Pregúntale a la Bibila

Pregúntale a la Biblia

Libro Escrito Por:

Rev. P. Perfecto Pérez

             INDICE

  Haga un "Click" en el tema que le interesa leer.

Capítulo 1- La Biblia, libro incompleto

Capítulo 2- El lenguaje bíblico

Capítulo 3- Como leer la Biblia

Capítulo 4- Principios ilógicos del protestantismo

Capítulo 5- Tradición y Biblia

Capítulo 6- La Biblia es hija de la Iglesia

Capítulo 7- La Biblia, manzana de la discordia

Capítulo 8- Creer en la Iglesia

Capítulo 9- Sobre el Papa

Capítulo 10- No todas las religiones son iguales

Capítulo 11- ¿Qué pasó con el sábado?

Capítulo 12- Origen del Domingo

Capítulo 13- Los alimentos y bebidas en la Biblia

Capítulo 14- El Número 666

Capítulo 15- El número 144,000

Capítulo 16- La sangre en la Biblia

Capítulo 17- La fe y las obras

Capítulo 18- Después de la muerte ¿Qué?

Capítulo 19- La existencia del infierno

Capítulo 20- María es madre de Dios

Capítulo 21- Los hermanos de Jesús

Capítulo 22- El rosario y la Biblia

Capítulo 23- Las imágenes

Capítulo 24- La intercesión de los santos

Capítulo 25- Las promesas y la Biblia

Capítulo 26- El bautismo de los niños

Capítulo 27- Cristo Dios y Hombre verdadero

Capítulo 28- La confesión y la Biblia

Capítulo 29- El divorcio y la Biblia

Capítulo 30- El purgatorio

Capítulo 31- El espiritismo

Capítulo 32- Los diezmos

 

Capítulo 1: la biblia, libro incompleto

En nuestro tiempo se ha desarrollado un gran deseo por leer la Biblia. No hay duda que se debe al interés de los fieles por alimentar su vida espiritual con la doctrina contenida en la palabra de Dios. Esta fue siempre la práctica en la vida de la Iglesia Católica, pero ha tomado un mayor impulso debido a la insistencia de los Hermanos Protestantes en exagerar la importancia de la lectura de la Biblia. Digo "exagerar" porque ellos la consideran como algo mágico para alcanzar la salvación. En cierto modo la han convertido en un ídolo.

La Iglesia Católica, contrario a lo que enseñan muchos Hermanos Protestantes, siempre ha tenido la Biblia como fuente de su doctrina. Bastaría con conocer un poco el culto católico, para darse cuenta de lo que estamos diciendo. Es cierto que para la Iglesia Católica la Biblia no es la única fuente de la revelación. Tenemos la TRADICIÓN que es más abarcadora que la misma Biblia. Ésta, en realidad, no es más que una parte de la Tradición que se ha puesto por escrito.

La Tradición tiene una gran importancia por la forma como la Revelación llegó hasta nosotros. Primero se realizó una transmisión oral de las verdades reveladas. En el caso del Antiguo Testamento, esta etapa duró bastantes siglos, hasta que se fijó por escrito parte de esta Tradición. En el caso del Nuevo Testamento, fue mucho más corto este período de transmisión oral. Es en la segunda mitad del siglo primero de la era cristiana cuando se escribió todo el Nuevo Testamento. La pregunta que podría surgir es ¿cuánto de esta Tradición se puso por escrito y cuánto quedó para ser transmitida por la fe viva de la comunidad? No es fácil la contestación a esta pregunta. Personalmente me inclino a creer que fue mucho más lo que quedó sin escribir que lo que se escribió.

Cuando uno lee cuidadosamente los escritos del Nuevo Testamento nos damos cuenta que se ha puesto por escrito muy poco de lo que predicó Cristo. Lo afirman testimonios sacados de los mismos escritos del Nuevo Testamento. Hay frases que indican lo conciso que es lo que escribieron los Apóstoles. Algunas veces ni nos indican cual era el tema de la predicación de Cristo, ya que los cristianos del siglo primero conocían perfectamente su doctrina por la predicación oral: "Su fama corrió por toda la región; enseñaba en las sinagogas, siendo celebrado por todo". (Lc. 4, 14) San Lucas ni indica cuál era el tema de las enseñanzas de Jesús. Lo mismo pasa cuando nos narra en los Hechos la estancia de Pablo y Bernabé en Antioquía "donde por espacio de un año estuvieron juntos instruyendo a una muchedumbre numerosa" (Act.11, 26).

Algunos de los escritores del Nuevo Testamento no vivieron con Jesús. Su conocimiento de la doctrina de Cristo lo adquirieron de la predicación oral de los discípulos que vivieron con Él. Estos autores transmiten por escrito la doctrina que ellos recibieron de las comunidades en que se formaron como cristianos. En ellos empieza la Tradición.

La Biblia afirma de sí misma que está incompleta. San Juan es uno de los escritores que quizás más claramente lo expresa. Veamos lo que dice: "Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro" (Jn.20, 30). Con la misma frase, repetida casi literalmente, pero más enfática, cierra su Evangelio "Muchas otras cosas hizo Jesús, que si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros" (Jn.21, 25).

Lo escrito, pues, en el Nuevo Testamento se puede considerar como un esquema de lo que predicó Cristo. Es el mismo San Juan quien en su segunda y tercera Carta nos indica que hay cosas que piensa tratar con sus fieles, pero que no las escribe. "Mucho más tendría que escribiros, pero no he querido hacerlo con papel y tinta, porque espero ir a vosotros y hablaros cara a cara" (II Jn.1,12 y III Jn.1, 13). Es cierto que estas cartas son muy breves; sin embargo, son un testimonio claro que hay una transmisión oral de la doctrina de Jesús además de lo que se escribe.

Pero tenemos otro dato importante sobre este particular, sacado de las cartas de San Pablo. Por él sabemos que no todo lo que se escribió llegó hasta nosotros. Con toda probabilidad se perdieron algunos escritos. Dice: "Cuando hayáis leído esta carta, haced también que sea leída en la Iglesia de Laodicea; y la de Laodicea, leedla también vosotros". (Col. 4, 16) Esta carta a la Iglesia de Laodicea no está en la Biblia, ni se conoce. Supuestamente Pablo escribió esta carta antes de la que escribiera a los Colosenses, pero se perdió.

Es el mismo problema que suscita una frase de la primera carta a los Corintios donde hace referencia a una carta anterior. Dice: "Os escribí en carta que no se mezclen con los fornicarios" (I Cor. 5, 9). Aunque podría pensarse que se refiere a la segunda carta a los Corintios, en cuyo caso se habría cambiado el orden, sin embargo esta suposición no parece convincente, porque el tema a que hace referencia no es el tema central de ninguna de las partes de la segunda carta. Con toda probabilidad San Pablo escribió más cartas a las comunidades que él evangelizó y que no han llegado hasta nosotros, como vimos que pasó con la referida carta a los de Laodicea. Conviene enfatizar esto porque los que dicen que solamente con la Biblia basta, no se dan cuenta que, aunque TODA la Biblia es palabra de Dios, NO TODA la Palabra de Dios está en la Biblia. Hace falta algo más que la Biblia. Ese "algo más" es la Tradición viva de que nos habla la Iglesia Católica.

Por otra parte, para aquellos que les llega con la Biblia solamente, parece que les resulta ésta demasiado grande, porque usan una Biblia que está mutilada. Le suprimieron nada menos que siete libros del Antiguo Testamento. Los libros de Tobías, Judith, Sabiduría, Baruc, Eclesiástico y los dos de los Macabeo. Estos libros no están en la Biblia protestante.

.¿Dónde podemos encontrar lo que le falta a la Biblia?. San Juan que es el que más claramente nos dice que solamente escribió una pequeña parte de lo que hizo y enseñó Jesús, nos da la pista para contestar correctamente esta pregunta.

En la última reunión que tiene Cristo con sus Apóstoles antes de su muerte, se extiende largamente hablando con ellos que eran los fundamentos de la Iglesia, la obra maestra de Cristo. Le dice: " pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ESE OS LO ENSEÑARA TODO Y OS RECORDARA TODO LO QUE YO OS HE DICHO" (Jn. 14, 26). La preocupación de San Juan por orientar a los creyentes sobre un tema tan trascendental se manifiesta cuando repite dos veces, casi con las misma palabras, esta doctrina. "Muchas cosas tengo aún que deciros, más no podéis llevarlas ahora; pero cuando venga AQUEL, EL ESPÍRITU DE VERDAD, OS GUIARA A LA VERDAD COMPLETA". (Jn. 16, 13). La VERDAD COMPLETA solamente se encuentra en la Iglesia que Cristo fundó, porque solamente a ella le prometió la asistencia del Espíritu Santo.

San Lucas nos transmite el mandato de Jesús a sus Apóstoles momentos antes de su Ascensión diciéndoles: "Comiendo con ellos, les mandó a no apartarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre, que de mí habéis escuchado" (Act.1,1-4), En este pasaje está haciendo referencia a lo que nos dice San Juan en los textos citados anteriormente. Es la acción del Espíritu Santo la fuente de inspiración de los primeros tiempos de la Iglesia. Esa doctrina predicada por los Apóstoles y conservada en el corazón de los fieles, constituidos en piedras vivas para la edificación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, es a lo que llamamos TRADICIÓN. (I Pe. 2, 5).

Lo dicho hasta aquí nos debe hacer pensar más seriamente en el hecho de que Cristo no escribió personalmente nada, pero ESTABLECIÓ SU IGLESIA. Por eso, aunque la Biblia está incompleta, la Revelación está completa por la Tradición. Es necesario aceptar y creer en la Iglesia que Cristo fundó para poseer el tesoro completo de la Revelación.

Capitulo 2: el lenguaje bíblico

Siempre me ha sorprendido el hecho de que muchas veces se interprete mal la Biblia. Son increíble los disparates que se dicen, tomando como base este libro sagrado, donde Dios nos revela La Verdad. Nunca he pensado que sea fruto de la mala voluntad de los que tal hacen, aunque algunas veces, sin embargo, se puede ver asomar la oreja de "las conveniencias personales" cuando se derivan beneficios económicos para la persona que la interpreta. Un ejemplo de esto sería la doctrina que un gran número de pastores protestantes enseñan sobre el diezmo. Sabemos que en el Antiguo Testamento era un deber de justicia. Pero no se menciona una sola vez en el Nuevo Testamento. Cristo tiene una manera muy diferente de ver las cosas. Se fija en las disposiciones internas de la persona, el sacrificio que hace, no en lo que da, como vemos en la escena de la viuda que echa unos centavos en el tesoro del Templo (Mc.12, 41-44). A tales predicadores se le podría aplicar muy bien lo que dice San Pablo: "Hay hombres de inteligencia corrompida y privados de la verdad, que tienen la religión por materia de lucro" (1 Tim. 6, 5).

La buena fe de la gente es maravillosa, pues creen que lo que esos pastores están predicando es Palabra de Dios, cuando, en realidad, es la voz del egoísmo y de la avaricia lo que se manifiesta.

El problema radica en que leen el Nuevo Testamento con mentalidad judía. Hacen énfasis en muchas prescripciones de la ley de Moisés como son las leyes sobre los alimentos, sobre la observancia del sábado etc., mientras que Cristo, por el contrario, nos enseñó a leer el Antiguo Testamento con una mentalidad nueva. " Se ha dicho a los antiguos... pero yo os digo"... (Mt. 5, 21s) Más que mala voluntad, cometen un error de juicio. Consideran la revelación como algo completo en cada etapa de su desarrollo y no algo progresivo en que las etapas posteriores iluminan las etapas que le preceden, hasta llegar a su máxima perfección en la persona de Cristo. Es necesario, pues, leer la Biblia con mentalidad cristiana y sólo así se puede interpretar correctamente el Antiguo Testamento.

Además de esta falta de mentalidad cristiana, hay otros factores que inducen a la mala interpretación de la Biblia, aunque la persona tenga buena voluntad. Uno de ellos es la ausencia de conocimientos elementales sobre la Biblia. Tienen buena voluntad pero su preparación bíblica es muy escasa. Los han convencido que la Biblia es un libro fácil de entender y, además, que Dios les revelará la interpretación correcta. Así hacen a Dios responsable de lo que dicen. Será bueno recordar lo que dice San Pablo: "Siempre están aprendiendo sin jamás llegar al conocimiento de la verdad" (2 Tim. 3, 7).

San Pedro advierte en su segunda carta algo que mucha gente no tiene en cuenta. Se refiere a las cartas de San Pablo, pero se puede hacer extensivo a otros muchos pasajes bíblicos. "Hay algunos puntos, dice, de difícil inteligencia que hombres ignorantes pervierten, no menos que las demás Escrituras"(2 Pe. 3, 16).

Una de las razones por las que la Biblia no es fácil de interpretar es que ha sido escrita hace muchos siglos por hombres que, aunque inspirados por Dios, tenían una manera de expresarse propia de su tiempo, de su cultura y psicología. Las diferentes culturas suponen diferentes mentalidades y distintas maneras de expresar el pensamiento. El lenguaje es el ropaje de la verdad que el autor quiere expresar. Sabemos que en el correr de los tiempos las palabras cambian de significado y también sucede esto según los países.

Como ejemplo se podría estudiar lo relacionado con el fin del mundo. Sobre este tema predican la mayoría de las sectas como algo que es eminente. Buscan afanosamente números y acontecimientos que le confirmen la proximidad del cumplimiento de esta verdad que para ellos es una cuestión más matemática que religiosa. Creen que Dios lo ha revelado claramente en su palabra, de ahí su preferencia por el Apocalipsis y por algunas partes del libro de Daniel. No importa que Cristo a la pregunta de los Apóstoles sobre el particular le haya contestado: "Cuanto a ese día o a esa hora, nadie lo conoce, ni los Angeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre" (Mc. 13, 32). Parece indicar, además, que no será revelado a los hombres, ya que ni al mismo Cristo como hombre, se lo ha revelado el Padre. Es claro que Cristo como Dios, sí lo sabía y pudo habérselo revelado a sus discípulos, pero no lo hizo.

El error consiste en pensar que las palabras y números en la Biblia tienen el mismo significado que le damos hoy. Los números no son cifras matemáticas. Un ejemplo de esto es los 144,000 que según los Testigos de Jehová se salvarán, número completamente simbólico. Pero un ejemplo muy claro sería el significado de las palabras "pronto y próximo" en el Apocalipsis.

Recordemos lo que dijimos sobre el lenguaje de la Biblia que no es más que el ropaje para expresar verdades religiosas. Estas verdades, según el caso, estarán expresadas en un lenguaje filosófico, poético, epistolar, apocalíptico, etc. Es lo que llamamos los géneros literarios, cuyo conocimiento es indispensable, aunque sea de una forma muy elemental.

La manera de un poeta transmitir la verdad es muy distinta a la de un filósofo o de un historiador. La verdad puede ser la misma, pero la forma de expresión es diferente. Por eso, lo primero que se necesita es conocer qué género literario usó el autor para poder descubrir la verdad religiosa, que es el contenido de la revelación.

Fijémonos cómo se expresa San Juan con relación a los términos pronto y próximo. ¡No habla del fin del mundo! Dice que el Señor le mandó escribir "Las cosas que van a suceder PRONTO, pues el tiempo está PRÓXIMO (1,1 y 3). Y termina su libro poniendo estas palabras en boca de Cristo: SI, VENGO PRONTO (22, 20). Hay muchos pastores que enseñan que se refiere al fin del mundo, pero ya hace dos mil años que se escribió ese PRONTO y aún no ha llegado, en el sentido que lo entienden los Hermanos Protestantes. Esto choca con el significado que tienen hoy para nosotros estas palabras. Podemos llegar a la conclusión de que hay un próximo muy lejano y un pronto que tardará miles de años en llegar. ¿No será que los que predican tanto sobre el fin del mundo son gente que tiene suficiente inteligencia para aprovecharse del miedo que infunden en personas ignorantes?.

Capitulo 3:   como leer la biblia       

La Biblia contiene un tesoro inagotable de doctrina para aquellas personas que buscan conocer la voluntad de Dios y orientar su vida con los principios religiosos que  se contienen en ella.  Pero también es un libro que mal interpretado da origen a los más variados errores.  Esto sucede porque hay personas que tienen una idea falsa  de lo que es la Biblia y falsean su mensaje.  Según el plan de Dios la finalidad de la Biblia  es enseñarnos a conocer cual es su voluntad salvífica sobre la humanidad.  Buscar en ella algo distinto es pervertirla. San Pablo es claro en este particular.  Dice: “Todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza”  (Rom.15, 4).

Dios utiliza el método más apropiado para enseñar al hombre las verdades sobre  la salvación.  El ser humano capta mejor la enseñanza  cuando la ve realizada en la vida concreta de otras personas y  Dios ha usado este método en la Biblia.  Nos presenta su doctrina encarnada en la vida de hombres concretos y también en acontecimientos de la historia de un pueblo. La Biblia es, pues, una colección de ejemplos tomados de situaciones  vividas por  personas o comunidades,  en los que se destaca una intervención extraordinaria de Dios como Salvador del hombre.  Por eso se dice que contiene la Historia de la Salvación. 

Muchos de estos ejemplos son positivos y constituyen el modelo que deben imitar todos los que sinceramente buscan agradar a Dios y así dar una respuesta positiva a la llamada de Dios, que nos invita cada día a la santidad.  Hay otros ejemplos que son negativos.  Con éstos el Señor  indica lo que no debemos hacer porque nos alejan del camino de la santidad y así muestran las consecuencias negativas del pecado en la vida del hombre.  El mismo Dios es quien ha determinado cuales de estos acontecimientos debían conservarse por  escrito y cuales no. Por eso la Biblia es el único libro inspirado, el único que es obra de Dios y del hombre simultáneamente.  Aunque Dios es el autor principal, la Biblia es  también obra humana, fruto de una cultura y una época concreta.

 No hay ninguna situación  personal o colectiva que no pueda ser iluminada por la Palabra de Dios.  Por eso su doctrina tiene siempre actualidad, porque, hablando a nuestro modo, cuando Dios inspiró a los autores humanos de la Biblia, tenía una visión de futuro. De nuevo tenemos que pedir prestadas las palabras a San Pablo que expresa esto de una manera muy clara cuando escribe a su discípulo Timoteo y le dice: “Toda Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena”(Tim. 3, 16)   Pero no todos sacan provecho de la lectura de la Biblia aunque las razones son muy distintas en cada caso.

La Historia de la Salvación se diferencia de la historia política de los pueblos, porque ésta  nos narra acontecimientos que quedan en el pasado y la Historia de la Salvación, aunque hace referencia a acontecimientos humanos del pasado, éstos tienen una actualización en nuestros días, pues las acciones salvíficas de Dios transcienden el tiempo y el espacio.  Por eso  la finalidad  de la Biblia no es narrar historias humanas, sino transmitir la actuación de Dios que mueve misteriosamente los hilos de esta historia.  La Biblia no narra lo que hicieron los hombres sino lo que hace Dios  para salvarlos.  La persona que lee la Biblia, por tanto, tiene que tener una característica especial, ser persona “de fe”

San Agustín en su libro  “De doctrina cristiana”  nos da algunos consejos para leer con provecho la Biblia.

Lo primero es tener el deseo de buscar la voluntad de Dios, expresada en estos libros.  Si no hay este deseo es perder el tiempo, porque la Biblia fue escrita  para manifestarnos qué es lo que Dios quiere de nosotros.  Hay  personas que buscan en la Biblia razones para  justificar  lo que a ellos les agrada y negar lo que les exige sacrificio.   Basados en la Biblia condenan a los que no piensan como ellos, porque no buscan la verdad, sino negar las verdades que les resultan incómodas aunque  estén claramente expresadas en la Biblia. Esto le sucede a los que no tienen fe, porque su intención es  servirse de Dios, más que  servir a Dios.

En segundo lugar, San Agustín aconseja hacer una primera lectura de toda la Biblia para que no nos sea desconocida del todo.  Después, según el Santo, se debe hacer un estudio más concienzudo para ver lo que claramente se dice, ya sean reglas de vida o reglas de fe.  En este estudio cada uno sacará más  provecho cuanto más capacidad tenga para entender.  El  Santo da una regla de oro que se debe seguir siempre en la lectura de la Biblia.  Dice:  “Luego, una vez adquirida cierta familiaridad con el lenguaje mismo de las Divinas Escrituras, procédase a explicar y discutir lo que de obscuro hay en ellas, tomando ejemplo de locuciones claras, para ilustrar por ellas locuciones más obscuras, y por las sentencias ciertas resolver las dudas de las dudosas”.  

Esto contrasta con lo que  hacen  muchos Hermanos  Protestantes.  Con   muy   poca   preparación, quieren  interpretar  pasajes  obscuros  de  la  Biblia, dejando de lado aquellos que son  claros y que contienen normas de vida que cualquier persona puede comprender. De ahí su preferencia a recurrir al Apocalipsis, al profeta Daniel y a querer discutir sobre el misterio de la Trinidad.  No se dan cuenta que los misterios de la fe son para creerlos y no para entenderlos.  Si pusieran en práctica  este consejo que nos da San Agustín, sacarían más provecho de la lectura de la Biblia y no estarían tan confundidos. 

Una manera para leer la Biblia con provecho, atendiendo a estos consejos de San Agustín, sería empezar su lectura por el Nuevo Testamento y cuando encontremos una cita del Antiguo, cosa muy frecuente, leer alguna información sobre el libro de donde está tomada la cita en cuestión y ampliar el texto citado leyendo quizás todo el capítulo.  De esta manera se leería simultáneamente ambos Testamentos, pero el Antiguo quedaría iluminado con la doctrina del Nuevo.  En caso de querer alcanzar un conocimiento más profundo del texto, buscar  la  interpretación  de  la  Iglesia, porque  su voz es la misma voz de  Cristo que dijo:  “Quien a vosotros oye a mí me oye” (Lc.10, 16).

Muchas veces para comprender el mensaje, hay que fijarse en algunos detalles que constituyen aspectos  esenciales.   Me viene a la mente   San Mateo (9,1‑9).  Nos narra la curación de un paralítico. Todos los milagros en los Evangelios son  también signos que hay que interpretar.  La pregunta  es: ¿qué pretende enseñar el autor sagrado al narrar dicho acontecimiento?  Evidentemente cuando San Mateo consigna este milagro, no quiere  enseñar que Jesús puede curar enfermos físicamente, porque en su Evangelio, desde el principio presenta a Jesús como Dios. “Le pondrás por nombre Emmanuel que quiere decir Dios con nosotros”. (Mt. 1, 23). Curar  a un enfermo  no significa nada extraordinario para Cristo. Por lo tanto, la enseñanza que  da aquí San Mateo, además de reafirmar esta verdad de la divinidad de Cristo  tiene que ser algo más.  No podemos contentarnos con una lectura superficial del hecho.

La primera frase que pronuncia Jesús en esta ocasión puede ayudar a descubrir  el  verdadero  significado de este suceso.  Jesús  llama  la  atención  de  sus  oyentes,  no  sobre la curación de la enfermedad física, sino sobre la curación de la enfermedad espiritual, que es el pecado.  Sus enemigos entienden su mensaje aunque no lo aceptan. Por eso le replican  que sólo Dios tiene poder para perdonar los pecados. El milagro demuestra que Cristo es Dios y que puede, por tanto, perdonar los pecados.  Pero a San Mateo le interesa que  conozcamos cómo llega a los creyentes  el perdón de Dios.  Es por medio de la Iglesia de  Cristo.   Aunque no usa el nombre de “confesión”, San Mateo está dando una catequesis sobre este Sacramento, pues el poder que tiene Cristo de perdonar los pecados ahora lo realiza por medio de  su Iglesia, quien lo ejercerá por los hombres que ella constituye ministros de Cristo por el Sacramento del Orden, los sacerdotes. Por eso termina este relato con una frase llena de significado a este respecto cuando dice: “Las muchedumbres quedaron sobrecogidas de temor y glorificaban a Dios por haber dado tal poder a LOS HOMBRES" (Mt. 9. 8).  Emplea la expresión “a los hombres”.  Si la admiración fuera  por el poder  que demostraba Cristo con este milagro, hubiesen  dicho “a este hombre”. También hoy hay muchos que dudan que la Iglesia tenga poder  para perdonar los pecados.  Son los discípulos de aquellos que estaban al lado de Cristo sin creer en Él. 

He querido traer este ejemplo para que ayude a leer  la Biblia con provecho.  El cristiano no se puede quedar en una lectura superficial de la Biblia, como ya hemos dicho, sino que debe llegar, con la ayuda del Espíritu Santo, a una comprensión más profunda.  Para lograr que el Señor nos facilite la comprensión de las Escrituras, como lo hizo con los discípulos de Emaús, hace falta más oración que estudio.  Hace falta tener  FE     

 

Capítulo 4: principios ilógicos del protestantismo

Muchas veces, en las discusiones entre los católicos y protestantes se olvida aclarar los principios fundamentales de cada creencia. No nos debe extrañar esto porque hoy la gente vive sin principios, ni piensa en la necesidad de tenerlos. Las razones para afiliarse a una denominación religiosa no se fundamenta, casi nunca, en convicciones sino en conveniencias personales. La satisfacción de las emociones, la búsqueda de supuestas ventajas de tipo económico etc. juegan un papel decisivo la mayoría de las veces. Conocedores de esta realidad, muchos dirigentes de sectas han convertido la "religión" en un negocio lucrativo para ellos. Se predican cosas absurdas como si fueran verdades reveladas. Se hacen afirmaciones como éstas: no hace falta tener religión; la enfermedad es cosa del diablo y por lo tanto el enfermo es un endemoniado; no hacen falta las obras buenas para salvarse; la fe es lo único que se necesita. Estas afirmaciones y otras semejantes, se oyen con frecuencia en la predicación de algunos Hermanos Protestantes. Semejante doctrina no resiste el más elemental análisis lógico por ser completamente absurdas.

Asusta el pensar que haya gente que se entusiasme con semejante doctrina. Tales personas parecen carecer de la capacidad de análisis, por eso sustituyen la razón por el fanatismo y se hace todo esto tomando como base la Biblia. Hay que preguntarse, pues, qué principios de interpretación de la Biblia están usando. Por las conclusiones a que llegan tienen que ser principios erróneos. Pues bien, de estos principios queremos hablar ahora y que se podrían resumir en lo que Lutero llamó el libre examen de la Biblia.

Hay dos puntos fundamentales en esta doctrina. El primero es afirmar que la Biblia es un libro fácil de interpretar. Esto le agrada a muchas personas, ya que no necesitan aceptar el criterio de otros, constituyéndose en sus propios maestros. Además, despierta en las personas la audacia para predicar y la agresividad hacia los que no piensen como ellos. El segundo punto es la afirmación de que si hubiese algo difícil el Espíritu Santo les guiará de tal forma que nunca permitirá que se equivoquen.

Si se aceptan estos principios y se sacan las conclusiones lógicas contenidas en ellos, la doctrina del libre examen es lo mismo que afirmar que cada uno puede interpretar la Biblia como él quiera y siempre sería correcta dicha interpretación, porque la asistencia del Espíritu Santo nos haría a todos infalibles. Lo absurdo es que enseñen esta doctrina, los que justifican el estar fuera de la Iglesia Católica fundada por Cristo, porque nosotros profesamos en nuestra fe que en algunas circunstancias el Papa es infalible. Ellos se atribuyen una infalibilidad mucho más amplia que la del Papa. Tratemos de ver un poco más en detalle estos dos aspectos del libre examen, que no es otra cosa que la interpretación privada de la Biblia.

La Biblia no es un libro fácil de entender. Esta experiencia la tiene cualquiera que, con un mínimo de sinceridad, haya intentado leerla. Es un libro con un trasfondo histórico y cultural, social y religioso muy especial. Hay que conocer dicho trasfondo aunque sea de una forma elemental. Sobre est tema hay mucho escrito que las personas interesadas pueden encontrar en cualquier librería. Pero lo interesante es que la misma Biblia dice claramente que hay cosas difíciles de entender y que no son de interpretación privada.

Veamos lo que dice San Pedro en su segunda carta. "Pues debéis ante todo saber que ninguna profecía de la escritura es objeto de interpretación personal". (2 Pe. 1, 20). No es solamente este texto sino que en esa misma carta afirma claramente que hay cosas en la Biblia que son difíciles de interpretar y que hay muchos que las interpretan mal. Hablando de las cartas de San Pablo dice: "Es lo mismo que hablando de esto enseña en todas sus cartas, en las cuales hay algunos puntos de DIFÍCIL INTELIGENCIA, que hombres indoctos e inconstantes pervierten, no menos que las demás Escrituras, para su propia perdición". (2 Pe. 3,16). Claramente la misma Biblia condena la doctrina del libre examen que defienden los Hermanos Protestantes.

