, sugerencia que nos agrada mucho y más aún lo
teníamos en mente hace algún tiempo. Lamentablemente, por
razones de salud en los miembros que componemos este
ministerio, no lo habíamos logrado.
Bajo el link "reflexiones", desde
nuestra página principal, usted podrá acceder los
diferentes temas que irán apareciendo de ahora en adelante.
Puede además encontrar en el link "Nuevo"
las noticias, sucesos y actividades que puedan ser de
interés para la comunidad parroquial y para los que nos
visitan y comparten con nosotros. También puedes conectarte
con El Vaticano.
Esperamos complacer, en lo posible, las peticiones de
enseñanza y de oración y así poner un granito de arena en
la evangelización de la Iglesia usando este medio innovador
de la Internet.
Orando
con la Iglesia en Cuaresma
Por Hno. Pascual Perez, H.Ch.
En la oración de la Iglesia, al
comenzar la Santa Cuaresma, se nos invita a la penitencia, a
la oración, de forma especial a la reconciliación, a las
obras de caridad, al ayuno y a la limosna, pero sobre todo a
buscar un encuentro personal con el Señor. En el rezo del
primer domingo de la Cuaresma encontramos la siguiente
plegaria: "Insigne defensor de nuestra causa, Señor y
Salvador del pueblo humano, acoge nuestras súplicas
humildes, perdona nuestras culpas y pecados". Con esa
actitud debe, cada uno de nosotros los cristianos, comenzar
este tiempo de gracia y misericordia del Señor. No de
manera rutinaria o para cumplir con lo designado por la
Iglesia: mayor oración, penitencia y reconciliación, sino
porque estamos convencidos de que "sin santidad
nadie verá al Señor".
"No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios", leíamos en el evangelio del primer domingo
de Cuaresma. Por eso tenemos que fortalecernos con la Palabra Divina y comer del
augusto sacramento del altar, la Eucaristía, que Jesús nos ofrece de forma
misericordiosa durante este tiempo para alimentar nuestra alma y fortalecernos
contra le pecado como vemos en el evangelio que contiene el relato de las
tentaciones de Jesús. En la oración de la Liturgia de la Horas recitamos: "Te
pedimos, Señor todopoderoso, que las celebraciones y las penitencias de esta
Cuaresma nos ayuden a progresar en el camino de nuestra conversión: así
conoceremos mejor y viviremos con mayor plenitud las riquezas inagotables del
misterio de Cristo. Que vive y reina contigo".
En el texto sagrado de esta misma semana, la primera semana
de Cuaresma, encontramos el significado más claro y bello que tiene este tiempo
especial de sacrificio por y para el Señor. "Fue llevado Jesús por el
Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio, y, después de ayunar
cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre". Cuarenta = a Cuaresma.
Queda claro en el evangelio cuál es el propósito de la Cuaresma. Jesús ayunó,
hizo sacrificio, pasó hambre y sintió hambre, pero también fue tentado y no
una vez sino tres veces, pero la lección para nosotros es que aprovechando al
máximo nuestra Cuaresma venceremos la tentación, venceremos al tentador, lo
echaremos fuera como lo hizo Jesús. Para eso es este tiempo de gracia del
Señor para fortalecer nuestra vida espiritual y así alcanzar la Pascua de la
Resurrección en la que gozaremos y permaneceremos con El para siempre.
Te invito a que lo tomes muy en serio y aproveches este
tiempo a su máxima capacidad. Imita a Jesús, vive lo que El te pide,
compórtate como el Señor quiere, sigue el consejo de su madre la Santísima
Virgen María, "hagan lo que El les diga" y verás la gloria de Dios y
permanecerás con él por toda la eternidad. El nos asegura que seremos dichosos,
felices para siempre si le seguimos en espíritu y verdad. " Dichosos
los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos quedarán saciados"
(Mateo 5:6). Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"
(Mateo 5:8). Que el Señor te ilumine y te ayude para que disfrutes de una
santa Cuaresma y logres la tan esperada Pascua de Resurrección aquí, y que
ésta se remonte hasta la vida eterna. Que así sea.
Quisiera
que reflexionemos por un instante la diferencia de la virtud
en teoría, pero no en la práctica, cosa muy común, pero que
no alcanzamos a comprender por la falsedad que encierra.
Este tema te parecerá un poco controversial o más bien
increíble, pero verás que es una realidad en nuestras
vidas.
El
suponer que una persona sea virtuosa porque practica las
virtudes, y a la vez, ver que eso no necesariamente es así,
me parece algo un poco difícil de explicar y comprender.
Decía San Francisco de Sales que es un error muy frecuente,
especialmente entre personas espirituales, imaginarse que
tienen ciertas virtudes, solamente porque no tienen los
vicios opuestos a esas virtudes. Pero existe una distancia
enorme entre tener una virtud y no tener el vicio opuesto.
El dejar de hacer lo que no se debe hacer, el dejar de obrar
el mal, es algo sumamente bueno, pero eso no es suficiente
para afirmar que se tiene la cualidad a eso malo que se deja
de hacer. Para tener una virtud es necesario practicar actos
positivos acerca de esa
virtud.
Hermano,
quiero llevarte a reflexionar responsablemente en lo
siguiente: Decir que una persona tiene paciencia y buen
genio, cuando no hay nadie que le ofenda ni le lleve la
contraria ni lo humille, es una equivocación; porque lo
raro y monstruoso sería que demostrara impaciencia y mal
genio cuando nadie se le opone y le ofende. Tu muy bien
sabes que hasta las mismas fieras más feroces de los circos
se muestran mansas con aquellos que les hacen especiales
favores y que se esfuerzan por contentarlas y por no
irritarlas. Sería raro que el tigre se enfureciera con el
que le trae sabrosa carne, o que la serpiente demostrara mal
genio contra quien le hace oir una música agradable.
Aplicándonos
la realidad, todos sabemos que hay personas dulces y amables
y del mejor genio del mundo, pero mientras nadie les lleva
la contraria. Sin embargo, aguarde a que algo le resulte mal
o alguien les trate con desprecio o le humille, ahí sí que
estallan como
un volcán. No nos quepa duda que se cumple en ellos lo que
dice el salmista: “Apenas los tocan echan humo”. Son
como esas brasas escondidas entre cenizas que cuando las
revuelcan queman a los que las tocan. Podemos decir, también,
que se parecen a ciertos ríos de tierra plana que por
encima parecen quietos y muy tranquilos, pero por debajo
corre una fuerte corriente que es capaz de arrastrarlo y
ahogarlo. Gentes así no tienen el vicio de airarse y de
estallar en mal genio, porque nadie las vive atacando pero
tampoco tienen la virtud de la paciencia, porque apenas las
contradicen se llenan de impaciencia.
Decía
San Gregorio, que ser amables con los que nos tratan
amablemente es cosa fácil y nada difícil. Pero que el
demostrar paciencia y amabilidad con los bruscos, los mal
educados, los inoportunos, y ser bondadoso en el hablar con
los que son mal educados y hablan mal de nosotros, eso sí
es verdadera virtud. Este fue el caso de Moisés, del cual
afirma la Sagrada Escritura que era el hombre más manso y
humilde del mundo, y el caso especialísimo de Cristo, de
quien dice San Pedro: “A los que le trataban mal no les
respondía con insultos”. Me parece muy bien que tú y yo
sigamos el ejemplo de Moisés pero mejor aún sigamos el
ejemplo de Jesucristo.
Hemos
escuchado, con frecuencia, el dicho común de que algunos
dicen muchas palabras pero hacen muy poco. Lamentablemente
son muchos elocuentes en ponderar lo importante que es la
virtud de la paciencia y tratar amablemente a todos. Pero a
la menor ofensa que reciben estallan en cólera. La
paciencia la tenían en la punta de la lengua, pero en la práctica
la tal virtud no
existía. Todo era sólo teoría.
¿Cuándo
es que se consigue la virtud?
A San Francisco de Sales le gustaba repetir: “La
virtud no se consigue en tiempo de paz, cuando nada sucede
en contra de ella. Muchos aparentan tener paciencia, pero es
porque nadie les contradice ni les ofende. Son ejemplares de
amabilidad y bondad, pero tan pronto alguien les toque y
humille, inmediatamente se les acaba la dulzura y aparece el
mal genio. Con lo cual se demuestra que su virtud es de
apariencia y de palabras,
pero no de obras. Hay mucha diferencia entre no tener
un vicio y poseer la virtud contraria a ese vicio. Lo que
sucede es que nuestras pasiones están dormidas, pero apenas
alguien las despierta nos atacan y nos derrotan.
Por eso hay que ser humildes y no pensar que poseemos
una virtud sólo porque no tenemos el vicio opuesto”. Que
el Señor nos ayude a ser humildes y reconocer nuestra pequeñez
y poquedad para que con la ayuda de su gracia podamos vivir
las virtudes según su voluntad.
Que
Dios te bendiga.
Camino
de conversión
Arrepentíos,
pues, y convertíos (Hechos 3:19)
Debemos de
reflexionar
sobre la necesidad de una conversión profunda y permanente en nuestras vidas.
No es decir que hoy me convertí al Señor; la realidad es
que todos los días de mi vida deben ser una progresiva conversión
con entrega y dedicación a la voluntad de Dios en mi peregrinar por esta vida.
Los
temas para estos próximos meses son: “Conversión Permanente, Guiados por
el Espíritu Santo hacia un nuevo estilo de vida, Vocación universal a la
santidad y Penitencia y reconciliación”.
Damos
comienzo con la reflexión de su Santidad Juan Pablo II en su exhortación apostólica:
“La Iglesia en América”.
La
conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino
que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es
un empeño que abarca toda la vida. Por otro lado, mientras estamos en este
mundo, nuestro propósito de conversión se ve constantemente amenazado por las
tentaciones. Desde el momento en que ‘nadie puede servir a dos señores’ (MT
6,24), el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de asimilar
los valores evangélicos que contrasta con las tendencias dominantes en el mundo.
Es necesario, pues, renovar constantemente ‘el encuentro con Jesucristo
vivo’, camino que, como han señalado los Padres sinodales, ‘nos conduce a
la conversión permanente’.
El
llamado universal a la conversión adquiere matices particulares para la Iglesia
en América, comprometida también en la renovación de la propia fe. Los Padres
sinodales han formulado así esta tarea concreta y exigente: ‘Esta conversión
exige especialmente de nosotros Obispos una auténtica identificación con el
estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la
cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como El, sin colocar nuestra
confianza en los medios humanos, saquemos, de la fu0erza del Espíritu, y de la
Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a
aquellos que están sumamente
lejanos y excluidos’.
Para ser Pastores según el corazón de Dios (cf.Jr
3,15), es indispensable asumir un modo de vivir que nos asemeje a Aquel que dijo
de sí mismo: ‘Yo soy el buen pastor’ (Jn 10,11), y que San Pablo evoca al
escribir: ‘Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo, (I Col.11,1).
Una vez hemos reflexionado por algún tiempo el
tema "Conversión Permanente", sería bueno pasar a otro tema que nos
lleve a vivir lo que quiere el Señor de nosotros, un nuevo estilo de vida. Para
lograr vivir un nuevo estilo de vida es indispensable la ayuda del
Paráclito, el Espíritu Santo. Leemos en la continuación de su carta pastoral
lo que Su Santidad Juan Pablo II nos advierte con gran insistencia: "Tenemos
que dejarnos guiar por el Espíritu Santo".
La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para los pastores,
sino más bien para todos los cristianos que viven en América. A todos se les
pide que profundicen y asuman la auténtica espiritualidad cristiana. ‘En
efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias
cristianas, la cual es <<la vida en Cristo >> y <<en el
Espíritu>>, que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en
esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial’. En este
sentido, por espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión, se
entiende no ‘una parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu
Santo’. Entre los elementos de espiritualidad que todo cristiano tiene que
hacer suyos sobresale la oración. Esta lo ‘conducirá poco a poco a adquirir
una mirada contemplativa de la realidad, que le permitirá reconocer a Dios
siempre y en todas la cosa; contemplarlo en todas las personas; buscar su
voluntad en los acontecimientos’.
La oración tanto personal como litúrgica es un deber de todo
cristiano. ‘Jesucristo, evangelio del Padre, nos advierte que sin El no
podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). El mismo en los momentos decisivos de su vida,
antes de actuar, se retiraba a un lugar solitario para entregarse a la oración
y a la contemplación y pidió a los Apóstoles que hicieran lo mismo’. A sus
discípulos, sin excepción, el Señor recuerda: ‘Entra en tu aposento y,
después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo secreto’
(Mat.6,6). Esta vida intensa de oración debe adaptarse a la capacidad y
condición de cada cristiano, de modo que en las diversas situaciones de su vida
pueda volver siempre ‘a la fuente de su encuentro con Jesucristo para beber
del único Espíritu’ (1Co.12,13). En este sentido, la dimensión
contemplativa no es un privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario,
en las parroquias, en las comunidades y en los movimientos se ha de promover una
espiritualidad abierta y orientada a la contemplación de las verdades
fundamentales de la fe; los misterios de la Trinidad, de la Encarnación del
Verbo, de la Redención de los hombres, y las grandes obras salvíficas de Dios.
Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación
tienen una misión fundamental en la Iglesia que está en América. Ellos son,
según expresión del Concilio Vaticano II, ‘honor de la Iglesia y hontanar de
gracias celestes’. Por ello, los monasterios, diseminados a lo largo ancho del
Continente, han de ser; ‘objeto de peculiar amor por parte de los Pastores,
los cuales estén plenamente persuadidos de que las almas entregadas a la vida
contemplativa obtienen gracia abundante por la oración, la penitencia y la
contemplación, a las que consagran su vida. Los contemplativos deben ser
consientes de que están integrados a la misión de la Iglesia en el tiempo
presente y que, con el testimonio de la propia vida, cooperan al bien espiritual
de los fieles, ayudando así para que busquen el rostro de Dios en la vida
diaria’.
La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo
de una vida sacramental asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente de
inagotable de la gracia de Dios, necesaria para sostener al creyente en su
peregrinación terrena. Esta vida ha de estar integrada con los valores de su
piedad popular, los cuales a su vez se verán enriquecidos por la práctica
sacramental y libres del peligro de degenerar en mera rutina. Por otra parte, la
espiritualidad no se contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano.
Al contrario, el creyente, a través de un camino de oración, se hace
consciente de las exigencias del Evangelio y de sus obligaciones con los
hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia indispensable para perseverar en el
bien. Para madurar espiritualmente, el cristiano debe recurrir al consejo de los
ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo mediante la
dirección espiritual, práctica tradicionalmente presente en la Iglesia. Los
Padres sinodales han creído necesario recomendar a los sacerdotes este
ministerio de tanta importancia.
Amor
al prójimo
Por: Hno.
Pascual Pérez, H.Ch.
Continuamos,
en esta ocasión, compartiendo con nuestros lectores algunos puntos de reflexión
tomando como modelo los enfoques cristianos de un gran santo de quien les hablé
en la edición anterior, San Francisco de Sales.
A
San Francisco le impresionaban las enseñanzas de San Agustín, doctor de la
Iglesia, cuando éste decía: “Si amas al prójimo porque es de tu familia,
ese es un amor natural. Si
amas a alguien porque te atrae y te emociona, ese es amor sentimental.
Si amas porque esa persona te puede hacer favores, ese es amor interesado.
Si amas porque es una criatura hecha a imagen de Dios y porque todo favor que
hacemos al prójimo lo recibe Cristo como hecho a Él, entonces sí, tu amor
es “Amor de Caridad”. Insistía
en que amar a las personas que nos resultan simpáticas es algo muy fácil y
eso lo hace todo el mundo. Pero amar porque Dios manda amar a todos y porque
los demás son hijos de Dios, ese sí resulta más difícil. Ahora piensa con
detenimiento, ese amor sobrenatural es el más perfecto, el más
costoso, pero es a la vez el que más premios traerá para esta vida y sin
lugar a dudas, para la otra.
Sería
para nosotros muy fuerte pensar que hemos de amar como nos ama Dios, pero
quiero que pienses en lo siguiente: El buen Dios no nos ama porque nosotros
somos buenos (pues no lo somos) sino porque El es bueno. Y así debería ser
nuestro amor hacia las demás personas: Amar no porque los demás son buenos,
amables y simpáticos, sino sencillamente porque tenemos un buen corazón que
sabe amar a todos sin distinción de personas.
Nos
dice San Francisco de Sales que es bueno fijarse en las cualidades y virtudes
de los demás, reconocer los favores que nos han hecho, y eso aumentará
nuestro amor hacia ellos, pero hay que referirlo todo a Dios que es el que les
ha regalado esas cualidades y dones, y llevar nuestro amor de manera que
amemos al prójimo pero en Dios, y por amor de Dios y para agradar a Nuestro
Señor. Así no tendremos peligros de que nuestro Divino Juez
nos diga en el día del juicio la frase impresionante que Jesús le
dijo a los fariseos que sólo buscaban aparecer bien y ganarse la simpatía y
el respeto de la gente: “Ya recibieron su recompensa en esta vida”.
Nada les queda para el cielo.
Quiero
terminar con aquella frase del libro
del Eclesiastés “Hay algo aún
peor que la misma muerte, y es una amistad sensual que lleva al pecado”.
Pidamos al Señor como el profeta
Ezequiel que cambie nuestro corazón de piedra por uno de carne. “Yo les
cambiaré ese corazón que tienen duro como de piedra, y lo transformaré en
un corazón nuevo, capaz de amar”. Que
Dios te bendiga.
Conserva
a tus amigos
Esta es la historia de un muchachito que tenía muy mal
carácter. Su
padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la
paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el
muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. Las semanas que siguieron, a
medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos
detrás de la puerta. Descubrió que era más fácil controlar su genio que
clavar clavos detrás de la puerta. Llegó el día en que pudo controlar su
carácter durante todo el día.
Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo
cada día que lograra controlar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo
anunciar a su padre que no quedaban mas clavos para retirar de la puerta... Su
padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: "has
trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca mas
será la misma. Cada vez que tu pierdes la paciencia, dejas
cicatrices exactamente como las que aquí ves." Tu puedes insultar a
alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas lo devastará, y la
cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una
ofensa física. Los amigos son en verdad una joya rara. Ellos te hacen reír y
te animan a que tengas éxito. Ellos te prestan todo, comparten palabras de
elogio y siempre quieren abrirnos sus corazones. Muestra a tus amigos cuánto
te importan y envía este mensaje a quien consideres tu AMIGO,
TU ERES MI AMIGO Y PARA MI ES UN HONOR
Este mensaje me lo envió un amigo y
ahora te lo paso a ti. Por favor perdóname si alguna vez dejé una cicatriz
en tu puerta.
Dominio
Propio
Por:
Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Con
la mejor intención de aportar a la evangelización de nuestra Iglesia,
pretendo llegar a los hermanos de la Renovación Carismática Católica por
medio del periódico el “Nazareno” y a todos los que tengan la oportunidad
de entrar a nuestra página de Internet. Quiero compartir algunas ideas o
temas que, mientras disfruto la lectura de algunos libros de espiritualidad,
me parece que serán de gran ayuda a los hermanos y hermanas que lean estos
artículos. Una de las reflexiones que me gustaría compartir, con nuestros
lectores, es la importancia de dominar las malas inclinaciones.
Recuerdo
haber leído de San Francisco de Sales que algunas veces decía una bella
frase que podemos calificar como “afirmación de oro” o “palabras con
luz”. Es la siguiente: “A quien más domina y mortifica sus
inclinaciones naturales, le llegan más inspiraciones celestiales”.
Quien más fuertemente se enfrenta contra sus malas inclinaciones, más recibe
del cielo bendiciones.
Con
gran sabiduría solía decir: Hay un medio sumamente efectivo para atraer
favores y regalos del cielo; mortificarse exteriormente e interiormente.
Mortificar los sentidos exteriores y los sentimientos del corazón. Yo he
notado que la persona que se mortifica y le lleva la contraria a sus
inclinaciones sensuales y a sus pasiones, obtiene de Dios favores admirables.
Una vez empezamos a mortificarnos podemos ir adquiriendo una especial
facilidad para lograrlo. Podemos decir que vamos logrando una gracia especial
para el dominio propio, algo tan importante en nuestra vida espiritual.
Qué hermoso si cada uno de nosotros puede repetir con San Pablo: “Llevo
conmigo y en mi ser las mortificaciones que sufrió Cristo, para que
también la vitalidad de Jesús se manifieste en mi existencia” (2 Cor.
4:10).
Decía
el santo de Sales que a quienes se mortifican y se sacrifican por amor a Dios
les sucede como a aquellas víctimas que el profeta Elías ofreció a Dios en
sacrificio: “Les cae fuego sagrado del Cielo” (1 Reyes 18:38) o
sea, les llegan luces y gracias celestiales que les iluminan y les
enfervorizan y les van quitando sus imperfecciones.
A
este gran santo le gustaba recordar en sus predicaciones que el MANÁ del
cielo no fue enviado por Dios a los israelitas mientras éstos tenían todavía
la harina que habían llevado de Egipto, y que lo mismo les sucede a los
creyentes: mientras no se despojen de ciertas malas inclinaciones y apegos
sensuales y mientras no se mortifiquen sus inclinaciones naturales, no les
empiezan a llegar ciertas gracias y favores especiales que Dios regala a las
almas escogidas.
El
Señor sigue repitiendo lo que dijo en tiempos del diluvio: “Mi espíritu
no permanece continuamente en la criatura humana porque se comporta como si no
fuera mas que carne (Gen. 6.3). Muchos
hermanos y hermanas no progresan en la santidad y se quedan
siempre en la mediocridad porque no se niegan a sí mismos, y no les
llevan la contraria a sus malas inclinaciones y no mortifican sus
inclinaciones naturales. Conclusión:
Tenemos que luchar diariamente para que, negándonos a nosotros mismos,
podamos conseguir la santidad que nuestro buen Dios quiere para todos
sus hijos. Que Dios te bendiga
Desear
la Eternidad
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Nos
cuenta Mons. Francisco de Sales que en una de sus visitas pastorales, en un
pueblecito de su diócesis, se encontró con un
pobre campesino moribundo quien deseaba recibir su visita. El santo que
tenía como lema aquella frase del libro de los Proverbios: “No niegues
un favor a quien lo necesita si en tu mano está el poder de hacerlo”,
se fue a visitar al enfermo y lo encontró ya muy grave, pero en plena lucidez
mental. Emocionado de gozo el sencillo campesino al ver que se le había
cumplido el deseo de ser visitado por tan apreciado obispo, le recibió con
las palabras que el santo profeta Simeón dijo al ver a Jesús: “Señor,
ya me puedes dejar partir en paz para la eternidad, porque he visto al que
tanto deseaba mi alma”. No nos quepa la menor duda que esta expresión bíblica
en la boca de un moribundo tiene un gran significado espiritual. El campesino
pidió a los presentes que se salieran de la habitación e hizo con el Santo
Obispo una confesión de toda su vida. Siempre es aconsejable que en momentos
de peligro de muerte se haga una buena confesión general, o sea, de toda la
vida.