Hay un hecho constatado en los Evangelios al que se le presta poca atención. Cristo no escribió nada, sin embargo fundó su Iglesia. Claramente indica que para Él tiene más importancia su Iglesia que lo que se escribe. La necesidad de la interpretación de la Iglesia de Cristo lo hace patente lo que nos narra San Lucas en los Hechos de los Apóstoles (6, 26s). El Etíope necesita de la ayuda de un representante de la Iglesia para interpretar correctamente lo que lee en el profeta Isaías. Hoy, lo mismo que entonces, es necesaria la ayuda de la interpretación oficial de la Iglesia que la misma Biblia nos dice que es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim. 3, 15). Si uno se aparta de este fundamento nunca tendrá seguridad de la verdad que profesa.

La doctrina protestante sobre la interpretación de la Biblia es contraria a lo que dice la misma Biblia, como queda demostrado por los textos que hemos citado. Los mismos judíos tenían los Doctores de la ley para interpretarla y Cristo no hace más que seguir la tradición de su pueblo y sustituir la autoridad de las instituciones judías por la Iglesia que el fundó. Ha dejado a su Iglesia como intérprete oficial de la doctrina revelada. Por eso le da la autoridad para enseñar en su nombre. Dice: "Quien a vosotros oye a mí me oye y quien a vosotros desprecia a mí me desprecia" (Lc. 10, 16 ) .

La Biblia sin la Iglesia nos puede llevar al error, como lo demuestra la experiencia de nuestros Hermanos Protestantes que cada uno da su propia interpretación y enseñan cosas distintas. Cualquiera que observe lo que ha pasado con el protestantismo, ve que el principio del libre examen o interpretación privada de la Biblia, es completamente falso, dados los resultados que ha producido. Fundamentados en estos principios, y usando la misma Biblia, enseñan doctrinas distintas y contradictorias. El que conozca un poco la doctrina de las distintas sectas puede darse cuenta de lo que estamos diciendo. Unos dicen que hay que observar el sábado, otros el Domingo y otros ningún día; unos que no se puede hacer transfusiones de sangre, otros enseñan todo lo contrario. Unos que Cristo es Dios, otros que no lo es...¡Supuestamente todos guiados por el Espíritu Santo!......

Se podrían multiplicar los ejemplos de como estas diferencias de interpretación han dado origen a infinidad de sectas. No olvidemos que la verdad es una y el error se multiplica...Lo más cómico, por no decir trágico, es que los mismos pastores protestantes no creen en la libre interpretación. Los pastores dan su propia interpretación a sus seguidores, imponiéndoles incluso el tipo de vestido y comida que según ellos manda la Biblia. No admiten la interpretación que dan otros pastores, si no coincide con la suya. Aquellos fieles que no acepten lo que diga el pastor los expulsan de la secta. Buscan otro pastor, fundan su propia iglesia o se quedan sin nada.

Es tan ilógico el libre examen que cada pastor se atribuye un control del Espíritu Santo como algo personal. Pero además los que creen en la doctrina del libre examen, no deberían tener escuelas bíblicas ni predicar sobre la Biblia, sino que llegaría con que cada uno la leyera y llegara a sus propias conclusiones.

Este principio de la libre interpretación de la Biblia hace del protestantismo algo singular que no ha pasado con las demás desviaciones doctrinales que han surgido en la historia de la Iglesia. Tiene una capacidad de supervivencia muy grande, porque puede cambiar de doctrina, según las circunstancias y adaptarse a la moda de la época. Esto le da facilidad para captar adeptos, cosa que no le es dado al que defiende la verdad, que por su misma naturaleza tiene que ser inmutable. La doctrina protestante que hoy se profesa en las distintas sectas, aún en las más tradicionales, se parece muy poco a la doctrina que enseñó Lutero.

Esta capacidad de cambio es lo que hace que, cuando hay crisis de valores religiosos en una sociedad, las sectas protestantes aumenten su feligresía de una forma espectacular. Cuando se carece de principios objetivos se cae en el subjetivismo. De ahí que el cambio constante entre dentro de la misma esencia del protestantismo, quedando como principio inmutable. Por eso lleva a la indiferencia religiosa, porque las verdades religiosas y morales quedan a merced del subjetivismo de cada persona, que es precisamente el mal de nuestro tiempo.

Capítulo 5: la tradición y la biblia

Muchas veces se discute acaloradamente sobre temas bíblicos, pero no siempre la vehemencia de la discusión corresponde al conocimiento del tema. Esto pasa con relación al tema de la TRADICION APOSTOLICA que la Iglesia Católica considera como parte de la revelación, pero los Hermanos Protestantes no. Es natural que no crean en muchos de los puntos doctrinales de la Iglesia. Primero, porque tienen que contradecir la doctrina de la Iglesia Católica de donde salieron y por eso el nombre de Protestantes y segundo, porque referente a la tradición le cambian el apellido y donde la Iglesia Católica dice "Apostólica", ellos dicen humanas. Es evidente que ninguna tradición humana puede ser fuente de revelación, por más venerable que sea.

Será bueno afirmar que solamente es fuente de revelación aquella TRADICION que tiene origen en Cristo y se transmitió a las primeras Comunidades Cristianas por la predicación de los Apóstoles y después se transmite a través de los siglos por la predicación de la Iglesia. Esta es la TRADICION de que nos habla la misma Biblia y de la que vamos a hablar ahora para beneficio de las personas de buena voluntad. A los Hermanos Protestantes solamente le queremos decir que la TRADICION es anterior a la Biblia y que ésta es solamente la parte de ella que se puso por escrito.

Veamos como define la Real Academia la palabra "tradición". Dice lo siguiente: "Comunicación o transmisión de... doctrinas, ritos, costumbres hechas de padres a hijos al correr los tiempos y sucederse las generaciones". Como se puede ver, la tradición forma la personalidad y cultura de un pueblo. Esto no es distinto en lo religioso. La transmisión de la doctrina de Cristo fue la que formó la personalidad y cultura católica de los pueblos convertidos al cristianismo. En este sentido hay un texto en el libro de Job (15,18) que demuestra que en todos los tiempos y en todos los pueblos ha habido este modo de comunicar a las generaciones jóvenes enseñanzas del pasado. Dice : " lo que cuentan los sabios sin tapujos, es la tradición recibida de sus padres"

Al leer los escritos del Nuevo Testamento, vemos como la predicación fue la manera de transmitir la fe en la primera etapa de la vida de la Iglesia. San Pablo ya nos habla de la fe como un depósito que recibe su discípulo Timoteo y que tiene que guardar celosamente y también nos indica como lo recibió. No fue por escrito, sino por la predicación oral. "Retén la forma de los sanos discursos que de mí oíste...guarda el buen depósito por la virtud del Espíritu Santo que mora en nosotros" (2 Tim.1, 13-14).

La TRADICION forma una cadena de transmisión cuyo origen es Cristo. Él enseña su doctrina a los Apóstoles, éstos, a sus primeros discípulos, a quienes encargan el cuidado de las comunidades por ellos fundadas, y éstos, a los que les suceden. Por eso no decimos que son tradiciones, sino que es Tradición Apostólica porque son los Apóstoles quienes transmiten la doctrina que recibieron de Cristo. No hay que olvidar que el apellido de Apostólica es indispensable y de máxima importancia. El origen de la doctrina de la TRADICIÓN, pues, es Cristo, de quien reciben los Apóstoles la autoridad y el mandato de enseñar todo lo que Él les había dicho (Lc.10, 16 y Mt.28, 20). Claramente se ve que la misión de los Apóstoles es repetir las enseñanzas de Cristo, fuente y origen de la doctrina y los Apóstoles el primer eslabón de la cadena en este proceso de transmisión.

San Pablo le da el mismo valor a la Tradición que a lo escrito. Dice: "Manteneos, pues, hermanos, firmes y guardad las tradiciones que recibisteis, YA DE PALABRA, YA POR NUESTRA CARTA". (2 Tes. 2,15). En este texto pone la tradición oral al mismo nivel de sus enseñanzas escritas. No hay duda que se refiere a este conjunto de doctrina, una escrita y otra transmitida oralmente, cuando en esta misma carta exhorta a sus fieles en los términos siguientes: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo os exhortamos a apartaros de todo hermano que viva desordenadamente y no según LAS TRADICIONES que de nosotros recibieron". (2 Tes. 3, 6).

Sabemos por el mismo San Pablo que sus escritos, en muchas ocasiones, no eran una exposición completa de su doctrina. Su predicación era mucho m0ás amplia que lo que escribía y por eso no es raro que con frecuencia haga referencia a sus enseñanzas orales más que a sus escritos. Esto se ve claro en un texto de la primera carta que dirige a su discípulo Timoteo. "Esto te escribo con la esperanza de ir a verte pronto, para que, si tardo, veas cómo te conviene conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad" (1 Tim. 3, 15). Sigue insistiendo en el valor de lo que él predicaba más que en lo que escribía. A este respecto es muy ilustrativo otro texto de la misma carta en que vuelve a insistir sobre el mismo tema casi con idénticas palabras. Dice: "Y tú, hijo mío, fortalécete con la gracia de Jesucristo. Lo que has oído de mí en presencia de muchos testigos, confíalo a hombres fieles, que ha su vez sepan enseñar a otros". (2 Tm. 2, 12).

Es fácil encontrar en sus cartas referencias a este tema. Él sabe la importancia que tiene la doctrina transmitida por su predicación a la que sirve de complemento sus escritos. Por eso no se cansa de repetirlo": Practicad lo que habéis aprendido y recibido y LO QUE HABÉIS OÍDO y visto en mí". (Flp. 4, 9). Estos textos demuestran la importancia que le da San Pablo a la doctrina que no está escrita, porque forma el núcleo principal de las verdades de la fe.

El mismo se siente deudor a la TRADICIÓN que ha recibido de la Iglesia. Aunque afirme que el Señor le había revelado los más profundos misterios, sin embargo venera la tradición de la Iglesia, ya que es consciente de que forma parte de la revelación. "Pues a la verdad, dice, os he transmitido lo que yo mismo he recibido" (1 Cor. 15, 3). Es consciete que sus escritos no son otra cosa que transmitir y desarrollar la doctrina contenida en la TRADICIÓN ya existente en la Iglesia cuando él escribe. "Os alabo de que en todo os acordéis de mí y retengáis LAS TRADICIONES que yo os he transmitido" (1 Cor. 11, 2).

Los Hermanos Protestantes no reconocen el valor de La Tradición por un falso concepto que tienen de ella. Ellos confunden, como ya dijimos, la tradición Apostólica, cuyo origen está n Cristo, con tradiciones humanas. Evidentemente, con esta confusión en sus mentes, reconozco su buena voluntad y su rechazo a esta doctrina. La Iglesia no está hablando de tradiciones humanas sino de la conservación de la doctrina de Cristo que nunca pusieron por escrito los Apóstoles pero que eran temas en su predicación. "Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido" (1 Cor. 11, 23). Esta afirmación de San Pablo la puede aplicar Iglesia a ella misma con toda verdad. Ella nos transmite lo que ha recibido del Señor, por medio de la predicación y escritos de los Apóstoles.

El que niega la TRADICION está negando una verdad contenida claramente en la Biblia. Por eso la Iglesia nos enseña que no es suficiente la Biblia para conocer toda la verdad; hace falta también la TRADICION que complete la Biblia. Este es el motivo por el que la Iglesia enseña como verdades reveladas algunos dogmas que no están directamente expresados en la Biblia, como es el dogma de la Inmaculada Concepción o el de la Asunción de María.

Capítulo 6: la biblia es hija de la iglesia

Biblia en mano, los Hermanos Protestantes se presentan a visitar los hogares católicos con un aire increíble de superioridad. Tienen el convencimiento de que la Biblia es la Palabra de Dios, como en realidad lo es, pero creen que esto suple su falta de conocimientos sobre la materia. Se presentan con un aire de maestros, mientras que el católico se siente inseguro en el manejo de la Biblia. A los Hermanos Protestantes les sobra audacia y fanatismo. Nunca tendría mejor aplicación el refrán que dice "nada hay más atrevido que la ignorancia". No dudamos de la buena voluntad de aquéllos que creen dedicarse a la predicación del Evangelio, impulsados por otros que saben sacar provecho personal del trabajo de sus seguidores.

Primero de todo, debemos tener presente que, aunque la Biblia es Palabra de Dios, no hay que sacar la conclusión errónea de que lo que se dice sobre la Biblia es también Palabra de Dios. Con la Biblia en la mano, y fundamentados sobre la misma, pero mal leída y peor interpretada, se dicen tremendos disparates. Además, si fuéramos a ser lógicos, nadie que rechace la autoridad de la Iglesia Católica, fundada por Cristo, debe usar la Biblia como fuente de su doctrina. Quizás esto parezca raro a algunos, pero ¿quién nos da la certeza de que la Biblia es Palabra de Dios? Es la Iglesia, porque ella es la Madre de la Biblia. Las sectas tienen su origen en la Biblia mientras que la Iglesia Católica tiene origen en Cristo y de ella tiene origen la Biblia. No escuchar a la Iglesia que Cristo fundó es rechazarlo a Él, porque su voz llega a nosotros por medio de la Iglesia. "El que a vosotros oye, a MÍ me oye, y el que a vosotros desecha a MÍ me desecha". (Lc. 10, 16)

La duda que alguno puede tener es ¿a quién, pues, dar más autoridad, a la Biblia, que es la Palabra de Dios, o a la Iglesia, constituida visiblemente por hombres pecadores? Presentada así la cuestión es fácil decidir en favor de la Biblia y rechazar a la Iglesia.

Se parte aquí de un falso concepto de la Iglesia de Cristo. Aunque tenga un elemento humano, es mucho más que lo que se ve. Lo más importante de la Iglesia no se percibe por los sentidos sino por medio de la fe, porque es el Cuerpo de Cristo. Esta verdad es esencial en la doctrina referente a la Iglesia como vemos en las cartas de San Pablo. No podemos, pues, reducir a la Iglesia de Cristo a una sociedad meramente humana. Es una sociedad humano-divina que tiene como elemento esencial y principal a Cristo que es su Cabeza. De esta manera, por la unión vital que tienen todos los bautizados con Cristo forman su cuerpo místico.

La pregunta que se debe hacer es ésta: ¿Prefieres El Cuerpo de Cristo o un libro? Las personas que tenga interés en su salvación no dudarán en escoger el Cuerpo de Cristo y no el libro. No olvides que el Cuerpo de Cristo es la Iglesia y el libro es la Biblia.

La realidad es que la Biblia y la Iglesia forman un todo que es inseparable. Se puede afirmar, con toda verdad, que si no hubiera Iglesia no habría Biblia porque la Iglesia es anterior a nuestra Biblia. Pero no es cuestión de Biblia o Iglesia, sino la Biblia e Iglesia juntas. Los Hermanos Protestantes separan donde debían unir. En esto consiste su error y por eso el nombre de secta que significa separar. San Agustín nos enseña una verdad que olvidó Lutero y que hace falta recordar claramente en nuestro tiempo. Decía San Agustín: "Yo no creería en el Evangelio si a ello no me moviese la autoridad de la Iglesia Católica".

Hoy hace falta enfatizar esta verdad, porque la mayoría de los que se dicen cristianos rechazan la autoridad de la Iglesia y la substituyen por la autoridad de la Biblia, interpretada a su manera. No perciben que al rechazar la autoridad de la Iglesia, rechazan la autoridad de Cristo.

Quisiera terminar con una pregunta. ¿De dónde sacaron los Hermanos Protestantes su Biblia?. Si no la inventaron, la tuvieron que copiar de la Iglesia Católica que la conservó durante 16 siglos. Cuando apareció la primera secta protestante ya la Iglesia llevaba 1,500 años predicando el Evangelio en el mundo. Como la Biblia es obra de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo, no tiene lógica aceptar de la Iglesia la Biblia y rechazar su autoridad.

Es necesario afirmar una vez más que la Biblia tiene origen en la Iglesia, no la Iglesia en la Biblia. Los católicos tenemos Iglesia y Biblia; los Protestantes tienen sólo Biblia.

Capítulo 7: la biblia, manzana de discordia

La Biblia, que debía ayudar a los creyentes a vivir unidos en la verdad revelada, se ha convertido en la manzana de la discordia a causa de sus distintas interpretaciones. El deseo de Cristo de que hubiera un solo rebaño y un solo pastor no se ha cumplido. Hay muchos pastores, cada uno con su rebaño. ¡ Y todos se justifican con la "doctrina" de la Biblia!. La multiplicidad de "pastores y rebaños" es contraria al deseo de Cristo y a la esencia misma del cristianismo. Sería comprensible que hubiera dificultad en la interpretación del Antiguo Testamento, escrito por judíos y para los judíos como destinatarios inmediatos. Pero el Nuevo Testamento, escrito por cristianos y para los cristianos, no debía ofrecer dificultad su interpretación. El Antiguo Testamento fue escrito también para los cristianos, pero hay que entenderlo a la luz de las enseñanzas que Cristo da en el Nuevo.

Dios quiere mantener un diálogo constante con el hombre por medio de la revelación, porque intenta mantener vivo en su corazón el deseo de la salvación. En el Nuevo Testamento este diálogo es de una mayor proximidad hasta tal punto que el mismo Dios se hace hombre.

Nada enfatizó tanto Cristo al despedirse de sus Apóstoles como el deseo de la unidad entre sus seguidores. Lo expresa de una forma reiterativa en el capítulo 17 del Evangelio de San Juan. Pero la unidad de la que habla Cristo exige ciertas condiciones porque se tiene que realizar en la verdad.

Todos creemos poseer dicha verdad, sin embargo parece que confundimos nuestra propia verdad con la que Dios ha revelado, ya que no coincidimos en ella. La verdad revelada es una y cuando coincidamos en esta verdad realizaremos la unidad que Cristo desea y no daremos el triste espectáculo de la desunión.

No faltan, incluso dentro de la Iglesia Católica, quienes sienten la tentación de pensar que su verdad es más "verdadera" que la verdad de la Jerarquía. Es frecuente encontrar personas que siguen confesándose católicas pero con mentalidad de secta porque en la práctica se resisten a aceptar en su fuero interno el Magisterio de la Iglesia.

Entre los Hermanos Protestantes se producen las divisiones a una velocidad astronómica. Ellos suprimieron la Iglesia para quedarse solamente con la Biblia, pero con esa Biblia que habla tan claramente de la unidad justifican su separación de la Iglesia Católica y también le sirve de fundamento para las divisiones que hay entre secta y secta.

La Biblia es como un espejo que refleja lo que uno es. El que se mira en un espejo lo que ve es su propia imagen, tal cual es, ni más lindo ni más feo. Pues bien, al leer la Biblia hay el peligro de que se le haga decir lo que llevamos dentro. Buscamos justificar lo que somos, pero la Biblia dice lo que debíamos ser. Se hace realidad plenamente el principio de que lo que se recibe se recibe según la forma del recipiente. Como cada persona es un mundo distinto, sobre todo en sus actitudes internas con relación a Dios, cada uno le hace decir a la Biblia cosas distintas.

Así pues, hay personas que leen la Biblia para encontrar una justificación de su manera de ser y pensar. Son las personas que ajustan el mensaje bíblico a lo que ellos son, cuando debía ser lo contrario. Además buscan en la Biblia argumentos para descalificar a todos los que no piensan como ellos. Así la Biblia se convierte en el instrumento para condenar al hermano y no en el libro que contiene la doctrina de salvación para todos los hombres de buena voluntad.

Esto explica las interpretaciones peregrinas que se hacen de la Biblia, sacando los textos fuera del contexto, tanto histórico como literario, cambiando la puntuación, añadiéndole alguna palabra que cambie el sentido de lo que Cristo ha dicho, etc. En fin, hay mil maneras de falsificar la palabra de Dios y hacerle decir lo que uno desea. Ilustremos esto con un ejemplo.

Los siguientes son textos tomados literalmente de la Biblia y unidos fuera del contexto literario. Dicen lo siguiente: "Judas se retiró y se ahorcó (Mt. 27, 5) y Cristo dice: Vete y haz lo mismo". (Lc. 10,37) Para que se pueda ver el significado que tiene la frase de Cristo "Vete y haz lo mismo", hay que leer en San Lucas: 10,30-37. Desde luego, no se refiere a la acción de Judas de ahorcarse, sino a algo muy distinto. San Lucas se refiere a la acción del Buen Samaritano, que ejemplifica la doctrina de Cristo sobre el amor a los demás, incluso a los enemigos. Manipulando así los textos se explica que, en nombre de la Biblia, se cometan actos absurdos como de vez en cuando nos enteramos por la prensa.

Sin llegar a estos absurdos, muchas veces se le hace decir a la Biblia cosas que no dice. Para ello llega con cambiar alguna palabra o signo de puntuación para que cambie completamente el sentido del texto. Por ejemplo: aquellos que no creen que en la Eucaristía está realmente presente Cristo, donde dice: Esto es mi cuerpo, ellos lo cambian por " esto SIMBOLIZA" mi cuerpo. Con una lectura muy parecida se enseña una verdad completamente diferente. La palabra simboliza falsea la verdad que Cristo nos enseñó.

Otra de las causas de la mala interpretación de la Biblia es no admitir que Dios realiza la Revelación de una forma progresiva. Se pierde de vista que la verdad revelada está en la totalidad de la Biblia. Esto quiere decir que cada libro de la Biblia es palabra de Dios, pero no es toda la palabra de Dios. Por eso no llega con saber lo que dice la Biblia en determinado pasaje, sino hacerse la pregunta si sólo dice eso. Si toda la verdad revelada se hallara en un libro de la Biblia, ¿cuál sería el objeto de que Dios inspirara los otros libros?

Capítulo 8: creer en la iglesia

En todas las materias es necesario tener ideas claras, pero esto es indispensable en los temas de gran importancia y creo que no hay uno de mayor trascendencia para el ser humano que lo relacionado con la salvación eterna. Por eso es necesario buscar los medios más eficaces para conseguirla, pero estos medios no puede inventarlos los hombres, sino que tienen que estar establecidos por el mismo Dios que es el autor de la salvación. Los medios que Cristo estableció en el Nuevo Testamento son distintos de los establecidos en el Antiguo Testamento.

Cuando leemos los escritos del Nuevo Testamento, vemos que hablan con mucha frecuencia de la Iglesia de Cristo. Algunas veces lo hacen directamente, como en Mt. 16, 18, otras hablan de la misma realidad usando compariciones. Las imágenes más comunes son las de rebaño, redil, reino de Dios, etc. Lo cierto es que hay infinidad de textos, sobre todo en las cartas de San Pablo, donde se habla directamente de la Iglesia. También hablan de ciertas acciones que Cristo ordena realizar a la Iglesia y que se llaman Sacramentos. Son acciones un tanto externas, pero, por ser acciones de Cristo, tienen efecto santificador en el alma del ser humano.

Tenemos el mandato de "bautizar", de ahí el nombre de Sacramento del Bautismo que todas las sectas practican, aunque no signifique para todos lo mismo. Otras veces son acciones un tanto más interiores a la conciencia del ser humano, como es el mandato de perdonar los pecados, "a quienes les perdonen los pecados le serán perdonados", que llamamos Confesión o Reconciliación. Este Sacramento no lo admiten las sectas protestantes. Podría hablar de otros Sacramentos, pero en este capítulo quiero hablar del "SACRAMENTO UNIVERSAL DE SALVACIÓN" que los incluye a todos. Así llama el Concilio Vaticano II a la Iglesia que Cristo fundó.

Al hablar de la Iglesia de Cristo surgen ciertas preguntas que hay que hacerse: ¿cuál de las muchas Iglesia que se atribuyen este título es la de Cristo? y ¿cómo se puede conocer dicha Iglesia hoy día? Cristo habla de su Iglesia en singular ¿de dónde salieron las otras? Tratemos de contestar esta última pregunta primero.

Aunque el Nuevo Testamento hace referencias con frecuencia a la Iglesia de Cristo, no todos los que creen en la Biblia también creen en la Iglesia fundada por Él, como sería lógico pensar. Las razones son diversas.

Una de las más frecuentes es que hay muchos que usan la Biblia, pero no creen en lo que dice este Libro Sagrado. Cuando leen la Biblia no aceptan lo que Cristo dice sobre su Iglesia, porque no coincide con la idea que ellos se formaron sobre ella. Para tranquilizar su conciencia, se inventan su propia iglesia que se ajuste a sus propias ideas. Hacen una imitación, más o menos afortunada, de la Iglesia verdadera y empiezan a predicar que ellos descubrieron la Iglesia de Cristo, cuando, en realidad, es que inventaron su propia iglesia.

La Iglesia de Cristo no es fruto de un sueño, ni resultado de la imaginación de ningún hombre, sino que es obra del mismo Cristo en quien tiene su origen. Es necesario enfatizar este hecho porque es esencial. Todas las sectas tienen como raíz el deseo de modificar la institución que Cristo ha establecido y todas son una copia, mal hecha, de la Iglesia ORIGINAL. Son, por tanto, falsificaciones de la verdadera Iglesia. El número de copias se puede multiplicar hasta el infinito, pero el original siempre será uno.

Las denominaciones protestantes que conocemos tienen un fondo común con la Iglesia Católica, unas más que otras, pero se diferencian de ella porque han cambiado parte de la doctrina que enseñó Cristo. En su fundación todas siguen el mismo proceso. Toman algunas verdades y las presentan como la totalidad de la doctrina de Cristo y lo que es invención de sus fundadores lo presentan como doctrina revelada.

Para ser la Iglesia de Cristo tiene que reunir ciertas características esenciales. Enseñar toda la doctrina que enseñó Cristo a los Apóstoles, como nos dice San Mateo 28, 19, donde presenta como misión de la Iglesia el enseñar la totalidad de la doctrina que ellos habían recibido del mismo Cristo. Las personas que confunden las sectas con la verdadera Iglesia de Cristo es porque se fijan en esta parte de doctrina que conservan, pero no se fijan en lo que les falta. Cometen el error de darle la misma importancia a una parte que al todo. La Iglesia de Cristo tiene que predicar la totalidad del Evangelio y por eso mantiene su unidad doctrinal porque el Evangelio de Jesucristo es UNO.

San Pablo en la Carta a los Gálatas dice lo siguiente: "Me maravillo de que tan pronto, abandonando al que os llamó en la gracia de Cristo, os hayáis pasado a otro evangelio. No que haya otro Evangelio, sino que algunos los inquietan y quieren pervertir el Evangelio de Cristo". (Gál. 1, 6-8). Por eso la Iglesia de Cristo tiene que ser UNA. La diferencia que hay entre las sectas, no es solamente de nombre sino doctrinal. Cada secta es una nueva manera de interpretar erróneamente parte del Evangelio. Si todas predicasen la TOTALIDAD de la doctrina revelada no tendría razón de ser su multiplicidad.

San Pablo es claro al respecto. Nadie tiene autoridad para alterar el Evangelio de Cristo, es decir, nadie tiene autoridad para fundar Iglesias, sino que es necesario seguir con la única Iglesia que Cristo fundó. Dice: "Pero aunque nosotros, o un ángel del cielo, les anunciase otro EVANGELIO DISTINTO del que les hemos anunciado, sea MALDITO. Se lo he dicho antes y ahora de nuevo se lo digo; si alguno les predica otro evangelio distinto del que han recibido, sea MALDITO". (Gál. 1, 8-10). Las distintas iglesias tienen origen en el hecho de que solamente admiten parte del Evangelio, rechazando lo que no coincide con su manera de pensar.

Tratemos de contestar la otra pregunta. ¿Cuál es la Iglesia verdadera de Cristo?. Lo primero que hay que afirmar, por lo que hemos expuesto hasta ahora, es que solamente puede haber UNA Iglesia Verdadera. Veamos como puede conocerse cual es.

Hay varios métodos que se pueden usar. Empecemos por el más sencillo que consiste en estudiar en la historia el origen del protestantismo y del catolicismo. Cuando el origen de una iglesia no es Cristo, esa iglesia no puede ser verdadera y la historia dice que el protestantismo comenzó mil quinientos años después de que Cristo hubiera establecido su Iglesia.

Todas las iglesias protestantes que hoy tenemos son posteriores a Lutero que es el padre del protestantismo, cuando abandonó la Iglesia Católica a la que pertenecía. Entre la Iglesia Católica y la secta protestante más antigua hay nada menos que 16 siglos de diferencia con relación a su origen. La primera iglesia protestante es la Luterana, fundada por el mismo Martín Lutero en 1524. De ésta, y de la que fundó Enrique VIII en Inglaterra en 1534, se han originado todas las demás. Si el cristianismo hubiera dependido de la predicación protestante, hubiese dejado de existir al morir los Apóstol. Nadie lo transmitiría a las generaciones futuras. Lo mismo se puede decir de la conservación de la Biblia. La conservó la Iglesia Católica, no los protestantes.

En la historia se muestra el nombre de todos los Papas que gobernaron la Iglesia desde San Pedro hasta nuestros días, como también se conservan la fecha y el nombre de los que fundaron las distintas sectas protestantes. Para ayudar a las personas de buena voluntad en la búsqueda de esta verdad, doy a continuación algunos datos sobre el origen de las sectas más conocidas en Puerto Rico. Quiero advertir a los lectores que muchas de estas sectas, en su corta historia, se dividieron ya en varias sectas más. De la denominación Luterana hay 22 divisiones; de los Presbiterianos 15; de los Metodistas 17; de los Bautistas 15; de los Pentecostales cada Pastor forma una secta propiamente. Esto demuestra que no solamente no aceptan a la Iglesia que Cristo fundó, sino que entre ellos no se entienden, por que cada uno sigue su propio criterio.

Veamos ahora la fecha de fundación, cómo se llama su fundador y en qué país tuvieron origen las sectas más conocidas en Puerto Rico:

- Luterana: la fundó Martín Lutero en Alemania en 1524.

- Episcopal: la fundó Enrique VIII en Inglaterra en 1534.

- Presbiteriana: la fundó John Knos en Escocia en 1560.

- Bautista: la fundó John Smith en Inglaterra en 1611.

- Metodista: la fundó John y Charles Wesly en Inglaterra en 1729.

- Discípulos de Cristo: la fundó Thomas y A. Cambell en Estados Unidos en 1827.

- Mormones: la fundó John Smith en Estados Unidos en 1829.

- Adventista: la fundó Guillermo Miller en Estados Unidos en 1831.

- Testigos de Jehová: la fundó Rusell en Estados Unidos en 1852.

- Alianza Cristiana Misionera: la fundó A.B. Sampson en Estados Unidos en 1877.

A finales del siglo 19 empiezan las sectas Pentecostales que tienen como fundadores, normalmente, a grupos disidentes de otras iglesias:

- Asambleas Pentecostales del Mundo: se fundó en Estados Unidos en 1901.

- Iglesia de Dios Pentecostal: se fundó en Estados Unidos en 1907.

- Asamblea de Dios: se fundó en Estados Unidos en 1917.

Todos estos hechos se pueden comprobar por la historia al consultar cualquier enciclopedia. Además, los propios fundadores nos dan detalles de los motivos que tuvieron para fundar la nueva secta. Normalmente se fundamentan en alguna revelación que el Señor les ha hecho en sueños o porque no están de acuerdo con la doctrina que predican sus pastores.

Otro camino para encontrar la Iglesia fundada por Cristo, aunque un poco más complejo que el de la historia, es examinar la doctrina que enseñan y compararla con la contenida en la Biblia, sobre todo la del Nuevo Testamento. La Iglesia fundada por Cristo debe enseñar completa dicha doctrina. Esta condición se la impone Cristo cuando en el Evangelio de San Mateo se despide de sus discípulos.

Las últimas palabras de Cristo cuando reúne a los Apóstoles para ascender al cielo son: "Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar TODO CUANTO YO os he mandado. Yo estaré con vosotros SIEMPRE hasta la consumación del mundo". (Mt. 28, 19-20).

Normalmente, los que no pertenecen a la Iglesia Católica justifican su acción diciendo que la Iglesia que Cristo fundó ya no existe, porque se ha corrompido y, por tanto, ha desaparecido como tal. No piensan que esta afirmación solamente se puede admitir bajo dos supuestos que ellos mismos rechazan.

Uno sería que Cristo no tiene poder para cumplir lo que prometió a su Iglesia de que nadie la podría destruir: "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt. 16, 18). Esta verdad es la consecuencia del hecho de la presencia del mismo Jesús, de una forma permanente en su Iglesia, como nos dice San Mateo en el texto citado anteriormente: "Yo estaré con vosotros siempre." La promesa es clara, directa y sin condiciones. Cristo que es la VERDAD, no miente.

El otro supuesto sería que Jesús, pudiendo cumplir lo que prometió a su Iglesia, no lo hace. Admitir esto sería hacer a Cristo un mentiroso también inadmisible. Solamente el pensarlo resulta una blasfemia contra la persona de Cristo.

Hay personas que tienen cierta confusión porque las sectas enseñan cosas que están en la Biblia porque olvidan que el mandato de Cristo no es enseñar algunas cosas que están en la Biblia sino todo. Esto impone a cada uno de los creyentes la obligación de conocer mejor la doctrina de Cristo, porque la ignorancia es la causa por la que muchos católicos pierden su fe y se hacen miembros de las sectas.

Esta cualidad de enseñar la totalidad de la doctrina de Cristo, como elemento esencial de la Iglesia la estableció el mismo Cristo. Pero no es solamente en el texto de San Mateo que hemos citado, sino que San Juan tiene también dos textos muy claros al respecto. Dice: " pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho. (Jn. 14, 26). Pero cuando venga aquél, el Espíritu de la verdad, les guiará a la verdad completa". (Jn. 16, 13). No sería lógico el enseñarle y recordarle todo si no fuera con el fin de enseñárselo a los demás. No podemos olvidar que Cristo también le enseñó a interpretar las Escrituras, entiéndase el Antiguo Testamento. (Lc. 24, 13s)

Veamos ahora algunos puntos doctrinales que están claros en el Evangelio y que los Protestantes no admiten. Los más importantes están relacionados con los Sacramentos que constituyen la esencia del cristianismo.

La doctrina sobre el Bautismo difiere mucho de la doctrina que contiene el Nuevo Testamento y que enseña la Iglesia Católica. Confunden el Bautismo cristiano con el judío que administraba Juan el Bautista. (Act. 19, 1-6). Sobre el Matrimonio no admiten la indisolubilidad que Cristo enseña con toda claridad en Marcos: "lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" (Mc. 10, 9). No creen en el Sacramento del perdón de los pecados (La Confesión) como enseña San Juan: "A quienes ustedes perdonen los pecados le quedarán perdonados" (Jn. 20, 23). No admiten la presencia real de Cristo en la Comunión ni que la Misa es la actualización del Sacrificio de Cristo. Por eso su culto se reduce a la lectura de la Biblia y la predicación porque no creen en lo que dice San Mateo: "Tomad y comed porque esto ES MI CUERPO. Tomad y bebed porque ESTA ES MI SANGRE" (26, 26-29). Estos ejemplos son suficientes para ver lo incompleta que está la doctrina protestante en temas fundamentales.

Una vez más se demuestra que la Biblia sola no llega para mantenerse en la verdad que Cristo enseñó. Hace falta creer en la Iglesia. Pero no es fácil creer en la Iglesia, tal como Cristo la estableció. La razón fundamental es por ignorar lo que es en sí la Iglesia. Veamos por qué sucede esto.

La Iglesia de Cristo tiene dos elementos constitutivos que debemos aceptar con todas las consecuencias. Uno es el elemento humano: Tú eres Pedro". El otro elemento es el divino. Son los poderes que Cristo da a la su Iglesia: A TI te doy las lleves del reino de los cielos" (Mt. 16, 13-20).

Para muchos, cuando ven la parte humana de la Iglesia, con todas sus debilidades, rechazan la Iglesia, porque les parece que Cristo tenía que haber hecho algo mejor. Pero cuando ven los poderes que le dio, como por ejemplo, perdonar los pecados, les parece que es demasiado. La realidad es que se buscan excusas para no creer en la Iglesia de Cristo y se inventa una iglesia "a la medida" de sus ideas. Lo lógico sería aceptar la Iglesia tal como Cristo la fundó: tremendamente humana porque la forman hombres pecadores y es para pecadores, con todo lo que esto supone de imperfección y excelsamente divina, por los poderes que Cristo depositó en manos de los hombres.

La Iglesia se puede comparar con una persona de un físico muy desagradable, pero con un corazón muy bueno y noble. Esos dos elementos, en apariencia tan dispares, son partes integrantes de la misma persona. Lo mismo sucede con la Iglesia de Cristo en la que tenemos que creer: Aunque la parte humana sea desagradable tenemos que buscar lo que no se ve, sino lo que se descubre con una vida de fe. Los que no creen en la Iglesia verdadera se dedican a crear imitaciones, cuyos elementos humanos tienen las mismas debilidades, sino mayores, por las que se justifica el rechazo de la Iglesia Católica.

La conclusión es obvia. Así como en las personas lo importante es su alma, no su físico, también en la Iglesia lo importante es lo que no se ve con los sentidos, sino que se descubre con los ojos de la fe, la presencia y acción de Cristo.

Solamente el creyente puede descubrir el valor que tiene la Iglesia para la salvación. El no creyente percibe lo humano de la Iglesia y lo usa como argumento para no creer en ella. La parte humana es bastante desagradable. Muchas veces y por eso se necesita la FE para aceptar la Iglesia.

Para el no creyente, la iglesia son hombres pecadores. Para el creyente es EL CUERPO DE CRISTO como nos enseña San Pablo.

Capitulo 9: sobre el papa

E n el capítulo anterior hemos visto que la Iglesia de Cristo está constituida por dos elementos muy diversos pero esenciales; uno invisible, que es Cristo como cabeza, y otro visible, que somos nosotros. Esto hace de la Iglesia de Cristo una sociedad muy especial: tiene poderes divinos para santificar a sus miembros, pero los ejercen hombres pecadores.

Toda sociedad humana necesita una autoridad visible que la gobierne. Al faltar dicha autoridad, tiene que haber un sistema para que otro le suceda con los mismos poderes, pues de otra manera dicha sociedad desaparecería a la muerte de su organizador. A la Iglesia de Cristo tenemos que aplicarle los mismos principios, por ser una sociedad con elementos humanos, organizada por Cristo de una forma jerárquica. Aunque Cristo establece su Iglesia con unos poderes sobrenaturales, también Él estableció una autoridad visible que es el Papa, su Vicario.

Hay una frase en el Evangelio que muchos de los que militan fuera de la verdadera Iglesia parece no haber leído, pero que es de gran importancia. La Iglesia de Cristo tiene que permanecer de generación en generación hasta que se termine este mundo. Esto quiere decir que los poderes que Cristo ha dado a los Apóstoles como fundamentos de su Iglesia, tienen que transmitirse a sus sucesores. "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo". (Mt. 28, 20). También quiere decir que tiene que conservar la misma organización que le dio Cristo. Si dio una autoridad especial a alguno de sus miembros sobre los demás, al faltar éste, tiene que sucederle otro con la misma autoridad, porque los poderes que recibieron los Apóstoles no le fueron otorgados a título personal, sino como fundamento de la Iglesia de Cristo.

Es evidente que el título de Papa no se encuentra en la Biblia, pero la Biblia nos dice que Cristo nombró a Pedro como Jefe de su Iglesia. No se trata del nombre sino de constatar la autoridad que Cristo concede a Pedro. Podemos llamarle Papa o de la forma que nos sea más simpática, pero lo que no se puede es negar su autoridad y sus funciones de gobierno porque rechazaríamos la Iglesia de Cristo. Esa autoridad que Pedro recibe del mismo Cristo tiene que ser transferible a sus sucesores, para que la Iglesia permanezca al morirse él.

En el Evangelio de San Mateo hay un texto que es fundamental con relación a este tema. Es cuando Cristo elige a Pedro como Jefe de su Iglesia. Aunque sea algo extenso lo copio íntegramente. " Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús, respondiendo, dijo: Bienaventurado tu, Simón hijo de Juan, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos". (Mt. 16, 16-20). Es la primera vez que aparece en el Nuevo Testamento la palabra Iglesia y Cristo manifiesta claramente el deseo de que Pedro sea su Vicario.

Por el Evangelio de San Juan sabemos que Cristo le cambió el nombre de Simón por el de Pedro (Cefas), sin darnos ninguna explicación para ello. "Tú eres Simón el hijo de Juan; tu serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro". (Jn. 1, 42).

Este hecho es muy significativo, porque hay varios casos en la Biblia donde Dios, cuando selecciona la persona para realizar una misión importante en la Historia de la Salvación, le impone un nombre antes de nacer, como es el caso de Juan el Bautista (Lc. 1, 13) o le cambia el nombre que tiene, como es el caso de Jacob (Gen. 35, 10).

Este cambio de nombre a Pedro indica que lo elige para una misión importante. Es el nombre que prevaleció en la Comunidad Cristiana. Pero además, en el texto citado, Cristo hace un juego de palabras para indicarnos lo fundamental que resulta Pedro para la Iglesia. Pedro y Piedra, es decir: Pedro es la piedra o la roca sobre la que se edifica la Iglesia. Esta Roca es tan firme que " las puertas del infierno no prevalecerán contra ella". Pedro, en definitiva, es el Vicario de Cristo, es la Cabeza visible en la Iglesia, es la máxima autoridad.

Esta verdad está claramente confirmada en todas las ocasiones en que se habla de Pedro en los escritos del Nuevo Testamento. Veamos algunos hechos indicativos de lo que estamos diciendo.

Hay cuatro listas del grupo de los Apóstoles. Pues bien; siempre nombran a Pedro el primero. " Los nombres de los doce apóstoles son estos: el primero, Simón, llamado Pedro..." (Mt. 10, 2). Esto se repite en todas las ocasiones que se habla de los doce como grupo. Se puede comprobar en Mc. 3, 16; Lc. 6, 13 y Act. 1,13. Es bien significativo este hecho, porque los demás no guardan siempre el mismo orden en la lista, como pasa con su hermano Andrés, por ejemplo. Este sólo hecho llegaría para comprobar que Pedro es el Jefe de los Apóstoles.

Pero hay otros hechos que confirman esta verdad. Cuando se habla de una parte del grupo de los doce, también Pedro es nombrado el primero, aunque sea en el pequeño grupo de los tres predilectos de Jesús. Esto sucede, por ejemplo, en la escena de la Transfiguración (Mt. 17, 1); en la Oración en el Huerto (Mt. 26, 37) y en otras ocasiones cuando aparece el grupo de los tres.

Pedro, además, es el que en múltiples ocasiones habla en nombre de los doce. El es el que toma la iniciativa de acercarse a Jesús para aclarar las dudas que surgen en el grupo: (Mt. 15, 15; 18, 21; 19, 27 y otros textos). Pero no solamente los doce lo acogen como Jefe, sino que incluso los que no forman parte del grupo así lo reconocen. Los que cobraban los impuestos se dirigen a Pedro, para reclamarle que Cristo no los pagaba. Y es Pedro quien recibe la orden de pescar el pez en cuya boca estaría la moneda para pagar el impuesto de Jesús y el de Pedro (Mt. 17, 24). No se puede dudar, pues, que durante la vida de Cristo, Pedro tiene una preeminencia sobre los otros doce.

Esto no cambia cuando Cristo muere y el grupo queda sin su presencia visible. Siempre aparece Pedro, no como parte del grupo, sino que tiene un tratamiento de distinción. Cuando hace el anuncio de la resurrección San Marcos pone en boca del Ángel estas palabras: "Id a decir a sus discípulos y a Pedro..."(Mc. 16, 7). San Juan nos dice que del grupo de los doce es Pedro el primero que entra en el sepulcro para ser testigo cualificado para proclamar públicamente la Resurrección del Señor.

Jesús, además, confirma a Pedro como Pastor Supremo de su Iglesia, cuando, después de su Resurrección, le exige la triple confesión de amor y le da el encargo de "apacentar a todos los corderos, a todas sus ovejas" (Jn. 21,15). Este texto de San Juan es el mejor comentario a lo que nos dice San Lucas en su Evangelio de que Pedro es objeto de una oración especial por parte de Cristo y recibe el encargo de confirmar en la fe a los hermanos."Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos" (Lc. 22, 31). Cristo ha orado solamente por Pedro de esta forma tan especial.

Después de la Ascensión del Señor, Pedro sigue siendo el que habla en nombre de la Iglesia y toma decisiones que afectan a toda la comunidad de creyentes como sucede cuando se trata de elegir al sucesor de Judas Iscariote. Es Pedro el que toma la iniciativa indicando cuales deben ser las credenciales del que se elija. "En aquellos días se levantó Pedro en medio de los hermanos, que eran en conjunto unos ciento veinte, y dijo"......... (Act. 1, 15). Lo mismo sucede el día de Pentecostés, cuando aparece por primera vez en público el grupo de los once para dar testimonio de la Resurrección de Cristo. Es también Pedro el que habla en nombre de todo el grupo. "Entonces se levantó Pedro con los Once y, en alta voz, les habló". (Act. 2, 14). Los nuevos convertidos también reconocen la preeminencia de Pedro, como Jefe del grupo. "Al oírle, se sintieron compungidos de corazón y dijeron a Pedro y a los demás Apóstoles"....... (Act. 2, 37). También aquí Pedro es el que le da la contestación en nombre de todos.

Lo mismo sucede en el templo cuando la curación del paralítico (Act. 3). Es Pedro el que habla en nombre de la Iglesia delante de las autoridades religiosas del pueblo judío (Atc. 4, 8). Pero donde se ve, quizás, más claro la autoridad que Pedro tiene sobre la Iglesia es en el caso de Ananías y Safira. Es Pedro el que corrige y pide cuentas en nombre de Dios a aquellos que no actúan correctamente como miembros de la Iglesia (Act. 5).

En el Concilio de Jerusalén, donde se tomó la decisión de romper con el judaísmo, "después de una larga deliberación, se levantó Pedro" y determinó lo que se debía hacer (Act. 15, 7). Pedro en esta ocasión hace referencia que fue él, inspirado por Dios, el primero en introducir oficialmente en la Iglesia a los paganos, como era el caso de Cornelio (Act, 10), acción que marcó el rumbo futuro de la Iglesia. Vemos, pues, que los Evangelios como el libro de los Hechos, presentan a Pedro como Jefe de la Iglesia.

Según San Pablo, aunque los Evangelios no lo constatan, Cristo, después de su Resurrección, se apareció a Pedro primero, antes que a los otros Apóstoles. "Se apareció a Cefas, luego a los doce" (I Cor. 15, 5). No nos debe extrañar, pues, que San Pablo, para estar seguro de que su predicación estaba concorde con la doctrina oficial de la Iglesia, visite a Pedro para recibir su aprobación. "Luego, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, a cuyo lado permanecí quince días" (Gal. 1, 18).

Nadie, pues, puede dudar que Pedro recibe de Cristo el cargo de Jefe de la Iglesia y que así lo reconocieron sus compañeros, mientras estaba Cristo con ellos, y lo siguieron reconociendo después de la Ascensión del Señor. Por eso San Pablo, que no había convivido con Cristo, ni había estado ligado al grupo de los Apóstoles, busca la autoridad de Pedro para estar seguro de que estaba en el camino correcto. Como dato curioso en favor de la autoridad de Pedro es bueno saber que Pedro aparece nombrado 195 veces en los escritos del Nuevo Testamento, mientras que todos los demás Apóstoles solamente aparecen nombrados 130 veces en conjunto.

Ya dijimos que la autoridad que recibieron de Cristo los Apóstoles no fue a título personal, sino como fundamento de la Iglesia. Esto se aplica también al Primado de Pedro cuya autoridad se ha ido transmitiendo a sus sucesores hasta nuestros días y seguirá transmitiéndose hasta que termine este mundo. Los Hermanos Protestantes rechazan la autoridad del Papa, pero siguen la de Martín Lutero. Esto es absurdo, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.....

Capítulo 10: no todas las religiones son iguales.

Por parte de los Protestantes, se ha extendido la idea de que todas las religiones son iguales, porque todas hablan de Dios. Evidentemente es una manera de expresar la confusión que tienen en su mente. Esta afirmación también puede expresar indiferencia religiosa o incredulidad. Puede ser un testimonio de la ignorancia sobre lo qué es realmente la religión, aunque no falten quienes, guiados por intereses no muy laudables, deseen sembrar confusión en la conciencia de muchos. Quisiera mejor pensar que es fruto de la ignorancia y no de motivaciones inconfesables.

La buena voluntad que supondría la ignorancia, no creo que sea el distintivo de los pastores que propagan tal doctrina. Siempre que me han hecho semejante aseveración los he confrontado con su falta de sinceridad. Es muy sencillo lograrlo al formularle la pregunta siguiente: Si todas las religiones son iguales ¿por qué no se hacen católicos?. Necesariamente tienen que admitir que hay diferencias, por lo menos, entre la religión católica y todas las demás sectas.

Analicemos un poco más detenidamente la afirmación de que todas las religiones son iguales. De ser cierta dicha afirmación habría que concluir que la verdad es lo mismo que el error; que el tener religión es lo mismo que ser ateo; que para relacionarse con Dios de una manera conveniente vale cualquier forma que el hombre se invente. A la vista están las contradicciones que se desprenden de esta afirmación, que ninguna persona, con un mínimo de sentido común, puede aceptar por ser conclusiones absurdas. Tratemos de aclarar lo que estoy diciendo con un ejemplo tomado de la vida diaria y que es de conocimiento de todos. Como es algo material quizás se entienda mejor.

Todos sabemos que hay gente que se dedica a falsificar billetes para lucrarse engañando a otros. No hay duda alguna que los que falsifican los billetes lo hacen siempre ocultamente porque es un delito. Si uno le entregara un billete y le dijera que él mismo lo hizo en su casa, será un incauto quien pensara que ese billete tiene valor real. Los falsificadores de billetes son expertos para imitar los billetes verdaderos, pero por muy parecidos que sean no cambia la realidad de que el verdadero tiene valor pero el falso no vale para nada. El parecido que los billetes falsos tengan con los verdaderos no cambia nada la realidad. El éxito del falsificador es lograr hacerlos muy parecidos a los verdaderos porque cuanto más se parezcan mejor circularán sin que se note que son falsos.

Todos admiten, hasta el que los falsifica, que esos billetes no tienen valor alguno. Es más; el que intente pagar algo con un billete falso, sabiendo que es falso, comete un delito. Esta es la razón por la que, cuando se falsifican billetes, se hace a escondidas y es difícil saber dónde y quién es el falsificador. La mayoría de la gente los tomará como verdaderos porque no sabrá distinguirlos, porque solamente los expertos pueden distinguir unos de otros.

Afortunadamente, el falsificar la doctrina de Cristo no constituye ningún delito en nuestra sociedad. Digo afortunadamente, porque de esta manera es fácil conocer y localizar al falsificador. Por eso es tan importante conocer la historia de las sectas desde su origen hasta nuestros días.

La idea de que todas las religiones son iguales la propagan aquellos que tienen serias dudas de la verdad que enseñan porque saben que siguen una doctrina de dudosa procedencia, predicada por algún hombres cuya motivación no es muy clara, porque para que la gente los crea, atribuyen a Cristo, lo que es fruto de su imaginación. Algunas veces esta falsificación de la doctrina de Cristo produce pingües ganancias al falsificador como pasa con la falsificación de billetes.

Ahora se puede contestar la pregunta: ¿Para qué sirve una religión falsa? Si seguimos con la comparación con los billetes falsos es fácil llegar a la conclusión correcta. Hay que afirmar que, desde el punto de vista objetivo, no sirve para nada. He dicho "desde el punto de vista objetivo", pues no se puede decir lo mismo desde el punto de vista subjetivo.

La Iglesia sabe que no todos los que militan en otras religiones están en ellas por mala voluntad y mucha gente que ha sido llevada al error por falta de conocimiento de la verdad practican de buena fe aquello que le inculcaron tenían que hacer para salvarse. Su conciencia es recta, aunque está mal formada y por eso confunde la verdad con el error. Estas personas, delante de Dios, no tienen responsabilidad por vivir en el error, cuando la ignorancia que tienen sea invencible.

Un ejemplo tomado de la Biblia podría servir para aclarar esta idea. San Pablo, el Apóstol que más trabajó por la Iglesia de Cristo, fue primero un perseguidor de los cristianos, porque no conocía la verdad, pero sí amaba la verdad y tenía un gran celo porque la verdad se impusiera entre sus conciudadanos. Cuando el Señor le abrió los ojos y conoció la verdad, con el mismo celo con que persiguió a la Iglesia después la defendió. Es un ejemplo muy claro de cómo hay personas que tienen buena voluntad y luchan sinceramente por su ideal, aunque éste sea erróneo.

Muchos de los que no pertenecen a la Iglesia no es por maldad, sino porque le han hecho creer que la iglesia en que militan es la verdadera Iglesia de Cristo. Llevan un billete falso pensando que es verdadero y defienden sus creencias con un celo digno de mejor causa. Sin embargo hay que advertir que muchas personas que abandonan la Iglesia Católica lo hacen por pura conveniencia personal. La situación de tales personas es distinta, porque no son sinceras y piensan que pueden pagar a Dios con billetes falsos.

Dios acepta a las personas por el grado de sinceridad que tienen, no por el grado de comodidad que buscan en el ejercicio de su fe. Y hay muchos que buscan esta comodidad porque no buscan servir a Dios, sino servirse de Dios en esta vida. Aceptar las exigencias del Evangelio sin modificarlas aunque algunas veces resulten molestas para esta vida, es el grado de sinceridad que exige el seguimiento de Cristo. Veamos un ejemplos de personas cómodas.

Uno muy frecuente y claro es el de personas casadas por la Iglesia que se divorcian. Abandonan la Iglesia Católica y buscan alguna secta que los vuelva a casar, como si la indisolubilidad del matrimonio se fundamentara en leyes de la Iglesia y no en las leyes de Dios. "Lo que Dios JUNTO, no lo separe el hombre" (Mc-10,9). Tranquilizan así su conciencia inventándose una mentira afirmando que es la Iglesia la que prohíbe el divorcio, cuando la verdad es que desde el principio de la creación Dios estableció el matrimonio como sociedad estable y permanente y Cristo reafirma dichas características y la Iglesia lo que hace enseñar esta verdad.

No es prudente aceptar billetes falsos que no tienen valor y despreciar los verdaderos que son los que lo tienen, porque la verdad sigue siendo verdad por más que haya muchos que digan que no lo es. Tratemos de conocerla y aceptarla para ser agradables a Dios. Esto impone la obligación de estudiar y conocer la doctrina del Evangelio, a la que tendremos que ajustar nuestra vida si queremos salvarnos. Si no tienes valor para vivirla por lo menos reconócela como tal. ¡Asegúrate de que no estás pagando a Dios con billetes falsos!........

Capítulo 11. ¿Qué pasó con el sábado?

Nadie duda que el sábado era un día de fiesta para los judíos. Pero no hay que olvidar que además tenían otras fiestas, que, si bien no se repetían semanalmente como el sábado, las celebraban con más solemnidad que el sábado. Entre estas fiestas está la Pascua, que conmemoraba la salida del pueblo de Israel de Egipto y que tenía un carácter sagrado por excelencia. Dicha fiesta influyó más que el sábado a formar la conciencia de los Israelitas de que eran un pueblo escogido por Dios. Además de la Pascua tenían otras grandes fiestas que, como ésta, eran anuales. Tenían también una fiesta mensual que eran los novilunios. Esta fiesta ejerció gran influencia en la formación de la semana de siete días.

Tenemos que afirmar, desde ahora, que ninguna de las fiestas judías se continuó celebrando por los cristianos. La razón es obvia. Cristo habla en varias ocasiones de una Nueva Alianza, concepto que ya se expresa en muchos textos del Antiguo Testamento, sobre todo en los Profetas cuando se refieren a los tiempos mesiánicos. Esta Nueva Alianza tiene que reemplazar a la que se había establecido en el Sinaí. Así lo entendieron los Apóstoles.

Desde el principio, la Iglesia se va distanciando de la Sinagoga y del culto del Templo de Jerusalén. El culto cristiano, aunque en algunas ocasiones toma elementos del judaísmo, como es la utilización de los salmos, forma una realidad distinta.

San Lucas nos dice que culto de la Nueva Alianza es la Eucaristía o Misa. "Este es el cáliz de la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros". (Lc. 22, 20). El sacrificio de Cristo, actualizado en las celebraciones cristianas, sustituye a todos los sacrificios del Antiguo Testamento. Los primeros cristianos creyeron firmemente, pues, que con la muerte y resurrección de Cristo comenzaba un nuevo estilo de vida para el hombre y una nueva manera de dar culto a Dios.