Un
dato curioso vemos en este caso en particular; después de recibir la absolución
le hace una pregunta, con mucha confianza, a su confesor. Monseñor: ¿Me
moriré de esta enfermedad? Como era de esperarse, en esta situación, el
santo le dijo: He visto a otros más
grave que usted y se han sanado. Pero es necesario que se ponga totalmente en
las manos de Dios y acepte toda lo que Él permita que le suceda. Hermanos,
fijémonos cuidadosamente en las preguntas que hace este moribundo. Monseñor,
¿pero según parece, que es más probable: que yo sane de esta enfermedad o
que me muera de este mal que tengo? Sabiamente le contesta aquel santo obispo: Pues el médico le
podría responder mejor que yo. Pero mi consejo es que acepte plenamente todo
lo que nuestro buen Dios permita que le suceda.
Lo que sí le digo es que usted está en tan buenas condiciones
espirituales que si se muere como está, tiene asegurada la eterna salvación.
Ahora
fijémonos en la repuesta y actitud de este buen campesino. Le dice: Gracias
Monseñor, yo le hago estas
preguntas no porque tenga temor a morir, sino porque tengo temor a no morir,
y lo que más me costaría aceptar sería sanar de esta enfermedad y tener
que seguir viviendo sobre la tierra. Es sorprendente escuchar semejante
aseveración. Oír estas afirmaciones que ordinariamente sólo personas muy
perfectas desean que llegue la muerte para ir al cielo, es, sin lugar a dudas,
maravilloso. Se pueden escuchar también de personas muy malas que en su
desesperación quieren morirse, pero la gente común no desea morir. Cuando
Monseñor le pregunta al enfermo cuál es la razón que le hacía no querer
seguir viviendo en este mundo, él le da una contestación digna de elogio. “Ah
Padre: es que aquí hay tantos peligros de ofender a Dios, que se hace duro
vivir”. Que maravilloso, cuanta santidad refleja esta contestación.
Este anciano no deseaba ir a la eternidad porque estuviera aburrido por los
sufrimientos en la enfermedad, su salud había sido muy buena,
había llegado a los 70 años lleno de fuerza y robustez. No tenía
problemas económicos ni de familia. Decía que se había cumplido en él lo
que pedía Salomón en la Biblia: “Señor: que no me falte ni me sobre.
Porque si me falta me desespero, y si me sobra me puedo olvidar de Dios”.
Lleno
de curiosidad Monseñor le preguntó: ¿Y entonces qué es lo que lo mueve a
dejar este mundo? Para su sorpresa y para la nuestra le dice: Ah Padre, es que
en los sermones he oído hablar tan hermosamente de lo que en el cielo espera
a los que creemos y amamos a Dios. Se nos ha insistido en aquellas palabras de
San Pablo: ni ojo vio; ni oído oyó, lo que Dios tiene preparado para los que
lo aman y nos han dicho que allá no habrá pecado, ni enfermedad, ni dolor,
sino gozo y alegría para siempre. Que en el cielo amaremos y seremos amados
por Dios y por los ángeles y santos. Siempre me emocionaron aquellas palabras
de Jesús: “Me voy a prepararles un sitio, y cuando me haya ido y les haya
preparado un sitio, vendré y me los llevaré conmigo, para donde yo estoy estén
también mis amigos”. Le comentaba aquel buen hombre a San Francisco de
Sales que en este mundo hay tanto peligro de pecar, tantas ocasiones donde
corre peligro nuestra eterna salvación. Cada día se cumple lo que Jesús le
dijo a los apóstoles: “Satanás ha pedido permiso para sacudirlos
violentamente” y aquello otro que dijo en el huerto de Getsemaní: “El Espíritu
está pronto, pero la carne es débil”. Todos tenemos que repetir lo que
afirma San Pablo: “El bien que quiero hacer no lo hago, y el mal que no
quiero hacer ese sí lo hago”. En verdad que se cumple lo que decía el
Santo Job: “La vida del ser humano sobre la tierra es como un servicio
militar. Y lo grave no es que tengamos que sufrir, sino que el demonio da
vuelta alrededor nuestro como león rugiente buscando a quien destrozar, y nos
hiere y nos destroza continuamente.
Como
era de esperarse, cuando aquel sencillo campesino terminó de hablar, Monseñor
Francisco estaba llorando de emoción. No es para menos, el testimonio de este
hombre dice mucho más que muchos libros en los cuales se expliquen los
misterios del cielo y la vida eterna. Así lo declara Monseñor de Sales
cuando dice que aquel día se emocionó más por el cielo y se desilusionó más
de las miserias de esta vida, que si hubiera leído un libro muy espiritual.
Terminó aquel campesino sus días aquí en la tierra entregando su alma al Señor
lleno de paz y reflejando en su rostro el gozoso abrazo con el Señor,
repitiendo las palabras: “Señor,
estoy en tus manos. Haz lo que
quieras”. Dios quiera que nosotros vivamos tan intensamente nuestra relación
con el Señor, que podamos morir como este buen campesino. Que Dios te bendiga.
Temor
a la
Muerte
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Con gran sabiduría y con mucha fe se
expresa San Francisco de Sales cuando se refiere a ese
fenómeno que nos aterra muchas veces y a la que San
Francisco de Asís le llama la hermana muerte. Cuando alguien
le decía a nuestro Santo que sentía mucho temor a la muerte
a causa de la multitud de pecados que se han cometido
durante la vida, le daba esta hermosa repuesta: "recuerde
que nunca nuestros pecados serán tantos ni tan graves que
logren superar a la infinita misericordia de Nuestro Señor";
añadía la bella noticia del salmo 51: "Un corazón
humillado y arrepentido nunca lo desprecia Dios". Y
le agradaba meditar y hacer que otros meditaran aquellas
frases tan consoladoras del Salmo 130: "Si llevas
cuenta de los pecados, Señor ¿quién podría resistir? Pero de
Ti procede el perdón. Porque del Señor viene la misericordia
y Él redimirá a su pueblo de todos sus pecados".
Cuando alguna persona le decía que la muerte es
horrible, le respondía: "Aunque la muerte sea temible, sin
embargo, lo que viene después de ella es maravilloso. No
olvidemos que Jesús nos ha prometido que quien se llega a el
no lo echa fuera y nosotros vamos a El cada día con nuestras
oraciones y nuestras peticiones de perdón, por lo tanto no
nos echará fuera ni nos alejará de su presencia para siempre".
"A quien venga a Mí, no lo echaré fuera". (Juan 6:37)
Tomando el ejemplo de los santos,
recordaba el caso de San Agustín el cual en su última
enfermedad hizo colgar en las paredes de su habitación en
grandes carteles los salmos escritos en letras gigantes,
para poderlos leer desde su lecho, y esta lectura le llenaba
de confianza. Allí podía leer: "Dichosos los que
confían en el Señor" (Sal. 2,12). "Señor, en
Ti he confiado. No sea yo confundido eternamente" (Sal
31,2). "No serán condenados los que confían en el
Señor Dios" (Sal. 34). En Ti oh Dios he
confiado, por eso no tengo que temer". (Sal. 56,12)
San Francisco narraba el caso de San
Carlos Borromeo el cual mandó colocar frente a su lecho de
moribundo unos cuadros de los misterios dolorosos en los
cuales se representa la Pasión y Muerte de Jesús, y decía:
"La meditación en lo que Jesús sufrió por mí, me anima a
sufrirlo todo por Él y confiarle la salvación de mi alma".
Hemos de tener una gran confianza en el Señor no con terror
sino con gran esperanza. Recordemos aquella frase de San
Juan el Evangelista: "Donde hay amor no hay terror. El
amor perfecto echa fuera el temor, pues el temor mira al
castigo. Mientras uno teme no conoce el amor perfecto".
(1ra. de Juan 4,18). Nos recuerda este gran santo
que vivir llenos de terror por lo que nos espera al final de
la vida demuestra que lo que sentimos hacia el buen Dios no
es amor de hijos cariñosos sino un temor de esclavos
aterrados. Debemos desear la vida futura que no se nos podrá
quitar como leemos en la oración de la Iglesia, liturgia de
las horas para los fieles: "No tienes aquí ciudad permanente,
sino que vamos buscando la futura". (Hebreos 13-14)
Quiero resaltar el hecho de que, ante la
desconfianza en nosotros mismos por tantas debilidades y
miserias que tenemos, debe añadirse una gran confianza en
Dios que es tan generoso, tan comprensivo y que perdona al
pecador arrepentido. Sería bello que se cumpliera en
nosotros lo que dice el salmista "Quien confía en Dios
es como el monte de Sión que no se estremece ante las
tempestades que le combaten". Y no olvidemos lo que
no dice San Pablo: "Creemos que si morimos con Cristo,
también resucitaremos con Él y viviremos en Él para siempre".
(Romanos 8:10-11) Esto nos debe animar a vivir con
más confianza en el Señor y menos temor a la muerte, a ésta
la debemos ver como "regalo de Dios" para encontrarnos con
Él. Pidamos al Señor, todos los
días de nuestra vida, el regalo de una buena y santa muerte.
Ser
devoto y ser malo
Por: Hno. Pascual
Péerez, H.Ch.
El
tema que pretendo desarrollar puede ser para algunos algo increíble y que
suena como imposible que sea cierto, ser muy devoto y muy malo al mismo
tiempo. No estoy hablando de una persona disfrazada de “devoto” un hipócrita
que parece ser devoto pero no lo es. ¿Cómo se explica esto que lo podamos
entender? Me explico. La devoción proviene de la piedad que es una virtud
por medio de la cual sentimos hacia Dios un afecto como el de hijos muy cariñosos.
La devoción es la demostración que hacemos de esa piedad o amor filial que
sentimos. Como dice San Pablo, puede alguien tener una fe tan grande que
logre trasladar montañas y al mismo tiempo no tener caridad
(1ra. Corintios 13) y así como es posible que alguien logre profetizar y
anunciar el futuro, como lo hicieron el profeta Balaam, y el rey Saul y Caifás,
y al mismo tiempo ser personas de mal comportamiento como lo fueron ellos,
de la misma manera puede alguien ser devoto, muy devoto, y al mismo tiempo
malo, muy malo.
Puede
suceder que alguien tenga manifestaciones externas de devoción y fervor y
sienta en su alma afectos hacia Dios y sin embargo siga dejándose dominar
por uno o varios de los siete pecados capitales: orgullo, avaricia,
ira, impureza, gula o pereza, o por otros vicios parecidos.
Lógicamente no se puede decir que una persona es devota si comete
continuamente esas faltas. Eso es sólo apariencia de devoción.
Cuando
la persona se presenta muy devota y piadosa podemos decir que sí es devoción porque la devoción
es sentimiento de veneración hacia Dios y de fervor religioso que se
manifiesta externamente, pero es una devoción que no es provechosa.,
porque una devoción que no consiga la enmienda de la vida no puede
se agradable a Nuestro Señor. Eso nos debe hacer recordar el episodio del
fariseo y el publicano. En
estos casos puede repetir el Creador lo que anunció por medio del profeta
Amós: “Me fastidian sus actos de culto, porque mientras me demuestran
externamente que me tienen amor y veneración, interiormente siguen ofendiéndome
con sus pecados y maldades”. O lo que dijo el profeta Isaías: “¿De qué
le sirve hacer tantas demostraciones externas de piedad y de devoción si
siguen llenos de maldades y no
se convierten de su mala vida?”.
Me
encanta el relato de San Francisco de Sales en su libro 133 consejos.
Un día cuando los enemigos de David entraron en su habitación para
golpearlo y matarlo, después de que se fueron contentos porque lo habían
destrozado a golpes en su lecho, se lo encontraron vivo en la calle porque
Micol la esposa de David, había colocado en la cama una estatua y la había
cubierto con las cobijas y lo que ellos encontraron fue una simple imagen
sin vida y no el verdadero David vivo. Pues así sucede cuando una persona
tiene piedad y devoción y sigue su vida de maldad y de pecado sin demostrar
conversión y progreso en la virtud: lo que hay debajo de todas esas
apariencias de piedad es una espiritualidad muerta, un cadáver de devoción,
pero sin vida ni provecho verdadero. Dios no pide solo comportamientos
externos de devoción sino una
vida según su santa voluntad.
No nos dejemos engañar por las apariencias, una persona puede llevar, para
demostrar una verdadera devoción, una hermosa cruz colgando del cuello,
pero luego cuando llegan las cruces de la vida se dedican a protestar y
renegar. Entonces sí se cumple la anécdota campesina. “La cruz en el
pecho y el diablo en los hechos”. A todo esto podemos añadir la frase con
que Jesús denuncia a los fariseos. “Sepulcros blanqueados por fuera pero
podridos por dentro”. Otra expresión interesante la hace el profeta Isaías.
“No juzgará por las apariencias, ni se decidirá por lo que se dice.
Juzgará con justicia a los débiles y dictará sentencias justas a los
pobres”. Para concluir, nuevamente cito al gran profeta del anuncio mesiánico
en su tan conocido texto: (Isaías 29:13-14), que también nos lo recuerda
San Mateo en su evangelio: “El Señor ha dicho: Este pueblo se acerca a mí
tan solo con palabras, y me honra sólo con los labios, pero su corazón
sigue lejos de mi. Su religión no es más que costumbres y lección
aprendida”. Medita en lo que acabas de leer, no permitas que el maligno te
engañe con su astucia y te haga caer en la trampa, ser devoto pero malo a la vez.
Que Dios te bendiga.
La Santísima
Trinidad
Ppr: Hno.
Pascual Pérez, .Ch.
En el
evangelio de San Mateo, cap. 28:16-20, se nos presenta el mandato claro e
inequívoco de hacer de los hombres auténticos discípulos de Jesús. Por eso
vemos cómo Jesús envía a sus discípulos... "Todo poder se me ha dado
en el cielo y en la tierra. Por eso vayan y hagan que todos los pueblos sean
mis discípulos." Y enseguida nos presenta el misterio trinitario con la
encomienda muy particular a sus discípulos y sucesores: "Bautícenlos,
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a
cumplir todo lo que yo les he encomendado." Las palabras más alentadoras
y confortantes de este evangelio son: “Yo
estoy con ustedes, todos los días hasta que se termine este mundo”.
En el
misterio de la Santísima Trinidad vemos el papel protagónico del Espíritu
Santo en el avivamiento de la primera comunidad cristiana. Un grupo de
pescadores tímidos y sin educación empieza, de repente, a predicar el
Evangelio de Jesucristo con una audacia desconocida; en realidad, les había
ocurrido algo nuevo y distinto algo que solamente Dios podía hacer.
Los seguidores de Jesús fueron “bautizados con el Espíritu Santo”
y por el poder del Espíritu empezaron a construir el reino de Dios y así
cambiaron el curso de la historia humana. Si estamos conscientes de las
acciones del Espíritu en los apóstoles, crecería nuestra fe en que Dios
puede y quiere hacer lo mismo en nuestra propia vida.
Los discípulos dedicados a orar se habían ocultado en aquel lugar que
los Hechos de los Apóstoles llaman el aposento alto de Jerusalén sin poder
olvidar las cosas sorprendentes que habían sucedido en las últimas semanas.
Estaban llenos de terror.
De momento todo cambia cuando de repente sopla un viento fuerte, un ruido
sordo que venía de lejos. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad se
posesiona de ellos y desaparece el miedo. Cuando la gente escuchó a estos
israelitas sencillos y sin cultura hablar de las maravillas de Dios en sus
propios idiomas nativos se quedaron muy asombrados. Lo que le había ocurrido
a los discípulos era tan asombroso que no se podían frenar. Luego San Pedro
tomó la palabra impulsado por el Espíritu Santo anunciando a Jesús con tal
pasión y convicción que tres mil personas se unieron a los discípulos ese
mismo día. El Espíritu no solo entró como torbellino en los apóstoles sino
entró personalmente en el corazón de miles de personas. Por este motivo
debemos creer que también desea entrar en cada corazón de cada creyente hoy
día. Esa es la promesa del Padre en Cristo Jesús para nosotros sus hijos muy
amados.
Que
Dios te bendiga.
Vocación Universal a la Santidad
"Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy
santo" (Lv. 19,2). La Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para
América ha querido recordar con vigor a todos los cristianos la importancia de
la doctrina de la vocación universal a la santidad en la Iglesia. Se trata de
uno de los puntos centrales de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del
Concilio Vaticano II. La santidad es la meta del camino de conversión, pues
ésta ‘no es fin en sí misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser
santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en
nuestra vida" (cf. Mat 5,16). En el camino de la santidad Jesucristo es el
punto de referencia y el modelo a imitar. El es ‘el Santo de Dios y fue
reconocido como tal (cf. Mc 1,24). El mismo nos enseña que el corazón de la
santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros (cf.Jn
15,13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en
Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia,
especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc.10,25)ss’.
Jesús, el único camino para la santidad
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn. 14.6).
Con estas palabras Jesús se presenta como el único camino que conduce a la
santidad. Pero el conocimiento concreto de este itinerario se obtiene
principalmente mediante la Palabra de Dios que la Iglesia anuncia con su
predicación. Por ello, la Iglesia en América ‘debe conceder una gran
prioridad a la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por todos
los fieles’. Esta lectura de la Biblia, acompañada de la oración, se conoce
en la tradición de la Iglesia con el nombre de Lectio divina, práctica que se
ha de fomentar entre los cristianos. Para los presbíteros, debe constituir un
elemento fundamental en la preparación de sus homilías, especialmente las
dominicales.
La
voluntad de Dios puede ser activa o permisiva
Por: Hno. Pascual Perez
H.Ch.
Me gustaría reflexionar un poco
sobre la importancia de aceptar, y que otros acepten, que cada cosa que sucede
la permite Dios para nuestro bien, como claramente dice san Pablo en Romanos
8:28. "Todo lo que sucede lo permite Dios para el bien de los que
lo aman". Nada sucede, ya sea agradable o ya sea desagradable, que no lo
haya permitido el buen Dios para nuestro mayor bien; todo lo dispone la Divina
Providencia a favor de los que aman a Dios, excepto el pecado.
Permítanme exponer las dos maneras de entender la voluntad de Dios, o sea,
voluntad activa y voluntad permisiva.
Existen dos maneras de ver y
entender la manifestación de la Voluntad Divina. El uno, cuando manda y
ordena que algo suceda. Esto sería la voluntad activa del Señor.
Y el otro, cuando permite que sucedan las cosas. Esto sería la
voluntad permisiva de Dios. Todas las cosas buenas, provechosas para el
alma, suceden por voluntad de Dios, según lo dice el Apóstol Santiago, el
cual afirma: "Toda dádiva buena y todo don perfecto, viene de lo alto,
del Padre de las luces que es Dios". (Santiago 1,17). Pero las cosas
desagradables y dolorosas también vienen de la voluntad de Dios, que con su
voluntad permisiva ha permitido que así sucedan (porque El había podido muy
bien hacer que no sucedieran). Por eso el profeta Amos dice: "¿Es que
puede suceder algo desagradable sin que Dios haya permitido que suceda? Los
mismos males son algo que Dios ha permitido que sucedan" (Amos 3,6).
Por males entendamos aquí los
sucesos dolorosos y desagradables como las enfermedades, los accidentes, los
desastres naturales, la carestía, la guerra, el desempleo, la muerte de seres
queridos, el fracaso en los negocios , etc. Aquí no hablamos de pecado,
porque aunque éste suele ser la causa muchas veces de tantos males que
suceden, sin embargo, él es fruto de la libre voluntad del ser humano,
libertad que Dios nos dio para que podamos así ganarnos el cielo, y seamos
así merecedores de premio o castigo, según sea nuestra conducta.
Es que el pecado no se puede
afirmar que "nos sucede" porque lo que "nos sucede"
es algo que viene de afuera y que no depende de nosotros que suceda o que no
suceda y en cambio el pecado procede de nosotros mismos y en nuestra voluntad
está el cometerlo o el evitarlo. El pecado es algo que sale y procede de
nuestro corazón según lo afirmó Jesús diciendo: "De dentro del
corazón salen los robos, las impurezas, los asesinatos, la ofensas al
prójimo" (Mateo 15,19).
Lograríamos ser muy felices si
nos acostumbráramos a aceptar todo lo que sucede, como algo que proviene de
las manos generosas del buen Dios para nuestro mayor bien, pues como dice el
salmo 144: El sacia de favores a todo viviente. Cuántos consuelos
encontraríamos para hacer más amables y agradables nuestros trabajos y
dificultades si creyéramos que todo lo que nos sucede forma parte de un buen
plan que Dios tiene para nuestro mayor bien. Se cumpliría entonces lo que
dice el escritor sagrado: "A quienes lo aman, el Señor Dios los hace
sacar miel de las rocas y aceite de las más duras piedras". (Deuteronomio
32,13).
Seríamos moderados y humildes
cuando todo nos sucede bien, si creyéramos que esto es sólo un regalo de
Dios, y seríamos pacientes cuando las cosas nos resultan mal si de verdad
estuviéramos convencidos de que así lo permite Nuestro Señor para nuestro
mayor bien, aunque no logremos entender cómo puede ser así, y que aún de
los hechos más desagradables puede resultar mayor gloria para Dios y mayor
provecho para nosotros.
Pensemos en esto de vez en cuando
y reconozcamos la mano de Dios en todas los acontecimientos y veámoslo
colocado en las manos de Dios; "para que Dios sea glorificado en todo"
(Ira. de Pedro 4,11) ese Dios que "nos consuela en todas nuestras
tribulaciones y en nuestros males, para que también nosotros podamos consolar
a otros y sacar bienes de lo que parecen ser males" (2da. Corintios
1,45).