San Pablo, que era un judío muy celoso de la ley de Moisés, es uno de los que más ha luchado porque los judíos comprendieran el cambio que se había realizado. Enseña que es necesario vivir el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo y abandonar la los ritos de la ley de Moisés. "Dios nos capacitó para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del espíritu, que la letra mata, pero el espíritu da vida". (2 Cor. 3, 6). Aquí San Pablo nos da una regla de oro para la interpretación del Antiguo Testamento. No se puede entender al pie de la letra, sino buscar el sentido que adquieren sus prescripciones a la luz del Nuevo Testamento.

Esto lo expresa con mucha más insistencia en la carta a los Gálatas, cuyo argumento es precisamente demostrar que la Nueva Alianza es muy superior a la Antigua. Hay un pasaje en esta carta donde habla claramente de dos alianzas, una vieja y otra nueva, simbolizadas en las dos mujeres de Abraham. Además, nos señala la diferencia entre la una y la otra. (Gal. 4, 24). Esta Nueva Alianza se diferencia, no sólo en la forma, sino también en el contenido de aquella alianza que Dios había establecido con el pueblo de Israel, como lo hace ver también con claridad el Autor de la carta a los Hebreos. (7, 22; 8, 6-7).

Las consecuencias de esto son bien importantes para los Cristianos. La ley de Moisés ha sido superada por el Evangelio. Se ve claro por lo que dice Cristo y repite con insistencia: "habéis oído que fue dicho a los antiguos... pero Yo os digo". ( Mt. 5, 6, y 7) Antes de hacer esta afirmación advierte que Él ha venido a perfeccionar la Ley.

Hay quienes interpretan mal a San Mateo (5, 20), fundamentándose en una mala traducción del texto: " No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas, no he venido a abrogarla, sino a consumarla". Interpretan que Cristo enseña aquí a sus seguidores a cumplir con los preceptos rituales de la ley de Moisés, porque supuestamente Él se sometió a ellos. Nada más lejos de la verdad. "Consumar la Ley" significa perfeccionarla. Por tanto, ni los sacrificios del Antiguo Testamento, ni sus fiestas tienen vigencia para los Cristianos.

La fiesta de Pascua es un buen ejemplo. Aunque era la fiesta principal del pueblo Judío, los cristianos la sustituyeron por la Pascua Cristiana. Por eso, siguiendo la tradición de la Iglesia Católica, ninguna secta cristiana la celebra; lo mismo que ningún cristiano ofrece a Dios los sacrificios de animales establecidos en el Antiguo Testamento. Sin embargo, al establecer la Pascua, Moisés dice que es para siempre. "Este día será para vosotros memorable y lo celebraréis solemnemente en honor a Yavé de generación en generación; será una fiesta a perpetuidad". (Ex. 12, 14).

Para los que defienden la observancia del sábado sería más razonable el imponer a sus seguidores la celebración de la Pascua Judía, pues Cristo la celebró todos los años hasta que, con su Muerte y Resurrección, estableció la Nueva Pascua. Sin embargo, la observancia del sábado la pasó por alto.

Hay muchos textos donde los fariseos critican a Cristo por no observar el sábado. Citaremos sólo el siguiente: "Por esto los judíos buscaban con más ahínco matarle, pues no solo quebrantaba el sábado, sino que decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios". (Jn. 5, 18). Vemos en este texto en que se fundamentaban los cristianos para no observar el Sábado.

Estudiemos un poco la cuestión del sábado judío, que es lo que sirve de base a la secta Adventista. Se denominan del séptimo día precisamente por la importancia que dan a la celebración del sábado que ellos identifican con el séptimo día de la Creación. Para ellos hay dos puntos a los que le dan una importancia máxima: la observancia del descanso sabático y las leyes sobre los alimentos.

San Pablo dedica el capítulo siete de su carta a los Romanos a demostrar que el cristiano no debe ser esclavo de una interpretación literal de la ley: "De manera que sirvamos en espíritu nuevo, no en la letra vieja"(Rom. 7, 6). Pero lo que mejor resume el pensamiento de San Pablo sobre la relación de la Ley con la vida del cristiano lo expresa en esta misma carta cuando dice: "Porque el fin de la Ley es Cristo, para la justificación de todo el que cree" (Rom. 10, 4).

La carta a los Gálatas la dedica a este tema y repite este mismo concepto de la carta a los Romanos. La finalidad de la ley es llevarnos a Cristo. "Y así, antes de venir la fe, estábamos bajo la custodia de la Ley, encerrados con vistas a la fe que había de revelarse. De suerte que la Ley fue nuestro pedagogo para llevarnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe. Pero, llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo". (Gal. 3, 23-25). Aún es más explícito en la carta a los Efesios cuando dice: "Cristo anuló en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos" (Efe. 2, 15).

Los que enseñan que el descanso sabático se basa en el primer capítulo del Génesis, donde el Autor Sagrado presenta la obra de la creación y nos dice que el día séptimo descansó Dios, deben tener presente lo siguiente:

* Los días de la creación no son días naturales, sino una manera de presentar de una forma esquemática la acción creadora de Dios, usando los siete días de la semana hebrea ya establecida cuando se escribió ese relato.

* Presenta la creación del sol el día cuarto. Es imposible hablar de día y noche en el sentido nuestro cuando no se había creado el sol.

* En el segundo capítulo del Génesis hay otra narración de la creación, pero no habla de los días de la semana, porque este capítulo fue escrito cuatro siglos antes que el primero y, probablemente, no estaba establecida aún la semana hebrea de siete días.

* Dios nunca descansa. Así lo afirmó Cristo cuando los fariseos le presentaron ese argumento para justificar el descanso del sábado. "Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también". (Jn. 5, 17). No se puede, pues, fundamentar el descanso sabático en Gen 2,1 como quieren los Adventistas.

*Además, el sábado de la Biblia, no tiene nada que ver con nuestro sábado. Lo que significa es: finalizar, terminar y por eso está asociado con los novilunios.

Lo que el Autor Sagrado quiere enseñar es que Dios es el único Creador y que fuera de Él nadie tiene poder para crear. Hay algo que es bueno constatar y es que en la vida de los Patriarcas no se menciona la observancia del descanso sabático. El establecimiento del sábado es muy posterior y supone un pueblo ya organizado y sedentario, no nómada como era en la época patriarcal.

El sábado es una institución de tipo social porque tiene su origen más bien como una ley laboral, para evitar abusos con los extranjeros que vivían entre el pueblo de Dios, y los esclavos. Por eso se manda incluso que descansen los animales y todos los siervos y extranjeros. (Ex. 20, 8). Al correr de los años se le añadió el aspecto cultual. La primera vez que se habla del descanso sabático es en Ex. 16, 22.

La Iglesia sigue enseñando la misma doctrina que recibió de los Apóstoles. San Pablo manda a sus Iglesias que hagan la colecta para los pobres, no el sábado, sino el primer día de la semana, esto es, el Domingo, día en que celebraban sus reuniones . (I Cor. 16, 1). Para los que duden sobre lo que enseña San Pablo sobre el particular, tienen un texto clarísimo en la carta a los Colosenses. "Que ninguno, pues, os juzgue por la comida o la bebida, por las fiestas, los novilunios o los sábados, sombra de lo futuro, cuya realidad es Cristo". (Col. 2, 16). Es más prudente seguir lo que han transmitido los Apóstoles y que está claramente expresado en la Biblia, que seguir la doctrina de la secta Adventista que empezó a enseñar en 1863 una doctrina contraria a la de San Pablo.

Para terminar este tema sobre el sábado quiero decir algo sobre el origen de la semana de siete días y el nombre de los días de la semana actual.

Por el texto que citamos de San Pablo. (Col. 2, 16), se deduce que, en tiempo del Apóstol, el sábado estaba relacionado con los novilunios, fiesta judía que se menciona con frecuencia en la Biblia. La razón es que la semana de siete días tiene como fundamento las fases de la Luna. Para los pueblos primitivos el ciclo lunar era el instrumento que usaban para medir el tiempo, ya que es fácil observar las distintas fases lunares a simple vista. Siendo el mes lunar de 28 días le corresponden siete días a cada fase de la luna, resultando cuatro semanas de siete días. Esto nos confirma que el significado de sábado es terminar pues era el nombre que correspondía al último día de la fase lunar. Los otros días se señalaban con un número. Esta era la semana en uso en Palestina en tiempo de Cristo y por eso en los Evangelios se habla del primer día de la semana que era el que seguía al sábado.

Hay muchos textos que relacionan el sábado y los novilunios. Baste, como ejemplo, lo que dice el Profeta Amós: "¿cuándo pasará el novilunio para que vendamos el trigo, y el sábado para que podamos abrir los graneros?" (Am. 8, 4). Oseas nos habla de los novilunios como de una gran fiesta para el pueblo judío: "Haré cesar sus alegrías, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados y todas sus solemnidades" (Os. 2, 13). Vemos por la Biblia, pues, que los novilunios eran una fiesta tan importante como el sábado para el pueblo judío. Se puede confirmar leyendo Esdras 3, 5; Nehemías 10, 34; Isaías 1, 13, para citar algunos de los muchos textos que hablan del tema.

He insistido un poco en señalar las fiestas de los novilunios y sábados porque los que enseñan la observancia del sábado tendrían que observar también los novilunios por estar íntimamente relacionadas estas dos fiestas.

Por otro lado, nuestra semana no tiene nada que ver con la semana hebrea, aunque también sea de siete días. Es la semana planetaria, porque cada día está dedicado a un planeta. Lunes a la Luna; Martes a Marte; Miércoles a Mercurio; Jueves a Júpiter; Viernes a Venus y Sábado a Saturno. Sólo el Domingo tiene nombre cristiano, que correspondía, en la semana planetaria, al día del Sol, pero los cristianos lo dedicaron a Cristo, verdadero sol de justicia "que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre". (Jn. 1, 9)

Claramente se puede ver que nuestro sábado no tiene ninguna relación con el sábado bíblico. Los que lo observan están celebrando una fiesta en honor de Saturno. ............

Capitulo 12: el origen del domingo

Todos los pueblos tienen algún día especial dedicado a dar culto a la divinidad por ellos reconocida como tal. Los Musulmanes, por ejemplo, tienen el viernes, los Judíos tienen el sábado, los Cristianos celebramos el Domingo, día de la Resurrección de Cristo. Los motivos y formas como se hace son distintos en cada cultura religiosa, pero el fin es el mismo: dedicar un tiempo a dar culto a la divinidad conforme a sus creencias. Quien determina dicho tiempo es la autoridad competente.

Hay sectas, como los Testigos de Jehová, que no tienen un día señalado. Por no creer en la Divinidad de Cristo, no se les puede considerar como secta cristiana en realidad, aunque se sienten ofendidos cuando se les denomina como secta no cristiana. Además están también los Adventistas del Séptimo Día, que, confesándose cristianos, celebran el sábado y no el Domingo. Son dos sectas que tienen muchos puntos doctrinales en común porque el fundador de los Testigos de Jehová fue Adventista antes de fundar su secta.

Es evidente que el contenido del culto que se ofrece a Dios se diferenciará según el contenido de la fe y no solamente en el nombre que se use para designar el día en que damos culto. A nadie se le ocurre pensar que el contenido del culto cristiano es igual que el del judío o musulmán. No es, pues, inútil hablar del Domingo, como día de dar culto a Dios y no el sábado, porque estamos hablando del contenido de la fe cristiana o del contenido de la fe judía. Pero esto que se entiende fácilmente, hay que aplicarlo también a las sectas cristianas, que celebran el Domingo. Aunque tienen una fe, en muchos puntos coincidentes con la Iglesia Católica, hay grandes diferencias doctrinales entre ellos y nosotros. Esta es la causa por la que también nos diferenciamos en la manera de dar culto a Dios, no solamente en la forma sino en el contenido.

El hecho de que todos adoramos al mismo Dios, no significa que lo hacemos de la misma manera. No tenemos la misma doctrina sobre la salvación, ni utilizamos los mismo medios para salvarnos. Pensemos en la importancia que tienen los Sacramentos para la Iglesia y como las sectas cristianas los suprimieron prácticamente en su totalidad. Es, pues, muy importante, más que el nombre con que designamos el día que dedicamos a dar culto a Dios, conocer lo que celebramos. No todos los que celebran el Domingo, repito, celebran la misma realidad.

No es difícil conocer el contenido del culto católico. Nuestro culto no lo inventamos nosotros, sino que viene del mismo Cristo y transmitido por los Apóstoles. Lo que hacían los primeros cristianos es lo que hacemos nosotros después de dos mil años. El problema es más complicado para las sectas que empezaron en el siglo dieciséis y las que posteriormente se derivaron de éstas. No quiero estudiar la forma y el contenido de su culto en este momento pero lo cierto es que no se parece mucho a lo que hacían los primeros cristianos.

Empecemos por conocer en qué día se reunían los Apóstoles y los primeros cristianos. Después de la Resurrección de Cristo, tal como dice la Biblia, se reunían semanalmente el primer día de la semana, precisamente para celebrar este acontecimiento transcendental de la vida de Cristo, que había marcado un cambio total en su fe y que había acontecido en ese día de la semana. Cristo resucita el día siguiente al sábado que era el primer día de la semana judía, como se puede ver en San Juan (20,1). María Magdalena llega al sepulcro muy de madrugada y encuentra el sepulcro vacío y los ángeles le dan la Buena Noticia de que Cristo ha resucitado.

Es el mismo Evangelista que presenta reunidos a los Apóstoles esa noche. A esa reunión llega quien menos pensaban. Cristo se aparece en medio de ellos, estando las puertas cerradas (Jn.20, 19). Ocho días después, es decir, también el primer día de la semana, se vuelve a aparecer el Señor resucitado a los que estaban reunidos (Jn.20, 26). En los Hechos de los Apóstoles (2) vemos que el Espíritu Santo desciende sobre los Apóstoles reunidos, cincuenta días después de la Resurrección de Cristo, que era también primer día de la semana. San Pablo manda hacer las colectas en favor de los cristianos de Jerusalén el primer día de la semana. (I Cor. 16, 2). Por esto vemos que los Apóstoles forman una comunidad distinta de los Judíos, aunque todos ellos eran judíos. Los citados pasajes indican que los Apóstoles, desde los primeros días de la Iglesia, empiezan a reunirse el día que resucitó Cristo, no el sábado, como hacían los Judíos. También tenían un culto distinto del que se ofrecía en el Templo de Jerusalén. (Hechos 20. 7). El primer día de la semana, pues, toma gran importancia para ellos y substituye al sábado, y la celebración de la Eucaristía substituya al culto del templo.

La primera comunidad cristiana (-la Iglesia-) no celebra las fiestas Judías, sino la Resurrección de Cristo. Su culto, como cristianos, tenía lugar en las casas particulares, muy distinto del que se celebraba los sábados en el templo o en las sinagogas. Para conocer más sobre este cambio hay que conocer en detalle que es lo que hacían los primeros cristianos en sus reuniones. Esto lo encontramos en la misma Biblia.

San Lucas, en el libro de los Hechos, da muchos detalles sobre el particular. Este libro de la Biblia es la primera Historia de la Iglesia de Cristo, por eso es tan importante conocerlo para profundizar en el conocimiento de la vida de los primeros cristianos.

Veamos lo que dice: "Perseveraban en oír las enseñanzas de los Apóstoles, en la unión, en la FRACCIÓN DEL PAN y en la oración" (Act. 2, 42). En este texto se encuentran los elementos esenciales de la Misa que ellos llamaban "la fracción del pan" porque era actualizar la Última Cena del Señor. Pero no era un mero recuerdo sino la presencia de una forma sacramental de Cristo resucitado. Hay algo nuevo que lo distingue del culto judío, este culto era en honor del Señor, es decir, de Cristo resucitado, no de Yavé, como lo hacían los judíos. "Mientras celebrábamos la liturgia en honor del Señor", nos dice San Lucas, es que la Comunidad selecciona a Bernabé y Pablo para su primer viaje apostólico (Act. 13, 2). Aunque en este texto no se nos dice qué día estaban reunidos, con toda probabilidad era el primer día de la semana como vemos nos narra más adelante.

En el capitulo 20 del libro de los Hechos encontramos la confirmación de que el día que se reúnen para la Fracción del Pan o sea la Misa, es el primer día de la semana. Es San Lucas, quien da detalles sobre esta celebración; hasta describe como estaba adornada la sala. Podemos ver claramente que no tiene nada que ver con el culto judío. Dice San Lucas: "El primer día de la semana, estando nosotros reunidos PARA LA FRACCIÓN DEL PAN, platicando con ellos Pablo, que debía partir al día siguiente, prolongó su discurso hasta la media noche. Había muchas lámparas en la sala donde estábamos reunidos" (Act. 20, 7-9). La Fracción del Pan los primeros cristianos también la conocen con el nombre de CENA DEL SEÑOR. Por esto al primer día de la semana se le cambia el nombre entre los cristianos y se le empieza a llamar DÍA DEL SEÑOR. De aquí se deriva nuestra palabra Domingo, como lo podemos ver en el Apocalipsis 1,10, donde ya se usa esta denominación.

El origen del Domingo viene, pues, de la práctica de los Apóstoles y no es algo que se comenzó a celebrar tardíamente, como quieren hacer ver los Adventistas del Séptimo Día. Empieza el mismo día de la Resurrección de Cristo. Nosotros lo celebramos porque somos cristianos y seguimos lo que enseñaron los Apóstoles. El sábado, como fiesta religiosa, es para los judíos o para aquellos que aún están viviendo en el Antiguo Testamento. Para el cristiano no tiene ningún valor religioso.

El Domingo, pues, es de institución apostólica, como son los Diáconos. Ellos lo establecieron y nosotros seguimos celebrándolo.

Capítulo 13:los alimentos y bebidas en la biblia

Sembrar confusión entre los fieles es fácil. Basta con leer algunos textos del Antiguo Testamento sobre puntos rituales prescritos para los Judíos y tratar de enseñarlos como obligatorio para los cristianos. Esto lo hacen aquellas sectas que no han comprendido aún que Cristo vino a perfeccionar la ley de Moisés, llevándola a su plenitud. Todo su cristianismo está en la observancia de algunos preceptos rituales de la ley de Moisés, prescindiendo de toda la doctrina del Nuevo Testamento. Muchas sectas cometen este error, pero los Adventistas y los Testigos de Jehová son especialistas en esto. Se olvidan de que Cristo dijo: "Habéis oído que se dijo a los antiguos... pero yo os digo"... frase que repite cinco veces en el capítulo 5 del evangelio de San Mateo.

En el Antiguo Testamento, que es la revelación que Dios hizo al pueblo judío, hay muchas prescripciones relacionadas con los alimentos y otros problemas sociales que no pueden aplicarse a nuestra vida, aunque dichas prescripciones fueran necesarias entonces para que el pueblo judío no perdiera su conciencia de que Dios estaba en medio de ellos y era quien los guiaba. Muchas de estas prescripciones son equivalentes a nuestras leyes de calidad ambiental o de sanidad pública y a otras leyes laborales.

Para ejemplo quiero citar lo que dice el Deuteronomio, aunque sea un texto algo extenso: "Tendrás fuera del campamento un lugar donde agacharte para hacer tus necesidades, llevando a más de las armas un palo; con él harás un hoyo para agacharte; y después de haberte agachado taparás tus excrementos; porque Yagé, tu Dios, anda en medio de tu campamento para protegerte y entregar en tu poder a tus enemigos, y tu campamento debe ser santo, para que Yagé no vea en ti nada de indecente y no aparte de ti sus ojos". (Dt. 23, 12-14).

Creo que con este ejemplo se puede entender lo que estamos diciendo. Sería absurdo que de tal prescripción se sacara la conclusión de que no debe haber servicios sanitarios en las casas. Hoy esta prescripción no tiene valor alguno entendida literalmente. Sin embargo, indirectamente tiene un contenido "religioso" que no se debe menospreciar. Es la defensa del ambiente y la conveniente disposición de los desperdicios sólidos para no contaminarlo. El texto expresa el derecho que tienen los demás a que los respetemos y a que no los perjudiquemos con nuestras acciones. Son normas de sana convivencia social y de sanidad pública que, por desgracia, hoy se le da muy poca importancia. En realidad habla del precepto de la caridad, tan fundamental en la vida cristiana.

Otras veces hay unas razones "religiosas" más directas. Este es el caso de cuando se prohíbe comer la carne de ciertos animales, por ejemplo el cerdo. Este animal era uno de los preferidos por los Cananeos en sus sacrificios a los ídolos. Moisés prohíbe incluso la crianza de dichos animales dentro del territorio ocupado por Israel. Es una manera de proteger al pueblo de Dios de la idolatría, ya que les prohíbe la participación en los sacrificios paganos, cuya celebración terminaba con una comida ritual entre los participantes, utilizando parte de las carnes del animal sacrificado en honor a la divinidad.

El que quiera confirmar lo que estoy diciendo puede leer en el segundo libro de los Macabeos el capitulo 6, del versículo 18 en adelante. Claramente se ve que, la razón por la que el anciano Eleazar no quiere comer la carne de cerdo, era por proceder de un animal sacrificado a los ídolos. Dice: "los que presidían el inicuo sacrificio le exhortaban a traer cosas de las permitidas, preparadas por él, para simular que había comido de LAS SACRIFICADAS" (2 Mac. 6, 21).

San Pablo dedica el capitulo 8 de su primera carta a los Corintios a solucionar este problema porque en esta Comunidad había cierta confusión por la influencia de los judaizantes. Instruye a sus fieles sobre la libertad que tienen, pero hace muy claro que es el amor al prójimo lo que debe regular su conducta. En el capitulo 10, del versículo 14 en adelante, vuelve a tratar el mismo tema para que los cristianos sepan cual es el fundamento de por qué no pueden participar en los sacrificios paganos. Con relación a los alimentos dice: "Todo cuanto se vende en el mercado, comedlo sin hacer averiguaciones por motivos de conciencia, porque del Señor es la tierra y cuanto la llena. Si alguno de los infieles os invita y vais, comed de todo lo que os sirvan sin preguntar nada por motivo de conciencia". (I Cor. 10, 25-28).

Este tema sobre los alimentos lo trata con mucha amplitud, y hace referencia al él frecuentemente en sus cartas. Por una parte, los cristianos convertidos del judaísmo, tenían su mentalidad formada en la Ley de Moisés, donde se especifica detalladamente las prescripciones sobre los alimentos y los animales puros e impuros. Por otra parte, los cristianos que procedían del paganismo, no se atrevían a comprar carne sin estar seguros que no había sido sacrificada a los ídolos, pues creían que al comer dicha carne estaban participando en el culto a los ídolos.

Como es natural, la doctrina cristiana sobre los alimentos es muy distinta de la del Antiguo Testamento. La doctrina del Nuevo Testamento con relación a este tema está muy clara y solamente los que renuncien a ser cristianos pueden seguir enseñando una doctrina distinta.

Veamos lo que dice Cristo con relación a los alimentos. "Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre". (Mc. 7, 15). Este es un principio fundamental. Por eso los Apóstoles, que habían recibido dicha doctrina del mismo Cristo, rompen con la tradición judía. A Dios no le interesa lo que tiene el hombre en su estómago, sino lo que hay en su corazón. Lo que nos hace agradables a Dios es la pureza de nuestro corazón y esto no depende del alimento que coma la persona.

A los discípulos les extrañó semejante doctrina, que confingía con su mentalidad de judíos piadosos, y es cuando Cristo les dice: "¿También vosotros estáis faltos de sentido? ¿No comprendéis, añadió, DECLARANDO PUROS TODOS LOS ALIMENTOS, que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle?" (Mc. 7, 18). Texto clarísimo que deja zanjada para siempre el tema de los alimentos, menos para "los que estén faltos de sentido y no comprendan lo que enseñó Cristo".

San Pablo repite esta misma doctrina una y otra vez en sus cartas para advertir a sus comunidades que no se dejen arrastrar por doctrinas falsas sobre el particular. Veamos algunos textos en los que nos instruye con claridad sobre este tema. "Yo sé y confío en el Señor Jesús que nada hay de suyo impuro... porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo". (R.M. 14, 13-23). Hay varios textos en los que repite la misma enseñanza, pero quiero citar uno bien claro en beneficio de aquellas personas que tengan alguna duda todavía. Está tomado de la carta a los Colosenses: "Que ninguno pues, os juzgue por la comida o la bebida, por las fiestas, los novilunios o los sábados, sombra de lo futuro, cuya realidad es Cristo... No tomes, no gustes, no toques. Todas estas cosas son corruptibles con el uso, conforme a los preceptos y enseñanzas de los hombres. Son preceptos que implican cierta sabiduría, de afectada piedad, humildad y severidad con el cuerpo, pero sin valor alguno si no es para satisfacción de la carne". ( Col. 2, 16-23) Todas aquellas prescripciones de la ley de Moisés, con relación a los alimentos, no tienen, pues, vigencia dentro de la ley evangélica.

En la primera carta a Timoteo le dice claramente que la característica de los falsos profetas es el prohibir comer , entre otras cosas, ciertos alimentos. El texto es bastante fuerte, pero es un retrato exacto de lo que pasa en nuestros días con algunas sectas. Quiero copiar lo referente al tema que nos ocupa. Dice: "En los últimos tiempos apostatarán algunos de la fe, dando oídos al espíritu del error y a las enseñanzas de los demonios, embaucadores, hipócritas, de cauterizada conciencia, que prohíben las bodas y se abstienen de alimentos creados por Dios para que los fieles, conocedores de la verdad, los tomen con hacimiento de gracias. Porque toda criatura de Dios es buena y nada hay reprobable con hacimiento de gracias, pues con la palabra de Dios y la oración todo queda santificado". (I Tim. 4, 1-5).

Vuelve a hablar de este problema en la carta a Tito, donde se refiere de nuevo a los falsos doctores y a "fábulas judaicas". Por tener deformada su conciencia ven el mal donde no está. Se preocupan de lo externo pero no miran lo que hay dentro de su corazón. Copio lo que más directamente hace relación con nuestro tema. "Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas. Alardean de conocer a Dios, pero con las obras lo niegan; abominables, rebeldes y descalificados para toda obra buena". (Ti. 1, 15-16).

Los Adventistas son los que se aferran en prohibir comer ciertos alimentos y bebidas. Hay otras sectas que se unen a ellos en lo de las bebidas, principalmente las bebidas alcohólicas.

Antes de ver lo que dice la Biblia sobre el particular es necesario aclarar algunos conceptos.

La bondad o la maldad no está en las cosas sino en el uso que se haga de ellas. En nuestros días hay sectas que predican la moral de los fariseos del tiempo de Cristo y que El condenó severamente siempre. Aunque aparentemente predican una moral muy estricta, resulta todo lo contrario. Consiste en desplazar la bondad o la maldad del corazón del hombre a las cosas. Pueden ser los alimentos y bebidas, como también otros aspectos de la vida humana. Cristo, como ya vimos, enseña que la maldad está en el corazón del hombre y no en las cosas que usa, porque cuando la Biblia nos habla de la creación, al concluir cada etapa, repite siempre: " y vio Dios ser bueno lo creado" (Gén. 1).

Todo lo que Dios ha creado es bueno, pero el hombre lo puede convertir en malo, si hace un uso incorrecto de las cosas. Esto sucede cuando se cambia la finalidad que Dios le dio a cada cosa. Pongamos un ejemplo. Un cuchillo es bueno si corta bien. El mismo cuchillo que es un instrumento útil porque se usa para los menesteres propios de la cocina puede convertirse en un arma asesina si lo emplea uno para quitarle la vida a otro ser humano. En todas circunstancias el cuchillo no ha cambiado su bondad. La bondad o maldad no está en el cuchillo sino en la intención del que lo usa. Es lo que enseña Cristo cuando afirma que la maldad está en el corazón del hombre y no en las cosas, como enseñan muchos seudo religiosos.

Este principio se puede aplicar a todas las cosas de la creación. Todas son buenas, pero todas se pueden usar mal. Un ejemplo son las bebidas alcohólicas. La Biblia habla con frecuencia del vino y San Juan nos narra que el primer milagro que hizo Cristo fue convertir una gran cantidad de agua en un buen vino. (Jn. 2, l-11).

Esto es lógico porque cuando Cristo hacía algo lo hacía bien. Al curar a un ciego, no le ponía lentes de contacto, y si curaba a un tullido no le daba muletas. Del mismo modo, cuando cambió el agua en vino, hizo un vino muy bueno, como lo reconocen los que lo bebieron. Digo esto, porque hay algunos que no se atreven anegar el milagro sino que afirman que convirtió el agua en jugo de uva. No sé de donde sacan esta interpretación peregrina porque San Juan dice que era vino y los que lo bebieron dijeron que era del bueno . ¿Por qué hay gente que le cuesta admitir esto?. Porque profesan la moral farisaica y dicen que el vino es malo confundiendo el vino con la borrachera que siempre es mala, porque consiste en abusar del vino o de otras bebidas alcohólicas y todo lo que sea abuso es ir en contra de la voluntad de Dios.

La Biblia habla con frecuencia del vino, porque era un producto que abundaba en Palestina. Incluso se ofrecía en ciertos sacrificios en el Templo, (Ex. 29, 38 y Núm. 15, 5), por no citar otros textos. No debe extrañar, pues, que la imagen de la viña aparezca con frecuencia, tanto en el Antiguo Testamento como en los Evangelios simbolizando al pueblo de Dios. El libro de los salmos nos presenta el vino como obra de Dios para alegrar el corazón del hombre, lo mismo que hace con el aceite y el pan (Sal. 104, 14-15).

San Pablo, que en muchos pasajes de sus cartas condena la borrachera (Ef. 5, 18), aconseja a su discípulo Timoteo que beba vino a la comida ( I Tim. 5,23). Una vez más hay que saber distinguir entre el uso y el abuso, no sólo del vino sino de todas las cosas. Quizás nadie expresa esto con más claridad que el libro del Eclesiástico cuando dice: "Sé moderado en todas tus obras y no vendrá sobre ti la enfermedad. El vino fortalece si se bebe con moderación. ¿Qué vida es la de los que carecen del todo de vino?. Fue creado para alegría de los hombres. Alegría del corazón y bienestar del alma es el vino bebido a tiempo y CON SOBRIEDAD". Dolor de cabeza, amargura e ignominia es el vino bebido con exceso" (Eclo. 31, 27-40) Claramente indica lo que hace el buen uso de las cosas y lo que hacen los excesos y yo hablo del buen uso.

Más adelante hace otras afirmaciones que confirman lo que decimos. "Son cosas de toda necesidad para la vida del hombre: el agua, el fuego, el hierro, la sal, el trigo, la miel, la leche, el VINO, el aceite y el vestido. Todas estas cosas son buenas para los piadosos, mas para los pecadores se convierten en malas" (Eclo. 39, 31-32). Es cuestión de educar al ser humano para que no abuse, sino para que aprenda a usar correctamente todo lo que Dios ha creado. Los que no lo sepan hacer, pueden convertir en malas todas las cosas buenas que Dios ha creado para disfrute del hombre.

Terminamos este tema de los alimentos y bebidas con las palabras que escribe San Lucas cuando Pedro tiene la visión en Jope, donde ve el cielo abierto y que bajaba como un mantel grande. "En él había todo genero de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo. Oyó una voz que le decía: Levántate, Pedro, mata y come. Dijo Pedro: De ninguna manera, Señor, que jamás he comido cosa alguna manchada e impura. De nuevo dijo la voz: LO QUE DIOS HA PURIFICADO, NO LO LLAMES TU IMPURO". (Act. 10, 10-16).

Nadie, pues, debe llamar impuro a lo que Dios ha purificado. Cristo, lo hemos visto, declaró puros todos los alimentos Es curioso que haya sectas que sigan llevándole la contraria a Dios y enseñen que esto es lo correcto según la Biblia. ¡Tremendo disparate !..........

Capítulo 14: el número 666

Mucho se ha escrito sobre el número 666, lo mismo que se ha hecho sobre el libro del Apocalipsis donde se menciona aunque no es la primera vez, porque ya en el Antiguo Testamento se menciona dos veces por lo menos, en Esdras donde dice que los hijos de Adonicán eran 666 (2,13) y en el primer libro de los Reyes donde, para ponderar el poderío de Salomón, dice que el oro que recibía al año eran 666 talentos de oro (10,14). En el Nuevo Testamento aparece dicho número en el capítulo 13 del Apocalipsis. No se trata de un número matemático, sino de un número simbólico cuya interpretación, como otros pasajes de este libro, se presta a distintas opiniones. Es necesario que los católicos estén orientados sobre el particular para que no sean presa fácil de los mercaderes del error.

Los que hablan de dicho número son, principalmente, los Adventistas, porque se han inventado la absurda teoría de que cuando el apóstol San Juan escribe ese número en el Apocalipsis se estaba refiriendo al Papa. Para ellos el Papa sería la Gran Bestia. ¡Que el Señor les perdone porque no saben lo que dicen!.

Si fuera a ser tan irresponsable como ellos, podría afirmar que dicho número se refiere proféticamente a la fundadora de la secta Adventista, pues, siguiendo el procedimiento que ellos usan, el valor numérico de las letras de Hellen Guold White suman 666.

Quiero hacer algunas consideraciones antes de pasar a analizar cuales son las posibles interpretaciones de dicho número.

Para el que conozca el género literario apocalíptico, sabe que es de difícil interpretación. Está escrito en clave y para nosotros esta clave se ha perdido en muchos casos. Por eso es difícil conocer el verdadero significado de ciertas expresiones. Para los primeros cristianos esto era mucho más fácil, por ser contemporáneos de los acontecimientos a los que se refiere el libro del Apocalipsis.

Alguno se puede preguntar ¿por qué San Juan escribió de esta manera?. La razón es sencilla y quizás con un ejemplo se pueda entender mejor. Nosotros también usamos este sistema de claves, previamente concertado, cuando queremos que los contrarios no entiendan nuestro lenguaje. Esto se hace en el ejército con frecuencia en tiempo de guerra, pero un ejemplo más al alcance de todos es lo que pasa en los juegos de pelota. Usan este sistema de señas cuyo significado no conoce el contrario, pero sí los miembros del equipo.

La pregunta que nos hicimos antes se contesta por sí sola y se puede entender fácilmente. San Juan escribe a los cristianos de su tiempo que están perseguidos por el Imperio Romano y vivían rodeados de enemigos, los sacerdotes paganos, que los acusaban ante las autoridades civiles, porque no participaban en el culto que se rendía al Emperador. Por otro lado, había muchas cosas dentro del culto cristiano que los paganos interpretaban mal y las convertían en motivo de acusación contra los cristianos. Por ejemplo: acusaban a los cristianos de que en sus reuniones sacrificaban un niño y comían su carne. Los paganos habían oído hablar de la Eucaristía, donde la fe de los cristianos afirma que Cristo está realmente presente y que la Comunión es comer el Cuerpo y beber la Sangre de Cristo. Este Misterio que constituye el centro del culto de la Iglesia, era algo inadmisible para los paganos, lo mismo que hoy no admiten este Misterio de nuestra fe muchos que se dicen cristianos. De ahí la acusación de que en sus reuniones sacrificaban un niño y comían su carne.

Los cristianos tenían la disciplina del "arcano", es decir, que ninguno que no fuera cristiano podía participar en su culto, y usaban ciertas contraseñas para identificarse entre ellos y poder detectar a los que no lo eran, porque los paganos no las conocían. Los que pasaron la experiencia de estar en la guerra saben bien de que estamos hablando.

Hay otro punto que se debe tener presente. El mundo no fue siempre como es ahora. La escritura se fue perfeccionando lo mismo que los números. En griego, latín y hebreo no tenían distintos signos para los números y para las letras, sino que a algunas letras se le daba un valor numérico. Todos nosotros hemos estudiado en la escuela la "numeración romana", que consiste sencillamente de letras a las que se le asigna un valor numérico. Esto lleva a un hecho fácilmente comprensible. El nombre de una persona se puede escribir con el valor numérico de sus letras.

Al hablar del número 666, estamos hablando posiblemente de la suma del valor numérico del nombre de un personaje o entidad que persigue a la Iglesia y que San Juan creyó suficientemente identificado para los cristianos del siglo primero, señalándolo con dicho número. Para nosotros, sin embargo, que no conocemos la clave de interpretación, nos resulta difícil conocer con certeza a quien se refiere. Seguro que hay muchos nombres que se podrían expresar por el número 666, por eso se le ha dado distintas interpretaciones, pero solamente la ignorancia, o la mala voluntad, puede decir que se refiere al Papa.

San Juan era miembro de la Iglesia y dio su vida por ella, ¿ Cómo podría decir que el Papa es la Gran Bestia?. Es la ceguera que engendra el fanatismo religioso lo que ha llevado a los Hermanos Adventistas a sacar tan peregrina interpretación. Veamos un poquito más de cerca esta cuestión.

La supuesta profetisa Hellen G. White es la que da esta interpretación peregrina a dicho número. No debe extrañarnos esto, porque el que lea sus escritos puede comprobar cómo constituyen un ataque despiadado hacia la Iglesia Católica. Utilizando, pues, la frase latina "VICARIVS FILII DEI" (Vicario del Hijo de Dios), que según ella está escrita en la Tiara del Papa, logra el gran descubrimiento que satisfacía su adversión hacia los católicos, porque el valor numérico de dicha frase suma 666 y por tanto, dicho numero corresponde al Papa. Desde entonces los Adventistas enseñan que el Papa es la Gran Bestia del Apocalipsis. El Papado, como institución, y el Papa, como persona, dicen, encarnan ese misterioso personaje que San Juan identifica con el número 666.

Primero. Los Hermanos Adventistas parecen ignorar que el Papado y el Papa, no son instituciones inventadas por los catódicos, sino que las estableció Cristo que es Dios. Por eso, ni el Papado ni el Papa pueden ser personajes perversos como lo es el personaje identificado en el Apocalipsis con el numero 666.

Segundo. Para sacar la suma de 666 de la susodicha frase, hay que violentar las reglas operacionales de la suma con números romanos. En la suma con números romanos, cuando un número precede a otro de mayor valor, no se suma, sino que se resta. Si aplicamos esta sencilla regla operacional, el valor numérico de la frase "VICARIUS FILII DEI" no es el 666, que encontraron los Hermanos Adventistas.

Tercero. Por otro lado el titulo oficial del Papa es "Siervo de los siervos de Dios" o en todo caso "Vicario de Cristo".

Cuarto. El libro del Apocalipsis no fue escrito en latín sino en griego, por tanto no es con el valor de la numeración romana, sino con el valor de las letras griegas como habría que interpretar dicho número.

Lo cierto es que la Hermana Hellen, a quien los Adventistas consideran enviada por Dios para enseñar la verdad, demuestra una gran ignorancia, no solo sobre la Biblia, sino también sobre cuestiones elementales de conocimiento humano. Hay un dato curioso. Alguno que se ha dado a la tarea de aplicar el mismo método al nombre HELLEN GUOLD WHITE encontró que suma también 666

 

Ejemplo

Evidentemente no estoy insinuando que el número 666 del Apocalipsis se refiera a la fundadora de los Adventistas. Solamente es un ejemplo de la infinidad de nombres cuyo valor numérico de sus letras pueden sumar 666.

Antes de referirnos a algunas interpretaciones que se han dado a este número, será bueno exponer algunos conceptos sobre los números en la Biblia. Raras veces tienen un valor aritmético sino casi siempre tienen un valor simbólico. También nosotros hoy usamos algunas veces números en ese sentido. La expresión " mil gracias; un millón de gracias" y expresiones parecidas, todos sabemos lo que quieren decir y nadie los interpreta como números matemáticos.

Veamos el significado de algunos números en la Biblia. El cuatro puede significar la creación, la totalidad, los cuatro puntos cardinales. El siete, que es el número que más se repite en la Biblia, significa plenitud, perfección. Por tanto el seis (7-1) significa imperfección y el 8 (7+1), sobreabundancia. El doce significa elección. Para los judíos tenía mucha importancia por ser el número de las doce tribus de Israel, el pueblo elegido por Dios. Es el número de los Apóstoles elegidos por Cristo para reemplazar al pueblo de Dios del Antiguo Testamento. El cuarenta es un espacio de tiempo largo, difícil de determinar, por eso se toma como el tiempo de una generación. Además, cuando se quiere expresar el superlativo de la cualidad simbolizada, se repite el mismo número sucesivamente. Es el sentido que tiene la contestación que le da Cristo a Pedro sobre el perdón. Pedro piensa que con siete veces que perdone llega a la perfección, pero Cristo le dice que hay que llegar hasta setenta veces siete, perdonar sin límites.

Referente al número 666 seria difícil enumerar todas las interpretaciones que se le han dado. La más común es que se refiere al emperador Nerón. San Ireneo lo identifica con el Imperio Romano. Otros con el emperador Trajano etc. Podría, incluso, no designa un personaje concreto. No olvidemos que el seis significa imperfección. Al estar repetido tres veces consecutivas, simbolizaría la maldad radical, propia de todos aquellos que tienen el corazón endurecido y rechazan la verdad del Evangelio. Para el que quiera tener una exposición más completa la puede encontrar en cualquier comentario al Apocalipsis y llegará a la conclusión que no podemos saber a ciencia cierta a que personaje se refiere San Juan.

Basado en los 666 talentos de oro que recibe Salomón, el rey de Israel que ha tenido más poder político y religioso de la historia de Israel podrían ver los cristianos en el número 666 representado a las instituciones imperiales encarnadas en la persona del emperador de turno, perseguidores de la Iglesia.

Repito que siempre será un enigma para nosotros esta cuestión. Lo que sí se puede afirmar que la aseveración de los Adventistas no tiene pies ni cabeza.

Capítulo 15: el número 144,000

El Apocalipsis es un libro que usan mucho los Hermanos Protestantes cuando quieren confundir a los católicos. La razón es sencilla porque, al ser un estilo muy simbólico y cuyo mensaje se expresa unas veces en visiones imaginativas y otras en clave, da pie para distintas interpretaciones, según la mentalidad que uno tenga. Habría que conocer la mentalidad del Autor Sagrado y la de aquéllos a quienes dirige su escrito, muy distinta de la nuestra que ya estamos en el siglo 21. Hay ideas, sin embargo, que están muy claras.

San Juan en este libro describe la lucha del Mal, personificado en el Imperio Romano y el Bien, la Iglesia de Cristo. Por eso su argumento se fundamenta en la vida de los cristianos de finales del siglo primero, perseguidos por el Imperio Romano. Hoy su contenido es también de actualidad. La Iglesia siempre estará perseguida por aquéllos que viven al margen de la doctrina del Evangelio. El modo de perseguirla cambiará de forma, según las épocas y las circunstancias, pero se dará en todos los tiempos y en todas las latitudes.

Para dar una idea que puede ayudar a la lectura de este libro, se podría decir que San Juan escribe un comentario a dos frases de su Evangelio donde nos dice Cristo cual va a ser la situación de cada cristiano y, por tanto, de su Iglesia, hasta que se realice su segunda venida. Cristo dice a sus seguidores: "Ustedes no son del mundo por eso el mundo los odia" (Jn. 15, 19). Este odio de los Emperadores Romanos lo vivieron en carne propia los cristianos de los primeros siglos con gran esperanza. Sin embargo, había algunos que, ante la persecución, tenían miedo y por eso había que recordarles aquella otra frase de Cristo: "En el mundo tendrán tribulaciones, pero confíen: Yo he vencido al mundo" (Jn. 16, 33). " Mundo" representa a todas las fuerzas del mal que se oponen al Evangelio.

La historia ha demostrado que estas afirmaciones de Cristo se convierten en cruda realidad para cada cristiano y para la Iglesia en general. Esta persecución abierta era el ambiente reinante en el tiempo en que se escribió el Apocalipsis, hacia finales del siglo primero. Ante esta situación real, San Juan quiere fortalecer la fe de los fieles y convencerlos de que Cristo, a pesar de las apariencias de fracaso, terminará triunfando sobre sus enemigos y le hace ver el triunfo definitivo de cada cristiano después de la muerte.

El Apocalipsis es, pues, el libro del optimismo cristiano, afirmando que el bien, aunque tenga apariencias de debilidad, triunfará sobre el mal. Pero hace claro que la Iglesia, que representa las fuerzas del bien, no triunfará por la fuerza y el poder humano, sino porque Cristo vive en ella y nunca la abandonará. Esta es la razón por la que el Apocalipsis es un libro de consolación, como son los Apocalipsis de Daniel y Ezequiel en el Antiguo Testamento, de donde San Juan toma la mayoría de sus visiones y simbolismos.

Cuando lee este libro una persona que no conoce lo que es el género apocalíptico, se desorienta y se llena su espíritu de confusión y de temores que le alejan del verdadero espíritu cristiano. Para poder aclarar algunos puntos, antes de tratar del número 144,000, que los Testigos de Jehová dicen que son los que se van a salvar, veamos algunos de los simbolismos más comunes y claros que usa San Juan. Sobre el significado de los números he tratado al hablar del número 666 en el capítulo anterior. Pero además de los números hay otros elementos que también son simbólicos.

Veamos algunos de ellos. El libro sellado: simboliza los designios de Dios que el hombre nunca podrá descifrar si el mismo Dios no se lo revela, por eso nadie lo podía abrir. Los truenos: simbolizan la voz de Dios, como vemos en el Sinaí (Ex. 19) y que se utiliza muy frecuentemente en el Antiguo Testamento con este significado. La espada: simboliza el poder de los gobernantes y la destrucción y exterminio de sus opositores. La corona simboliza el triunfo y la realeza. Los candelabros: simbolizan a las Iglesias. Las siete cabezas de la bestia: están simbolizando a la ciudad de Roma, asentada sobre siete colinas y que asume la misma actitud con los cristianos que había tenido Babilonia con el antiguo Pueblo de Dios. Por eso se le denomina muchas veces con el nombre de Babilonia.

También los colores tienen simbolismo. El blanco: es símbolo de victoria, pureza y alegría. El rojo: simboliza violencia por el parecido que tiene con la sangre. El negro: simboliza la muerte. El escarlata: es símbolo de lujo y magnificencia. Hay cosas que para nosotros no significan nada pero en la Biblia sí. El cuerno ha pasado a simbolizar los reyes o emperadores, porque se usaba para llevar el aceita en la ceremonia de la consagración de los reyes en el Antiguo Testamento.

Pasemos ahora a analizar el número 144,000 que aparece en el capítulo 7, verso 4 y en el 14, verso 3 del libro del Apocalipsis.

Primero debemos darnos cuenta de que el número es el producto de multiplicar 12x12x1000. Sabemos que el doce significa elección e Israel fue el pueblo elegido por Dios en el Antiguo Testamento. Dios es fiel a esa elección ya que sus promesas las cumple de generación en generación. El mil simboliza una gran multitud, un número enormemente grande. En realidad podría asignarse a este número el significado de la totalidad de los creyentes. Los escogidos tienen un sello en la frente. Hace referencia, sin duda, a la unción bautismal, que sellaba el proceso de conversión del catecúmeno. Pero esa marca es prenda de protección divina y de pertenencia a Dios y al Cordero. Para aquéllos que conocían las maravillas que Dios había obrado con el pueblo elegido, sabían que, si la sangre del Cordero Pascual libró a los Israelitas del ángel exterminador, tenía que inspirarles una confianza sin límites el hecho de que ellos estaban protegidos con la sangre del verdadero Cordero que es Cristo.

También Ezequiel nos habla de esta marca en la frente con una tau (una T que tiene forma de cruz) a los que vivían en Jerusalén y que no estaban de acuerdo con las abominaciones que se cometían en la ciudad. Lo mismo que en el Exodo, este signo los libra de la ira de Dios. (Ez. 9, 4-6).

San Juan quiere significar con esta señal en la frente que Dios protege a sus elegidos, no importa donde se hallen. Si entendemos este texto como lo hacen los Testigos de Jehová, los 144,000 que son los que se van a salvar, son todos judíos doce mil de cada tribu de Israel. Pero ellos mismos no creen que sean solamente los judíos los que se salven, pues vienen predicando la salvación a los que no son judíos. Además, a la secta de los testigos de Jehová ya pertenecen más de 144,000 personas. No se comprende como puede haber personas que sigan dicha doctrina, porque el cielo solamente será la morada de 144,000 judíos.

Si sacamos las conclusiones de lo que ellos enseñan, los que se afilien a esa secta, sobre todo si no pertenecen al pueblo judío, sacan billete para el infierno, porque en el cielo no tienen lugar, no importa la santidad de vida que alcancen. No es muy cuerdo el afiliarse a una religión que de antemano le dice que no hay lugar para uno en el cielo.

Lo que enseña San Juan en ese capítulo siete es muy distinto a lo que interpretan los Testigos de Jehová. Para sacar el sentido correcto hay que leer el texto completo y no limitar su lectura hasta el versículo nueve. San Juan, para que no hubiera duda de lo que él quería decir, del versículo nueve en adelante nos da el verdadero significado del número 144,000. ¿Qué vio después San Juan? Una muchedumbre tan grande que nadie podía contar de toda raza, lengua y nación. Esa es el verdadero significado del número 144,000. A continuación nos describe la liturgia que celebran en el cielo aquéllos que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero. Dios busca la salvación de todos los hombres y no sólo del pueblo judío.

Si alguna vez llegan a su hogar los Testigos de Jehová, léales este capítulo completo para que vean lo equivocados que están, pues ellos también pertenecen a esa muchedumbre no judía que el Señor invita a la salvación. Ante esta realidad, no es creando un cielo de primera clase para los 144,000 y otro de segunda clase para el resto de los hombres como se soluciona el problema, sino interpretando correctamente la Biblia.

San Juan enseña que la salvación es posible para todos, si somos capaces de mantener nuestra fe en las tentaciones y dificultades de la vida. Siendo fieles al Evangelio mantenemos nuestra esperanza de salvación confiando en los méritos de Cristo.

Son muchos los errores que enseñan los Testigos de Jehová, usando textos de la Biblia mal interpretados. Por eso te aconsejo que te prepares para enseñarles la verdad cuando lleguen a tu hogar para enseñarte sus errores.

Capítulo 16: la sangre en la biblia

No hay duda que en el Antiguo Testamento la sangre tiene un carácter sagrado por ser de uso frecuente en los sacrificios, en la consagración de los objetos del culto, la consagración de las personas y en el establecimiento de pactos entre los hombres. Además era elemento indispensable en el establecimiento de la Alianza entre Dios y su pueblo. Esta es una de las razones por la que se prohíbe comer la carne de los animales ahogados.

Para los autores del Antiguo Testamento significaban lo mismo sangre, alma y vida. También entre nosotros hoy muchas veces sangre y vida las usamos como sinónimos. La expresión de que se derrama mucha sangre inocente, es lo mismo que decir que se le priva de la vida a muchos inocentes. Pero esto es distinto de la doctrina que enseñan algunas sectas que no han superado esta concepción de la mentalidad judía y por eso dicen que la Biblia prohíbe hacer transfusiones de sangre y que está prohibido comer la sangre de los animales. Es lo mismo que pasa con las leyes sobre los alimentos en el Antiguo Testamento que tienen una razón para establecerse y que hay que conocer para comprender el sentido de tales prescripciones.

La razón por la que se prohíbe comer la sangre de los animales la explica claramente el texto del Levítico. Dice: "Todo hombre de la casa de Israel, o de los extranjeros que habiten en medio de ellos, que coma sangre de un animal cualquiera, yo me volveré contra el que coma sangre y le borraré de en medio de su pueblo, porque la vida de la carne es la sangre, y yo os he mandado ponerla sobre el altar para expiación de vuestras almas, y la sangre expía en lugar de la vida" (Lev. 17, 10s).

Se puede decir que en este pasaje se resumen todas las leyes sobre la sangre y aunque hay muchos textos relacionados con el tema, expresan el mismo principio de que la sangre de los animales se ofrecía como expiación por los pecados. Las leyes sobre los sacrificios se fundamentan en que la vida del animal reemplazaba la del hombre que se había hecho reo de muerte por sus pecados y Dios aceptaba ese sacrificio substitutivo por la vida humana. Además, afirmaba que la vida humana era sagrada y que ni la propia persona podía disponer de ella aunque el hombre desease perderla como medio de expiación de sus pecados. Por esto la religión judía siempre rechazó los sacrificios humanos, cosa frecuente entre los cananeos que vivían entre ellos. Esta es la razón por la que la sangre de los animales se derrama sobre el altar, porque toda vida le pertenece a Dios y la sangre es la vida. Así se reconocía el dominio absoluto que tiene Dios sobre la creación, pues Él es el dueño de la vida.

En la Nueva Alianza, no solamente la sangre de los animales, sino todos los sacrificios fueron reemplazados por el Sacrificio de Cristo y es su Sangre la que se ofrece como expiación por nuestros pecados. Sabemos, además, que la sangre es un elemento biológico del cuerpo, pero no es la vida ni el alma, sino un elemento físico del cuerpo.

Para entender la legislación del Antiguo Testamento sobre la sangre es necesario no olvidar esta doctrina de que la sangre, vida y alma para ellos era lo mismo. Llegaron a esta conclusión porque con la muerte cesa la circulación de la sangre y los autores se expresan según las apariencias que percibían sus sentidos, no según la realidad biológica. Estas leyes se encuentran recopiladas en el Levítico y en el Deuteronomio, por estar relacionadas con la legislación sobre los sacrificios.

El principio en que se fundamentan es válido en todos los tiempos porque es la afirmación de que Dios es el dueño de la vida y le pertenece exclusivamente a Él y nadie puede disponer de ella en servicio propio, porque se apropiaba de algo que le corresponde a Dios. Por eso siempre se ofrecía sobre el altar cuando era posible. En otros casos, como era en la caza, la sangre del animal que se cazaba debía derramarse en la tierra y cubrirla. (Lev. 17, 13).

Esta es la razón porque al sacrificar un animal si no se derramaba su sangre sobre el altar constituía una profanación de algo sagrado. Hay un caso muy ilustrativo sobre el particular en el primer libro de Samuel. El pueblo, después de vencer a los filisteos, extenuado por la lucha, sacrifica animales para comerlos, pero no ofrece la sangre sobre el altar. Al enterarse Saúl, manda traer una piedra grande que sirva de altar y ordena que se traigan otros animales para degollarlos sobre ese altar improvisado. "Saúl alzó un altar a Yavé. Fue el primer altar que alzó Saúl a Yavé". (I Sam. 14, 31).

Dado este carácter sagrado, la sangre es un elemento importante del culto a Dios. Cuando se realiza la Alianza entre Dios y el pueblo vemos que la mitad de la sangre de los animales sacrificados se derrama sobre el altar que representa a Dios y con la otra mitad se aspergea al pueblo para indicar que quedaba consagrado al servicio de Dios. (Ex. 24). Este mismo sentido tiene el uso de la sangre en la consagración de Aarón y su hijos para que pudieran servir como sacerdotes en nombre del pueblo. El rito que se usaba era signo de su pertenencia a Dios (Lev. 8), pero para nosotros ahora no tiene este carácter sagrado y se puede usar como alimento lo mismo que cualquier otra parte del animal.

La sangre en el ser humano es un elemento vital y se puede donar para salvar la vida de los demás cuando no hay riesgo de perder la propia vida. Es más, es una obligación cristiana, pues si otra persona se muere por no darle sangre, pudiendo hacerlo, estaría cometiendo un crimen y sería responsable de su muerte lo mismo que si se deja morir de hambre pudiendo alimentarla.

Hay un texto en el Evangelio de San Juan que se puede aplicar en este sentido. Dice: "Nadie tiene amor mayor que este de dar uno la vida por sus amigos" (Jn. 15, 13). Es una muestra de amor al hermano darle mi sangre para que siga viviendo, sin que mi salud se deteriore. De negarme a hacerlo no sería cristiano.

Capítulo 17: la fe y las obras

La relación entre la fe y las obras, entre lo que uno dice que cree y lo que uno hace debe haber perfecta concordancia. Sin embargo ha sido motivo de profundas discrepancias entre los Hermanos Protestantes y las enseñanzas de la Iglesia Católica. Estas diferencias se fundamentan en fijarse solamente en parte de la verdad y considerarla como si fuese la verdad completa. Así se afirma que para salvarse no se necesitan las obras buenas sino que es suficiente creer en Cristo. Llegan a esta conclusión errónea basados en algunas expresiones de San Pablo y al ver en los Evangelios que Cristo exige la fe como prerrequisito para la sanación. Las expresiones frecuentes: "tú fe te ha curado"; "cree y te salvarás" "todo es posible para el que cree" etc., los hace creer que la salvación es cuestión de palabras y no de hechos.

Sacar de estas afirmaciones la conclusión de que con solamente la fe es suficiente para salvarse es un error un tanto intencionado porque no se mencionan los pasajes bíblicos donde se nos habla de la necesidad de las obras. Esto es lo mismo que afirmar que uno puede salvarse sin amar a Cristo. Para tranquilizar a nuestros lectores sobre esta verdad, no hay más que citar algunos textos del Evangelio de San Juan: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos". "Si guardareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor". "El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama". (Jn. 14, 15. 21 y 15, 10). Claramente aquí San Juan enseña que las obras son el lenguaje del amor y el amor la expresión de la fe auténtica.