Creo que será muy saludable el
que recodemos las palabras del Santo Job. "Si bendecimos a Dios cuando
nos suceden bienes, ¿Por qué no bendecirlo cuando nos suceden males? Que
Dios te bendiga.
Orando
con la Iglesia
Por:
Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Quiero destacar la importancia que tiene la
oración de la Iglesia en nuestra vida cristiana. Debemos recordar que nuestra
Santa Madre la Iglesia nos invita a orar de forma especial por medio de la
Santa Misa y en segundo término podemos poner el rezo de la "Liturgia de
las Horas". Es muy loable, también, el rezo del Santo Rosario y las
devociones piadosas, todas acompañadas de la lectura de la Palabra Divina.
Por medio del rezo divino podemos vivir más de
cerca y con profundidad la intimidad espiritual con el Señor. En las preces
del primer domingo de la primera semana tomado de las vísperas podemos alabar
y bendecir a nuestro creador diciendo:
"Escucha a tu pueblo, Señor"
Te recomiendo que leas con detenimiento y reflexiones estas peticiones que
te ofrece la Iglesia para tu crecimiento espiritual y para que aprendas a
vivir en la presencia del Señor cada minuto de tu vida.
Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia y que tu pueblo
se alegre en paz.
Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino y que el pueblo
judío sea salvado.
Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia y que sean siempre
fieles a su mutuo amor.
Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores y concédeles la vida eterna.
¿Qué diferente sería nuestra vida si cada día
nuestro corazón estuviera elevado al Señor como sugiere el rezo divino? Les
aseguro que hará una gran diferencia. Nuestra vida se convertirá en un
paraíso aún en medio del dolor y el sufrimiento, porque, como nos dice el
salmista, Jesús es bálsamo consolador. La Iglesia nos invita a comenzar el
rezo de "los Laudes"con un himno que nos llena de gozo, alegría y
esperanza:
Es verdad que las luces del alba del día de hoy son más puras,
radiantes y bellas por gracia de Dios.
Es verdad que yo siento en mi vida, muy dentro de mí , que la gracia de
Dios es mi gracia, que no merecí.
Es verdad que la gracia del Padre, en Cristo Jesús, es la gloria del
hombre y del mundo bañados de luz.
Es verdad que la Pascua de Cristo es pascua por mí, que su muerte y
victoria me dieron eterno vivir.
Viviré en a alabanzas al Padre, que el Hijo me dio, y que el Santo
Paráclito inflame nuestra alma de amor, Amén.
Que lindo sería acostumbrase a vivir en la
presencia de Dios y permanecer en su alabanza, como nos aconsejan los salmos.
San Francisco de Sales nos dice que cuando se daba cuenta de haberse
distraído por unos 20 minutos sin estar en la presencia de Dios, se asustaba
y le pedía perdón al Señor. Si nos remontamos a cuando éramos niños que
estudiamos el catecismo preparándonos para hacer la primera comunión,
recordaremos aquellas palabras, que a mi jamás se me han olvidado. ¿Para
qué Dios te creó? Dios me creó para conocerle, amarle y servirle y luego
gozarle en la vida eterna.
Si nos acostumbramos a ver en cada detalle de
nuestra vida, en cada cosa, en cada criatura, la mano de Dios, todo es
diferente. Creo que tiene mucha razón San Agustín cuando nos dice que
nuestra vida no puede ser plena y feliz hasta no llegar a la plena
realización en Dios. Sin lugar a dudas, una de las frases dentro de la
liturgia por excelencia, la Santa Misa, y que más me llena de alegría, es
aquella que dice: "De Dios venimos, en Dios existimos y hacia El vamos".
Concluimos este primer contacto con la Oración de
la Iglesia reflexionado en las preces de las segundas vísperas. Confiadamente
digamos a Jesús, "venga a nosotros tu reino, Señor".
Señor, amigo de los hombres, has de tu Iglesia instrumento de concordia
y unidad entre ellos y signo de salvación para todos los pueblos.
Protege con tu brazo poderoso al Papa y a todos los obispos y concédeles
trabajar en unidad, amor y paz.
A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestro
Maestro, y dar testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.
Concede, Señor, al mundo el don de la paz y haz que en todos los pueblos
reine la justicia y el bienestar.
Otorga, a los que han muerto, una resurrección gloriosa y haz que los que
aún vivimos en este mundo gocemos un día con ellos de la felicidad eterna.
Con esta reflexión quiero darte una idea de la
riqueza que tenemos en la Iglesia y que tantos hermanos desconocen. Te invito
a inquietarte y comenzar a buscar en el depósito inagotable y tesoro
espiritual de la Iglesia, para conocer, amar y servir al Señor como él se
merece. Que Dios te bendiga.
Muriendo
a nosotros mismos
Cuando eres olvidado, rechazado o dejado de lado a
propósito, y no te afliges ni te dueles con el insulto o con el descuido,
sino que tu corazón está contento, teniendo como valioso el sufrir por
Cristo...
MUERES A TI MISMO
Cuando se habla mal de las cosas buenas que
has hecho, cuando tus deseos son mal interpretados, tu consejo es pasado por
alto, tus opiniones ridiculizadas y no permites que el enojo surja en tu
corazón, ni siquiera tratas de defenderte a ti mismo, sino que lo tomas todo
con paciencia, en silencio amoroso...
MUERES A TI MISMO.
Cuando soportas en forma paciente y amorosa cualquier
desorden, irregularidad, impuntualidad o enojo; cuando te encuentras cara a
cara con lo superfluo, con la insensatez, con la extravagancia, con la
insensibilidad espiritual y permaneces tal como permaneció Jesús...
MUERES A TI MISMO.
Cuando estás contento con cualquier comida, con cualquier
ofrecimiento en cualquier clima, en cualquier sociedad, con cualquier
vestimenta, con cualquier interrupción que esté de acuerdo con la voluntad
de Dios...
MUERES A TI MISMO.
Cuando nunca te preocupas por referirte a ti mismo en la
conversación, o de indicar tus propias palabras buenas, o de anhelar
vehementemente las alabanzas, cuando realmente puedes amar el hecho de ser
desconocido...
MUERES A TI MISMO.
Cuando puedes ver prosperar a tu hermano y ver sus
necesidades satisfechas y puedes, honestamente, regocijarte con él en
espíritu, y no sentir envidia alguna, sin cuestionar a Dios porque tus
necesidades son muchos mayores y en circunstancias desesperadas...
MUERES A TI MISMO.
Cuando puedes recibir corrección y reprensión de alguien
menos importante que tú, y puedes someterte humildemente, tanto interior como
exteriormente, sin que surja ninguna rebelión ni resentimiento dentro de tu
corazón...
MUERES A TI MISMO.
Actualmente, ¿estás muerto? En estos últimos tiempos, el
Espíritu nos lleva a la cruz "a fin de conocerle (a Jesús) llegando a
ser semejante a El en su muerte" (Filipenses 3:10) +
Por: Hno.
Pascual Pérez, H.Ch.
En
mi segundo tema, Orando con la Iglesia, quiero destacar la importancia de la
oración de abandono en los brazos providentes de nuestro Padre Dios. Para
ello te invito a recitar esta jaculatoria en tu oración diaria: “Entremos
en la presencia del Señor dándole gracias”.
De una manera muy bella y elocuente se nos presenta en el rezo divino
en su “himno” de laúdes de la primera semana, el pensamiento que me
interesa compartir en esta reflexión. Creo que será muy saludable, a nuestro
espíritu, elevar nuestro corazón al Señor y decirle: “No se lo que
será del nuevo día que entre luces y sombras viviré, pero se que, si tú
vienes conmigo, no fallará mi fe”. Como puedes ver, en esta oración
se nos invita a abandonarnos en las manos de
Nuestro Señor para que tengamos
una vida llena de luz y no de oscuridad para que nunca falle nuestra
fe. Para que medites e interiorices estos pensamientos, comparto contigo estos
tres versos del himno al que hice mención.
Tal vez me esperan horas de
desierto amargas y sedientas, mas yo sé que, si vienes conmigo, no fallará
mi fe.
Concédeme vivir esta
jornada en paz con mis hermanos mi Dios, al sentarnos los dos para la cena, párteme el pan, Señor.
Recibe, Padre santo,
nuestro ruego, acoge por tu Hijo la oración que
fluye del Espíritu en el alma que sabe de tu amor, Amén.
Te
invito a que le pidas a Jesús que sea el Señor de tu
vida y tenga absoluta autoridad para penetrar en tu interior, quitar,
cambiar y poner tu vida espiritual agradable al Padre. El quiere hacerlo pero
tu tienes que permitírselo, déjalo obrar en tu interior y verás la gloria
de Dios. La Liturgia de las Horas para los fieles contiene todas estas
oraciones, salmos y preces que te ayudará a vivir en la presencia del Señor
y vivir esa relación muy personal con él en cada momento de tu vida.
Deberíamos
meditar diariamente la Palabra de Dios usando este maravilloso medio de oración
que a su vez es formación y guía para nuestras vidas. Fíjate detenidamente
en la lectura breve que se nos presenta el miércoles de la primera semana,
tomado del libro de Tobías: “No hagas a nadie lo que no quieres que te
hagan. Da de tu pan al hambriento y da tus vestidos al desnudo. Busca el
consejo de los prudentes. Bendice al Señor en toda circunstancia, pídele que
sean rectos todos tus caminos y que lleguen a buen fin todas tus sendas y
proyectos”. (Tob. 4:16-17, 19-20”)
Quejas de
Dios...
Me llamas Señor, y no me obedeces,
Me llamas luz, y no me ves,
Me llamas El Camino, y no me sigues,
Me llamas Vida, y no me deseas,
Me llamas Sabio, y no me escuchas,
Me llamas Bello, y no me amas,
Me llamas Rico, y no me pides nada,
Me llamas Eterno, y no me buscas,
Me llamas Bondadoso, y no me confías,
Me llamas Noble, y no me sirves,
Me llamas Dios, y no me temes,
Si Te Condenas No me Culpes.
"Jesús dijo: si me amáis, Guardad mis Mandamientos".
Juan 14:15
Orando con la
Iglesia en Pascua
Por: Hno. Pascual Pérez,
H.Ch.
Ha resucitado el Señor, aleluya, aleluya, aleluya. Hemos
llegado a la solemnidad más grande que celebra la Iglesia en todo el mundo,
la Pascua de la Resurrección. En el conjunto del año litúrgico, la
Cincuentena pascual es el "tiempo fuerte" por excelencia. Todo
cristiano debería celebrar este ciclo como algo diverso de lo días restantes
del año. Celebrar el año cristiano colocando su culminación en estos
cincuenta días de alegría responde muy bien a lo que es el núcleo mismo del
mensaje cristiano: anuncio de alegría, de liberación, de vida nueva.
Una característica muy propia de este ciclo es el hecho de
que el conjunto de los cincuenta días forman una sola y gran fiesta que,
arrancando de la Vigilia pascual, se prolonga hasta la II Vísperas de
Pentecostés.
Verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya; así
comienza la antífona del invitatorio en laúdes del domingo de la pascua de
la Resurrección del Señor. Encontramos en las antífonas una idea de la
magnitud de este evento por excelencia en el plan de salvación. Evento que
sobrepasa a todos los demás pues es la culminación del nacimiento, vida,
pasión y muerte del Señor Jesucristo Nuestro Salvador. Todo el plan de
salvación concluye con la Resurrección. Es la confirmación de todo el plan
de Dios Padre en su infinito amor hacia el hombre caído en el pecado. Es él,
quien cierra con broche de oro para que nadie se pierda, una vez que por
Jesús recibimos la gracia abundante y sobreabundante para nuestra salvación.
Por eso creemos en las promesas de nuestro buen Dios que aparece en las
escrituras. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina a todo su pueblo
rescatado por su sangre preciosa.
Ha resucitado del sepulcro Nuestro Redentor; cantemos un
himno al Señor nuestro Dios. Leemos en el evangelio de San Juan el famoso
relato Marta y María, un episodio lleno de esperanza para nosotros los
cristianos. Allí vemos que Jesús es la esperanza de vida, según Marta, pues
ella bien sabía que Lázaro resucitaría en el último día. Pero Jesús le
dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mi , aunque
esté muerto, vivirá y el que vive y cree en mi, no morirá para siempre.
Crees esto". La misma situación se nos presenta a nosotros hoy día;
sabemos lo que dicen las Sagradas Escrituras, pero: ¿creemos sinceramente lo
que dice el Señor? Quizá decimos que sí pero en la práctica creo que no
estamos tan seguros pues a veces no nos comportamos como los que viven de
acuerdo a las exigencias del evangelio y, naturalmente, nuestro estilo de vida
deja mucho que desear.
Si echamos un vistazo a la octava de pascua en la liturgia
de las horas encontramos que se repite el miso rezo divino durante toda la
semana y tanto en laúdes como en vísperas se concluye con la siguiente
oración: "Dios nuestro, que en este día nos abriste las puertas
de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a todos
los que celebramos su gloriosa resurrección que, por la nueva vida que tu
Espíritu nos comunica, lleguemos también nosotros a resucitar a la luz de la
vida eterna. Por nuestros Señor Jesucristo, tu Hijo".
Recordemos lo que nos dice San Pedro en su segunda carta. (Nosotros
esperamos según la promesa de Dios "cielos nuevos y tierra nueva",
un mundo en que reinará la justicia. Por eso, queridos hermanos, durante esta
espera, esfuércense para que Dios los halle sin mancha ni culpa, viviendo en
paz. Y consideren que la paciencia del Señor con nosotros es para nuestra
salvación, como ya se lo escribió nuestro querido hermano Pablo, con la
sabiduría que se la ha dado, 2da. de Pedro 3:13-15".) Para que
logremos el resucitar con Cristo tenemos que crecer en la gracia y en el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: a El la gloria, ahora y
hasta el día de la eternidad. Amén. De esta manera concluye la carta de San
Pedro, ofreciéndonos un bello mensaje digno de meditar.
Si de verdad creemos en la resurrección demos una mirada a
la carta a los Hebreos que nos invita a progresar en la santidad. "Procuren
estar en paz con todos y progresen en la santidad, pues sin ella nadie verá
al Señor". Hebreos 12:14. Cuando la Santísima Virgen María nos dijo
hagan lo que él les diga nos estaba invitando a seguir fielmente la Palabra
de Dios, que naturalmente, es sinónimo a obedecer a su Hijo. Por tal motivo
podemos estar seguros que la invitación era a que busquemos las cosas de
arriba como veremos en el siguiente texto. "Así pues, si han sido
resucitados con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo
sentado a la derecha de Dios; piensen en las cosas de arriba, no en las de la
tierra. Pues ustedes han muerto, y su vida está ahora escondida con Cristo en
Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, ustedes también
vendrán a la luz con él, y tendrán parte de su gloria". (Colosenses
3:1-4)
Tenemos un hermoso ejemplo de lo que es vivir la Palabra de
Dios, de manera particular la Pascua de la Resurrección, en nuestro Beato
Carlos Manuel Rodríguez. El supo peregrinar por esta vida esperando y
confiando lograr vivir en la vida eterna la pascua del Señor. Tenemos en
Puerto Rico un laico sencillo pero lleno de la sabiduría de Dios, entendió
lo que era estar de paso, ser peregrino por este mundo con su mirada fija en
el Señor que le alumbraría el camino hacia la eternidad. Carlos Manuel se
distinguió por haber vivido ardientemente la liturgia de la Iglesia Católica.
El vivió de forma particular el misterio de la Pascua del Señor. Por eso
aquellas palabras que nos dejó como regalo: "Vivamos para esa noche"
Te preguntarás, ¿cuál noche?. La noche de la gran vigilia de la Pascua
de la Resurrección. Sigamos su ejemplo y no le fallaremos al Señor, pues
porque él fue fiel, hoy día, lo honramos como nuestro primer Beato Puertorriqueño.
Quiero concluir esta reflexión con el texto que aparece en
la liturgia de las horas en los laúdes del miércoles de la segunda semana
tomada de la carta a los Romanos. "Si verdaderamente hemos muerto con
Cristo, tenemos fe de que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo,
una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene ya
poder sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, mas
su vida es un vivir para Dios. Así también, considerad vosotros que estáis
muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión a Cristo Jesús. (Romanos
6:8-11)." En esta palabra del Señor hemos de fijar nuestra esperanza y
confiar en lo que nos dice Jesús; si estamos muertos al pecado, viviremos
para Dios con Cristo.
VIVIR EL DIA DE HOY
Por: Hno. Pascual
Pérez, H.Ch.
Pienso que muchas veces nos preocupamos demasiado por vivir el futuro,
pensando en lo que tenemos que hacer mañana, el mes próximo y aún peor,
estamos preocupados por lo que vamos a realizar en los próximos años. No
estoy diciendo que no planifiquemos semanal, mensual, y anualmente nuestros
proyectos a realizar, eso está muy bien. Lo que quiero dejar claro es que no
podemos estar preocupados y perdiendo la calma, la paz interior, y afectando a
los nuestros por nuestras preocupaciones injustificadas. Al igual que yo, creo
que has escuchado ese dicho popular que dice: "Cada día trae sus propios
problemas" que, más que un dicho popular, es el mismo Señor quien lo
dice en su palabra. Jesús es aún más especifico cuando nos dice en su
Divina Palabra y con gran sabiduría: "Por eso les digo: No anden
preocupados pensando qué van a comer para seguir viviendo o con qué ropa se
van a vestir. ¿No es más la vida que el alimento y el cuerpo más que la
ropa? Miren como las aves del cielo no siembran, ni cosechan, ni guardan en
bodegas, y el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que las
aves? (Mateo 6:25-26). Cada día trae sus propios problemas, sus
propios trabajos, sus propias luchas. Algunas son grandes y persistentes;
otras son menores mas bien molestias; algunas son previsibles, otras
totalmente inesperadas. De una cosa podemos estar seguros, siempre
habrá pruebas y problemas. De esto puedes estar bien seguro, no lo dudes. Pero
recordemos lo que nos dice el Señor: "Vengan a mí los que se
sientan cargados y agobiados, porque yo los aliviaré" (Mateo 11:28).
A
veces, uno cree que puede resolver sus problemas sin ayuda de nadie, y ni
siquiera se le ocurre pedirle auxilio a Jesús; en otras ocasiones,
simplemente queremos que el Señor haga desaparecer toda dificultad. Pero el
secreto para que nuestros problemas se conviertan en oportunidades es
encomendarse a Cristo y pedirle que El esté con nosotros en medio de las
tribulaciones, dificultades y problemas. No es hacer una oración pidiendo que
el problema desparezca lo que nos hará experimentar el poder de la gracia de
Dios, es someternos a su santa voluntad y permitirle que obre en nosotros para
su mayor honra y gloria; es abandonarnos en sus manos como El lo hizo:
"Padre me abandono en tus manos has conmigo como quieras". Ríndete
a los pies de Jesús y El hará contigo lo mejor que te convenga, puedes estar
seguro que nada malo quiere para ti. Y no olvidemos lo que nos dice San Juan
Evangelista en su evangelio: "Yo soy la Vid y ustedes los ramas. Si
alguien permanece en mí y yo en él, produce mucho fruto: pero sin mí no
pueden hacer nada" (Juan 15:5).
La
Escritura nos ofrece varias muestras de la promesa de que Dios está siempre
con nosotros. El Señor jamás abandonó a los israelitas durante sus 40 años
en el desierto (Éxodo 40:36-38) y Jesús, momentos antes de ascender al cielo,
declaró: "Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin de
este mundo" (Mateo 28,20). San Pablo escribió unas palabras muy
alentadoras que nos deben hacer recapacitar cuando estemos preocupados,
desanimados y desalentados. "Estoy seguro que ni la muerte, ni la
vida, ni los ángeles, ni los poderes espirituales, ni el presente , ni el
futuro, ni las fuerzas del universo, sean de los cielos, sean de los abismos,
ni creatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios que encontramos en
Cristo Jesús, nuestro Señor" (Romanos 8:38-39).
Reconociendo la presencia de Jesús hasta en las situaciones más difíciles
es como cuando, en medio de la tormenta, los discípulos vieron al Señor
caminando sobre las aguas: "Ellos querían recibirlo en la barca y en un
momento llegaron a la tierra adonde iban" (Juan 6:21). Así pues, si uno
se encuentra en una tempestad de problemas y, viendo a Jesús, lo invita a
acompañarlo, puedes estar seguro de que llegará a su destino sano y salvo.
El Señor utiliza todas las circunstancias para llevarnos a su lado; por eso,
cada vez que navegamos atravesando mares embravecidos, en nuestro caminar por
esta vida, el milagro de sentirnos reconfortados por la presencia de Cristo
hace que cada travesía valga la pena. Quiero terminar esta corta reflexión
citando lo que nos dice la segunda carta de San Pedro: "Por eso,
queridos hermanos, durante esta espera, esfuércense para que Dios los halle
sin mancha ni culpa, viviendo en paz" (2 de Pedro 3:14).
Mi Relación con
Dios
Por: Hno. Pascual Perez, H. Ch.
Si nos fijamos en los evangelios,
Jesús hace realidad su compromiso de servicio al darse por amor a los demás.
El se da por amor hasta el extremo de dar su vida por la humanidad. Con toda
claridad nos dice en su Palabra: "Yo vine a servir, no a ser servido".
(Ct. Mateo 20:28)
La pregunta que tenemos que hacernos
los cristianos, hoy día, debe ser: ¿A donde lleva el encuentro profundo con
Dios? ¿Que acontece en la vida de aquel que ha llegado a la experiencia de Dios?