La verdadera fe en Cristo supone practicar todas sus enseñanzas. San Mateo termina su Evangelio diciendo que Cristo junto con el mandato de bautizar, también impone la obligación de "enseñar a practicar todo cuanto yo he mandado". Esto concuerda completamente con lo que dice San Juan.

Ya en el Antiguo Testamento, para que el pueblo demostrase su confianza y su fe en el Señor, Dios le impone ciertas condiciones o mandamientos que debe cumplir. Estas obligaciones para con Dios, las encontramos resumidas en el decálogo (Ex. 20). Quizás donde radica la confusión es pensar que nuestras buenas obras convierten a Dios en deudor del hombre como si fuese un contrato que obligase a Dios a pagarnos por lo que hacemos. Las obras buenas realizadas no le otorgan al que las hace un derecho sobre Dios, porque nuestras obras son meritorias, cuando son producto de la fe y de la gracia, dones gratuitos ambos de Dios. La capacidad de obrar bien es un don que Dios gratuitamente nos hace. Los factores, pues, que hacen posible la salvación son la fe, la gracia de Dios y la cooperación que cada uno preste a estos dones de Dios.

Lo que estamos afirmando es que el hombre no puede salvarse a asimismo, porque ésta es obra exclusiva de Dios. Pero la obediencia a sus mandatos, es una condición que Dios nos impone para demostrar nuestro agradecimiento por los dones recibidos, dando frutos de santidad.

Los Hermanos Protestantes citan incompleto un texto de San Pablo donde él claramente expone la doctrina sobre la relación que tiene que existir entre la fe, la gracia y las obras y por eso lo interpretan mal. En tres versículos de su carta a los Efesios contiene toda esta doctrina de una forma clara y concisa. Además nos enseña que desde toda la eternidad Dios ha decretado que hagamos buenas obras. Dice San Pablo: "Pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no nos viene de nosotros, es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe; que hechura suya somos, creados en Cristo Jesús, PARA HACER BUENAS OBRAS, que Dios de antemano preparó, para que en ellas anduviésemos" (Efe. 2, 8-10).

Ellos citan con mucha frecuencia la primera parte de este texto, pero nunca citan la segunda. Sin embargo las dos partes son de suma importancia, pues las buenas obras, también entran en el plan de salvación trazado por Dios desde toda la eternidad. Por esto Cristo habla con mucha frecuencia de las obras que deben hacer sus seguidores, pero requiere la recta intención, para que todo vaya dirigido a la gloria de Dios. "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos" (Mt. 5, 16).

Jesús se refiere con frecuencia a que el Cristiano tiene que ser activo y no contentarse con conservar los dones recibidos de Dios, sino que con su actuar los puede incrementar. A este respecto es muy significativa la parábola de los talentos y la de las diez vírgenes (Mt. 25). Con estas parábolas nos enseña que la cooperación nuestra es necesaria para alcanzar la salvación. También es claro lo que dice Santiago que enseña que es necesario poner en práctica lo que dice la Palabra de Dios y no contentarnos con ser oyentes olvidadizos, sino cumplidores de la Palabra. La afirmación es rotunda porque el que la cumple "será bienaventurado por sus obras" (Snt. 1,19-26). Es más; nuestras obras pasan a ser parte integrante nuestra, tanto las buenas como las malas, ya que nos acompañarán hasta la eternidad. "Bienaventurados los que mueren en el Señor. Para que descansen de sus trabajos, pues sus obras los siguen" (Ap. 14, 13).

Ante esta claridad de los textos bíblicos resulta extraño que haya personas que niegue la necesidad de las buenas obras. Son tantos los textos que se podrían aducir que habría que copiar la Biblia completa.

En el Evangelio de San Mateo Cristo exige que su doctrina sea traducida en obras, pues de otra manera seremos unos necios. "Aquel, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra, será como un varón prudente, que edifica su casa sobre roca" (Mt. 7, 24). La insistencia de Cristo en la práctica de los mandamientos para poder alcanzar la vida eterna nos indica lo trascendental que son nuestras obras. Cristo nos dice que, sin la práctica de los mandamientos establecidos por Dios, no hay salvación. "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt. 19, 17). Para los que enseñan que no son necesarias las obras para agradar a Dios, reciben de Cristo este reproche, consignado en el Evangelio de San Lucas. "¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?" (Lc. 6, 46).

Habría que citar muchos más textos, pero resultarían muy repetitivos. Sin embargo no puedo dejar de citar uno que afirma muy claramente que la fe supone un compromiso, y que este compromiso se manifiesta con la acción, que son nuestras obras.

Es el Apóstol Santiago quien nos instruye sobre este particular. En su carta trata directamente este tema de la relación entre la fe y las obras. Parece que los Hermanos Protestantes no la han leído nunca, aunque forma parte de la Biblia. Dice el Apóstol: "¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: 'Yo tengo fe', si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe?...La fe, sin obras, es de suyo muerta. Mas dirá alguno: 'tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame sin las obras tu fe, que yo por mis obras te mostraré mi fe. ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. Más también los demonios creen y tiemblan. ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin las obras? Abraham, nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su hijo? Ved, pues, cómo por las obras y no por la fe solamente se justifica el hombre... Pues como el cuerpo sin espíritu es muerto, así también es nuestra fe sin las obras" (Sant. 2, 14-26).

No se necesita comentar nada más sobre el tema porque se ve claro que los que predican la fe sin obras están al margen de la doctrina de la Biblia. La Iglesia, siguiendo la Biblia, enseña que no nos salvamos con solamente nuestras obras, ni con solamente tener fe, sino que son necesarias la fe y las obras. Esta es la doctrina confirmada en la Biblia y de una manera muy clara en este texto de Santiago. La fe es necesaria para salvarse, pero no es suficiente; hace falta las buenas obras unidas a la fe: fe y obras so la combinación eficaz

San Pablo en su primera carta a Timoteo le dice que aconseje a los ricos que se hagan ricos en buenas obras, practicando el bien, siendo liberales y dadivosos, atesorando para el futuro, conque alcanzarán la verdadera vida. (I Tim. 6, 18).

Capítulo 18: y después de la muerete ¿ qué?

Son muchas las personas que confunden los conceptos de vida y de muerte. Esto sucede porque son conceptos que no podemos asimilar fácilmente por la carga emocional que conllevan. Por un lado, llamamos vida a lo que es el proceso más o menos largo de morir. Por otro, percibimos la muerte como algo que llega de afuera de repente cuando la realidad es que la llevamos muy dentro de nosotros y que actúa constantemente sobre el ser humano desde el primer momento de su existencia. Solamente el que conoce la revelación, sabe que la vida física y temporal no es la verdadera vida.

Para entender el concepto de la muerte hay que tener también un concepto correcto de lo que es la vida verdadera a la que Cristo llama vida eterna y que la mayoría de las personas la denominan "vida de ultratumba" o "del más allá". La gente expresa en su manera de hablar las contradicciones que tiene en su mente. Cuando se habla de la vida temporal nos referimos a ésta como "vida mortal" juntando dos conceptos opuestos (vida y muerte) como algo normal en la existencia humana. La realidad es que lo que llamamos vida, no es más que el proceso de la muerte que será más o menos largo en cada persona. La verdad es que cada día morimos un poco, hasta que lleguemos al punto final de este proceso en que la muerte física toma su máxima expresión. Es un proceso irreversible por lo que inevitablemente termina en la muerte física.

Se debe tener presente que los creyentes hablan de distintos tipos de vida y de muerte; vida física y muerte física; vida espiritual y muerte espiritual que supone admitir que el ser humano tiene un alma inmortal.

Las dudas que algunos tienen sobre lo que pasa después de la muerte es porque su fe teórica no logra disipar la incertidumbre existencial en que viven. Esta incertidumbre se suele expresar de esta manera: "Nadie ha venido a decir lo que pasa en el más allá", afirmación muy superficial que sólo manifiesta la angustia en que viven muchas personas, porque su fe es de muy pocos quilates. Esto a llevado a muchos a considera la muerte como el final del camino, no como el inicio de la verdadera vida.

Cristo ha venido para enseñar lo que pasa después de la muerte, aunque reconocemos que para muchos es difícil de aceptar su doctrina por más clara que sea con relación a la vida del más allá. La Iglesia quiere compartir con todos los creyentes lo que el Señor ha revelado sobre el misterio de la muerte, iluminando nuestra existencia presente y señalando nuestro destino futuro, lleno de esperanza.

El Creador no podía dejar en la penumbra de la duda unas verdades tan trascendentales para el hombre, como es el misterio de la muerte, porque todos tenemos que pasar por esa puerta para llegar a nuestro destino eterno. Este misterio se va aclarando, en la medida que aumenta la vivencia de la fe cristiana, por medio de la profundización en la verdad revelada.

Muchas de las dudas se fundamentan en el desconocimiento de lo que dice la revelación sobre el hombre. Hay personas que no conocen dicha doctrina, porque cuando leen la Biblia la interpretan mal. Sus ideas sobre el ser humano son materialistas y sólo ven en el ser humano el cuerpo que es la materia que se corrompe. No entienden que hay una parte que es espiritual y que sigue viviendo separada del cuerpo porque no depende de la materia. Es el alma espiritual e inmortal

Lo más lamentable de esto es que hay ciertas sectas, entre ellas los Testigos de Jehová y los Adventistas, que abiertamente niegan las cualidades espirituales del alma humana, porque fundamentan su doctrina en el Antiguo Testamento, donde se usa la palabra alma con distintos significados: "Sangre, hombre, persona, vida, alma" son conceptos que se expresan con la misma palabra. Las otras sectas, por lo menos en teoría, admiten la espiritualidad del alma humana y su inmortalidad.

La Biblia nos enseña que, además del cuerpo, el hombre tiene un alma espiritual, creada directamente por Dios, y que lo hace distinto a los animales. Esto se expresa claramente en los relatos de la creación. Cuando nos habla de la creación del hombre emplea una expresión distinta a la que usa para el resto. Dice: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gén. l, 26). Y dice claramente que es superior a los animales, porque le da el poder de dominio sobre ellos. Pero la presencia y diferencia de los dos elementos, el corporal y el espiritual, queda más claramente indicada en el segundo relato que hace de la creación. Vemos como forma el cuerpo del hombre de la tierra y después le infunde su aliento. Dice: "Modeló Yavé al hombre de arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida" (Gén. 2, 7).

La muerte física no es más que la separación de los dos elementos constitutivos del ser humano, alma y cuerpo. Hay bastantes textos que enseñan esta verdad y aunque algunas veces sea difícil saber si algunos textos del Antiguo Testamento cuando hablan de alma significan exactamente lo que nosotros entendemos hoy, sin embargo afirman que la muerte desintegra al ser humano. Puede servir como ejemplo el milagro de la resurrección de un niño, obrada por el profeta Elías. Dice: "Tendióse tres veces sobre el niño, invocando a Yavé: ¡Yavé, Dios mío!. Que vuelva, te ruego, el alma de este niño a entrar en él. Yavé oyó la voz de Elías, y volvió dentro del niño su alma, y revivió". (I Re. 17, 21).

La vida del alma no depende del cuerpo sino a la inversa y por su naturaleza espiritual el alma sigue viviendo independiente del cuerpo, contrario de lo que pasa con el cuerpo que necesita ser vivificado por el alma. No podemos olvidar que, además de la vida física, el alma está llamada a participar de la vida de Dios, que llamamos vida sobrenatural por ser algo superior a lo que exige nuestra naturaleza de criaturas de Dios. Esta vida de amistad con Dios es fruto de la redención obrada por Cristo en favor nuestro y se pierde por el pecado. Una vez perdida, el hombre no puede recuperarla por sus propias fuerzas naturales sino, que dadas ciertas circunstancias internas del pecador, Dios mismo le vuelve a infundir lo que se llama Gracia Santificante, por ser puro regalo de Dios.

Aunque el fenómeno de la muerte física es para todos lo mismo, sin embargo lo que pasa después de la muerte no es lo mismo para todos. Dios se muestra selectivo en toda la historia de la salvación y también lo sigue siendo en el momento de nuestra muerte. Depende del estado de Gracia, o carencia de ella, lo que determina nuestro destino por toda la eternidad, felices con Dios para siempre o la separación de Dios para siempre, perdiendo así la felicidad eterna.

Hay mucha ignorancia sobre este tema y no faltan sectas que enseñan que la muerte nos deja inconscientes y que cuerpo y alma estarán en el sepulcro hasta la resurrección final. Otras enseñan la misma doctrina, pero más veladamente. No faltan quienes defienden la reencarnación, es decir, que el alma vuelve a encarnarse sucesivamente en otros seres. Hay para todos los gustos y matices.

La doctrina de la reencarnación es inaceptable para los cristianos, porque la Biblia enseña claramente que sólo se muere una vez. No hay tal cosa como la reencarnación, como enseñan los espiritistas y filosofías afines a los espiritistas. La condenación o la salvación se realiza en la única oportunidad que tenemos, que es esta vida presente. Si perdemos esta oportunidad ya no tendremos otra. La Biblia nos dice: "Y por cuanto a los hombres les está establecido morir una vez, y después de esto el juicio" (Heb. 9, 27). Nadie que tenga fe en la palabra de Dios puede admitir la reencarnación.

Los que enseña que el hombre es igual que los animales son los que afirman que el alma humana queda inconsciente y se corrompe junto con el cuerpo en el sepulcro. Llegan a esta conclusión al interpretar mal algunos pasajes del Antiguo Testamento donde la retribución y la vida del más allá no estaba claramente revelada. En la primera etapa del Antiguo Testamento la revelación sobre la inmortalidad del alma humana es muy incompleta y confusa. Hay que recordar que la revelación es progresiva y esto significa que Dios no reveló todo de un cantazo sino en etapas sucesivas, acomodándose a la mentalidad de los pueblos.

Sin embargo, se encuentran textos muy claros en el Antiguo Testamento que nos hablan de la retribución después de la muerte. Veamos el siguiente texto: "Desconocen los secretos de Dios, y no esperan la recompensa de santidad, ni estiman el galardón de las almas irreprochables. Porque Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza". (Sab. 2, 22-23).

Hay textos en el Antiguo Testamento que afirman claramente la doctrina de la inmortalidad del alma humana. Uno de los pasajes es el tercer capítulo del libro de la Sabiduría, donde nos habla claramente del destino del justo y del impío. Además el Salmo 16, 10 nos dice: "Pues no abandonarás mi alma en el sepulcro". Pero, no hay un texto más claro que el del libro de Eclesiastés, cuando nos habla de la vejez, cuyo desenlace es necesariamente la muerte. Dice: "antes que se rompa el cordón de plata... y se torne el polvo a la tierra que antes era, y torne a Dios el espíritu que Él le dio" (Ecl. 12, 7).

Esta doctrina, que pudiera aparecer un tanto confusa en el Antiguo Testamento está expuesta con toda claridad en el Nuevo. Cristo enseña que la muerte del cuerpo no es lo mismo que la muerte del alma porque son dos elementos distintos y el alma sigue viviendo, aunque haya muerto el cuerpo. "No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo en la gehenna". (Mt. l0, 28).

La doctrina que enseña que el alma queda dormida en el sepulcro hasta el juicio final, la condena Cristo en la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. Veamos algunos pasajes de este texto, pero sería bueno leerlo completo en Lc. l6, l9-3l. Al morir el pobre es llevado al cielo y el rico al infierno, pero está muy consciente: "En el infierno, en medio de tormentos, levantó los ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro en su seno" (Lc. l6, 23). Si sufre y siente los tormentos, claramente, indica que está consciente su alma.

Podría uno pensar que esto sucede al final de los tiempos, pero el mismo rico le pide que vaya Lázaro a advertir a sus cinco hermanos para que se conviertan y no se condenen. "Te ruego, padre, que siquiera le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que los advierta, a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormentos". (Lc. l6, 27-28).

San Pablo enseña claramente qué pasa con los creyentes al morir. Dice:"No queremos, hermanos, que ignoréis lo tocante a la suerte de los que murieron, para que no os aflijáis como los demás que carecen de esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús tomará consigo a los que se murieron en Él". (I Tes. 4, 13-14).

Claramente aquí San Pablo nos enseña que hay un más allá después de la muerte. Para los que murieron en Cristo este más allá será estar con Dios. La condición necesaria es morir en Cristo, es decir, morir en estado de Gracia Santificante. No dice que todos al morir estarán con Dios, sino solamente los que mueren en Cristo. El destino de los demás lo vimos en la parábola del rico epulón y que se puede confirmar con otros muchos textos de la Biblia, porque Dios es selectivo y el criterio que utiliza es la santidad personal. De esto se deduce que hay cielo, pero también hay infierno. Al cielo le llamamos vida eterna y al infierno condenación eterna, porque ambos son eternos.

San Pablo, refiriéndose a su muerte, es bien claro sobre lo que pasa al morir. Dice:"Para mí la vida es Cristo, y la muerte, ganancia. Y aunque vivir en la carne es para mí trabajo fructuoso, todavía no sé qué elegir. Por ambas partes me siento apretado, pues de un lado deseo morir PARA ESTAR CON CRISTO, que es mucho mejor; por otro, quisiera permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros". (Flp. l, 21-24). Esta doctrina de San Pablo está concorde con la promesa que le hace Cristo en la cruz al buen ladrón. No importa que algunos modifiquen el texto para intentar darle otro sentido, porque hay muchos textos que afirman la misma verdad. El buen ladrón le dice a Cristo: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Él le dijo: en verdad te digo, hoy serás conmigo en el paraíso". (Lc. 23, 42-43).

No hay duda que es muy clara la enseñanza de la Biblia sobre este tema de la inmortalidad del alma humana. No quedamos inconscientes en el sepulcro. Por eso el libro del Apocalipsis nos presenta a los Santos gozando de Dios en el cielo antes del fin del mundo. Dice: Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido degollados por la palabra de Dios y por el testimonio que guardaban. Clamaban a grandes voces: ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre EN LOS QUE MORAN SOBRE LA TIERRA? (Ap. 6, 9-l0).

La doctrina, pues, que enseñan los Adventistas y los Testigos de Jehová es errónea por ser contraria a lo que enseña la Palabra de Dios. La vida física del hombre termina en la muerte. Después de la muerte viene el juicio. Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo para que reciba cada uno según lo que hubiese hecho por el cuerpo, bueno o malo. (2 Cor. 5,10).

Nuestra meta es la salvación, pero esto depende de cómo correspondamos con nuestra conducta a la Gracia de Dios. El que no alcance la salvación se condena para siempre.

la existencia del infiernoCapítulo 19:

Una de las verdades de nuestra fe que ha sufrido más rechazo en nuestro tiempo, es la verdad sobre la existencia del infierno, tema que indirectamente hemos tratado en el capítulo anterior. Las posiciones al respecto son muy variadas. Desde la negación directa y categórica hasta una negación más solapada, apoyada en que el lenguaje bíblico hay que interpretarlo, por ser muy simbólico, y los conceptos que se expresan hay que redefinirlos según la mentalidad moderna. Esto es lo mismo que decir que donde "digo dije, digo diego". Con estas teorías, no hay tal cosa como el fuego, o la eternidad de los tormentos.

Es cierto que el lenguaje que se usa no expresa exactamente la realidad, porque el lenguaje humano es inadecuado, incluso muchas veces para expresar con exactitud el pensamiento humano. Por eso, en vez de negar o poner en duda la existencia del infierno, habría que concluir que la realidad tiene que ser mucho más terrible de lo que el lenguaje humano puede expresar e imaginar. Porque no se entienda qué clase de "fuego" pueda atormentar a los espíritus por toda la eternidad, ángeles caídos, almas de los condenados y sus cuerpos cuando resuciten, no se puede interpretar el significado del "fuego" por "aire acondicionado" y los tormentos por placer y felicidad.

En el mundo físico conocemos diferentes tipos de fuego. Es distinto el que usaban nuestras abuelas para cocinar que el generado por la energía eléctrica, y muy distinto éste del fuego nuclear. Dios tiene un poder infinito y no conocemos nada de lo que es el infierno, pero por las frases que usa el mismo Cristo al hablar de él, es una realidad más terrible que lo que pueda alcanzar a visualizar nuestra imaginación.

Pero también hay quien ve una incompatibilidad de la idea del infierno con el amor y la bondad de Dios. Son personas que interpretan muy mal la bondad y el amor que Dios tiene hacia el hombre. Nadie puede dudar del amor de Dios, y sobre todo aquellos que tienen fe en la Encarnación del Hijo de Dios y en su Pasión y Muerte en la cruz. "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna". (Jn. 3, 16).

La existencia del infierno no tiene como causa la falta de amor por parte de Dios hacia los hombres, sino la falta de amor de los hombres hacia Dios. El hombre recibió de Dios el don de la libertad, pero esta cualidad que le permite optar por distintas alternativas en su vida, también le permite la alternativa de rechazar el amor de Dios. Esto es lo que explica San Juan en los versículos que siguen a los antes citados. Se puede, pues, afirmar que Dios no condena al hombre al infierno, sino que es el propio hombre que se condena, al rechazar el Cielo, porque rechaza el amor de Dios. Dios sigue respetando la libertad del hombre aunque la use para su propio daño. Como el hombre es libre, por eso es responsable de sus actos y de las consecuencias que se deriven de éstos.

El lenguaje que usan aquellos que niegan la existencia del infierno, supone dicha existencia. Llamamos a Cristo el Salvador, y esto ningún creyente lo niega. Sin embargo, habría que preguntarse ¿de qué nos salvó Cristo sino existe el infierno? Si solamente existe la vida eterna, ¿qué finalidad tendría la Redención obrada por Cristo?. Por eso, al negar la existencia del infierno, habría que negar muchas verdades reveladas e incluso se está negando también el cielo.

Se pierde de vista los atributos del Dios que se nos revela. Es un Dios lleno de amor, pero también infinitamente justo. Pero esto lo hace un Dios selectivo que acepta a las personas si reúnen los criterios por El establecidos. Estos criterios de selección están contenidos a lo largo y ancho de la Biblia.

Al empezar el libro Sagrado ya dice: "Al cabo del tiempo hizo Caín ofrendas a Yavé de los frutos de la tierra, y se la hizo también Abel de los primogénitos del ganado, de lo mejor de ellos; y agradóse Yavé de Abel y su ofrenda, pero no de Caín y la suya" (Gen, 4, 3). Las apariencias no son lo que decide la selección que Dios hace, sino lo que hay en el corazón del hombre, porque esto es lo que determina la bondad o la maldad de la persona. (1 Sam. 16, 7). Por eso no acepta la ofrenda de Caín porque no le ofrece lo mejor de sus cosechas. Aquí se trata de bienes materiales. Pero cuando se trata de los seres humanos ¿ qué pasa?.

Dios selecciona también a los buenos y rechaza a los malos. Un ejemplo de esto lo vemos en el caso de Noé, "varón justo y perfecto"; él, con su familia, son los únicos que se salvan de la destrucción del diluvio. (Gen. 6 y 7). Otro ejemplo parecido a este es el que encontramos en los capítulos 18 y 19 del mismo libro del Génesis, donde nos narra cómo Dios salva a la familia de Lot, pero destruye por el fuego a las ciudades corrompidas. El Dios que permite esto, es el mismo Dios que nosotros adoramos y que juzgará nuestras acciones. Nosotros merecemos más castigo, porque conocemos el amor que Dios nos tiene, manifestado en la persona de Cristo, cosa que los de Sodoma no conocían.

Cristo confirma esta doctrina continuamente en sus enseñanzas de que Dios es selectivo. Unas veces directamente, otras de una forma indirecta. Pensemos, por ejemplo, en la parábola del trigo y de la cizaña. Dios selecciona el trigo y quema la cizaña. "Tomad primero la cizaña y atadla en haces para quemarla, y el trigo recogedlo para almacenarlo en el granero". (Mt. 13, 30). La parábola de la red, que está en este mismo capítulo, versículo 47, tiene la misma enseñanza. Los pescadores seleccionan los peces buenos y tiran los que no sirven. El mismo nos da la interpretación de las parábolas mencionadas. "Saldrán los ángeles y separarán a los malos de los justos, y los arrojarán al horno de fuego; allí habrá llanto y crujir de dientes". (Mt. 13, 49). Las dos parábolas enseñan que aunque en esta vida están juntos buenos y malos, llegará el momento de las muerte en que Dios haga la selección entre unos y otros.

Donde podemos ver con toda claridad esta doctrina es cuando Cristo nos habla del juicio final al efectuar la selección definitiva. Los que vivieron el amor oirán de Cristo Jesús las consoladoras palabras: "Venid benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo" (Mt. 25, 34). Los que están colocados a la izquierda recibirán una sentencia completamente distinta: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles" (Mt. 25, 41).

El que niega la existencia del infierno, tendrá que negar la existencia del demonio, a no ser que admita algo tan absurdo como aceptar que los demonios están con los santos en el cielo y esto es afirmar que es lo mismo ser un santo que un demonio.

El relato del juicio final nos enseña que además la eternidad del infierno, lo mismo que el cielo. La sentencia final es clara: " irán (los de la izquierda) al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna" (Mt. 25, 46).

San Lucas, que nos relata casi exclusivamente los acontecimientos de la vida de Cristo donde sobresale su misericordia, nos narra también la parábola del pobre Lázaro y el rico epulón, en el capítulo 16 del versículo 19 en adelante. Aquí, como ya dijimos antes, enseña que la selección definitiva la hace Dios en el momento de la muerte, no cuando suceda el fin del mundo, porque el rico no quiere que sus hermanos que viven en la casa de su padre sigan su mismo camino . "Porque tengo cinco hermanos, para que les adviertas, a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormentos". (Lc. 16, 28). Además el infierno es para siempre y es un lugar de tormentos. "En el infierno (el rico), en medio de los tormentos..." y la imagen del fuego es la que mejor puede expresar esta idea de tormentos. La existencia del infierno, pues, es un tema recurrente en los escritos del Nuevo Testamento. Por eso los textos son muy abundantes.

En el último libro de la Biblia, casi al final, nos dice: "Fueron los muertos juzgados según sus obras, según las obras que estaban escritas en los libros... y todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el estanque de fuego" (Ap. 20, 12). Para que no dudemos de su eternidad, nos dice que los que están en este estanque de fuego "serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos" (Ap. 20, 10).

El pecado hace perder la vida eterna y precipita en el infierno. La bondad y el amor de Dios consisten en que da en esta vida muchas oportunidades para salir del pecado, por medio del arrepentimiento, pero no siempre hay suficiente sinceridad en el ser humano para reconocer sus propios pecados, despreciando así el amor de Dios que le invita a la penitencia.

La predicación de Cristo debía ser muy clara sobre el particular como lo demuestra la pregunta que le hacen sus discípulos cuando trata el tema de las exigencias de la vida cristiana, "Oyendo esto, los discípulos se quedaron estupefactos y dijeron: ¿Quién, pues, podrá salvarse? (Mt. 19. 25) Hay otro texto en el Evangelio que nos muestra la intranquilidad de los que escuchan esta predicación. Una persona se atreve a preguntarle sobre el número de los que se salvan, pero por la forma de hacer la pregunta se puede deducir que Cristo hablaba con claridad de lo difícil que es alcanzar la salvación. Y la respuesta de Cristo es extremadamente clara. "Le dijo uno: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Él les dijo: Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos serán los que busquen entrar y no podrán". (Lc. 13, 23).

Hoy se ha cambiado de mentalidad y se da la impresión de que es fácil salvarse y, negando la existencia del infierno, se niega la posibilidad de condenarse. Para los que tengan tal mentalidad les recomiendo que mediten el texto que citamos de San Lucas.

La actitud de los que niegan la existencia del infierno está reflejada en el libro del Eclesiástico, en el capítulo 5, donde nos habla de las falsas seguridades. Dice: "No digas: 'He pecado, ¿y que me ha sucedido? Porque el Señor es paciente. Aún del pecado expiado no vivas sin temor, y no añadas pecado a pecado. Y no digas: 'Grande es su misericordia, Él perdonará mis muchos pecados. Porque aunque es misericordioso, también castiga; su furor caerá sobre los pecadores. No difieras convertirte al Señor y no lo dejes de un día para otro; porque de repente desfoga su ira, y en el día de la venganza perecerás" (Eclo, 5, 4-9).

Es pertinente ahora hacer la siguiente pregunta: ¿De dónde sacan la conclusión de que Cristo no habla del infierno y de la condenación eterna? Desde luego, no es de la meditación seria del Evangelio.