A veces nos encontramos que algunos cristianos ofrecen algunas respuestas a
estas preguntas muy negativas y carentes de realidad de lo que es experiencia de
Dios o encuentro profundo. Para ser más explícito pongamos dos ejemplos. (A)
La experiencia de Dios lleva al hombre a las nubes y le hace perder la realidad
en que vive. (B) Cuando lo humano se introduce en lo divino, lo humano deja de
ser humano. A estas respuestas podemos asegurar con certeza que están muy lejos
de la verdad para el hombre que busca a Dios. Porque la búsqueda de Dios se
hace desde la realidad profunda del corazón; y no hay nada más profundo y real
que el corazón humano. Cuando el hombre busca a Dios y Dios le da a conocer su
rostro, el hombre, con la presencia de Dios en su vida, se hace más hombre,
más mujer, más humano; se siente más él mismo porque, al fin, ha encontrado
sus raíces, ha encontrado el espejo en que mirarse y reconocerse. Encontrando a
Dios, se ha encontrado; tocando a Dios, se toca a sí mismo; mirando a Dios, se
ha visto a sí mismo; amando a Dios, ha terminado por amarse, aceptarse como
realmente es criatura de Dios, hijo de Dios de quien le viene el origen, con
quien camina y hacia donde peregrina. En Dios ha encontrado, por fin, toda la
felicidad, todo el bien que andaba buscando.
Hermano y hermana cibernético, este
es tu reto, al igual que el mío y el de todos los cristianos: conocer a Dios,
un Dios revelado en Jesús. Conocer el rostro divino de Dios en el rostro humano
de Jesús. En lo humano del Jesús del Evangelio se irradia la divinidad; de su
rostro emerge el resplandor de la Gloria del Padre; de su mirada transparente y
pura, surge la mirada compasiva y misericordiosa del Padre; de su Palabra
encendida, nos llega la Palabra de Vida Eterna salida de la boca del Padre; de
sus manos amigas, nos llega la abundancia de bendiciones y gracias del Padre.
Quien ve a Jesús, ve al Padre, quien ama a Jesús ama al Padre; quien escucha a
Jesús, escucha al Padre; quien conoce a Jesús, conoce al Padre. Porque el
Padre y el Hijo son una misma cosa, son el único Dios revelado en el fuego del
Espíritu Santo.
Sigue siendo para ti y para mi un
reto que no podemos eludir, amar a Dios en su Hijo Jesús. Amarle como respuesta
al amor primero con que Él nos amó. Amarle en la necesidad más fuerte del
corazón humano, como el apremio más urgente del corazón que busca a un Dios
que lo es Todo. En Dios encontrado, conocido y amado el hombre ha llegado al
sentido profundo de la vida. Ha dado con "el centro" de la vida; ha
dado con "la razón" de la vida que le fue entregada; ha dado con
"la raíz" de la vida de donde viene la vida sin término, la vida
divina, la vida que nunca se acaba.
Mi Dios, el Dios que yo buscaba y
que encontré, es un Dios derramado en plenitud en mi corazón; un Dios que ha
tomado posesión amorosa y gozosa en mi corazón en su Espíritu de Amor. El
amor del Padre y del Hijo ahora, desde el Bautismo, yo lo vivo, yo lo
experimento en el Espíritu de Vida que habita dentro de mí. Mi reto es
peregrinar constantemente hacia el interior, donde Dios, Trinidad de amor, vive,
ama, mora. Esta es la realidad profunda del Dios de los cristianos, del Dios
revelado por el Hijo Amado e interiorizado por la luz y la fuerza del Espíritu
Santo. Esta es la realidad y la certeza más honda: Dios se ha hecho peregrino
del hombre por medio de Jesús, en el Espíritu. Dios ha bajado de lo alto del
cielo enviando a su Hijo único con el fin de que el hombre tenga Vida abundante
en el Espíritu del Padre y del Hijo que ha sido dado sin medida. Yo estoy
marcado, sellado por el Amor de Dios: el Espíritu Santo.
Mi vida humana tiene sentido al
vivirla en unión, en comunión con Jesús, el Hijo de Dios. Mi vida tiene
sentido cuando todo lo que hago lo realizo en unión con Jesús. Mi vida tiene
sentido cuando todo lo vivo en Jesús, con Jesús, en su nombre. Yo quiero hacer
todo "en el nombre de Jesús". Entonces lo que yo hago ya no es
mío, sino de Jesús: mis obras son obras de Jesús, mi amor es amor de Jesús.
De tal manera la fe me ha hecho comunión de vida con Jesús que mi vida es
nueva, mi vida es "vida nueva en Cristo". Con mi vida de fe, yo
le hago presente hoy en la historia; con mi vida de fe yo soy irradiación del
rostro de Dios en Jesús para que los hombres crean en el Hijo y glorifiquen al
Padre del cielo. Con mi vida de fe en Jesús yo me convierto en epifanía, en
revelación de Dios hoy en la historia para que los hombres puedan encontrar al
Dios que buscan.
Mi vida humana tiene sentido cuando,
en comunión con Jesús, yo le pido que me comunique su vida, su amor, la fuerza
del Espíritu Santo. Entonces todo lo que yo hago en comunión con Jesús, lo
hago con el poder, la fuerza del Espíritu de vida. Desde mi debilidad, en
unión con Jesús, actúa su Poder, su Espíritu Santo y así "todo lo
puedo en Aquel que me conforta". El Espíritu de Jesús me lleva a
trabajar fuerte, duro, por el Reino de Dios; me anima, me alienta para construir
la Civilización del Amor; me fortalece, me impulsa para luchar contra el mal a
base del bien; para enfrentar el pecado a base de la gracia; para deshacer las
tinieblas a base de la Luz. Con el Espíritu de Jesús yo sirvo al Reino de la
Iglesia a la mayor Gloria de Dios.
Mi vida humana tiene sentido cundo,
en todo lo que hago en comunión con Jesús bajo el impulso del Espíritu, busco
la "Gloria de Dios", busco que Dios sea alabado, bendecido,
glorificado, reconocido, amado. Toda mi vida se convierte ahora en un canto
maravilloso a la Gloria del Padre. Mi vida tiene una meta: que el Padre esté
contento conmigo, que el Padre se sienta feliz con su hijo. Esto me lleva a "no
mirar nada sino con los ojos de la fe; no hacer nada sino con la mira puesta en
Dios y atribuirlo todo a Dios".
Que nuestro buen Dios nos conceda la
gracia de vivir en esa relación tan linda con nuestro Creador y que nuestra
vida sea una alabanza viva en cada instante y en todo momento a mayor gloria de
Nuestro Señor Jesucristo.
ALGUIEN HABITA EN MI
CORAZON
Por: Hno.
Pascual Pérez, H.Ch.
En este nuevo tema de meditación,
quiero ayudarte a reflexionar por medio de la naturaleza, mirando y
contemplando todo lo que te rodea para que veas en ello la maravillosa mano de
nuestro buen Padre Dios. Es importante que trates de encontrar a Dios en cada
criatura, en cada acontecimiento, en cada situación, en las cosas buenas y en
las menos buenas porque nada fue creado sin Él y todo fue creado por Él.
Como siempre digo, en Dios existimos y hacia Él vamos.
Ahora quiero citar algunos
párrafos del libro "Peregrino del Absoluto" que te serán de gran
ayuda en esta reflexión. "Si la búsqueda de Dios es apasionante; si
encontrar su rostro deslumbra; si ser peregrino de mil caminos hacia el
Absoluto da sentido a una vida; si mirando en la noche las estrellas del cielo
me hacen temblar el corazón porque detrás de ellas está Él; si al escuchar
el canto del ruiseñor mi alma se queda en profundo silencio; si al orar, al
ponerme en contacto con la Biblia, siento que El se hace presente; si al dejar
unos centavos en la mano del niño de la calle siento que en él de los dejé
a Él; si al reunirme en un grupo con unos jóvenes en busca de la verdad
siento su presencia en medio de la comunidad; si cuando me toca el dolor
levanto mi grito sabiendo que Él me escucha y socorre; si al acercarme al
sacerdote en busca de reconciliación siento que su sangre (la de Cristo)
está allí, a mi alcance, para ser perdonado; si celebrando su muerte y
resurrección mi corazón se alegra al experimentar su salvación (la del
Señor Jesús); si... si... por tantos caminos me he encontrado con Él, ahora
quiero peregrinar a mi corazón donde Él – Trinidad de Amor - me espera.
Cuando hoy oraba con la liturgia
del día del Señor me decía que: "El se olvida, de todo corazón, de
mis cosas pasadas", que viviese ahora "con júbilo, como gozo y
alegría". Me invita a experimentarle a El como el Júbilo de mi corazón,
como el Gozo de mi corazón, como la alegría de mi corazón, Y aún más: me
desconcertaba cuando me decía. "Yo creo en ti un cielo nuevo y una
tierra nueva"; me decía que El, mi Dios, era dentro de mi, "mi
nuevo cielo" y "mi nueva tierra" me decía que sobre mi
derramaba, como lluvia temprana o tardía, (siempre buenas) su bondad y su
misericordia, su paz y su ternura (yo he descubierto que no existe camino
mejor y más seguro para encontrar al Señor que el de vivir, cada día, la
liturgia de la Palabra).
Este es el reto. Es el mayor de
todos los desafíos. Esta es la pasión, la pasión más fuerte que el hombre
puede experimentar: la de descubrir a Dios, un Dios de Amor en el fondo del
corazón. Desconcierta, porque andamos buscando a Dios fuera de nosotros. Y El
se ha hecho "Dios nuestro" en nuestro pobre corazón de barro. Le
llevamos dentro, tan dentro que descubrirlo asusta, estremece, enternece. Lo
llevamos dentro como un tesoro escondido, como una perla preciosa.
Cuando uno se descubre, "por la alegría que le da", va y vende todo
y se queda sólo con esa joya única. Entonces ya no hay Dios lejano,
distante en un cielo desconocido; entonces Dios se hace cercano, entrañable,
amigo, mío. Ahora la peregrinación se hace hacia el interior; ahora se
sienten ganas de "cerrar los ojos para verlo" ahora se necesita
agudizar el oído para su escucha, contener la respiración para descubrirlo
dentro; ahora se necesita la paz, armonía y unidad del ser para descubrirlo
como la armonía más maravillosa que existe. "¡Oh Dios, dentro
de mi, te amo!"
Es cierto, es real: Dios Padre
mora en mi corazón. Y me está continuamente amando, llamando. Con su amor
está creando dentro de mi cielos nuevos y tierras nuevas. Dios Padre me hace
sentirme hijo, hijo amado. Dios Padre en mi corazón me comunica su
misericordia, ternura, bondad, perdón, gozo y paz. Esto es de tal manera
cierto que mi corazón se ha convertido en su cielo. Es el Padre que "está
en los cielos de mi corazón".
Es cierto, es real: Jesús, el
Hijo de Dios, el Salvador del mundo y de la historia, habita en mi corazón.
Desde el día del bautismo. Desde ese día Jesús es mi hermano. Y me está
salvando continuamente, me está dando como la fuente al río, su gracia y su
verdad. "Jesús me hace hijo de Dios en el Hijo". Dentro de mi
corazón es mi Maestro bueno que me instruye; es mi Pastor bueno que me guía;
es mi Sacerdote Real que intercede al Padre por mi. Jesús de tal manera vive
en mi que "ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive e
mí".
Es cierto, es real: El Espíritu
Santo, Señor y Dador de vida, Amor entre el Padre y el Hijo, vive en mi. Y me
santifica con Jesús para que el Padre me reconozca como hijo en el Hijo. El
Espíritu Santo se une a mi espíritu y clama y ora y alaba y grita y levanta
mi vida, con Jesús, hacia el Padre. El Espíritu Santo me comunica sus dones
y sus gracias en lo profundo del corazón. El Espíritu Santo me rocía con
sus bendiciones y me despierta con sus toques interiores y sus llamadas. Vive
en mí y me comunica la vida de Dios. Vive en mí y despierta mi corazón con
deseos de Vida Eterna. Vive en mí y me defiende, me fortifica, me alienta y
anima. "¡Oh Espíritu de Jesús, yo te amo!".
Es cierto, es real: la Santísima
Trinidad habita en mi corazón. Yo poseo la Plenitud, la Gloria, la
Bienaventuranza, la Felicidad, Toda Paz y Todo Bien. Llevo en mi corazón al
Dios Uno, al Dio Amor, al Dios Comunión, al Dios Unidad, al Dios Armonía.
Llevo en mi corazón la "fuerza interior" para unificar, integrar,
armonizar todo mi ser. Llevo dentro de mí al Dios Trino. Al Dios que es
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Llevo el amor del Padre, la Gracia de Jesús,
la vida del Espíritu. Llevo dentro la Dios Creador, al Dios Salvador, al Dios
Vivificador. En mi interior, donde siempre se esta realizando la Obra de la
Creación, en la que yo soy creado continuamente, naciendo a mundos nuevos; se
está realizando continuamente la Obra de la Santificación en la que yo soy
santificado continuamente en la Gracia del Espíritu de Vida. ¡Es cierto, es
real: soy morada de la Trinidad¡
No; no son cosas subidas, son
cosas profundas. No; no son cosas para místicos, son cosas para los
bautizados. Vivir la Trinidad en mi interior es volver continuamente a la
maravilla del Bautismo. Vivir la Trinidad, relacionándome con Ella a través
de la fe, la esperanza y la caridad, que también se me dieron en el Bautismo,
es vivir lo "fundamental del cristiano."
Espero que puedas leer y
profundizar en este tema tratando de evaluar tu vida interior mirando con
sinceridad a lo más profundo de tu corazón y preguntar a Jesús cómo es tu
relación con El. De ser como te indicamos en le tema, trata de revisar tu
relación con el Señor y pídele su gracia y ayuda. Que Dios te bendiga.
Un Rostro
Glorificado
Esta reflexión fue tomada del libro "Peregrino del
absoluto"
En la capilla de las Hermanas de La Salle se encuentra una
estatua de San Juan Bautista de La Salle que tiene a dos niños a ambos lados
y una mano la posa sobre el hombro de uno de los muchachos y la otra la tiene
levantada como indicándoles que busquen las cosas de arriba, que se superen
en la vida. El hecho que les voy a contar fue una realidad vivida por las
hermanas con un niño que iba a hacer su primera comunión.
En una de las celebraciones de primera comunión le tocó el turno a un
muchachito que al entrar en la capilla y ver a Juan Bautista de La Salle dijo
a sus papás: Papá, Mamá, fue ese Señor de la sotana y el cuello blanco el
que me cogió al caer; fue él. Resulta que ese muchachito un año antes de su
primera Comunión se cayó de una casa en construcción. El niño estaba
trepado en la azotea y cayó de una altura de siete metros sobre hierro y
otros materiales de construcción. Al caer el niño, que en el Kinder se
había educado con las Hermanas, invocó a San Juan Bautista de La Salle y él
sintió que alguien lo protegía. Los papás lo llevaron al médico, le
hicieron todas las pruebas necesarias para ver si tenía algún golpe interno
y diagnosticaron que el niño estaba perfectamente bien; ni siquiera tuvo
rasguños en su cuerpecito. "Papá, mamá fue ese Señor quien me cogió
al caer" ¿Cosas de niños? Imposible: cosas de un niño de corazón puro
y de un santo. ¿Cómo no le iba a ayudar San Juan Bautista de La Salle,
Patrono de los maestros y de los niños? Los santos hicieron posible en su
tiempo, mientras vivían, la presencia de Cristo Resucitado. Los santos son
hoy irradiación del Resucitado que habita en ellos con sus virtudes y las
gracias que Dios concede por su intercesión.
En los santos Jesús Resucitado ha sido glorificado por medio de su Espíritu.
Porque los santos fueron hombres y mujeres que se dejaron transformar por el
Espíritu Santo e identificar con el Señor Resucitado. Ellos son "vivencia
del Resucitado" entre los hombres. Ellos son, en vida, seres que viven
como de una manera anticipada su resurrección en la Resurrección del Señor.
Ellos nos dan la experiencia de Dios, del Señor Resucitado, y le hacen vivo,
presente entre nosotros. Mirar a un santo es mirar al rostro del Señor. Mirar
a un santo es descubrir y celebrar la muerte y Resurrección de Jesús en
alguien que se ha dejado salvar, se ha dejado llenar de la gracia del Misterio
Pascual. El Hijo de Dios ha sido glorificado por el Espíritu del Padre en sus
santos. Ellos son testimonio vivo de que Jesús vive. Los santos hoy están de
moda; están volviendo por medio de nuevas y buenas biografías que el
creyente estima y lee. Una buena biografía de un santo vale por todo un
tratado de teología.
Cuando yo vivo en la verdad y con mis palabras y obras soy verdadero y no me
dejo envolver por la mentira, hago presente en la historia de hoy a Cristo
Resucitado. Cuando yo amo y entrego mi vida al servicio de los hombres, y me
esfuerzo en comprender y perdonar, estoy haciendo presente en la historia de
hoy a Cristo Resucitado. Cuando yo soy libre y vivo en la libertad de los
hijos de Dios cumpliendo sus mandamientos, estoy haciendo presente al
Resucitado. Cuando yo comparto mis bienes con personas necesitadas y lo hago
de corazón para ayudarlas y no busco que la gente se entere de la caridad que
hago, estoy haciendo presente a Cristo Resucitado. Cuando yo tengo fe y
confío en el Señor en momentos de prueba y oro pidiendo su ayuda, estoy
haciendo presente a Jesús Resucitado. Cuando denuncio la injusticia, cuando
soporto persecución y calumnias, cuando devuelvo bien por mal estoy haciendo
presente al Cristo Resucitado. Cuando soy humilde, cuando no me busco, y busco
la ayuda del otro y la gloria de Dios, estoy haciendo presente al Cristo
Resucitado. Cuado el bien que hago, con la fe, la esperanza, la caridad, que
vivo... estoy "glorificando al Señor Resucitado". Todo lo
que hago es posible por la acción del Espíritu Santo en mí.
Yo creo en la presencia de Cristo hoy entre los hombres. Lo creo porque su
muerte y Resurrección es la victoria sobre el mal, el pecado, el Diablo. Creo
que el Señor vive hoy en el corazón de los hombres, en medio de los hombres,
en la Iglesia, en cualquier lugar donde se trabaja por el reino (se sepa o no)
por medio de la acción del Espíritu. Y aunque el mal exista y haga mucho ruido
y se le dé tanta publicidad, yo creo que el Bien es mayor porque la sangre de
Cristo no puede ser infecunda, sino profundamente fecunda y que esta
transformando la Historia, convulsionándola, destapando todas las corrupciones,
todos lo juegos sucios de los que se creen "señores de la historia"
El Padre ha puesto en las manos de su Hijo Jesús todas las cosas, toda la
Historia y no cae ni un cabello de un niño, un hombre, sin que el Padre lo
permita. Jesús, dueño de la Historia por su muerte y Resurrección, actúa por
medio del Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida, el único que conduce
la Historia y mueve los acontecimientos. Los "señores de la historia"
que quieren quitar al Señor Resucitado el gobierno, la conducción de la
historia, están cayendo, como cayeron otros más poderosos, porque Dios
derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.
La Palabra de Dios
Por: Hno. Pascual
Pérez, H.Ch.
En esta corta reflexión quiero,
desde lo más profundo de mi corazón, ofrecerte algunos caminos que te
ayudarán mucho en la vida de peregrinación hacia Dios, durante el caminar
hacia el Absoluto, en tu vida de relación personal con tu padre Dios. En la
búsqueda de Dios, en el peregrinar hacia el Absoluto yo creo que hoy día hay
muchas personas empeñadas en caminar, en buscar las huellas de Dios. Para
ello quiero aportar en algo y en la medida de mi experiencia por la gracia de
Dios. Que el Espíritu de Dios me ilumine.
Este es el primer camino, el de la
Palabra de Dios. En mi vida ha sido el más importante, el más decisivo, el
que me ha hecho encontrar de veras con el rostro de Dios, es manifestación de
Dios, es Epifanía de Dios. Pero si es cierto que la Palabra revelada de Dios
se manifiesta, también es cierto que no basta con leerla, con escucharla en
el sermón de la Santa Misa, ni con saberla de memoria. Para acercarse a la
Palabra de Dios se necesita tener hambre de Dios, sed de Dios, ganas de
conocerlo y amarlo. Y todo esto exige un corazón humilde y un corazón limpio.
Yo diría que un corazón sincero, verdadero. La Palabra de Dios es como
lluvia suave que empapa la tierra y la fecunda; es como lámpara que ilumina
el camino, es como miel que deleita el paladar. La Palabra de Dios es como
semilla que lleva dentro la vida del mismo Dios; es como una semilla que, si
se le acoge en el corazón, florece y da fruto abundante. La Palabra de Dios
comunica al mismo Dios y empapa el alma de la vida divina y le abre el deseo
profundo de la vida Eterna. ¡Dichoso el que tiene hambre de la Palabra de
Dios, porque llegará a ver el rostro entrañable de Dios!
En una ocasión en que se iba a
celebrar un acto penitencial, un joven que no estaba muy de acuerdo con la
confesión, le asignaron leer las lecturas que se usarían para reflexionar en
preparación para las confesiones. Las lecturas que tenía que leer eran
"el hijo pródigo" y la de "la pecadora". Después de
haber pasado un rato en oración el joven proclamó la Palabra de Dios. Unos
seis sacerdotes entraron para escuchar las confesiones y este joven, que se
resistía a la confesión, tomó la decisión de hacerlo. Comenta ese joven
que después de la proclamación de la Palabra de Dios sintió tal fuerza en
su corazón que en ese momento hubiera dicho ante sus compañeros todos los
pecados de su vida sin ninguna vergüenza. Quiero confesarme fue la decisión
de aquel joven que hacía más de 3 años que no se confesaba.
Como hemos leído en las Sagradas
Escrituras, la Palabra de Dios tiene fuerza hasta para resucitar muertos. La
Palabra de Dios devuelve a la vida lo que estaba perdido, anima lo que estaba
tirado por tierra, levanta lo que lo ya no tenía alas en vuelo. La Palabra de
Dios despierta con fuerza y gozo el corazón y lo pone en comunión con Dios.
Porque la Palabra es la espada del Espíritu y por medio de ella el Espíritu
toca, conmueve, renueva, alienta nuestro pobre corazón. La Palabra de Dios es
el alimento de la fe, la base para la fe, la roca para levantar la fe. Y es la
fe quien nos hace encontrar con Dios. La Palabra de Dios llena el corazón de
fuerza, esperanza, alegría. Es preciso experimentarla, pero con frecuencia.
Yo diría que quien la descubre, descubre un Tesoro y ya nunca más lo deja.