Capítulo 20: maría es madre de dios

Aunque este título de Madre de Dios parezca obvio que le corresponde con toda propiedad a María por ser la madre de Cristo, los Hermanos Protestantes lo niegan. Quizás, porque para ellos el Misterio de la Encarnación no es una realidad física, sino solamente aparente, pero de esta forma se negaría el Misterio de que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios. Digo que es obvio, porque los cristianos admitimos, esta verdad de que Cristo es verdadero Dios y por tanto, como María es la Madre de Cristo, es también la Madre de Dios. Negar esta verdad, es negar prácticamente la divinidad de Cristo.

Algunos creen que el afirmar que María es la Madre de Dios, es una afirmación errónea, porque entienden que es afirmar que María dio origen a Dios, así como nosotros tenemos origen en nuestros padres. Les parece una paradoja afirmar que María es criatura de Dios, como todo mortal, y engendra en su seno a Cristo que es Dios, y así pasa a ser Dios hijo suyo. Si Dios no hubiera revelado este misterio de que Dios se hace hombre, el ser humano no lo conocería, lo mismo que pasa con otros misterios que Dios ha tenido a bien revelar.

Para poder entender por qué a María le corresponde con toda propiedad el título de Madre de Dios, es necesario entender que no afirmamos que ella es anterior a Dios, sino que le dio el elemento humano, el cuerpo, para que Dios se hiciera pasible y visible, pues como Dios ni es pasible ni visible.

No es fácil hablar de los misterios de Dios y la Encarnación es uno de ellos. Sin embargo podemos arrojar cierta luz usando analogías, comparando el misterio con cosas que están más a nuestro alcance.

Los que niegan la maternidad divina de María y sin embargo creen que Cristo es verdadero Dios, se fundamentan en que María solamente engendró al HOMBRE Jesús, pero no al Dios Jesús. Por tanto no se le puede dar propiamente el título de Madre de Dios, porque la divinidad que hay en Cristo es eterna. Esto es cierto, pero con este argumento se podría también negar la maternidad a todas las mujeres que engendran y dan a luz un hijo.

Las madres dan a luz al ser humano, pero el elemento importante del ser humano, que es el alma, no la engendran los padres, sino que es creada directamente por Dios en el momento de la concepción. Cuerpo y alma forman al hombre completo y, aunque el origen de estos dos elementos es muy distinto, cuando se unen forman la persona humana. La madre no da a luz a un cuerpo y un alma separados sino a una persona humana. Lo que constituye en madre a una mujer es precisamente que da a luz a una persona humana que necesariamente tiene un cuerpo engendrado por los padres, y un alma creada directamente por Dios.

María da a luz un ser que, aunque es verdadero hombre, es también la segunda persona de la Santísima Trinidad y por eso le corresponde a María el título de Madre de Dios por dar a luz al HOMBRE-DIOS.

La Biblia nos enseña esta verdad con toda claridad en la escena de la Visitación. Queremos hacer notar que Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó: ¿De dónde a mí que la madre de MI SEÑOR venga a mí? (Lc. 1, 43). Es evidente que la frase "madre de mi Señor" que el Espíritu Santo inspiró a Isabel es lo mismo que llamar a María "Madre de Dios", porque Isabel se estaba refiriendo a Dios. María es madre de Cristo y como éste es verdadero Dios es madre del Señor del universo. "Mi Señor" designa en el corazón y en la mente de Isabel a Yavé, porque Isabel no podía referirse a otro Señor. María es, pues, verdadera Madre de Dios.

Quizás sea pertinente aclarar algo que puede engendrar confusión, incluso entre algunos católicos poco instruidos. Es referente a los distintos nombres que usamos cuando nos referimos a María. En su buena fe pueden entender que nos estamos refiriendo a distintas personas y esto no es así. Cristo tuvo una madre y se llama María.

Es bastante frecuente usar diferentes nombres para referirnos a la misma persona. Con relación a Dios hacemos lo mismo según que deseemos hacer resaltar alguno de sus atributos. Decimos "Creador", "Omnipotente", "Señor"... etc. Siempre nos estamos refiriendo al "Ser Supremo", a Dios. Con María pasa lo mismo. El pueblo cristiano se refiere a ella con distintos nombres, pero siempre se trata de la misma persona, MARIA. Sin embargo cada nombre, que en este caso llamamos advocaciones, tiene su importancia.

Muchas de estas advocaciones corresponden a lugares donde se venera a María de un modo particular. Son los santuarios marianos, esparcidos sobre toda la tierra, dando a María el nombre del lugar. Un ejemplo de esto en Puerto Rico es la "Monserrate" cuyo origen viene de un santuario mariano en España, cerca de Barcelona. La configuración de la montaña se asemeja a una sierra y de ahí el nombre de "monte-serrado", que es lo que indica el nombre de "Monserrate", en catalán "Monserrat". Hay muchas advocaciones que tienen origen semejante. Tenemos "Nuestra Señora de Lourdes", nombre de un pueblo de Francia. Otro muy popular en el mundo entero, es "Nuestra Señora de Fátima", nombre de un pueblo de Portugal.

Estas advocaciones son muy variadas, porque en todos los países hay algún santuario en honor de María que, según la tradición, de alguna manera, la Virgen, ha mostrado su predilección para que los fieles la veneren en ese lugar. Normalmente se fundamentan en una tradición antigua, que tiene origen en alguna aparición de la Virgen a personas, indicándoles su voluntad de que se le venere allí.

Hay otras advocaciones que expresan alguna cualidad propia de la persona de María. Son expresiones de contenido teológico. Un ejemplo de esto sería "La Inmaculada", para indicar el privilegio que solamente tuvo María de ser concebida sin pecado Original. Otra advocación que refleja otro privilegio de María es "La Asunción", que indica la fe del pueblo católico en el dogma de que María resucitó y fue llevada en cuerpo y alma al cielo. Son verdades teológicas contenidas en la revelación.

Otras advocaciones se refieren a algo que realizó María en su vida mortal y que conocemos por la Biblia, como es la Candelaria, aunque debía decirse "La Purificación", ya que corresponde al acontecimiento de la vida de María que nos narra San Lucas en el capítulo dos de su Evangelio, cuando María se somete humildemente a las prescripciones de purificación de la Ley de Moisés.

Solamente he presentado algunos ejemplos de los muchos que hay. Cada una de las advocaciones marianas expresan matices distintos, pero siempre serán una muestra de amor y veneración hacia María, Madre de Cristo y Madre de todos los creyentes.

Capítulo 21: los hermanos de jesús

Este es un tema que se suscita, una y otra vez, en discusiones con los Hermanos Protestantes. La razón es porque la Iglesia Católica enseña que María no tuvo más hijos que a Jesús, ni antes, ni después de Él. En otras palabras: que María fue siempre Virgen, ya que Jesús fue concebido y nació milagrosamente, como nos enseña San Lucas en su Evangelio (1, 26s).

Los Hermanos Protestantes, aunque admiten la concepción virginal de Jesús, sin embargo afirman que María tuvo más hijos después de dar a luz a Jesús. Así niegan la virginidad de María. Es conveniente, pues, estudiar un poco más detalladamente este tema para que, tanto católicos como protestantes, sepan en qué se fundamenta la Iglesia para afirmar que María no tuvo más hijos después de Jesús.

Los Hermanos Protestantes se fundamentan en algunos pasajes bíblicos, pero mal interpretados. Es difícil poder entender por qué tienen tanto interés en atacar los dogmas sobre María siendo la persona que ha colaborado más íntimamente con Jesús en la obra de la Redención, tal como claramente lo muestran los Evangelios.

Veamos los textos que dan fundamento al error de los Hermanos Protestantes: Mt. 12, 46s y 13, 55s; Jn. 2, 12 y 7, 3s; Mc. 3, 31 y 6, 3; Lc. 8, 19s; Act.1, 14; Gal. 1, 19; I Cor. 9, 5). En todos estos textos se mencionan los supuestos hermanos de Jesús.

Siendo precipitados en sus conclusiones, los Hermanos Protestantes razonan de la siguiente manera: Si Jesús tuvo hermanos, María tuvo otros hijos además de Jesús. Es una conclusión que parece muy lógica, pero es simplista y completamente falsa, como veremos.

La pregunta que nos debemos hacer es la siguiente: La palabra "hermanos", que se usa en los textos citados, ¿significa únicamente "hermanos carnales" o tiene otro significado? ¿no podrían ser hermanos de padre, muy común en el Antiguo Testamento, como era el caso de Abraham y su esposa? (Gén. 20, 12).

La conclusión de que María tuvo más hijos, pues, no está fundamentada en un estudio serio y responsable de los datos que nos ofrece la Palabra de Dios y la tradición de las primeras comunidades cristianas.

Al estudiar el significado de la palabra "hermanos" en la Biblia nos encontramos con lo siguiente: Como es natural, tiene el significado de los hijos que tienen un mismo padre y madre, pero también se llama "hermanos" a los hijos que tienen el mismo padre, pero que son de distinta madre. Estos dos significados coinciden, más o menos, con el significado que hoy le damos nosotros. Sin embargo la palabra "hermanos" en la Biblia tiene un significado mucho más amplio.

Se usa la palabra "hermanos" para designar las personas que están unidas por algún vínculo de sangre, aunque éste fuera muy remoto. En arameo no tienen una palabra para designar cada grado de parentesco. Más bien tenían que usar una frase completa. Hacemos referencia a este hecho, porque es mucho más sencillo decir "hermano" que decir: "el hijo de la hermana de tu madre". Tenemos un ejemplo de esto en el Evangelio de San Juan (19, 25) cuando dice que estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre. Nosotros diríamos "su tía", pero ellos en su lengua no una palabra para expresar este grado de parentesco.

Dada la estructura social de las tribus, en las que todos sus componentes tienen origen en un antepasado común, sería más exacto, en la mayoría de los casos, traducir la palabra "hermanos" por "parientes" y por "descendientes". Por eso a Cristo le llama hijo de David, aunque David había vivido hacía siglos. José y María tienen que ir a inscribirse a Belén, porque José "era de la casa y la familia de David" (Lc. 2, 4). Por eso se llama "hermanos" a los de la misma raza y religión.

Del hecho que hemos citado de Abraham se podría deducir que, los supuestos "hermanos" de Jesús, pudieran ser hijos de San José, pero no de María. Y no han faltado quienes hayan hecho esta afirmación. Sin embargo, se puede demostrar que, los supuestos "hermanos", ni son hijos de José ni de María. Son simplemente parientes, sin que se pueda determinar el grado de parentesco con exactitud. La misma Biblia nos da varios ejemplos de esto.

Abraham y Lot eran tío y sobrino, pero se tratan de "hermanos" en Gén. 13, 8 y 14, 16. Es el mismo caso de Labán y Jacob en Gén. 29, 12. En Gén. 31, 32; 31, 37 y en 31, 46, se usa la palabra "hermanos" con el significado de parientes en general. En Tob. 7, 12 y 8, 7 vemos que sucede lo mismo. En Lev. 10, 4 la palabra "hermanos" se emplea para significar la relación de primos.

Viendo que en la Biblia es tan variado el significado de la palabra "hermano" y que se puede usar para designar cualesquiera grados de parentesco, distinto de los "hermanos carnales", es poco serio afirmar rotundamente que los supuestos "hermanos de Jesús" son también hijos de María.

Contra esta afirmación, en parte gratuita y poco seria, está el peso de la tradición de las primeras comunidades cristianas que siempre afirmaron la verdad de la virginidad de María. Además hay datos sacados de los Evangelios que sustentan la doctrina de la Iglesia Católica.

Por suerte, los mismos Evangelios nos dan los nombres de algunos de estos supuestos "hermanos" de Jesús. Los dos primeros que se nombran, Santiago y José, se nombran también en el relato de la Pasión del Señor, tanto en Marcos (15, 40) como en Mateo (27, 56). Lo curioso es que, en esta ocasión, aparecen como hijos de otra María distinta de la Madre de Jesús. Lo más probable es que la otra pareja de hermanos, Judas y Simón, sean primos de estos.

Por otro lado, según los Evangelios, Jesús siempre aparece como hijo único de María. San Lucas (2, 40), que nos narra el episodio del viaje a Jerusalén, cuando Jesús tenía 12 años, nada nos dice que María y José tuvieran más hijos. Los supuestos "hermanos" se mencionan ya cuando Cristo está en plena actividad de su vida pública, hacia los treinta años.

Además hay que hacer notar algo muy significativo. En el Evangelio en ninguna parte los "hermanos" de Jesús son llamados hijos de María ni de José. Sin embargo cuando se refieren a Jesús SIEMPRE LO PRESENTAN COMO HIJO DE MARIA. Cuando los Evangelios nos hablan de María (Mc. 3, 31 y en Mt. y Jn. se menciona ocho veces en cada uno, cinco veces en Lc. y una en Hechos.) siempre se refieren a ella como LA MADRE DE JESUS, pero nunca como la madre de los "hermanos" de Jesús.

Antes de morir Jesús encomienda el cuidado de su Madre a Juan, el discípulo amado (Jn. 19, 26). Esto sería contrario a la ley si Jesús tuviera más hermanos. Además supone que el hogar formado por María y José fue un desastre ya que sus hijos estarían tan mal educados que no atenderían ni a su propia madre, siendo viuda y morir el hermano mayor que sin duda era Jesús.

La Iglesia siempre ha mantenido el dogma de la virginidad de María y las primeras comunidades cristianas que conocían quiénes eran "los hermanos de Jesús" afirmaban la virginidad de María.

Esta es la misma fe que profesamos hoy los católicos. María fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Los que afirman otra doctrina demuestran su falta de conocimientos bíblicos.

Capítulo 22: el rosario y la biblia

Hay muchas cosas que los Hermanos Protestantes creen que no son bíblicas y sin embargo están contenidas en la Biblia. Un caso típico de esto es la doctrina sobre el Rosario. Como el nombre de "Rosario" no aparece en la Biblia creen que se pueden mofar de los que lo utilizan como medio de oración y meditación de los misterios de la vida de Cristo. Sin embargo es un modo de orar que ayuda grandemente a vivir mejor los misterios de la fe cristiana cuyo centro es la persona de Cristo.

El Rosario no es una fórmula mágica o algo que fomente la superstición, sino que es una meditación seria de los principales misterios de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Se puede decir, con toda verdad, que el Rosario es una oración completamente bíblica porque no es cuestión del nombre, sino de estudiar y comprender su contenido. Todos los elementos del Rosario están tomados directamente de la Biblia por eso quienes lo desprecian es porque no lo conocen.

El primer elemento del rosario son los misterios. Están tomados directamente de los Evangelios donde se narra la vida de Cristo, es decir, los acontecimientos más sobresalientes de la historia de la salvación que nunca el cristiano meditará suficientemente. Abarcan la meditación de las tres etapas en que tradicionalmente se divide la vida de Cristo tal como la presentan los Evangelistas: La vida en Nazaret, La Pasión y La vida de Resucitado. De cada etapa de la vida de Cristo se selecciona los cinco hechos más significativos.

Los cinco primeros, corresponden a la infancia o vida oculta de Jesús. Son los misterios Gozosos. En ellos se medita el comienzo de la Redención: La Encarnación del Hijo de Dios, (Lc. 1, 26-39); La Visita de María a su pariente Isabel (Lc. 1, 39-56); El Nacimiento de Jesús en Belén; (Lc. 2, 1-8), La Presentación de Jesús en el Templo, (Lc. 2, 21-40); El Niño Perdido y Hallado en el Templo, (Lc. 2, 41-54).

Los cinco misterios del segundo grupo corresponden a la Pasión que corona la vida pública del Señor. Se llaman los misterios Dolorosos: La Oración de Jesús en el Huerto, (Mt. 26, 36-46); La Flagelación del Señor, (Mt. 27, 24-27); La Coronación de Espinas, (Jn. 19, 26); Jesús Carga con la Cruz, (Mt. 27, 31-34); La Crucifixión y Muerte de Jesús, (Jn. 19, 25-30).

Por último, los del tercer grupo corresponden a la vida de Cristo Resucitado. Se le llaman Gloriosos: La Resurrección del Señor, (Mt. 28, 5-9); La Ascensión del Señor, (Lc. 24, 50-53); La Venida del Espíritu Santo, (Act. 2,1-4); la Asunción de María, (Lc. 1,46-55); La Coronación de María por Reina de Todo lo Creado, (Ap. 12, 1). Estos misterios son muy importantes como coronación de la obra redentora de Cristo. San Pablo fundamenta toda la fe y esperanza cristiana en el hecho de que Cristo ha resucitado. Los dos últimos misterios Gloriosos no aparecen directamente en la Biblia, sino que están contenidos en la Tradición de la Iglesia, ya que la Biblia está incompleta como claramente quedó demostrado en el Capítulo "La Biblia Libro Incompleto".

Se ve, pues, fácilmente que el primer elemento del Rosario, y por cierto el más importante, está tomado directamente de la Biblia. De esto se pudiera deducir que los que rechazan el Rosario como método de meditación y oración no tienen interés en vivir como cristianos o que tienen la Biblia como un adorno, no como un libro de oración y meditación.

Quizás los Hermanos Protestantes no acepten el Rosario como oración bíblica, porque no están directamente tomados de la Biblia los dos últimos misterios. Habría que preguntarles de qué parte de la Biblia toman las oraciones que hacen ellos que muchas veces reflejan un desconocimiento total de la teología bíblica. Los que desdeñaban el rezo del Rosario porque no era bíblico, por lo menos ahora, rezarán un Rosario de trece misterios. Los otros dos los pueden sustituir por la meditación de algún pasaje de la Biblia que haga referencia a la cooperación que tuvo María en el misterio de la Redención, como podría ser (Jn. 2 y 19, 25-28; Lc. 1, 46-55).

El segundo elemento del Rosario son las oraciones que se recitan pausadamente mientras se meditan sus misterios. Estas oraciones son El Padrenuestro y el Avemaría.

Nadie puede dudar que el Padrenuestro es la oración bíblica por excelencia porque el mismo Cristo se la enseñó a sus discípulos cuando éstos le piden que les enseñe a orar. Esta oración, dice San Agustín que es el resumen de todo el Evangelio y, por eso, es la oración perfecta que debe rezar continuamente todo cristiano. Dice que se puede usar en la oración palabras distintas de las que usó Cristo, pero no se puede hacer otras peticiones que las que ya están incluidas en el Padrenuestro.

El Padrenuestro está en el Evangelio de San Lucas (11, 21) y en San Mateo (6, 9). Podemos estar seguros que a Cristo le agrada que oremos con las mismas palabras que Él enseñó a sus discípulos. Es una pena que no se haga uso con más frecuencia de esta oración y se tenga tanto afán en inventar oraciones que carecen de contenido.

La otra oración que se repite en el Rosario es El Avemaría y, por ser algo relacionado con María, quizás sea la causa por la que los Hermanos Protestantes rechazan el Rosario. La repugnancia que sienten a dar culto a los Santo creen que esta oración, dedicada a reconocer la gran santidad de María, fue inventada por la Iglesia. Nada más lejos de la verdad.

La primera parte del Avemaría es el saludo del Angel a María para anunciarle que sería la Madre de Dios (Lc. 1, 26-47). Este saludo no es invención humana, sino del mismo Dios. Es curioso que, a quien Dios saluda con tanto respeto, los Hermanos Protestantes se sientan mal si saludan a María con las mismas palabras del Angel y critican a los católicos por que lo hacemos.

La segunda parte del Avemaría es otro saludo a María de una mujer que estaba llena del Espíritu Santo, como lo hace notar San Lucas. (Lc. 1, 39-46). Se podría decir que es el saludo que el Espíritu Santo dirige a María, usando como instrumento a Isabel. A Cristo le agradará grandemente que saludemos a su Madre con las mismas palabras del Angel y las que el Espíritu Santo inspiró a Isabel. Me imagino que el mismo Cristo, durante su vida mortal, se las habría susurrado muchas veces cariñosamente al oído a su Madre.

Al creer en la Biblia es imposible negar que el Rosario es una oración bíblica. Es más, los que tanto defienden la Biblia como la única fuente de doctrina, tendrían que aconsejar a sus seguidores el rezo diario del Rosario.

Se puede hacer la pregunta ¿por qué se considera el Rosario una oración mariana, si su parte principal es la meditación de los misterios de la vida de Cristo?

La respuesta es sencilla. Nadie en el mundo ha vivido los misterios de la vida de Cristo con más intensidad y profundidad que María. Como toda madre, ella estuvo asociada a la vida y misión de su Hijo, por eso María es el modelo más perfecto que se puede presentar a los fieles. San Lucas nos dice en su Evangelio que María conservaba y meditaba en su corazón todo lo referente a su Hijo (Lc. 2, 51). Esto es lo que pretende precisamente la Iglesia al recomendar a sus fieles el rezo del Santo Rosario: que mediten y guarden en su corazón las enseñanzas de Cristo.

La conclusión lógica es obvia. El rezo del Rosario, tal como lo enseña la Iglesia, solamente lo harán aquellas personas que deseen vivir a plenitud el Evangelio. Por eso nuestros antepasados meditaban los quince misterios del Rosario cada día. Los Gozosos por la mañana, los Dolorosos a medio día y los Gloriosos por la noche. Así vivían las familias cristianas que, aunque no tenían mucha escuela, tenían un gran conocimiento de las verdades de la fe. Hoy la costumbre es rezar cada día un tercio del Rosario, es decir, cinco misterios, pero lo ideal sería rezarlo completo.

Capítulo 23: las imágenes en la biblia

La discusión sobre este tema es muy frecuente entre católicos y protestantes. Los Hermanos Protestantes tienen conceptos erróneos sobre lo que son las imágenes, lo que es la idolatría y la diferencia que hay entre adorar y venerar. Aclarando estos conceptos, por lo menos los católicos, no tendrán dificultad en ver lo erróneo de la doctrina que afirma que las imágenes están prohibidas por la Biblia. No creo que aquellos Hermanos Protestantes que son fanáticos acepten la doctrina de la Iglesia Católica y seguirán afirmando que somos idólatras. Sin embargo, los de buena voluntad se podrán dar cuenta de las falsedades que le han enseñado, unas veces por falta de conocimiento y otras por sobra de fanatismo.

La idolatría consiste en dar atributos divinos a una criatura. El diccionario de la Real Academia la define como "la adoración que se da a los ídolos y deidades falsas". Jamás la Iglesia Católica ha enseñado semejante doctrina de que se dé adoración a deidades falsas, ya que nuestra fe confiesa que hay UN SOLO DIOS y es al único que adoramos.

La idolatría se da cuando no se sabe diferenciar entre la criatura y el Creador. Se siente un apego total a la criatura que hace que el Creador pase a un segundo plano o desaparezca de la escena. En este sentido está la afirmación de San Pablo cuando dice que la avaricia es una forma de idolatría. (Col. 3, 5) En la carta a los Efesios (5, 5) repite la misma idea y hasta nos habla de los que no tienen otro Dios que su vientre.

Hoy también existe este tipo de idolatría, porque el dinero y el placer son los "dioses" de este mundo. Quizás los Hermanos Protestantes harían muy bien en combatir este tipo de idolatría, el culto al dinero y al placer, causa de tantos males en nuestra sociedad. El idólatra tiene que creer en falsas divinidades fabricadas por los hombres y darle el culto de adoración porque si creen en el Dios verdadero, sabe que solamente a Él hay que adorar.

El ídolo es la representación de un dios fabricado por el hombre y se somete a él pensando que tiene poderes absolutos sobre su vida, porque ignora la existencia del verdadero Dios. Aunque las falsas divinidades se representen por imágenes, no todas las imágenes se convierten en ídolos. El concepto bíblico de idolatría es mucho más amplio que el de poseer imágenes religiosas, como parece que es la idea de los protestantes.

El concepto de adoración también es importante aclararlo. Según la definición de la Real Academia, en su primer acepción, dice que es "reverenciar con sumo honor o respeto a un ser considerándolo como cosa divina". La segunda acepción nos dice que es "reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido". La primera acepción corresponde a la idolatría. Nunca la Iglesia ha enseñado, ni enseñará, que los santos o sus imágenes son dioses. Solamente se adora a Dios, porque sabemos que Él tiene un dominio absoluto sobre el hombre. Reconocer este dominio absoluto sobre mí, constituye el acto de adoración que yo tributo a Dios.

Veamos lo que son las imágenes en general. No son otra cosa que la representación material de algo. La primera vez que se usa esta palabra en la Biblia es al principio del Génesis. Es el mismo Dios que la usa refiriéndose al hombre. "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". (Gen. 1, 26). El hombre es la imagen viva de Dios.

Esta idea de que el hombre es la imagen de Dios es muy querida por San Pablo. Cristo, como hombre, es la imagen visible del Dios invisible y el hombre, por su incorporación a Cristo por el Bautismo "es imagen y gloria de Dios" (I Cor. 11, 7).

La finalidad de la imagen es representar algo ausente o invisible para ayudar a recordarlo. Pero la imagen para los orientales, no es sólo representación sino como una encarnación de la cosa representada. Labán se queja de que le ha robado sus dioses aunque eran sus imágenes. "Ya que te ibas, porque tenías deseos de la casa de tu padre, ¿por qué me hurtaste mis dioses?" (Gén. 31, 30). Realmente para Labán la imagen y la divinidad era lo mismo. Esta misma idea la vemos repetida en Génesis 35, 2.4.

De acuerdo con esto, se le ofrecían holocaustos y comida. Jeremías lo describe así. "Los hijos cogen la leña, y los padres encienden el fuego y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos" (Gén. 7, 18) Como nos dice Isaías se le preparaba la mesa a las divinidades (Is. 65, 11)

Es fácil ver la diferencia que hay entre un ídolo y una imagen. Aunque los ídolos están representados por imágenes entre los paganos, y el pueblo de Israel tenía esa tendencia a la idolatría, no se puede identificar siempre la imagen con los ídolos o con la idolatría como veremos más adelante.

Dios permite usar imágenes y manda hacer imágenes para usarlas en el templo, como se puede constatar con una simple lectura de la Biblia, si la hacemos sin prejuicios preconcebidos. Parece que los Hermanos Protestantes se fijan solamente en aquellos textos en que ellos creen que se prohíben las imágenes, como son: Ex. 20, 3.23; 34, 17; Lev. 26, 1; Dt. 5, 8 y otros. Cuando uno lee atentamente estos textos nota que siempre se habla de otros dioses, en competencia con el Dios de Israel. Por tanto, no está hablando de las imágenes, sino de la idolatría.

Veamos primero lo que se debe considerar en una imagen, antes de indicar los textos donde Dios manda hacerlas y colocarlas en el templo.

En la imagen hay que distinguir varios elementos. Uno es la materia de la que está hecha la imagen. Esta puede ser de madera, de piedra, cemento, de oro etc. Este es el elemento material de la imagen. No tiene gran importancia, porque hay otros elementos que son más importantes, como es lo que representa la imagen, lo que significa para el que la usa, su valor artístico, etc. También el uso de una imagen puede tener distintas finalidades. Es importante considerar estos elementos, ya que son múltiples y muy diversos los usos que pueden darse a una imagen.

Quizás con un ejemplo se pueda comprender mejor lo que quiero decir. Todos conocemos lo que es una fotografía. Si consideramos en ella el elemento material, podemos decir con toda verdad que es un papel o cartulina, pero lo que representa y su relación con la persona que la posee no depende de este elemento material. Realmente el valor de la imagen depende de lo que representa y de cómo lo representado esté unido por vínculos afectivos al que posee dicha imagen.

Cuando lo representado es una persona muy querida para uno, esa imagen tiene un valor muy especial. Si es la imagen de nuestra madre para nosotros es algo significativo que apreciamos mucho. Seguramente te sentirías ofendido si yo te dijera, refiriéndome a la foto de tu mamá, que estás haciendo algo incorrecto por guardar con cariño una cartulina o un papel. Tú sabes que tu cariño no va dirigido al papel sino a la persona representada cuya imagen tiene impresa.

Pasemos ahora a aplicar este ejemplo a las imágenes religiosas. Referente a lo material no se distingue de cualquier otra imagen. Es un pedazo de piedra, madera, papel, etc. Lo representado es un Santo. Tenemos que advertir que así como la foto de una persona, no es la persona, sino su representación, la imagen de María o de un Santo, no es ni María ni el Santo, sino su representación y nuestra relación es con la persona representada y no con la imagen.

La idolatría, que tanto condena la Biblia, sería que alguien hiciera una imagen de la Virgen, de Cristo o de un Santo y creyera que la imagen es la persona representada y le rindiera culto de adoración, porque cree que es un dios. Nunca la Iglesia ha enseñado que las imágenes de María son dioses, por eso ni la Imagen de Cristo, el crucifijo, es objeto de adoración, sino de veneración. Queda claro que ni María es Dios, ni los Santos son dioses, y menos sus imágenes y ni adoramos a la imagen ni a la persona, sino que los veneramos.