Quien la descubre, haya el manantial de su río, la raíz de su árbol, el
fundamento de su casa. Sin la Palabra, Dios se pierde, se oscurece, se oculta
en nuestra vida. Sin la Palabra, Dios se apaga, como la hoguera que no se
alimenta con nuevos troncos. Ella mantiene encendida la fe; ella aviva la
esperanza, ella da hondura a la caridad. ¡Dichosa el alma que se alimenta de
la Palabra de Dios!
Esta Palabra de Dios no es como la
de los hombres. Ella sale de la boca del mismo Dios. Ella comunica la voluntad
de Dios, su proyecto de vida para el hombre, su plan de salvación para el
corazón. Cuando yo abro la Biblia no me encuentro con un libro, ni un texto
literario. Yo me encuentro con alguien, alguien vivo, presente, cercano,
amigo que me habla. Porque no hay Palabra si no hay Alguien que la diga. Al
leerla yo escucho la voz del Señor que me habla, que me dice verdades de vida
eterna. Cuando me acerco a ella, siento la necesidad de callar, entrar en
soledad y silencio y dejarme ir en sus aguas, en su ritmo. Ella es el mejor
pedagogo para conducir a Dios. Ella es el mejor guía para andar en busca del
rostro de Dios. Ella es como la luz del medio día que ilumina con fuerza y
calienta con alma. Ella es el camino, la verdad y la vida que yo busco. Porque
en definitiva, lo que yo encuentro en la Palabra de Dios es el rostro del
Padre manifestado en su Hijo, Jesús, al impulso del Espíritu. Encontrarme
con la Palabra es encontrarme con Jesucristo, manifestación plena del Dios
vivo.
Cada día al anochecer, al
acostarse, o quizás en la mañana, es sabroso dedicar un tiempo a entrar en
el corazón de la Biblia. Sobre todo en los Evangelios. Cada vez que me acerco
a la Palabra descubro una Buena Nueva, una Gran Noticia que alegra mi corazón,
quita las tinieblas de mi alma, alienta los pasos de mi camino. Cada vez que
oro llevo a mi corazón la Palabra de Dios. Ella me aumenta la fe; me exige fe;
ella me aumenta la esperanza y la caridad y me pide que abra el corazón en
amor noble, preferente por Dios. La Palabra leída, meditada, orada cada día,
se va encarnando en mi vida me va haciendo cada vez más hombre, porque me va
metiendo cada vez más en la esfera divina. Que Dios nos ilumine por su
Palabra y con su Palabra nos llene de sabiduría para buscar de El que es
nuestro mayor bien.
Huesos secos
Por: Hno. Pascual
Pérez, H.Ch.
En esta reflexión deseo tomar como marco de referencia el texto sagrado del
profeta Ezequiel el cual te recomiendo que leas con detenimiento, (Ezequiel
37:1-14.) Una vez lo hayas leído y reflexionado, estoy seguro de que estarás
muy de acuerdo conmigo.
Nos puede parecer algo sin sentido,
el relato del profeta Ezequiel cuando nos narra su visión de los "Hueso
Secos". Te invito, nuevamente, a que leas y reflexiones un poco sobre
este relato desde otra perspectiva, viéndolo como una realidad en nuestros
días, hoy en este mundo moderno. Creo que hoy día, más que nunca antes, se
puede ver que tenemos muchos huesos secos por todas partes que necesitan de la
acción del Espíritu Santo para que tomen nervios, carne y piel.
La visión que tuvo Ezequiel de los
huesos secos es una imagen especialmente útil en la actualidad, porque hay
tanta gente demasiado ocupada, que no se detiene a reflexionar en los valores
eternos ni en el significado de la vida. Se dejan llevar por la agitación y la
vanidad, corriendo en pos de valores pasajeros, mundanos, hasta que, al final de
la vida, encuentran que no han logrado nada de valor permanente. Han perdido el
tiempo que Dios le ha dado en cosas que, en definitiva, no tenían ningún
propósito útil. Su vida no ha tenido sentido ni significado y más bien ha
quedado reducida a nada más que a huesos secos.
Los cristianos, en cambio, están
llamados a nutrirse de la fuerza y la inspiración del Espíritu Santo, porque
se dan cuenta de que todo lo que son y todo lo que tienen viene de Dios y que
sin Él, no son nada. Es decir que, si quiero descubrir el sentido de mi vida,
tengo que descubrir quién soy para Dios y cómo me encuentro en sus planes.
Necesito el "aliento de vida" del Espíritu Santo para que
reanime mi espíritu, me enseñe las verdades eternas, me instruya para vivir
rectamente y me comunique fortaleza para hacer la voluntad del Padre. Ahora bien,
¿cómo podemos nosotros experimentar la misma clase de paz y eficacia que tuvo
Cristo? La respuesta es: Obedeciendo al Espíritu Santo. Cuando despiertes en la
mañana, invoca al Espíritu Santo y dile algo como lo siguiente: "Señor,
te ruego que guíes mis pasos hoy. Llévame a donde Tu quieres que yo vaya.
Engendra los pensamientos de Dios en mi mente. Sana y purifica en mí todo lo
que no sea grato a tus ojos. Gracias, Señor." Luego, durante el día,
pon atención a la dulce voz del Espíritu y sigue sus instrucciones. Tal vez te
comunique un mensaje de sabiduría acerca de alguien que necesita tu bondad o
tus oraciones; o bien puede llevarte a leer algún pasaje específico de la
Escritura para reanimar tu espíritu.
A medida que continúes poniendo
atención al Espíritu con actitud de sumisa entrega, poco a poco irás
experimentado su presencia durante todo el día, y comprobarás que te irá
capacitando para demostrar paciencia y amabilidad aunque estés cansado, para
perdonar aunque estés dolido o enojado, para aquietar el corazón cuando te
sientas inseguro o desorientado. Te sentirás como si el Espíritu Santo te ha
sacado de la tumba y te ha llevado al aliento de la vida de Dios. Pidamos al
Espíritu Santo que nos llene de su vida divina y nos conduzca como a él le
plazca para su honra y gloria y para nuestro bien y eterna salvación.`
Cada mañana ora al Señor de esta o
de otra forma parecida pero que sea desde lo más profundo de tu corazón: "Muéstranos,
Señor, los tesoros de tu amor. Señor, sol de justicia, que nos iluminaste en
el bautismo, te consagramos este nuevo día. Que sepamos bendecirte en cada uno
de los momentos de nuestra jornada y glorifiquemos tu nombre con cada una de
nuestras acciones. Tu que tuviste a María, siempre dócil a tu palabra,
encamina hoy nuestros pasos para que obremos también como ella según tu
voluntad. Haz que mientras vivimos aún en este mundo que pasa anhelemos la vida
eterna y por la fe, la esperanza y el amor vivamos ya contigo en tu reino".
Que Dios te bendiga.
FATIGA
INÚTIL
Por:
Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
No
podemos dejar pasar la vida sin reflexionar un instante en la realidad
ineludible de la corta existencia del ser humano sobre la tierra.
Aunque fuimos creado para vivir eternamente, no para morir, todos
sabemos que la realidad es que nacemos, crecemos y morimos. ¿Cómo explicar
esto en cortas palabras? Esto es muy sencillo. Por culpa del pecado todos los
que venimos a este mundo estamos “condenados” a morir. Si no hubiera
pecado no existiría la muerte. El Señor nos invita por medio de su Palabra a
vivir conscientes de esta realidad y nos da las herramientas para lograr esa
vida eterna a que teníamos derecho por la creación. Fuimos creados para ser
eternamente felices y no para morir. Por eso y para que tengamos vida
abundante vino Jesucristo al mundo. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan
en abundancia” (Juan 10:10).
Si
nos fijamos en el Salmo 89 nos daremos cuenta que la vida presente es fatiga
inútil. Tanto luchar y trabajar para siempre tener que morir. Esto nos
debe mover a realizar, en esta vida, todo lo que hagamos con una recta intención
de agradar a Dios y para nuestra propia santificación. Y por supuesto, con el
mejor deseo de servir a los hermanos, nuestro prójimo, a imitación de Cristo.
“Yo he venido a servir, no a ser servido”. Para que estos
pensamientos se hagan realidad en nosotros acudamos al Señor con palabras tan
sencillas como estas: Señor, acrecienta nuestro amor. Que todo el día de hoy
sepamos dar buen testimonio del nombre cristiano y ofrezcamos nuestra
jornada como un culto espiritual agradable al Padre.
Enséñanos, Señor, a descubrir tu imagen en todos los hombres. El
Salmo 89 también nos alerta con palabras de luz y que nos deben hacer pensar
y reflexionar un poco. “Tu
reduces el hombre al polvo, diciendo: “Retornad, hijos de Adán”. Mil años
en tu presencia son un ayer que pasó; una vigilia nocturna”. En el
mismo Salmo leemos: “Aunque
uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son
fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan.” Toca
a nosotros acudir al Señor con humildad y decir como el salmista: “Enséñanos
a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”.
Caminemos en la presencia del Señor para que logremos la vida abundante que
Jesús nos ha prometido.
Sería
bueno recordar aquellas palabras de Jesús en el evangelio con las que nos
hace un llamado claro y preciso. “Vengan a mí los que estén cargados
y agobiados y yo los haré descansar”. No olvidemos que Jesús es el
Camino, la Verdad y la Vida y sólo en Él podemos tener vida exuberante. Como
diría San Juan “Sin mí no pueden hacer nada” o como nos enseña San
Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me fortalece”. Hermanos, el que a Dios
tiene nada le faltan, él lo llena todo en la vida del cristiano que es fiel a
su palabra.
El Santificador
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Sabemos que el Espíritu Santo es el Santificador de
nuestras almas, es necesario que los hombres de este siglo nos esforcemos en
conocerle, tratarle y seguir sus inspiraciones demostrando así que le amamos
y que le somos dóciles en seguirle. Toda persona debe hablar con Él, pedirle
ayuda, tratarle con intimidad: "Concede a tus fieles, que en ti confían,
tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud dales el puerto de la
salvación, dales el eterno gozo" (Secuencia de la misa de Pentecostés)
El trato continuo con el Espíritu Santo aumenta nuestro
amor, y en consecuencia nos facilita el seguir con docilidad sus enseñanzas.
El Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural
a nuestros pensamientos, deseos y obras. Si somos dóciles al Espíritu Santo,
la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así
acercándonos cada día más a Dios Padre. Debemos pedirle sus virtudes y sus
dones a cada momento y en cada día de nuestras vidas. Es muy oportuno
rendirle nuestro homenaje de adoración y de amor a cada instante,
reconociendo que el Dios Trino habita en nuestro corazón. Pero sobre todo,
evitar cuanto pueda disgustarlo y que nos lleve a expulsarlo de nuestra alma
por el pecado mortal. "No contristéis al Espíritu Santo" (Efesios
4:30), o como nos dice el mismo San Pablo: ¿Ignoráis vosotros que sois
templo de Dios? (Ira. Cor. 3:16) Tenemos la obligación de alejarnos de toda
impureza y ocasión de pecar por respeto al Espíritu Santo que mora en
nosotros.
Con la venida del Espíritu Santo los apóstoles recuperan
las fuerzas perdidas, renuevan la ilusión y el entusiasmo, aumentan el valor
y el coraje para dar testimonio ante todo el mundo de su fe en Cristo Jesús.
Hasta ese momento siguen con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Desde que el Espíritu Santo descendió sobre ellos las puertas quedaron
abiertas, cayó la mordaza del miedo y del respeto humano. Ante toda
Jerusalén primero, proclamaron que Jesús había muerto por la salvación de
todos, y también que había resucitado y había sido glorificado, que sólo
en Él estaba la redención del mundo entero. Fue el primer atrevimiento que
pronto suscitará una persecución que hoy, después de veinte siglos,
todavía sigue en pie de guerra. Vemos en la historia de la Iglesia que el
atrevimiento de muchos cristianos ha producido una gran lista de santos
mártires. Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda la valentía de los
Santos Mártires.
Estábamos Muertos
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Pienso que en muchas ocasiones has leído el capítulo 2 de
la carta a los Efesios. Pero ahora quiero pedirte que leas de nuevo esta carta
con mucha atención y fijándote en el contenido de esta reflexión. En
términos médicos, estar vivo significa tener un corazón que esté latiendo,
pulmones que funcionan bien y una actividad cerebral perceptible; por el
contrario, morir significa lo contrario, es decir, que éstas funciones hayan
quedado inertes. En términos espirituales podríamos quedar intrigados por lo
que dice San Pablo: "que cuando estábamos muertos a causa de
nuestros pecados, Dios nos resucitó juntamente con Cristo y nos hizo sentar
con Él en el cielo (Efesios 2, 5-6).
Todos sabemos que San Pablo, igual que tu y yo,
experimentó la diferencia entre encontrarse en las garras del pecado y la
oscuridad, y ser liberado por Jesús; entendió que estar en tinieblas
significa no tener conocimiento directo de Cristo, estar ciego ante la verdad
y ser incapaz de cambiar. Por otra parte, también supo que estar sentado en
los cielos con Cristo significa conocer el amor infinito de Dios y recibir su
gracia libremente en la oración, en la Eucaristía y durante los sucesos
ordinarios de la vida. Con sobrada razón San Pablo podía hablar de manera
tan bella y elocuente de la diferencia entre la muerte y la vida en el plano
espiritual.
Si meditas con detenimiento el relato del apóstol en esta
carta paulina, te darás cuenta que Jesús te ha dado la vida y te ha elevado
al rango de coheredero para que estés con Él, de manera que sus intereses
pasen a ser tuyos también, y llevando el amor de Jesús en tu corazón,
reconocerás el valor de cada ser vivo. Podrás reconocer el valor de cada
persona porque tendrás la capacidad de ver en cada una de ellas el rostro de
Jesús, la imagen del Dios vivo. Si te das a los demás con una palabra
bondadosa, una oración o una manos de ayuda, Dios pondrá dignidad e
importancia eterna en todas tus acciones.
Nadie es perfecto, lo sabemos, por tal razón no tienes que
hacerlo todo de forma perfecta porque Dios bendice hasta las buenas
intenciones de tu corazón. Confía en su gracia y tendrás paz, una alegría
inexplicable y un inquebrantable sentido de la bondad de Dios en cualquier
situación.
Te exhorto a que medites la Palabra de Dios en la carta a
los Efesios 2:1-10, fijándote con detenimiento en los versículos 4,5, y 6. "Pero
Dios, que es rico en misericordia, nos manifestó su inmenso amor, y a los que
estábamos muertos por nuestras faltas nos dio vida con Cristo. ¡Por gracia
han sido salvados! Y Dios nos resucitó con Cristo, y nos sentó con él en
los cielos". Me parece que debemos sentirnos muy alegres y
dichosos de saber que podemos sentarnos con Jesús en el cielo si hacemos la
voluntad del Padre y eso nos anima a serle fiel como nos dijo su Santísima
Madre, "Hagan lo que él les diga". Vivamos en fidelidad y el Señor
cumplirá su promesa. Para que pongamos toda nuestra confianza en el Señor el
Salmo 26 nos dice: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quien
temeré?. El Señor es la defensa de mi vida, ¿quien me hará temblar?".
Nuestro descanso tiene que apoyarse en nuestro Señor y Salvado Jesucristo.
Nos dice el salmista, "una cosa pido al Señor, eso buscaré,
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura
del Señor contemplando su templo".
Nacer de Nuevo
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
En mi reflexión diaria con la oración de la Iglesia (Liturgia
de las horas) y la lectura de la Palabra, me tocó profundamente al corazón
aquella frase del evangelio: "NACER DE NUEVO". Puede
parecernos curioso el relato del evangelista sobre Nicodemo, uno de los jefes
de los judíos, que una noche fue a buscar a Jesús para que nadie lo viera.
Creía que Dios estaba efectivamente en lo que Jesús decía y hacía, y que
valía la pena averiguar más a fondo. Estuvo dispuesto a arriesgarse al ir a
encontrarse con Jesús, porque percibía que el Señor actuaba en el nuevo
rabino, pero Jesús le insistió que si quería ver el reino de Dios tenía
que "nacer de nuevo" (Juan. 3:3). La pregunta que tú y yo nos
hacemos es la misma que le hizo Nicodemo. "¿Y como uno puede nacer de
nuevo?" (Juan 3:4). Pero el Señor Jesús le explicó que mientras no
"naciera de nuevo", del Espíritu de Dios, las oscuras limitaciones
del razonamiento humano lo mantendrían atado. Esto significa que, así como
había venido a ver a Jesús oculto por las sombras de la noche, así mismo
permanecería en la oscuridad espiritual.
El encuentro de Nicodemo con Jesús deja en claro que por
mucha moral que uno haya adquirido en la vida sino vive personalmente la
acción del Espíritu Santo, no puede percibir ni entender la verdad
espiritual. Una persona puede ser buena y tener buenas intenciones, pero eso
no basta para establecer una relación íntima con Cristo. Siempre nos
encontraremos limitados en la capacidad para obedecer los mandamientos de Dios
y amar el prójimo como Cristo nos enseñó. En cambio, si uno busca y pide el
poder transformador del Espíritu Santo, puede llegar a participar de la
naturaleza misma de Dios y recibir la fortaleza que da el Espíritu Santo no
sólo para obedecer a Dios sino para crecer en su confianza.
La Iglesia insiste en su enseñanza prebautismal en la
importancia de educar a los niños en la fe desde muy pequeños para que vayan
creciendo en el Espíritu desde entonces. Es cierto que los cristianos hemos
adoptado el Credo de los Apóstoles, renunciando al pecado y recibiendo
personalmente a Cristo como Salvador y Señor, pero cada día tenemos que
reconocer que necesitamos "nacer de nuevo" y vivir según ese
nacimiento espiritual. En efecto, hemos "nacido de nuevo" en el
Espíritu para poder comportarnos según el Espíritu cada vez con mayor
madurez (Gálatas 5, 16-25). Si nos esforzamos por buscar al Espíritu Santo
por medio de la oración, llegaremos a experimentar una relación viva con
Jesús, el Esposo de nuestra alma. No la dejes para luego, la oportunidad es
ahora para que puedas experimentar el renacimiento en Jesús. El te recuerda
que es Camino, Verdad y Vida y también te dice que ha venido para que tengas
vida en abundancia.
Quiera Dios y logremos esa relación personal con el Señor
desde ahora y durante nuestra estadía en este mundo que, como peregrinos
viajamos hacia la casa paterna, para que al final de nuestro peregrinar,
alcancemos el abrazo y ósculo de paz que nuestro buen Dios quiere darnos.
La Nueva Era
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
En la fe cristiana tenemos que denunciar lo que atente
contra la sana doctrina de la Iglesia venga de donde venga. No podemos
cruzarnos de brazos frente a corrientes de espiritualidad o enseñanzas
supuestamente cristianas, que atentan contra la verdad revelada y contenidas
en las Sagradas Escrituras. Por eso es que intento denunciar, con respeto y
caridad, lo que pretende aparecer como bueno e igual al cristianismo y peor
aún igual a la fe católica. Se trata de, "La Nueva Era". Como
cristiano responsables y conocedores de la verdad de nuestra fe católica, es
nuestro deber discernir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto.
Por eso hemos tomado una actitud de acogida a la "La Nueva Era",
hemos buscado los criterios de discernimiento porque cuando nos enfrentamos a
esta realidad no podemos perder de vista que estamos dialogando con personas
humanas y no con ideas. Esto supone un respeto particular hacia el otro.
El cristiano debe superar dos grandes riesgos al
confrontarse con "La Nueva Era" no rechazar todo de bloque y tampoco
darlo todo como diabólico. Tenemos que rechazar esas dos tentaciones. Por
otro lado, tenemos que evitar el riesgo de no discernir correctamente y
por consecuencia lógica, dejarnos seducir porque el poder de seducción de
este movimiento es impresionante, y aunque uno esté prevenido, fácilmente
puede llegar a comprometerse con él. Acercarse a "La Nueva Era",
indudablemente, significa enfrentarse a una ideología peligrosa, sobre todo
para el cristiano que no tiene una buena base y formación cristiana. Se trata
de una doctrina que puede seducir inclusive a los mismos elegidos, porque
emplea el mismo lenguaje, las mismas palabras que usamos los cristianos.
Recodemos lo que nos dice San Mateo en el capítulo 24. "En efecto,
aparecerán falsos cristianos y falsos profetas, que harán cosas maravillosas,
capaces de engañar, si fuera posible, aún a los elegidos de Dios".
(Mat. 24:24) Con toda claridad nos repite esta advertencia el
evangelista San Marcos. " Entonces, si alguien les dice: Mira, el
Cristo está aquí o allá, no lo crean. Ya que aparecerán falsos cristos y
falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar, aún a
los elegidos, si esto fuera posible. Ustedes estén preparados; ya están
sobre aviso de todo esto". (San Marcos 13: 21-23)
Desconfiemos de los frutos producidos por la "La Nueva
Era" Cristo dijo que el buen árbol se conoce por sus frutos. Ahora bien,
nosotros veremos muchos frutos en este movimiento que nos pueden engañar y
aun seducir. Muchos cristianos han quedado turbados y no comprende que hay
algo que denunciar cuando observan dichos frutos. Si usted quiere denunciar,
trate de diferenciar a la persona, de lo que ella afirma; porque debemos amar
a las personas y denunciar los errores. El Señor Jesús nos lo enseña
durante su encuentro con la samaritana. El no se comporta como los judíos de
entonces que no hablaban nunca con los samaritanos porque los despreciaban. El
ama a la samaritana y se lo manifiesta; habla con ella, pero le dice
claramente: La salvación viene de los judíos. No de los
samaritanos. Porque Jesús es judío y es Dios. La salvación viene de Cristo,
no viene de Buda, de Mahoma, de Confucio o de Lao-Tsé. Hay que decirlo,
porque es la verdad de Dios, pero sin ninguna agresión contra las personas.
La "Nueva Era" presenta un dios panteísta que
está en todas partes, que anima la materia, en el agua que bebemos y en el
aire que respiramos. Pero no hace diferencia entre Dios y sus criaturas. Todo
es uno, todo es divino. Por eso el ser humano también es divino, pues es una
partecita de la divinidad. Esto es para que tengamos una idea pero hay muchas
otras cosas que podemos citar. El cristiano por su parte proclama la
revelación de la uni-trinidad, de un Dios uno en tres personas,
en perfecta comunión sin pérdida de identidad ni división.
En este movimiento vemos el rechazo a la Encarnación. La
"Nueva Era" habla de Cristo, y espera el segundo advenimiento, pero
es un falso cristo. El Cristo real no se encuentra en la "Nueva
Era". Se rechaza al Padre y se rechaza al Hijo. Se niega la Encarnación
y se remplaza por la desencarnación, es decir experiencias de salida
del cuerpo suscitadas por técnicas de meditación. Se remplaza también por
la reencarnación que vendrá después de la muerte. El cuerpo no será
sino una corteza perecedera, independiente de la identidad personal. Es, pues,
importante denunciar estas confusiones que estropean nuestra fe, y denunciar
este lenguaje; que aunque se parece mucho al nuestro es un falso cristo.
En la conclusión de este tema me parece oportuno citar las
palabras de Su Santidad Juan Pablo II en su libro: "Cruzando el umbral de
la Esperanza (página 103)" "Cuestión aparte es el
renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en la forma de la llamada New
Age. No debemos engañarnos pensando que ese movimiento pueda llevar a una
renovación de la religión. Es solamente un nuevo modo de practicar la
gnosis, es decir, esa postura del espíritu que, en nombre de un profundo
conocimiento de Dios, acaba por tergiversar Su Palabra sustituyéndola por
palabras que son solamente humanas". No perdamos de vista lo que
nos dice el Señor en Su Palabra. "El Espíritu nos dice claramente
que en los últimos tiempos algunos renegarán de la fe para seguir
enseñanzas engañosas y doctrinas diabólicas." (Ira. de Timoteo
4:1-2). En la segunda carta de Timoteo se nos advierte que: "Vendrá
un tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina, sino que se
buscarán una multitud de maestros según sus deseos. Estarán ávidos de
novedades y se apartarán de la verdad para volverse hacia puros cuentos."
(2da. de Timoteo 4:3-4.
SANTA MARIA, MADRE DE DIOS
Por: Hno. Pascual Pérez,
H.Ch.
En el primer día del año nuevo rendimos
homenaje a la Virgen María como "Madre de Dios", título que
le dio el Concilio de Efeso en el año 431. Los Padres de
este Concilio reconocieron que confiriendo a la Virgen María
semejante título estaban dando la alabanza más suprema a su
Hijo Jesús, Nuestro Señor. Así proclamaban que El no era
sólo un hombre santo o una antigua voz profética, sino el
eterno Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Ella había sido anunciada por el
profeta Isaías como "La Virgen" que dará a luz al Emmanuel.
"Miren que La Virgen está embarazada y da a luz un hijo
varón a quien le pone el nombre Emmanuel" (Isaías 7:14-15).
Como muy bien sabemos para Dios no hay nada imposible.
Podemos colegir y así lo enseña la Santa Madre Iglesia, que
la Santísima Virgen permaneció pura y limpia después del
parto. Por eso se le da el nombre de: "La Inmaculada"
porque permaneció pura antes del parto, en el parto y
después del parto. Sería lógico pensar que si María iba a
dar a luz al Salvador del mundo, al Emmanuel (Dios con
nosotros), tenía que ser preservada de la mancha original y
conservada en la Gracia para tan grande misión.
Este es el verdadero milagro que celebra
la Iglesia en el primer día del año natural: que el Dios
infinito y todopoderoso entró en su creación mediante una de
sus propias hijas. ¡Qué bienaventurada fue María, que
siempre se le recordará como la Théotokos [la que
llevó a Dios en su seno], Vaso de la Gracia, Arca de la
Alianza! Es bienaventurada y cada vez que adoramos a Jesús,
veneramos también a María por su obediencia y por el fruto
que esa obediencia engendró. Ella misma declaró que "desde
ahora siempre me llamarán dichosa; porque el Todopoderoso ha
hecho en mí grandes cosas" [Lucas 1:48-49].
Dios también quiere hacer grandes cosas
en los fieles de hoy. Cada uno de nosotros tiene un lugar en
los planes de Dios, una misión que nadie más puede cumplir.
Al trabajar para llevar a cabo esa misión, Dios quiere que
lleguemos a ser "portadores de Dios" como lo fue la Virgen
María. En efecto, tenemos la misión de llevar a Cristo a
todos lo que nos vean a diario, de ser "un aroma agradable...
que Cristo ofrece a Dios... que se esparce tanto entre los
que se salvan como entre los que se pierden" [2 Corintios
2:14-15].
El llamado que nos hace el Señor con
aquellas palabras salidas de los labios de su Madre: "Hagan
lo que él les diga" son consonantes con la única
Palabra del Eterno Padre en los Evangelios: "Escúchenlo".
Si los cristianos hacemos caso a la petición de la Santísima
Virgen y al llamado del Padre Eterno podemos estar seguros
que no nos faltará poder de lo alto para vivir según la
voluntad de Dios y lograr la felicidad eterna.
Seamos vasos llenos de gracia, como la
Virgen María; pero esto sólo sucederá si perseveramos en la
obediencia a los mandatos de Dios y si nos esforzamos por
ser dóciles al Espíritu Santo. El Señor quiere vernos a
todos trabajar con El en la transformación de nuestra vida.
Recordemos, pues, al someternos a su voluntad, que Dios
quiere que todos los que nos vean perciban la vida divina
que emana del corazón de sus fieles.
"Morir para Vivir"
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
Cuando decimos que tenemos que morir para
vivir pudiera parecernos algo absurdo e irracional. Si nos
fijamos en lo que nos dice el Señor en las Sagradas
Escrituras podemos cambiar de opinión y entender mejor este
"absurdo". "En verdad les digo: Si el grano de trigo no
cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da
mucho fruto. El que ama su vida, la destruye; Y el que
desprecia su vida en este mundo la conserva para la vida
eterna" (Juan 12: 24-25). Esta analogía que nos presenta
el autor sagrado, nos debe hacer pensar que, como el grano
de trigo, debemos morir ser enterrados y resucitar a la vida
eterna en Cristo Jesús para la gloria del Padre. Te invito a
que leas en la 2da. carta a Timoteo la definición más bella
de lo que significa Morir para Vivir. "Si hemos muerto
con él, con él también viviremos. Si sufrimos pacientemente
con él, también reinaremos con él." (2da. Timoteo 2:11-12)
La Escritura nos dice que los cristianos
debemos vivir como muertos al pecado y vivos en Cristo. (Romanos
6:10-11) Para hacer realidad esa vida en Cristo tenemos una
importantísima misión que cumplir: hacer discípulos a todas
las naciones (Mateo 28:19), ser sal de la tierra y luz en el
mundo (Mateo 5:13-14); ser perfectos (Mateo5:48) y vivir en
paz con el prójimo (Marcos 9:59). Debemos amar a Dios con
todo el corazón, el alma y las fuerzas y finalmente amar al
prójimo, incluso a nuestros enemigos, como a nosotros mismos.
(Lucas 6:27; 10:27). Tengan entre ustedes los mismos
sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Filipenses 2:5).
Sin lugar a dudas que tenemos una grande
misión. Pero gracias a Dios que contamos con su promesa de
que no desfalleceremos porque ya "no hay ninguna condenación
para los que están unidos a Jesús (Romanos 8:10). Para
aquellos en cuyo corazón habita el Espíritu Santo, todo lo
que merecíamos conforme a la ley fue eliminado por la muerte
y resurrección de Jesús (Romanos 8:1-4).
Ahora, teniendo las primicias del
Espíritu Santo en el corazón, podemos hacer mucho más que
limitarnos nada más que aprender a complacer a Dios. También
podemos recibir el poder divino para cumplir nuestra misión.
El hecho de vivir así "en el Espíritu" es algo maravilloso,
porque uno experimenta la magnífica verdad de que ya no es
uno el que vive, sino que es Cristo el que vive en uno (Gálatas
2:20). No cabe duda que tendremos pruebas y limitaciones, y
a veces caeremos, pero también sabemos que no estamos solos
ni condenados. Todos podemos tener esperanza, porque el
poder del Espíritu Santo actúa en nosotros y su poder es
ilimitado.
El cielo es la meta de nuestra vida, el
propósito para el que vivimos y todo el sentido de nuestra
existencia. Fuimos creados para vivir con Dios y verlo cara
a cara. Todo lo demás que hacemos, nuestros pensamientos,
palabras y acciones, deben acercarnos a la vida eterna. ¡El
cielo es nuestro hogar! Miremos a Jesús sabiendo por fe que
cuando El regrese en gloria, nos resucitará y nos llevará
consigo.
El bautismo es, pues, el comienzo de
nuestro peregrinaje hacia el cielo. Por medio del bautismo y
la obra de la fe en nuestra vida, nuestro ser interior, el
espíritu, comienza a anhelar la plenitud de la vida en Jesús
en el cielo y a sentirse atraídos por ella. Como nos dice el
autor de la carta a los Hebreos: "no tenemos aquí ciudad
permanente, sino que vamos buscando la futura" (Hebreos
13:14).
SANTOS MODERNOS
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Con frecuencia escuchamos decir que, hoy
día o en estos tiempos modernos, es muy difícil ser santo o
conseguir la santidad. Nada más lejos de la verdad, pues lo
mismo que en el pasado o la época de los grandes santos de
la historia, Jesús nos promete su asistencia, su gracia y,
como bien nos ha dicho, se quedará con nosotros hasta que se
termine este mundo. Jesús ha dejado empeñada su Palabra y
promete su asistencia a todo aquel que se interesa por
buscar de su reino y seguir sus pasos como El nos recomienda
en las Sagradas Escrituras: "Sed santos como yo soy
santo, buscad el reino de Dios y lo demás os vendrá por
añadidura, en la casa de mi Padre hay muchas mansiones para
que a donde yo esté, estén también ustedes,"
La razón por la cual se dice que es muy
difícil ser santos tiene algo de lógico, pues no cabe duda
que en este mundo nos topamos con cada cosa que, a decir
verdad, son motivos de tentación y de escándalo. Basta con
dar un vistazo a nuestro alrededor. Se le esta dando una
excesiva promoción al sexo en todas partes, pero de forma
muy escandalosa en la televisión. Búsqueda de placeres sin
medida, conducta deshonesta por todos lados, filtración de
mensajes subliminales y doble sentido, películas que nos
impulsan a la violencia y al crimen y al sexo, etc. No
obstante, encontramos, en nuestros tiempos, unos cuantos
modelos de santidad y no tenemos que ir muy lejos para dar
con ellos. Tenemos el Beato Carlos Manuel Rodríguez, una
Madre Dominga Guzmán Florit, Sor Isolina Ferré, Madre Teresa
de Calcuta, Padre Pío de Pietrelcina (su nombre de pila,
Francis Forgione) y muchos más. Todos ellos nos están
diciendo que sí se puede llegar a la santidad sin importar
el ataque exterior que, evidentemente, es continuo y
demasiado.
A todo esto, contamos con la asistencia
del Espíritu Santo como el Señor lo prometió, igualmente
como la obtuvieron cada uno de ellos. Por otro lado tenemos
a nuestra disposición lo que nos dice el Señor Jesús en su
Palabra: "Yo estaré con ustedes hasta el fin de este mundo."
"Mi gracia te basta." "El que me sigue no camina en
tinieblas." "Yo he venido para que tengan vida y la tengan
en abundancia." "Lo que es imposible para el hombre es
posible para Dios." Y muchos otros textos que nos deben
hacer entender que sí se puede llegar a la santidad por la
gracia de Dios.
Es importante, pues, que le demos la
oportunidad al Señor para actuar en nosotros y si le dejamos
ser el Señor de nuestras vidas podemos tener la seguridad de
que El lo hará. Sabemos que el Dios Trino mora en nuestros
corazones y como nos dice San Pablo, "Todo lo puedo en aquel
que me fortalece". Con esta convicción, dejemos que Jesús
actúe en nuestro diario vivir y nos moldee a su imagen y
semejanza tal cual fue su voluntad cuando nos creó y más aún
cuando nos redimió del pecado. Pensemos por un instante en
lo que nos dice el salmista: "El Señor mira desde el
cielo, se fija en todos los hombres; desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra; él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones". (Salmo 32)
No podemos olvidar que Dios nos creó para
que fuésemos eternamente felices, así lo relata el libro del
Génesis cuando nos presenta al hombre en el paraíso terrenal,
el Edén. (Génesis 2:8-9) Dios nos creó con una enorme
capacidad para dar y recibir amor, principalmente el amor de
Dios. Sin embargo, por los efectos del pecado, en la vida de
cada uno esa capacidad ha quedado gravemente afectada. Unos
tratan de saciar la sed de afecto divino buscando placeres y
satisfacciones tratando de conseguir la aceptación de los
demás, dedicándose a realizar buenas obras, adquiriendo
bienes materiales. Pero en lo más profundo del nuestro ser
sabemos que ninguna de estas cosas realmente llena el vacío
del corazón, por mucho que lo deseemos. El único que puede
satisfacer las necesidades más profundas del ser humanos es
Dios. Concluimos con el siguiente mensaje tomado de la
primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3: 12-13.
"Que el Señor los haga crecer más y más en el amor que se
tienen unos a otros y también a los demás, imitando el amor
que a ustedes le demostramos. Que él los fortalezca
interiormente, que sean santos e irreprochables delante de
Dios, nuestro Padre, el día que venga Jesús nuestro Señor
con todos sus santos." Que así sea.
VIVIRE ENTRE ELLOS
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
Jesucristo nos recuerda su convivencia
entre nosotros. "Yo estaré con ustedes hasta que se termine
este mundo." No solamente porque había de venir como un niño
nacido en Belén, hacerse hombre y morir crucificado, sino
porque nos haría la promesa de quedarse con y entre nosotros
para siempre. Presencia que se hace accesible a nosotros por
su Palabra y por la Eucaristía. Esta promesa del Dios del
amor se encuentra plasmada en el libro de Ezequiel. "Viviré
entre ellos" nos dice el profeta Ezequiel, las demás
naciones reconocerán que yo he escogido a Israel como mi
posesión sagrada (Ezq. 37:27-28). Un día Dios sacaría a su
pueblo del exilio y jamás lo abandonaría; haría su morada
entre ellos en un lugar de divina misericordia, protección y
paz. Este sería el comienzo de una nueva alianza entre Dios
y su pueblo. Recordemos las palabras del apóstol y
evangelista San Mateo: "Dichosos los que tienen hambre
y sed de ser justos, porque ellos quedarán saciados
(Mat.5:6).
En la Iglesia tenemos un lugar de
encuentro entre Dios y su pueblo. A similitud con el
santuario prometido en la antigüedad, la Iglesia es lugar de
bendición que Dios santifica con su presencia; es una señal
de la felicidad del Señor en medio de la oscuridad del mundo
que se hunde en la incertidumbre. Aquí se reúnen los
redimidos del Señor y se unen con el lazo de su amor; aquí
comparten unos con otros y con el mundo el amor de Cristo.
Es el lugar donde los pecadores tienen cabida y reciben el
perdón, para comenzar de nuevo.
Definitivamente que Jesús se hace
presente por medio de la reconciliación del pecador
arrepentido. Se hace presente en la persona del sacerdote
que lo recibe con los brazos abiertos como al hijo pródigo.
Pero, lo más bello es que, en el tabernáculo, está Jesús
mismo en el misterio del amor divino, la Eucaristía. En el
sagrario se ha quedado esperando nuestra visita y nuestra
compañía. En el Pan de Vida está Jesús el que vive y da vida
a todo el que, con sinceridad, le busca y le abre el corazón.
Toquemos a su puerta y El nos abrirá.
Esto es lo que deberíamos ver en nuestras
parroquias y lo que debería suceder en nuestra comunidad
eclesial. La "iglesia" no es solamente un lugar que uno
visita; ¡es también lo que somos! La Iglesia es la comunidad
de fieles integrada por muchos bautizados en Cristo, donde
todos formamos parte del cuerpo de Jesús. Todos somos
santuario de Dios, templo del Espíritu Santo, y como tales
somos intermediarios entre Dios y su pueblo. No tenemos que
dejárselo todo al sacerdote, al consejo parroquial, porque
todos podemos dar la bienvenida a los extraños, orar por los
enfermos física o emocionalmente, y buscar la santidad. El
Señor nos prometió quedarse siempre con sus fieles, por eso
es nuestra fuente de fortaleza y valentía, y nos ayuda a ser
"iglesia" y a salir a llevar su mensaje al mundo que muere
por conocer a su creador. "Todo poder se me ha dado en
el cielo y en la tierra. Por eso, vayan y hagan que todos
los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a
cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy
con ustedes, todos los días hasta que se termine este mundo".
(Mateo 28:18-20) Déjate usar por el Señor. El quiere que
seas su instrumento, canal de su gracia, no quiere que seas
piedra de tropiezo para tu hermano. Jesús quiere que tú y yo
seamos cooperadores suyos para que muchos se salven.
Corpus Christi
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
La Solemnidad del Cuerpo y Sangre de
Señor es fiesta de precepto para los puertorriqueños; razón
por la cual los católicos estamos obligados a participar de
la Santa Misa ese día. Pero no hace falta que sea un
precepto para que los cristianos asistamos al banquete
eucarístico, la Santa misa, cuantas veces nos sea posible.
Solo nos bastaría comprender el acto de amor más grande de
la historia humana, Jesús que se entrega por nosotros y se
queda con nosotros. Así lo demuestra el Catecismo de la
Iglesia en el numero 1323: "Nuestro Salvador, en la
última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el
sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para
perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de
la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el
memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad,
signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que
se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da
una prueba de gloria futura" (SC 47).
Toda nuestra vida cristiana debe
encontrar en la Eucaristía su fuente y hemos de realizarnos
como buenos cristianos alrededor de la mesa. Porque ella es
comunión de vida de Dios y con los hermanos. Es anticipo de
la vida eterna y suma de nuestra fe como nos lo revela el
catecismo de la Iglesia en los números 1324, 1325, 1326 y
1327, la Eucaristía, Fuente y Cumbre de la Vida Eclesial.
Su Santidad Juan Pablo II nos dice en su
más reciente carta apostólica que: La Iglesia ha recibido la
Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre
otros muchos, auque sea muy valioso, sino como el don por
excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en
su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Esta
no queda relegada al pasado, pues "todo lo que Cristo es y
todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de le
eternidad divina y domina así todos los tiempos…" (Catecismo
de la Iglesia Católica 1085). Como todos sabemos, el
sacrifico de Jesucristo es uno solo nuevo y eterno del cual
vive la Iglesia y se alimenta. Con sobrada razón nos dice su
Santidad Juan Pablo II que la Iglesia vive continuamente del
sacrificio del Redentor y que este sacrificio se hace
presente perpetuamente. "De este modo, la Eucaristía
aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por
Cristo, una vez por todas, para la humanidad de todos los
tiempos. En efecto, "el sacrificio de Cristo y el sacrificio
de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio. (Carta
encíclica sobre la Eucaristía página 20)
En una de sus homilías San Juan
Crisóstomo nos dice: "Nosotros ofrecemos siempre el mismo
Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo".
Nada más bello que las palabras de San Pablo en la 1ra.
Carta a los Corintios, "Yo recibí del Señor mismo lo que
a mi vez les he enseñado... pero más adelante nos dice:
"Así pues, cada vez que coman de este pan y beban de esta
copa, están anunciado la muerte del Señor hasta que venga.
Por lo tanto, si alguien come del pan y bebe de la copa del
Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del
Señor. Por esto que cada uno examine su conciencia cuando va
a comer del pan y a beber de la copa. De otra manera, come y
bebe su propia condenación al no reconocer el Cuerpo"
(Ira. Cor. 11:23-29). De aquí se desprende el cuidado y la
diligencia con que debemos acercarnos a este sacramento de
amor divino, con temor y temblor, con gran sentido de
respeto y adoración pues no estamos recibiendo un mero
pedazo de pan sino que estamos recibiendo, en nuestra
miserable naturaleza humana, al Señor de Señores, al Dios de
cielo y tierra, a nuestro Creador y Salvador en quien
vivimos, nos movemos y existimos.
Le decimos al Señor, antes de recibirlo
en la comunión, que no somos dignos pero El nos dice
aquellas dulces y consoladoras palabras: "En verdad les
digo: Si no comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben
su sangre No tendrán la vida. El que come mi carne y bebe mi
sangre Tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último
día. Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida
verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre Vive en mí,
y yo en él" (Juan. 6: 53-55). Acudamos a la fuente de
vida eterna y hagamos nuestra la promesa de vida que Jesús
nos ofrece. "Después que yo haya ido a prepararles un
lugar, volveré a buscarlos para que donde yo estoy, estén
también ustedes" (Juan 14:3). Y como si fuera poco,
Jesús que es Camino, Verdad y Vida nos dice: "Pero yo
vine para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Juan
10:10). Te invito a que te alimentes con el Cuerpo y la
Sangre del Señor para que tengas vida abundante y eterna.
Alabemos al Señor
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
La invitación a la alabanza recorre toda
la Sagrada Escritura. Son muchos los lugares en la Biblia en
los que podemos encontrar una invitación a la alabanza que
nos lleva a preferir este tipo de oración por excelencia.
Como bien sabemos, la alabanza es una de los muchos tipos de
oración que enriquecen nuestra piedad cristiana. Tenemos
oración de peticiones, oración de acción de gracias, oración
de alabanza y otras. Para muchos de los santos su oración
preferida era la alabanza y por eso no se cansaban de adorar
al Señor. Tenían muy clara la realidad para lo que fuimos
creados. Tan bella e importante es este estilo de oración
que cuando vayamos al cielo alabaremos al Señor por toda la
eternidad junto con los Angeles y los Santos.
El llamado a la alabanza la encontramos
de una forma especial en los Salmos. No podemos negar que en
otros lugares en la Biblia encontramos también y de forma
magistral la alabanza. "Toda la creación alabe al Señor" nos
dice el autor sagrado del Deuteronomio. "Alabad al Señor,
sus siervos todos" nos recalca el libro del Apocalipsis. El
llamado, la invitación a la alabanza es tan sublime que el
Deuteronomio insiste en que debemos alabar al Señor junto
con los Angeles, junto con las aguas del espacio y unir
nuestra alabanza a la del Sol y la Luna, a la de los astros
y a la del rocío y la lluvia, a la de los vientos y el fuego.
También nos invita a unir nuestra alabanza a la de los peces,
animales y fieras. En toda esta invitación a la alabanza hay
una muy específica: "Hijos de los hombres, bendecid al Señor.
Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor". Como nos diría el
Salmista en el Salmo 150: "Todo lo que respira alabe al
Señor".
Otro pasaje bíblico que es rico en
alabanza es el salmo 149 que, igual que el salmo 150, nos
invita a ser y vivir en una continua alabanza en la
presencia del Señor. "Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles". Nos
aconseja el Salmista que usemos todos los medios a nuestro
alcance para alabar y glorificar al Señor. "Alabad su nombre
con danzas y cantadle con tambores y cítaras. Que los fieles
festejen su gloria y canten jubilosos en filas". Me parece
que hablar de la alabanza es un tema que no tiene fin, que
no termina nunca, pero quiero terminar con las palabras del
salmo 62: "Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos
invocándote. Me saciaré de manjares exquisitos y mis labios
te alabarán jubilosos". Sigamos el consejo de la Santísima
Virgen María en el relato que nos ofrece San Lucas: "Mi alma
alaba al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador".
Sigamos el ejemplo de la Santísima Virgen
y de los santos que, teniendo bien claro la importancia y el
valor de la alabanza, no perdían la oportunidad de acudir a
este medio de oración. Estaban muy conscientes que esa sería
la oración para toda la eternidad cuando entrasen en la
gloria para alabarle y bendecidle por los siglos de los
siglos. Me parece lógico y loable comenzar desde ahora
haciendo la práctica e ir ganando terreno, pues a Dios hemos
de amar y alabar para siempre. Ese es nuestro destino eterno;
para eso fuimos creados.
Quiera Dios y nos convirtamos en hombres
y mujeres de alabanza perpetua al Señor y que nuestra vida
sea una alabanza que en todo lo que hagamos seamos
agradables a nuestro buen Padre Dios. Les invito a comenzar
practicando vivir en alabanza cuando vamos al descanso en la
noche, decirle al Señor que queremos alabarlo con nuestro
sueño, con nuestro descanso. Al levantarnos le pedimos que
nos de la gracia de ser una alabanza viva durante todo el
día, que en todo lo que hagamos sea una alabanza en su
honor. Les aseguro que el Señor hará grandes cosas en sus
vidas y verán la gloria de Dios.
EL SEÑOR RESUCITO
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
A lo largo del tiempo cuaresmal nos
preparamos para la gran Pascua de Resurrección. Recordemos
las palabras de nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez quien
nos dejó como regalo el lema "VIVIMOS PARA ESA NOCHE" que,
indudablemente significa no sólo prepararnos durante la
cuaresma para la gran Pascua sino que, como él lo hizo,
hemos de prepararnos todos los días de la vida para ese gran
día de encuentro con el Señor. Jesús ha sido muy claro en
sus expresiones, por medio de su Palabra, cuando nos dice
que no nos dejará huérfanos sino que volverá a nosotros y se
alegrará nuestro corazón. Nos dice también, que Él es la
puerta: "Yo soy la puerta –dice el Señor- el que entre por
mí se salvará y encontrará pastos abundantes".
Permanezcamos junto a Cristo en la
alegría de la resurrección. Aún cuando los acontecimientos
del mundo nos causen graves preocupaciones, y que los "imprevistos"
del diario vivir traten de socavar nuestra paciencia y
confianza, Jesús está con nosotros. Ya es hora de levantar
la cabeza y pensar "en las cosas del cielo, no en las de la
tierra" "¿Por qué? Porque ustedes murieron y ahora su vida
está escondida con Cristo en Dios. Cuando él aparezca,
ustedes también aparecerán con él y tendrán parte en su
gloria." (Col. 3:2-4). Nuestra fe en la resurrección
significa que podemos confiarle toda nuestra vida.
Durante la octava de Pascua la Iglesia
reza en su oficio divino: "Este es el día en que actuó el
Señor. Sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya." La
Pascua de Resurrección es tan importante para la Iglesia y
para los cristianos que durante toda la semana de la Octava
de Pascua se reza la liturgia de la festividad o sea el rezo
durante toda esa semana es tomado del domingo de
resurrección. Es, indudablemente, una prolongación festiva
del domingo de resurrección. La Palabra nos viene anunciando
la gran esperanza que tenemos si somos fieles al Señor. Para
ser más específicos, veamos algunos textos contenidos en la
liturgia de estos días: Hechos 10:40-43; Romanos 10:8-10;
Romanos 8:14-17; Hechos 13:30-33; Ira. Pedro 3:18-22 y
Romanos 4:7-9. Jesús quiere que tengamos un encuentro
personal con él que es el Camino, la Verdad y la Vida; que
nadie va al Padre sino por él; que en él tendremos vida en
abundancia; que no podemos hacer nada sin él; que se va al
Padre a prepararnos un lugar para que allí estemos también
nosotros.
Podemos asegurar, sin lugar a
equivocarnos, que la garantía de nuestra resurrección está
en la Eucaristía. Para dar fuerza y credibilidad a mis
palabras me permito citar a su Santidad Juan Pablo II en su
Carta Apostólica "Ecclesia de Eucharistía" página 27.
"Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene
que esperar el más allá para recibir la vida eterna; la
posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura,
que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la
Eucaristía, recibimos también la garantía de la resurrección
corporal al final del mundo; "el que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día"
Con sobrada razón nos dice el evangelista
San Juan: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo
único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino
que tenga vida eterna". (Juan 3:16) Pidamos al Señor
Resucitado, vencedor de la muerte, que al celebrar su
gloriosa resurrección nos conceda llegar a resucitar a la
luz de la vida eterna por el poder de su Santo Espíritu.
AMENSE
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Si te preguntasen cuales son los dos
amores inseparables en la vida de un cristiano, ¿qué tu
contestarías? Me imagino que irías a la Ira. Carta de San
Juan en el capítulo 4 del 7 al 13 y con mucha seguridad
dirías "amar a Dios y amar al prójimo". Proclamarías con
gran fuerza y convencimiento que Dios es amor y el amor a
los hermanos es la respuesta más elocuente de ese amor a
Dios. Te invito a que leas el siguiente texto y compruebes
por ti mismo que Dos es amor y fuente de amor.
"Queridos míos amémonos los unos a los
otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha
nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha
conocido a Dios: pues Dios es amor.
Envió Dios a su Hijo único a este mundo para darnos la vida
por medio de él; Así se manifestó el amor de Dios entre
nosotros. No somos nosotros los que hemos amado a Dios sino
que El nos amo primero y envió a su Hijo como víctima por
nuestros pecados: en esto está el amor. Queridos, si tal fue
el amor de Dios, también nosotros debemos amarnos mutuamente".
El cristianismo no es solamente un
conjunto de creencias. Antes que nada y principalmente es
una relación, una comunión de amor y amistad personal con
Dios y con el prójimo. Son dos amores inseparables. Mientras
más experimente uno el amor de Dios y corresponda a ese amor,
mejor estará dispuesto a demostrarle al vecino la misma
aceptación y bondad que Dios ha tenido con él.
Para explicar lo asombroso que es este
amor, el autor de la Carta a los Hebreos lo pone en la
categoría de un "amor de familia", es decir insta al
creyente a tratar al prójimo con el afecto y la lealtad que
naturalmente se dan entre familiares y parientes. "No
dejen de amarse unos a otros como hermanos, (Hebreos 13:1)
En el bautismo Dios nos adopta como himnos suyos;
por eso, esta hermandad espiritual que une a los hijos nos
lleva a tratar a los demás con la misma dignidad y honor.
Esta comunión fraterna y amor cristiano
podemos expresarlos día tras día en actos de bondad, como
visita a los enfermos, los ancianos y los solitarios, y
también llevar una palabra de aliento a los que no tienen
casa, los presos y los marginados. Hacer el bien a los que
nos pueden reciprocar no es tan importante o peor aún
hacerlo para que nos premien no tiene valor alguno; eso es
claro en el evangelio; pero el amor cristiano va más allá
para llegar a los que nos caen antipáticos, que a veces son
desagradables o incluso desagradecidos. Pero "Dios ha
llenado con su amor nuestro corazón por medio del Espíritu
Santo que se nos ha dado" (Romanos 5:5).Tan sencillo como
esto.
San Agustín dijo en una ocasión: "Pidan a
Dios el don de amarse los unos a los otros. Amen a todas las
personas, incluso a sus enemigos, no porque sean hermanos
suyos, sino para que siempre estén animados por el fuego del
amor, ya sea a los que han llegado a ser sus hermanos como
sus enemigos, para que, recibiendo ese amor, éstos lleguen
un día a ser hermanos suyos". Roguemos al Señor que nos
conceda el don de amarnos los unos a los otros.
Solemnidades
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Cuando vamos llegando al final del Tiempo
de Pascua, vemos en el calendario litúrgico, algunas
importantes solemnidades que desembocan en el Tiempo
Ordinario que, como es de nuestro conocimiento, constituye
una larga preparación y reflexión de los misterios de la
redención y salvación de la humanidad. Me refiero a la
Ascensión del Señor, Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus
Christi y Sagrado Corazón de Jesús.
A partir de la solemnidad de la Ascensión
del Señor, la Santa Madre Iglesia nos presenta otras
importantes solemnidades que nos preparan para vivir a
plenitud el tiempo ordinario llenos de grandes revelaciones
del Señor Jesús en su plan de Salvación. Naturalmente que
con la celebración de la Ascensión nuestros corazones se
llenan de gozo, alegría y de esperanza porque Jesús sube al
cielo a prepararnos un lugar para que vayamos a vivir con él
por toda la eternidad. Es su promesa. El Señor quiere que
disfrutemos de su triunfo en la cruz que El ganó para
nosotros y que tenemos derecho por adopción.
Jesús quiere que recordemos la realidad
para la cual fuimos creados, como nos dice el libro del
Génesis, fuimos creado para vivir una eternidad feliz al
lado de nuestro Creador sin dolor ni sufrimiento. Sólo y por
culpa del pecado este plan maravilloso se troncó pero por
Cristo, que vino para salvarnos, lo recuperamos. ¡Gracias,
Señor!.
Para que se pueda hacer realidad la vida
de la gracia en nosotros y podamos alcanzar la plenitud que
lleva a la vida eterna, Jesús al subir al cielo nos envía la
promesa, el Paráclito, el Espíritu Santo en Pentecostés. El
Señor nos había dicho que cuando se fuera al Padre nos
enviaría al Espíritu Santo, la promesa, para que nos
enseñara todo lo que El nos había revelado y nos guiaría en
el caminar de la vida. Este es el motivo por excelencia de
la gran celebración de Pentecostés. Porque en cada
Pentecostés esperamos que baje el poder de lo alto sobre la
Santa Iglesia, sobre cada cristiano para que nos asista,
transforme y llene a plenitud de sus Santos Dones. La barca
de Pedro será llevada a puerto seguro como Jesús lo prometió:
Yo estaré con ustedes hasta que se acabe este mundo. "Oh
Espíritu Santo, guíanos hacia el encuentro permanente con
Jesús y por Jesús al Padre. María, Madre de la Iglesia, tú
que en Pentecostés esperabas, junto a los discípulos de tu
Hijo, la venida del Espíritu Santo, intercede por nosotros
para que seamos llenos de ese que fue tu Esposo en el plan
de la redención y salvación del mundo. Amén".
Terminada la solemnidad de Pentecostés,
la Iglesia nos presenta el misterio amoroso de Dios Padre,
Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Dios Trinidad, Dios familia, Dios conjugación perfecta del
amor. El Dios que nos crea, el Dios que nos redime, y el
Dios que nos santifica. ¿Qué hermoso misterio? Ese misterio
de amor divino nos ha dicho, claramente, que mora en
nosotros sus hijos muy amados y que su mayor empeño es que "nadie
se pierda", que todos logremos alcanzar la vida eterna.
Cooperemos a la gracia para lograrlo.
Por amor, la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad hecha hombre se queda con nosotros y en
medio de nosotros por el gran misterio de amor, "el que me
come tiene vida eterna", la Eucaristía. Por lo cual, este
éste pan de vida entregado por Jesús, no como el maná que
recibieron nuestros antepasados sino realmente el cuerpo de
Jesús, viene a ser alimento y fortaleza para nuestra vida
cristiana. Porque alimentados con el pan de vida podemos
sobrellevar los duros embates diarios y lograr la victoria.
No perdamos la oportunidad de recibir el alimento que lleva
a la vida eterna, el Cuerpo y Sangre del Señor. Celebremos
el "Corpus Christi"como precepto de amor.
Como nos dice Santa Margarita Maria de
Alacoque, Jesús permanece en el Sagrario esperando a los
hombres por amor y se queja de que los hombres no le aman.
La invitación de la Iglesia es para que celebremos el día
del Sagrado Corazón de Jesús como día de reparación con amor
por nuestra falta de amor.
Pecador arrepentido
Por el Hno. Pascual Pérez, H.Ch .
Encontramos en las Sagradas Escrituras
unas verdades muy alentadoras con respecto al
arrepentimiento. El Señor nos hace muchos recordatorios
sobre este particular. Definitivamente que nuestro buen Dios
cumple lo que promete y por eso nos ilustra con muchos
ejemplos de cómo quiere que vivamos una vida arrepentida, en
su gracia y amistad. Encontramos en la Santa Biblia frases
como éstas: "No quiere la muerte del pecador sino que se
arrepienta y viva", "Habrá más fiesta en el cielo por un
pecador arrepentido que por noventa y nueve justos" "El Hijo
que le pide a su padre la herencia, se va y la malgasta con
sus amigos pero luego recapacita y decide regresar a la casa
de su padre y éste lo recibe con los brazos abiertos y manda
a preparar una fiesta para ese hijo que se había perdido en
el pecado". Y encontramos otros pasajes que hacen alusión a
este asunto tan importante para la vida del cristiano. Les
aconsejo, hermanos, que sigamos los consejos del apóstol San
Pablo en la carta a los Efesios. "Ustedes saben que
tienen que dejar su manera anterior de vivir, el "hombre
viejo", cuyos deseos falsos llevan a su propia destrucción.
Han de renovarse en lo más profundo de su mente, por la
acción del Espíritu Santo." (Efesios 4:22-23)
Partiendo de esta premisa debemos
analizar lo que nos dice el Salmo 50 y veremos lo que
nos pide nuestro buen Padre Dios a nosotros sus hijos en el
caminar por esta vida como peregrinos, caminantes y de paso
hacia la vida eterna. El salmista nos invita a pedir perdón
por nuestras culpas con un corazón contrito y arrepentido.
Nos aconseja que acudamos a Dios pidiendo misericordia y que
lave todos nuestros pecados. "Misericordia, Dios mío,
por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa;
limpia mi pecado". También nos invita a que
reconozcamos lo que somos, pobres pecadores, y más aún que
nos demos cuenta de que él aborrece la maldad. "Pues
yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado;
contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que
aborreces."
Además de esto el Señor quiere que
entendamos que el castigo merecido es justo porque no sólo
hemos pecado sino que también fuimos concebidos en pecado,
heredamos el pecado, y como consecuencia una fuerte
inclinación al pecado. Por eso recordemos lo que nos dice el
salmista: "En la sentencia tendrás razón, en el juicio
brillará tu rectitud. Mira, que en la culpa nací, pecador me
concibió mi madre." Pero como dice el Señor en su
Divina Palabra, "Allí donde abunda el pecado, sobreabunda la
gracia", vemos que a pesar de nuestro pecado y de nuestra
inclinación al pecado, el Señor quiere en nosotros un
corazón limpio y puro.
"Te gusta un corazón sincero, y en mi
interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo,
quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve."
Para que puedas saborear, meditar y vivir esta reflexión
te exhorto a que leas algunos versículos del Salmo 50 que, a
mi mejor entender, es uno de los Salmos más interesantes y
que debemos meditar frecuentemente para lograr el
crecimiento espiritual que el Señor quiere de nosotros.
"Hazme oír el gozo y la alegría, que se
alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu
vista, borra en mi toda culpa. ¡Oh Dios!, crea en mí un
corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me
arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con
espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los
pecadores volverán a ti". No me cabe la menor duda
de que si meditamos el contenido de este salmo obtendremos
del Señor la gracia del arrepentimiento y lograremos vivir y
perseverar en su amistad con santo temor de Dios.
La Oración
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch
En ocasiones escuchamos a personas decir
que no saben orar y sin embargo es algo tan sencillo como
decirle al Señor "no sé orar" para que ya esté orando. Un
corazón tocado por la Palabra de Dios termina siendo un
corazón orante. Por eso te hablaba en mi artículo anterior
"La Palabra de Dios" sobre la importancia de nuestra vida de
oración y relación con el Señor. Para mí es algo
indispensable en nuestra vida como cristianos. Como el aire
es indispensable para poder vivir así es la oración para el
cristiano, indispensable para lograr vivir la vida de hijo
de Dios y heredero de su reino. No hay nadie que pueda decir
"no sé orar" porque tan pronto como tu corazón y tu mente se
pongan en la presencia de Dios estás orando. La oración
consiste en tratar amorosamente con Dios, hablarle de
corazón a corazón, vida a vida. Se trata de abrir el alma
con sus más y sus menos a Dios esperando de El misericordia.
Sencillamente contarle las cosas como se las contarías a un
amigo, a alguien con quien se tiene confianza.
La oración es camino de búsqueda, de
encuentro, de peregrinación hacia el "Totalmente Otro",
hacia el Dios de la vida. Orar es aprender a vivir, a
respirar, a caminar, a marchar por la vida con pasos ligeros.
Porque quien ora lleva a Dios consigo y nada teme pues nada
le falta.
La oración debe ser una realidad en todos
los momentos de la vida, pero de una manera especial en los
momentos fuertes, momentos de prueba. Recuerdo que hace 20
años fui intervenido quirúrgicamente en la columna
vertebral. Después de dos meses en el Hospital de Veteranos,
por medio de un myelograma, los médicos detectaron una
lesión espinal a nivel T10-L1. Mi doctor de cabecera y un
grupo de médicos se reunieron conmigo y, con mucha prudencia,
me informaron que tenían que hacerme una exploratoria de
emergencia porque tenía un tumor en la columna vertebral. De
momento, no lo puedo negar, me asusté un poco. Una vez me
informaron de la situación me puse en oración y fui a la
capilla del hospital y le conté al capellán lo que me pasaba
e hice una confesión general. El día de la operación la
enfermera que me llevaba a la sala de operaciones me dijo
que si quería orar antes de ir a sala, lo que acepté con
mucho gusto. Fui a la sala de operaciones con tranquilidad y
abandono en las manos de nuestro buen Padre Dios. Terminada
la operación, que duró más de 6 horas, me llevaron al cuarto
de intensivo por tres días. Lo hermoso y bello de todo esto
fue que a pesar de lo delicada de mi operación yo no sentí
ni dolor ni malestar alguno durante la operación ni durante
el tiempo de recuperación en la sala de intensivo. Mi
recuperación fue muy buena hasta que regresé a casa con un
pase de fin de semana para el día de acción de gracias, que
por no descansar lo suficiente tuve que ser llevado al
hospital antes de tiempo por una rigidez muscular en toda mi
espalda. No puedo negar que una vez dado de alta del
hospital quedé con daños permanentes en mi columna y, por
consecuencia lógica, algunos trastornos causados por el
tumor que después de la operación me dijeron que se trataba
de una Syringomyelia y Ependymoma, lo que después de 20 años
ha vuelto a recurrir y aún padezco con alegría y gozo en el
Señor. Se añade a mi padecer, para gloria del Señor, una
paraplegia incompleta.
La realidad es que mantenerme en oración,
en la presencia del Señor, me hizo pasar el tiempo viviendo
la certeza de que Él estaba conmigo y yo estaba sumergido en
Él. Es mi Dios y por tanto cuida de todo lo que le ocurre a
su criatura; es mi padre y por tanto derrama su ternura
sobre sus hijos más que una madre. Cada cual debe orar desde
su propia vida y partiendo de su propia realidad. La oración
a solas con Dios, hecha en lo profundo del corazón da
serenidad, paz y confianza al alma. Cada momento de la vida
tiene su oración. En las zonas de turbulencias durante un
visaje en avión que puedes hacer mejor que ponerte a orar,
sencillamente eso es lo mejor que se puede hacer, aclamar la
divina misericordia y protección del Señor. Ponte a orar:
"El Señor es mi pastor, nada me falta; aunque pase por valle
tenebroso nada temo, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu
cayado me sosiegan". La turbulencia podrá continuar pero
la oración con el Salmo me da una fuerza y seguridad que es
preciso experimentar para saber lo que es. Cada momento de
la vida tiene su oración. Puedo orar mirando un paisaje
maravilloso de nubes caprichosas, blancas, puras, y le puedo
decir al Padre: "Qué lindo eres, qué maravilloso. Has dejado
tus huellas en esas nubes. Te alabo y te bendigo, Padre."
Puedes estar seguro de que Dios se preocupa más por ti que
tú mismo. De esa misma forma puedes orar mirando a cada flor
a cada árbol a cada criatura que veas en tu caminar por la
vida. Te invito a recordar lo siguiente: "Todas las cosas
nos hablan de Dios, a nosotros nos corresponde descubrirlo
en cada una de ellas".
En la oración a solas con Dios, escondido
en un rinconcito, en ambiente de soledad y silencio, Dios se
deja sentir. A veces se deja sentir en el corazón. Y el amor
de Dios que en ese momento se experimenta nos habla de El,
de su Bondad y Ternura. Otras veces se deja ver en la mente
y tenemos una luz de su grandeza o de su misericordia. Y
llegamos como a comprender un poquito de Dios. Otras veces
nos hace sentir nuestro barro y nuestro pecado y nos lleva a
humillarnos ante Él, que es Santo. Pero con paz y serenidad.
Otras veces nos llena el corazón de alegría y lo elevamos en
alabanza y acción de gracias. En otras ocasiones nos abre el
corazón a los necesitados del mundo, de la Iglesia, de los
hombres, y le suplicamos con fe que ayude, que tenga
misericordia. Dios es Dios y se manifiesta en Jesús. Dios es
Dios y se manifiesta en su Espíritu de vida.
Orar es mirar fijamente a Jesús hasta
dejarnos transformar en El; hasta que su imagen quede
grabada en nuestros corazones. Orar es vivir en la
permanente espera del Señor, que vino, que viene, que vendrá.
Cuando oro, el Espíritu reposa en mí y mi alma es un lago
tranquilo donde se refleja el Universo. La oración es el
silencio de un corazón enamorado; donde no hay silencio, no
hay oración. La oración es la música del alma; el alma que
no ora desconoce su propia armonía interior y la belleza de
su destino eterno.
La oración cristiana es una oración "centrada
en Jesús", lugar de encuentro con Dios. Él es el único
Mediador ante el Padre, es el único Camino que nos conduce
al Padre. Por medio de Jesús nuestra oración siempre tiene
camino, siempre es escuchada por el Padre. Cuando oramos a
Jesús y ponemos en El toda confianza, sentimos que su
Espíritu es quien ora en nuestro interior. Su Espíritu,
clama, alaba, suplica, llora, goza... en nuestro corazón de
barro y nos hace sentirnos débiles y fuertes; "fuertes en
nuestra debilidad". Jesús nos pide orar sin cesar.
Porque el Espíritu ora sin cesar en el fondo de nuestra
alma. Se trata de escuchar la oración del Espíritu en
nosotros y hacerla nuestra. La oración es "conocimiento
profundo" del Señor y "ejercicio amoroso" con el Señor.
Conocer y amar: aquí está el alma de la oración interior.
Vale la pena orar porque su fruto es "vivir vida con Él".
Mientras oramos vivimos en fe; si dejamos la oración,
nuestra fe se marchita y apaga. La oración mantiene
encendida la lámpara de nuestra vida. Con sobrada razón en
las Sagradas Escrituras se nos invita a orar sin desanimarse
y a orar sin cesar. Que Dios te bendiga.
Quédate, Señor, Conmigo
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
En esta nueva meditación quisiera que
recuerdes los temas anteriores que fueron dedicados a la
oración de la Iglesia usando la Liturgia de las Horas como
fuente de reflexión con sus textos bíblicos. Orando con la
Iglesia, Orando con la Iglesia en Pascua, etc. En esta
ocasión y por medio de mi reflexión personal diaria salta de
alegría mi corazón al leer el himno que comparto contigo
para gloria del Señor. Espero que, al igual que este
servidor, te llenes de la presencia del Señor durante la
meditación.
"Estate, Señor, conmigo siempre, sin
jamás partirte, y cuando decidas irte llévame, Señor contigo".
Así reza el himno que nos presenta la Liturgia de las Horas
el martes de la cuarta semana. Cada vez que llego a la
cuarta semana y medito este himno mi corazón se llena de
alegría y de esperanza. Me hace sentir la necesidad de
buscar más y más del Señor para lograr la gran felicidad que
significa la vida eterna. Como recientemente nos decía el
Santo Padre Juan Pablo II: "pasar de la vida a la vida"
Continuando con el himno y su mensaje maravilloso, nos lleva
a pensar que sería espantoso el que Jesús se fuera sin mí,
que me dejara solo sin su compañía. Eso me hace recordar
aquellas palabras del evangelio de San Juan "sin mi nada
podéis hacer" o las de San Pablo "todo lo puedo en
aquel que me fortalece" o como el decir cotidiano:
"con Dios todo, sin Dios nada". Continuando con el
himno, creo que debe ser muy triste para el ser humano
quedarse solo y sin esperanza si el Señor se va y la deja
abandonada. Aunque parezca injusto, esto es posible si no le
damos la oportunidad a Jesús de ser el Señor de nuestras
vidas. Con razón decía San Agustín: "aquel que te creó
sin ti no te salvará sin ti". "Porque el pensar
que te irás me causa terrible miedo de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mi te vas".
Quisiera que todos los que navegan por
nuestra página sientan la necesidad del Señor, sed de su
Palabra, hambre de su Eucaristía, de su alimento espiritual
y así puedan ser saciados por la fuente que es Jesús que
emana "Ríos de Agua Viva". "A ver ustedes, que
andan con sed, ¡vengan a tomar agua! No importa que estén
sin plata, vengan no más" (Isaías 55:1). El mismo
profeta Isaías nos invita a buscar del Señor ahora, no
mañana, la semana próxima o el mes próximo sino ahora que lo
podemos encontrar. "Busquen a Yavé, ahora que lo
pueden encontrar, llámenlo, ahora que esta cerca. Que el
malvado deje su mala conducta y el criminal su proyecto.
Vuélvanse a Yave; que tendrá piedad de él, a nuestro Dios,
que esta siempre dispuesto a perdonar". (Isaías 55: 6-7)
Es por esta sencilla razón que me empeño
en poner un granito de arena, por medio de esta reflexión,
para que mis hermanos y hermanas cibernéticos logren un
encuentro personal con Jesús el Señor. Recordemos lo que nos
dice San Pablo: "nuestra meta es Cristo".
"Llévame, en tu compañía, donde tu vayas,
Jesús, porque aún sé que eres tú la vida del alma mía; si tú
vida no me das, yo sé que vivir no puedo, ni sin yo sin ti
me quedo, ni si tú sin mí te vas". ¡Que hermoso es
orar con la Liturgia de las Horas! Este rezo nos llena el
alma de alegría, gozo y esperanza en nuestro caminar por
este valle de lágrimas en que nos ha tocado vivir como
peregrinos hacia la eternidad. Su Santidad Juan Pablo II no
dice unas palabras muy alentadoras y confortantes: "A
pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad,
conservo el gusto de la vida. Es hermoso poderse gastar
hasta el final por la causa del Reino de Dios". También
cita el Santo Padre las palabras que se recitan después de
la Eucaristía: "En la hora de mi muerte llámame, y
mándame ir a ti". Es la oración de la esperanza
cristiana, que nada quita a la alegría de la hora presente,
sino que pone el futuro en manos de la divina bondad. "Llámame,
y mándame a ir a ti". Este es el anhelo más profundo del
corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello.
(La Palabra entre nosotros oct.- nov. 2002)
Te invito a que leas con detenimiento
este último párrafo del himno citado en esta reflexión y
llegues a tu propia conclusión. "Por eso, más que a la
muerte temo, Señor, tu partida, y quiero perder la vida mil
veces más que perderte; pues lo inmortal que tú das, sé que
alcanzarla no puedo, cuando yo sin ti me quedo, cuando tú
sin mí te vas, Amén".
Al concluir esta reflexión te invito a
leer y meditar el Salmo 100 que forma parte de este
rezo de la cuarta semana y hagamos nuestras las palabras del
evangelista San Juan: ‘Si me amáis, guardaréis mis
mandamientos". (Juan 14:15)
No Pierdas la Confianza
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Creo que a nadie le gustaría perder la
confianza en Dios; al contrario, a todos nos gustaría
aumentarla cada día más. Por esa razón en la carta a los
Hebreos se nos alienta a proteger hoy nuestra fe. Mañana
puede ser demasiado tarde. Hoy día es urgente que los
cristianos velemos y cuidemos de nuestra fe porque los
peligros que nos asechan para que la perdamos cada día son
mayores y más graves. Ante esta realidad de peligro, ¿cómo
podemos mantenernos firmes hasta el fin en la confianza que
teníamos al principio y evitar el desaliento que nos
arrastra el mundo actual? Esta es la pregunta que se hace el
autor sagrado de la carta a los Hebreos. (Hebreos 3:14) Para
evitar que el corazón se nos endurezca y que la incredulidad
nos despoje de toda alegría hemos de confiar en nuestro buen
Dios.
El autor de la carta a los Hebreos nos da
unos consejos muy saludables que deberíamos poner en
práctica. Uno de esos consejos es que dediquemos tiempo para
estudiar y reflexionar las verdades cristianas contenidas en
la Palabra de Dios y que nos hablan de su plan para nuestras
vidas. Por ejemplo podemos entender que Dios nos habla
directamente a través de su Hijo, y ya no por intermediarios.
(Hebreos 1:1-2.) Además, por haberse hecho hombre verdadero,
Jesús conoce exactamente los que significa ser humano;
conoce nuestras flaquezas y pruebas y entiende por que
caemos en pecado; por eso puede solidarizarse completamente
con nosotros. (Hebreos 2:14). Sin embargo, siendo el Santo
Hijo de Dios, también se encuentra en posición de interceder
por sus fieles como nuestro sumo sacerdote y recibirnos en
su reino como sus propios hermanos.
Podríamos decir que no tiene nada de raro
que uno pierda la confianza al reconocer sus propios pecados,
porque crean una barrera de vergüenza en el corazón. En esos
momentos hemos, de recordar que nuestros pecados están
perdonados. Hebreos 8:12). No podemos tener la menor duda de
que, si nos hemos arrepentido y hemos confesado nuestros
pecados, han sido totalmente perdonados. A veces perdemos la
confianza que teníamos al principio porque nos sentimos
impotentes frente a las situaciones de la vida; sin embargo
debemos recordar de mantenernos firmes en la fe y valientes
porque Jesús ha vencido el mundo (Juan 16:33). Cuando
logremos conocer mejor las verdades de Evangelio, haremos
nuestras las promesas del Señor y usaremos las herramientas
que se encuentran en su Palabra. Leyendo las Escrituras
disfrutamos de las experiencias del Espíritu Santo que viene
en nuestra ayuda para socorrernos. Pidamos al Espíritu Santo
que nos dé la fortaleza y la confianza en el poder de las
promesas de Cristo y recordemos lo que nos dijo, "Sin mí no
pueden hacer nada". (Juan 15:5) "Yo perdonaré sus maldades y
no volveré a acordarme de sus pecados". (Hebreos 8:12)
Esperanza que Purifica
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
A mi parecer y lo afirma la Palabra de
Dios, es muy importante que nuestra esperanza esté puesta en
el Señor Nuestro Dios, cuyas promesas no fallan por el
contrario, nos purifican. Así nos lo afirma el evangelista
San Juan. "Todo el que tiene esta esperanza en Él, se
purifica así mismo, de la misma manera que Jesucristo es
puro" (1ra.de Juan 2:29). La palabra griega que significa
traer esperanza (elpo) también significa prever, aguardar,
anticipar pero con la connotación de confianza. Cuando uno
pone su esperanza en el Señor puede tener la seguridad de
que no le fallará. Dios es digno de confianza, porque
siempre cumple sin faltas sus promesas. Él es el amigo que
nunca falla, siempre está a nuestro lado para socorrernos.
Por nuestra parte, nos pide que creamos y confiemos en Él.
Así pues, tenemos la esperanza de que un
día estaremos tan llenos de la vida y el amor de nuestro
Dios que efectivamente llegaremos a ser como Jesús. (1ra. de
Juan 3,2) En aquel día podremos presentarnos ante Dios
santos, irreprochables y sin culpa. (Colosenses 1,22)
Mientras aguardamos con ansias este cumplimiento, hemos de
atesorar estas promesas de Dios y obedecer su palabra,
porque sus promesas son cierta y ciertamente se harán
realidad. Así es como nuestro Padre Celestial ha cumplido su
plan perfecto por intermedio de su Hijo Jesús, nuestro
Salvador.
Cuando nos sintamos desalentados por el
pecado o por las dificultades, siempre podemos creer en las
promesas del Señor y con mucha fe y confianza hacerlas
nuestras. Tal vez no veamos resultados inmediatos, porque
vemos que el pecado sigue presente y queremos que haya más
cambio. Porque nadie es perfecto, hemos de poner nuestra
esperanza en Dios, que es fiel a su palabra.
Depositemos, pues, toda nuestra esperanza
en Cristo; si no, no podremos recibir la plenitud de la vida
que Dios quiere concedernos. A medida que aprendemos a
confiar en el Señor y en sus magníficas promesas,
experimentaremos cambio en nuestra vida. Nos sentimos
confiados y seguros y El nunca nos desalentará ni nos
decepcionará. Por el contrario, nos capacitará para
enfrentar el pecado y las debilidades con esperanza,
sabiendo que Jesús ha ganado nuestra redención completa.
Acudamos al Espíritu Santo rogándole que
reavive nuestra fe en Jesucristo que es la roca de Salvación.
Creemos que Él obtuvo un lugar para nosotros en la mansión
de Padre y que siempre actúa en nosotros. Confiemos en el
Señor creámosle a Él. Él es nuestra Luz y nuestra Salud.
Sal y Luz
Por Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Todos los cristianos tenemos un llamado
divino del cual tendremos que dar cuenta a Dios el día que
nos encontremos ante su divina presencia al término de
nuestros días aquí en la tierra. Tenemos una misión clara
por el solo hecho de ser bautizados y confirmados. Estamos
llamados a cambiar al mundo porque somos sacerdotes,
profetas y reyes, porque somos sal y luz, porque hemos sido
comisionados para ir por todo el mundo con el testimonio de
lo que somos, de lo que nuestro nombre de cristianos
significa; porque somos llamados a proclamar a Jesús y su
reino a tiempo y a destiempo. Esto no quiere decir que toda
la humanidad va a ser católica. Pero la Iglesia, debe ser
sal que da sabor y luz que ilumina en todo momento y a su
alrededor. Nuestra vida tiene que ser atractiva, dando un
ejemplo de seriedad y solidez, tiene que tener sabor, dar
gusto e iluminar. Que se note por nuestro modo de ser y de
vivir, que somos como Cristo. De eso es que habla el
evangelista San Mateo cuando dice: "Ustedes son sal de la
tierra. Y si la sal se vuelve desabrida, ¿con que se le
puede devolver el sabor?" (Mateo 5:13). También
dice el Señor en este mismo evangelio que nosotros somos luz
para el mundo. Como es de esperarse, la luz debe alumbrar.
"Ustedes son luz para el mundo. No se puede esconder una
ciudad edificada sobre un cerro. No se enciende una lámpara
para ocultarla, sino para ponerla en un candelero, a fin de
que alumbre a toda la casa" Mateo 5: 14-15).
En nuestra misión de bautizados sabemos
que la conversión es obra de Dios, pero los creyentes
tenemos al misión de llevar a las personas a Cristo, el agua
de vida, para que puedan experimentar el don de la
conversión. El testimonio que hemos de dar es doble: de vida
y de palabra. La Beata Madre Teresa de Calcuta dijo una vez:
"Imita a Jesús; comparte a Jesús". A mi me gusta
mucho aquella expresión de San Francisco de Asís que decía:
"Predica el Evangelio en todo momento, y si es necesario,
habla". Esto significa que en la manera en que somos
testigos para los demás es viviendo día tras día la vida de
Cristo en nosotros.
Jesús quiere que seamos Sal y Luz pero en
cantidades correctas y a su debido tiempo. Podíamos decir
que un poco de sal provoca sed, pero en exceso produce
náuseas. Una luz moderada alumbra y genera tibieza, pero la
luz excesiva quema y encandila, deslumbra y distrae. De modo
similar, la evangelización ha de presentar la verdad de
Cristo de una manera interesante y estimulante, sin
presiones ni aires de superioridad moral. Lo que hemos de
hacer es invitar a las personas a participar en la
experiencia de purificación y renovación que Dios ha
realizado en nosotros mismos, y la única manera de hacerlo
es manteniéndose sumergido en el caudal de la gracia y el
poder sanador de nuestro Salvador. Recordemos las palabras
de San Pablo: "Sed mis discípulos como yo soy de Cristo". De
esta manera podemos logra ser "Sal y Luz" para dar sabor y
alumbrar a los que nos rodean. Para eso fuimos bautizados y
confirmados y llamados por el Señor para ser evangelizadores
por el testimonio de vida. Oremos con la Iglesia en la
Liturgia de las Horas en la segunda semana del rezo divino:
"Que en todas nuestras palabras y acciones seamos hoy luz
del mundo y sal para cuantos nos traten".
Quiera Dios y tengamos un parecido a los
primeros cristianos quienes eran admirados por la gente al
ver su comportamiento y su fidelidad al Señor. Lo compartían
todo, se amaban, vivían unidos ("miren como se aman") eran
testigos, Sal y Luz. Veamos esta verdad plasmada en los
Hechos de los Apóstoles. "Toda la gente estaba asombrada,
ya que se multiplicaban los prodigios y milagros hechos por
los apóstoles. Todos los creyentes vivían unidos y
compartían todo cuanto tenían. Vendían sus vienes y
propiedades y se repartían de acuerdo a lo que cada uno de
ellos necesitaba". Hechos 2:43-45. Quizás podemos pensar
que a los cristianos de hoy día nos falta mucho si nos
comparamos a los descritos en los Hechos de los Apóstoles y
no estoy hablando literalmente. Pensemos un poco en lo que
nos quiere decir el Señor. Busquemos en lo más profundo de
nuestro interior y veamos si somos Sal y Luz.
DEMOS GRACIAS AL SEÑOR
Por: Hno Pascual Pérez, H. Ch.
Estamos acostumbrados a separar una fecha
en el año para dar gracias a Dios. Eso está muy bien. Pero
desafortunadamente, más que dar gracias a Dios dedicamos ese
día para preparar un buen pavo, una buena cena o un buen
banquete para festejar con la familia, amigos e invitados.
Tampoco creo que todo esto en sí tenga nada de malo, por el
contrario, es muy bueno que la familia separe tiempo para
compartir y nada mejor que hacerlo en una cena familiar. Lo
que podemos cuestionarnos es que para dar gracias a Dios
sólo lo hagamos en un día en específico del año y no a cada
instante de nuestras vidas.
En muchísimos lugares de las Sagradas
Escrituras encontramos que debemos dar gracias a Dios por
todo y en todo momento. Si nos fijamos en las diferentes
partes de la Celebración Eucarística encontramos en ella la
acción de gracias por excelencia. También cuando oramos con
la Iglesia usando el rezo de la Liturgia de las Horas
aparece, de forma muy destacada, la acción de gracias al
Señor en cada semana del rezo litúrgico.
La Iglesia está llamada a vivir en
continua acción de gracias a su Creador. Nosotros los
creyentes, los bautizados que somos el cuerpo místico de
Jesús, los que componemos esta Iglesia, somos los
responsables de serle agradecidos desde lo más profundo de
nuestro ser por cada momento, en toda circunstancia y en
cada lugar en que nos encontremos durante nuestra vida.
La oración de acción de gracias la
encontramos a través de toda la Sagrada Biblia desde el
Génesis hasta el Apocalipsis. Si nos fijamos en el primer
libro sagrado, encontramos una bella prefigura de la acción
de gracias por excelencia, la Eucaristía. "Entonces
Melquisedec, rey de Salem, trajo pan y vino, pues era
sacerdote del Dios Altísimo"…" Génesis 14: 18. No
podemos ignorar que en la plegaria eucarística se menciona
la acción de gracias al Señor y de una manera muy particular
en la consagración.
Para San Pablo dar gracias a Dios era muy
importante, al extremo que dice en la 1ra. Carta a los
Corintios que da gracias por sus hermanos de Corinto. Por
aquellos que el Señor les había encomendado evangelizar.
"Si cesar doy gracias a mi Dios por ustedes y por la gracia
de Dios que recibieron en Cristo Jesús. Pues en él han
recibido todas las riquezas, tanto las de la palabra como
las del conocimiento, al mismo tiempo que se hacían firmes
en la fe". 1ra. de Corintios 1:4-6. Por otro lado, San
Pablo es claro en la importancia que tiene para los
creyentes hacer de la acción de gracias un estilo de vida,
un buen hábito y una magnífica costumbre. En el capítulo 5
versículo 15 de la carta a los Efesios nos dice: "Miren
cómo se comportan". Pero si nos fijamos bien más
adelante nos ofrece unas directrices muy importantes. "No
se emborrachen; el vino lleva al libertinaje. Más bien
llénense del Espíritu Santo: hablen entre ustedes con salmos,
himnos y cánticos espirituales. Canten y celebren
interiormente al Señor, dando gracias a Dios Padre, en
nombre de Cristo Jesús nuestro Señor, siempre y por todas
las cosas." Efesios 5:18-20. Esto confirma lo que hemos
venido diciendo, "para nosotros la acción de gracias tiene
que ser un estilo de vida".
Insistiremos un poco más en la actitud
que debemos tomar para ser agradecidos al Señor por todo lo
que nos sucede durante nuestro peregrinar por la tierra
caminando hacia la eternidad. Observemos con detenimiento lo
que nos dice el apóstol de los gentiles en la primera carta
a los Tesalonicenses. "Estén siempre alegres, y en toda
ocasión den gracias a Dios: esta es, por voluntad de Dios,
vuestra vocación de cristianos. No apaguen el Espíritu, no
desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y
quédense con lo bueno. Cuídense del mal, dondequiera que lo
encuentren" 1ra. Tes. 5: 16-22.
No quiero pasar por alto aquella frase de
San Pablo a los Colosenses: "Sean constantes en la
oración; quédense velando para orar con acción de gracias"
Col. 4:2. No podemos tener la menor duda de que en nuestra
vida de oración es indispensable la acción de
gracias, ser agradecidos al Señor en todo y por todo.
De forma elocuente y con gran sentido de
agradecimiento se expresa el salmista en el Salmo 117 con
alabanzas y acción de gracias. "Alaben al Señor, todos
los pueblos y festéjenlo todos los países. Porque grande es
su amor hacia nosotros, su lealtad perdura para siempre. Den
gracias al Señor, porque es bueno, su piedad es eterna. Te
doy gracias, porque me oíste, y fuiste para mi la salvación".
Podemos añadir lo que nos dice le Salmo 91 para refirmarnos
en lo dicho anteriormente, un estilo de vida. "Es bueno
darte gracias, oh Señor y cantarle, oh Altísimo, a tu nombre,
anunciando tu amor por la mañana y tu fidelidad toda la
noche…"
Quiero concluir este recorrido por las
Sagradas Escrituras fijándome en la importancia de la acción
de gracias como estilo de vida, con lo que nos dice la carta
a los Colosenses y el libro del Apocalipsis; algo que tiene
que permanecer en el cristiano a flor de labios: "Sean
constantes en la oración; quédense velando para orar con
acción de gracias." Col. 4:2 Y en el último libro de la
Biblia: "Los veinticuatro Ancianos que ocupaban los
tronos delante de Dios, se postraron para adorar a Dios,
diciendo: Te damos gracias Señor, Dios y Todopoderoso, por
haber empezado a reinar, valiéndote de tu poder invencible."
Como hemos visto y no me cansaré de decirlo, tenemos que ser
una acción de gracias constante a nuestro Señor y Salvador.
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