La veneración es reconocer las virtudes de la persona, pero en los Santos y en María, la obra que veneramos es la obra que Dios ha realizado en ellos. En definitiva, estamos rindiendo tributo a las maravillas de Dios, como cantamos en muchos salmos de la Biblia. Son signos de la grandeza de Dios y por eso, al venerarlos por sus cualidades y virtudes, se reconoce la obra de Dios, fuente de toda santidad.

A cualquiera le parecería muy mal que profanasen la imagen de una persona querida, que la rompiesen, la quemasen o la tirasen a la basura. Realmente demostraría muy poco aprecio por la persona si no reaccionara indignado. La ofensa, como el honor, que se tributa a una imagen va dirigido a la persona que está representada por dicha imagen. Lo raro es que siendo tan obvio, los Hermanos Protestantes no lo comprendan y enseñen que las imágenes de Cristo, de María su Madre, y de los Santos, haya que romperlas y hacerlas desaparecer como cosa diabólica. Además, enseñan que eso agrada a Dios... ¡Nada más absurdo ni más falso!

Veamos ahora como la Biblia, que condena tan severamente la idolatría, manda hacer imágenes y colocarlas en el Templo de Jerusalén. Hay siete pasajes donde Dios da a Moisés el mandato de hacer imágenes. "Harás dos querubines de oro, de oro batido, a los dos extremos del propiciatorio". ( Ex. 25, 18). Dios le manda hacer una imagen de bronce de una serpiente para que los Israelitas se puedan salvar de las picaduras mortales de las serpientes venenosas. " Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso sobre un hasta" (núm. 21, 8). Habla de otras dos imágenes de querubines, de tamaño colosal, hechas de madera de olivo, distintas de las que estaban sobre el Arca: "Hizo en el santuario dos querubines de madera de olivo, de diez codos de altura cada uno" (i Re. 6, 23) En el 7, 25 del mismo libro, nos dice que el Mar de Bronce está asentado sobre 12 imágenes de bueyes: "Estaba asentado sobre doce toros" En el 7, 29 nos habla también de imágenes de leones, toros y querubines.

El autor bíblico sabe distinguir muy bien la idolatría, del uso de las imágenes, como lo demuestran los textos citados, algo que los Hermanos Protestantes no llegan a comprender.

El texto del Ex. 20, que ellos usan mucho para confundir a los católicos, hay que leerlo desde el versículo tres. Lo que dice este texto es que hay UN SOLO DIOS. Este Dios es transcendente y no se puede confundir con nada de lo creado. Por eso este texto condena la idolatría, pero no el hacer imágenes.

Por otro lado los Hermanos Protestantes hacen uso abundante de las imágenes, tanto en sus libros, como en revistas y ¿qué son las películas religiosas que todos usamos, ellos también?. Parece ser que solamente las imágenes religiosas que usa la Iglesia Católica, se convierten en ídolos por arte de su imaginación. Aunque les expliquemos una y mil veces que no las adoramos, no nos creerán.

Además, las imágenes son un medio excelente para enseñar las verdades de fe, sobre todo cuando esas imágenes representan los misterios de la vida de Cristo. Por medio de las imágenes de los santos la Iglesia estimula a sus fieles a vivir las virtudes cristiana como lo hicieron los Santos. A pesar de todo esto, los Hermanos Protestantes seguirán diciendo que los católicos somos idólatras.......

Capítulo 24: la intercesión de los santos

El tema de la Intercesión de los Santos está relacionado con algunas verdades fundamentales de la fe cristiana. Es un tema que fundamenta una visión de la religión muy distinta entre católicos y protestantes. Estos la rechazan porque dicen que dicha doctrina es contraria a la Biblia, sin embargo es una doctrina que está presente a través de toda ella.

En primer lugar, el que niega la intercesión de los Santos niega también la vida eterna. (Véase el capítulo: Después de la muerte ¿ qué?). Además, rechazan la forma ordinaria que tiene Dios de actuar para hacer las cosas, usando las causas segundas, sus criaturas.

Muchos pretenden que Dios actúe directamente, como por ejemplo curar a los enfermos sin médicos ni medicinas. Se olvidan que los médicos y las medicinas son obra de Dios y le sirven como instrumentos para comunicar al enfermo el don de la salud, cuando ésta sea su voluntad. Ignoran que los planes amorosos de la Providencia de Dios sobre el hombre, los realiza usando instrumentos que Él escoge libremente. Se podría decir que Dios oculta su presencia detrás de la acción de las criaturas: los hombres, los Santos, los Angeles e incluso la creación inanimada. ¿Por qué sabemos esto? Dios lo ha revelado a través de la Historia de la Salvación, cuyos acontecimientos principales ha querido que quedaran constatados por escrito en la Biblia.

La Biblia está llena de ejemplos donde Dios utiliza a sus Angeles para ayudar al hombre, y para revelarle sus planes. Llegaría con ojear el Exodo para darse cuenta de como usa Dios a sus Angeles para guiar a su pueblo. Si leemos el libro de Tobías, es maravilloso constatar como Dios acompaña y guía a Tobías por medio de su Angel. Además, los grandes misterios de la redención nos los anunció por medio de los Angeles. Llegue con mencionar el hecho de la Encarnación, la obra más maravillosa del amor de Dios con los hombres, Dios lo anuncia por medio de un Arcángel. (Lc. 1, 26-38). Lo mismo pasa con la Resurrección de Cristo. (Mt. 28, 1s). Es más, Cristo en el Evangelio nos indica que Dios pone a cada ser humano bajo la protección de un Angel. "Mirad que no despreciéis a uno de esos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre". (Mt. 18, 10).

No solamente los Angeles, sino también los hombres entran dentro del plan de la Providencia de Dios para que actúen en su nombre. La Biblia está llena de estos ejemplos. Baste con mencionar a Moisés y Josué, a los que utilizó para la gesta de la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto.

Para entender la doctrina de la intercesión de los Santos es necesario tener una idea clara de lo que es la Iglesia de Cristo. No sé como los Hermanos Protestantes contestarán esta pregunta: ¿quiénes pertenecen a la iglesia de Cristo?

Formamos la Iglesia todos los bautizados y aquellos que buscan a Dios con sincero corazón. Pero las cosas de Dios transcienden el tiempo y la Iglesia tiene esta característica por ser obra de Dios. Por tanto, pertenecen a la Iglesia de una manera más perfecta y de una forma eminente todos los santos que gozan ya con Cristo en la gloria. Ellos son la iglesia triunfante y nosotros somos la iglesia peregrinante, por estar en camino hacia el cielo. Hay otra parte de la Iglesia que está en el proceso de purificación que es la iglesia purgante. También ellos son parte del Cuerpo de Cristo. Todos formamos una sola familia, la familia de los hijos Dios. Los Santos ya se han incorporado a Cristo de una forma definitiva y perfecta. Los Hermanos Protestante no admiten la doctrina del purgatorio por tanto esta parte de la Iglesia para ellos no existe.

De esta verdad se deriva la conclusión siguiente: al ser miembros del Cuerpo de Cristo participamos de la misma vida espiritual que viene de Cristo. Pero los miembros de una familia que viven unidos en el amor se interesan unos por los otros. Nuestro amor hacia los miembros de nuestra familia que ya están con Cristo en el cielo nos permite unirnos a ellos por medio de la oración, pero ellos se interesan por nosotros suplicando a Dios por nuestra salvación.

Aquellos que, como los Adventistas y los Testigos de Jehová, niegan la vida eterna, porque enseñan que después de la muerte quedamos inconscientes en el sepulcro no pueden creer en esta doctrina. En la práctica, todos los que no creen en la intercesión de los santos están negando la inmortalidad del alma y por eso afirman en su predicación que María y los Santos no pueden nada "porque están muertos", que es lo mismo que negar la fe en la vida eterna.

Veamos que es la intercesión. Interceder es pedir algo a Dios en favor de un tercero. Por tanto, la forma común de interceder es la oración y como cristianos hemos sido constituidos en intercesores unos por otros el día de nuestro bautismo. Por eso en el Nuevo Testamento nada hay más recomendado que la obligación de orar unos por otros, incluso por los enemigos. (Mt. 5, 44).

Según, pues, la doctrina del Nuevo Testamento, todo cristiano queda constituido en intercesor delante de Dios. San Pablo nos habla continuamente de la oración que él hacía por sus comunidades y pide a sus fieles que hagan lo mismo por él. El único que no es intercesor es Dios porque no tiene a nadie superior a El ante quien interceder. Cristo es el Gran Intercesor pero no como Dios sino como hombre, porque lo hace como cabeza de su cuerpo, que es su iglesia, y los Santos se unen a esa intercesión como miembros que son del Cuerpo de Cristo.

Los textos de la Biblia son claros y abundantes. San Pablo dice a su discípulo Timoteo: "Ante todo te ruego que se hagan peticiones, oraciones y súplicas y acciones de gracias por todos los hombres" (I Tim. 2, 1).

Un ejemplo muy interesante de intercesión lo tenemos en el primer libro de la Biblia. Abraham intercede por Sodoma, pero presenta, no sus propios méritos, que sin duda eran muchos, sino los méritos de las personas santas (justas) que pudiera haber en aquella ciudad corrompida. El Señor le hubiera perdonado si encontrase en aquella ciudad diez personas santas (Gen. 18, 23-33). Nosotros tenemos en el cielo, no diez personas santas, sino miles. Podemos, pues, presentar a Dios los méritos de esos santos para alcanzar el perdón que tanto necesitamos.

En el Exodo tenemos otro caso de una doble intercesión. Dios quiere exterminar a su pueblo por el pecado de idolatría, pero Moisés se interpone con su intercesión. En este caso, Moisés presenta a Dios los méritos de los Patriarcas ya muertos: "Acuérdate de Abraham, Isaac y Jacob tus siervos... Y se arrepintió Yavé del mal que había dicho haría a su pueblo" (Ex. 32, 7-15). Lo mismo sucede en Núm. 12,13, y Dt. 9, 25-29.

Pero el caso más claro se encuentra en el libro de Job. El mismo Dios le ordena a los amigos de Job que busquen la intercesión de su siervo. "Y Job, mi siervo, rogará por vosotros, y en atención a él no os haré mal,... y vinieron e hicieron lo que le mandara Yavé, y Yavé atendió a los ruegos de Job" (Job 42, 7-10).

En el libro de Tobías se ve cómo el Angel presentaba a Dios sus oraciones y buenas obras "Cuando orabais tú y tu nuera, Sara, yo presentaba ante el Santo vuestras oraciones... Yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos y tienen entrada ante la majestad del Santo"(Tob. 12, 11-16).

Los profetas son los grandes intercesores por el pueblo pecador delante de Dios. Por ejemplo, Jeremías 15, 11; 18, 20. Habría que copiar gran parte de los escritos proféticos si se citasen los principales textos relacionados con est tema. Pero, podemos terminar con el último libro profético de la Biblia, el Apocalipsis. "Y cuando lo hubo tomado (el libro) los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos cayeron delante del Cordero teniendo cada uno su cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos"(Ap. 5, 8). Es la misma idea que expresa en otro lugar "El humo de los perfumes subió, con las oraciones de los santos, de la mano del ángel a la presencia de Dios"(Ap. 8, 4). Son ejemplos claros de la intercesión de los santos en el cielo.

Por esto la iglesia nos enseña que podemos confiar en la intercesión de los santos y, de una manera muy particular, en el poder de intercesión que tiene María, por ser la Madre de Cristo y por ser la criatura que alcanzó mayor santidad, como nos dice San Lucas que es "la llena de gracia" (Lc. l, 28). Esta doctrina está refrendada por lo que nos dice Santiago. "Mucho puede la oración fervorosa del justo"(I Sant. 5, 16).

Quizás la dificultad que tienen los no católicos es el desconocimiento de la doctrina de la Iglesia. Creen que substituimos a Dios por los santos. Nada más erróneo. Los santos no pueden substituir la acción de Dios. Un ejemplo claro de esto lo tenemos en Juan 2, 1-11. María ve la necesidad y se la presenta a Cristo, que es el que convierte el agua en vino. Cristo hace el milagro, pero María intercede para que éste suceda.

La eficacia de la intercesión depende de que, lo que se pida, sea conforme con la voluntad de Dios. Los santos en el cielo conocen perfectamente cual es la voluntad de Dios. En nuestras oraciones a los santos no los colocamos en el lugar que le corresponde a Dios, sino que nos unimos a ellos para orar a Dios fuente de todo bien. Pero nuestra oración y la de ellos va unida a la oración incesante de Cristo, como Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo. Se puede afirmar, pues, que la doctrina de la intercesión es una consecuencia lógica de la doctrina de San Pablo sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo y nosotros somos miembros de ese Cuerpo.

Otro elemento importante es la santidad del que intercede. La santidad determina el grado de unión que tiene la persona con Dios. Por eso la intercesión de los Santos es más eficaz que la de los hombres que aún están en esta vida contaminados por el pecado.

Hay otro elemento que determina la eficacia de la intercesión. Depende también de la disposición de la persona por quien se intercede. Hay personas que se obstinan en no querer aceptar la voluntad de Dios. En este caso la intercesión predispone a la persona para la conversión, pero Dios sigue respetando la libertad del ser humano.

Por último; las oraciones de la iglesia siempre termina con una fórmula que demuestra nuestra unión con Cristo y que nuestras peticiones se hacen siempre en unión con Él. "Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo"...

Confiemos, pues, en la oración que constantemente hacen por nosotros los Santos en el cielo y de una manera especial en la intercesión de la Santísima Virgen nuestra Madre.

Los que niegan la intercesión de los Santos sin embargo se convierten ellos en los grandes intercesores, pues le dicen a la gente que, con solamente poner la mano sobre la radio o el televisor, mientras ellos oran, todos sus problemas obtendrán rápida solución.

Nunca cambies la verdad revelada por Dios por doctrinas inventadas por los hombres.........

Capítulo 25: las promesas y la Biblia

No siempre la manifestación de la religiosidad popular está libre de adherencias que la hacen sospechosa de falta de fundamentos bíblicos. Aquí quisiera referirme a una manifestación de la fe popular que son las promesas que hacen algunas personas para pedirle a Dios algún favor, o para agradecerle los ya recibidos. Es frecuente que los Hermanos Protestantes critiquen a los Católicos por esta manifestación de su fe, porque creen que es contraria a las enseñanzas bíblicas. Es cierto que hay personas muy mal orientadas en este particular, pero de esto no se puede sacar la conclusión que el hacer promesas sea contrario a la doctrina de la Biblia.

Al examinar la Biblia se encuentra que es una práctica muy frecuente hacer promesas a Dios. Esto no podía ser de otra manera, porque las promesas es el lenguaje del amor, tanto cuando nos referimos a Dios como cuando se relacionan con personas humanas.

La Biblia es el libro que contiene el catálogo de las promesas que Dios hizo a los hombres para manifestarle su amor. Dios no necesita de nuestras promesas, pero nosotros necesitamos hacerlas para reforzar nuestra voluntad de amar a Dios. El ser humano se une más a Dios con este acto porque, dirige su vida hacia Él con mayor intensidad y mayor pureza de intención cuando lo hace de corazón. Por eso Dios exige a su pueblo que le haga promesas de fidelidad.

El problema radica en que, siendo la promesa el lenguaje del amor, sólo conocerán su valor aquellas personas que amen de verdad. Sucede esto tanto entre personas como con relación a Dios. Cuando hay verdadero amor entre un hombre y una mujer se prometen amor para toda la vida y para darle estabilidad a esta promesa la manifiestan con algún signo externo, como vemos pasa en el Matrimonio. Incluso hay promesas que son esenciales en la vida cristiana, como son las que hace el que se bautiza, - uno mismo, si es persona adulta, o los padres y padrinos en el caso de un niño - de renunciar al pecado y vivir en la libertad de los hijos de Dios.

Hay otras promesas que tienen mucha importancia para la vida de la Iglesia, porque supone una dedicación al servicio de Dios mayor que el resto de los bautizados. Son los votos de la vida religiosa, que los Hermanos Protestantes no conocen, porque en sus denominaciones no hay este tipo de vida consagrada. A los que hacen estas promesas se les llama "religiosos".

Lo que hay en el corazón de cada persona Dios lo conoce, pero la tendencia es a expresarlo con algún gesto externo. Es muy frecuente en la Biblia que el arrepentimiento se exprese vistiéndose de saco y echándose ceniza sobre la cabeza, signo frecuente en el Antiguo Testamento. No creo que sea necesario citar algún texto en particular, ya que son conocidos por cualquier persona que haya leído la Biblia. Por ejemplo, los habitantes de Nínive. (Jon. 3, 5). Por eso, criticar a las personas que usan algún distintivo externo, como son los hábitos, para manifestar su deseo de agradar a Dios denota ignorancia de la doctrina bíblica. Desde luego que el hábito, como cualquier signo externo de piedad, si no hay las debidas disposiciones en el corazón del que lo usa no tiene ningún valor religioso. Es una forma de engañarse a uno mismo, pues a Dios nadie le engaña.

La diferencia entre las promesas que Dios hace al hombre y las que hacen los hombres a Dios es que Dios siempre cumple lo que promete pero los hombres hacen promesas que muchas veces no cumplen, convirtiéndose la misma promesa en una ofensa a Dios. La Biblia dice: "No es Dios como el hombre para que mienta, ni como el hijo del hombre para estar sujeto a mudanza. ¿Cuándo Él, pues, ha dicho una cosa, y no la hace? ¿Habiendo hablado, no cumplirá su palabra? (Núm. 23, 19).

Hay personas que cuando leen la Biblia se imaginan que Dios promete cosas que, en realidad, nunca ha prometido y por eso creen que Dios falla en sus promesas. Hay quienes convierten la predicación de la Palabra de Dios en un negocio, porque hacen creer a la gente que Dios ha prometido salud, dinero, etc., cosas muy deseadas siempre por el ser humano, y hoy más que nunca. Dios es libre para darnos sus dones, incluso los bienes materiales, pero las promesas de Dios siempre están dirigidas a la salvación del hombre y tiene su plena realidad en la persona de Cristo. (Gál. 3, 16-29).

El ofrecer algún don al Templo y hacer promesas a Dios, como agradecimiento por algún favor recibido, es frecuente en la Biblia. Baste con referirnos a lo que hizo el Patriarca Jacob, "Hizo Jacob una promesa diciendo: "Si Yavé está conmigo, y me protege en mi viaje, y me da pan de comer y vestido que vestir, y retorno en paz a la casa de mi padre, Yavé será mi Dios... y de cuanto a mi me dieres te daré el diezmo". (Gén. 28, 20-22). Jacob hace la promesa, esperando que Dios le proteja en su camino. Así manifiesta su dependencia de Dios y la fe en su Providencia, pero de una manera especial quiere sentir su protección en los momentos difíciles de su vida.

Hay promesas que consisten en ofrecer a Dios algún sacrificio corporal, absteniéndose de algo. En el Antiguo Testamento el marido tiene potestad para anular las promesas de su esposa, aunque hayan sido hechas antes de casarse. "Todo voto y juramento por el cual se obliga a mortificar su persona, puede el marido ratificarlo o anularlo."(Núm. 30. 14).  El Salmo 116 nos habla de las promesas que deben cumplirse en público, delante de todo el pueblo, porque seguramente se habían hecho también en público. Estas promesas públicas revestían una mayor solemnidad."Cumpliré mis votos hechos a Yavé en presencia de todo su pueblo, en los atrios de la casa de Yavé" (Sal, 116, 18).

La importancia que da la Biblia a las promesas lo demuestra el hecho que en el capítulo 30 de los Números determina minuciosamente el ritual a seguirse con relación a los votos y promesas, porque constituyen una consagración de la persona a Dios. También en el Levítico hay abundate legislación sobre el tema.

En la Biblia, pues, se habla frecuentemente de promesas y votos. Sin embargo, hay personas que hacen promesas sin saber lo que hacen, tanto por lo que prometen como por la intención que tienen al hacerlas. El Eclesiástico (18, 23) advierte lo siguiente "Antes de hacer un voto, prepárate; no seas como el hombre que tienta al Señor". Este es el caso de aquellos que en un momento difícil de su vida prometen a Dios algo que es superior a lo que ellos pueden cumplir.

Lo primero que hay que advertir es que las promesas tienen que ser personales. Esto quiere decir que la tiene que cumplir la persona que las hace y nadie puede hacer promesas para que otros las cumpla. Es frecuente encontrar madres que hacen promesas para que las cumplan los hijos. Aunque las anima buena voluntad, sin embargo es incorrecto, pues nadie está obligado a cumplir promesas que otro hizo en su nombre.

Además, las promesas tienen que ser voluntarias y sobre algo que sea agradable a Dios; alguna obra buena que suponga algún sacrificio adicional para agradecer o pedirle algún favor a Dios. Tenemos en la Biblia el caso de Jefté que hace una promesa que ofende a Dios porque le ofrece un sacrificio humano para agradecerle la victoria contra los Amonitas, sacrificando a su propia hija. (Jue. 11,30-40). Este caso es un ejemplo más de como tomaban muy en serio el cumplimiento de los votos y las promesas que hacían a Dios y un ejemplo además de que no todas las promesas que hace la gente están correctas. Es evidente que hacer tales promesas es pecado, pero aún es mayor pecado el cumplirlas.

Antes de hacer una promesa hay que pensar si lo que uno promete es posible cumplirlo. Porque una promesa puede estar mal hecha, no solamente porque lo que se promete es malo a los ojos de Dios, sino porque es imposible cumplirla. Siempre puede haber buena voluntad, pero supone ignorancia en la persona que hace esto como sucede con los que hacen promesas precipitadamente. La Biblia es muy clara al respecto y advierte que no se posponga su cumplimiento. Dice: " Si haces un voto a Dios, no tardes en cumplirlo pues no le agradan los necios. El voto que has hecho, cúmplelo. Mejor es no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos" (Eclo. 5, 3-5) Más adelante insiste en lo mismo: "No dejes de cumplir a su tiempo tus promesas, no aguardes a la muerte para ello. Antes de hacer una promesa, piénsalo bien, no seas como quien tienta al Señor" (Eclo. 18, 22-23).

Hay personas que en momentos de desesperación hacen promesas, pero se olvidan de cumplir lo que prometieron cuando ha pasado el momento del apuro. Una manera de hacer esto es ir dilatando el cumplimiento de la promesa. Quizás, en su ignorancia, piensan que pueden engañar a Dios. La afirmación del Eclesiástico de que "mejor es no prometer que dejar de cumplir lo prometido" indica que las cosas relacionadas con Dios hay tomarlas muy en serio.

Toda promesa tiene que ser fruto de un mayor deseo de santidad y es para reforzar nuestra voluntad y conseguir estar más dispuestos a aceptar la voluntad de Dios. Si falta el ingrediente interior del amor a Dios, la promesa no tiene ningún valor como nos dice el profeta Isaías (1, 11-16). En el Evangelio, el mismo Cristo fustiga a las personas que se escudan en una promesa para no cumplir con el deber sagrado de ayudar a sus padres. (Mt. 15, 5).

Quede claro que las promesas no son para negociar con Dios, sino para servirlo con mayor pureza de intención y con mayor amor. Pero sepamos que hacer promesas está muy de acuerdo con la Biblia.

Capítulo 26: el bautismo de los niños

Si en otros temas hay diferencias fundamentales entre la Iglesia Católica, fundada por Cristo, y los Hermanos Protestantes, no podía suceder de otra manera con relación a los sacramentos, que constituyen la esencia del cristianismo. Aquí sólo quiero tratar de las diferencias que tenemos con relación al Bautismo. Los Hermanos Protestantes, en general, parece tienen dos problemas: no aceptan la doctrina del Pecado Original, claramente expuesta en la Biblia, e interpretan mal la doctrina de San Pablo que fundamenta la necesidad del bautismo en el hecho de nuestra incorporación a Cristo, porque nacemos privados de la Gracia Santificante.

Nuestro primer contacto con la redención se efectúa precisamente en el Bautismo. Afirmar que los niños nacen sin pecado y que, por tanto, no necesitan el Bautismo, es confundir los pecados personales con el Pecado Original. Además, el problema se complica, porque confunden el bautismo de Juan Bautista con el bautismo establecido por Cristo, sin embargo, son realidades completamente distintas.

San Pablo afirma que todos nacemos en pecado. Se hace eco de la conciencia de la fe judía expresada en el Salmo 50 (en algunas Biblia el 51) en el versículo 7: "Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre". Fijémonos en la afirmación de San Pablo sobre este tema: "Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios". (Rom. 3, 23). Este tema lo desarrolla más ampliamente en 5, 12-21 donde analiza la obra de Adán, como cabeza de la humanidad, y la de Cristo, que restaura al hombre a la santidad perdida por el pecado de Adán. Repite las mismas palabras: "Así, pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres por cuanto todos habían pecado"... (Rom. 5, 12).

La Biblia habla de esta nueva vida que nos viene de Cristo con frases muy elocuentes como "renacer, hombre nuevo, vida en Cristo, nueva criatura". Son frases que expresan la realidad que obra en nosotros el Bautismo. San Pablo dice en que consiste la "vida en Cristo" del bautizado. No es otra cosa que la identificación con Cristo de tal manera que los acontecimientos de la vida de Cristo se realizan también en la vida del cristiano de una forma misteriosa. Nos dice: "Sepultados con Cristo en el bautismo, con él habéis resucitado" (Col. 2, 12). En otro lugar nos dice: "Los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo" (Gal. 3, 27). Por eso enseña que los bautizados son templos del Espíritu Santo y forman el Cuerpo de Cristo.

Sería difícil poder citar todos los textos donde San Pablo expresa la riqueza sobrenatural que comunica el bautismo. Creo que es suficiente citar el siguiente texto: "Con Cristo hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos para la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección". (Rom. 6, 4-6).

Para aclarar dudas, veamos los efectos que causa el bautismo en el alma según esta doctrina de San Pablo.

* Por el bautismo quedamos unidos vitalmente a Cristo nuestra cabeza, como los miembros de nuestro cuerpo están unidos entre sí.

* El bautismo nos hace hijos de Dios "porque nos hace partícipe de la naturaleza divina" según San Pedro (2 Pe. 1, 4). San Juan afirma nuestra filiación divina en esta forma. "Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y en realidad lo somos". (I Jn. 3, 1).

* Borra el Pecado Original con el que todos nacemos y en los adultos los demás pecados personales.

Los que niegan el bautismo a los niños, ¿no los están privando de grandes beneficios espirituales, como es su incorporación a Cristo para ser verdaderos hijos de Dios? No solamente no creen en la doctrina del Pecado Original, sino que el problema es mucho más profundo y complejo. Se trata de admitir la eficacia santificadora de los Sacramentos establecidos por Cristo.

Veamos ahora lo que pasa con el Bautismo. La causa principal de la confusión es que en la Biblia se habla de dos bautismos, el que administraba Juan Bautista y el establecido por Cristo. Al no saber distinguir uno del otro, da pie para esta confusión en que viven muchos Hermanos Protestantes. La afirmación que hacen de que Cristo no se bautizó siendo niño, sino a los treinta años, indica que no se refieren al Bautismo cristiano sino al bautismo judío que administraba Juan Bautista. Confirman más esta falta de conocimiento sobre el verdadero bautismo cuando incluso hay sectas que imitan la forma que usaba Juan Bautista. Por eso bautizan en un río o en la playa, porque Juan bautizaba en el río Jordán.

La circuncisión era lo equivalente a nuestro Bautismo para los judíos y por eso a Cristo lo circuncidaron a los ocho días de nacido. Nuestro Bautismo nos incorpora a Cristo y al nuevo pueblo de Dios, que es su Iglesia, comunidad de salvación, como la circuncisión incorporaba al pueblo de la Antigua Alianza, depositarios de la Promesa de salvación. Pero además, Cristo no necesitaba ni de la circuncisión ni del bautismo, pues él es Dios. Se sometió a estos ritos del pueblo judío para darnos un ejemplo de humildad.

El bautismo de Juan simbolizaba el verdadero Bautismo que Cristo establecería Cristo para causar los efectos sobrenaturales que hemos expuesto anteriormente. Los que bautizan en un río, la playa o una piscina para imitar el bautismo de Juan, no han superado la mentalidad judía que creían que, al lavar el cuerpo, se purificaban de sus pecados. San Pedro dice: "Esta (el agua) os salva ahora a vosotros, como anticipo, en el bautismo, no quitando la suciedad de la carne, sino demandando de Dios una buena conciencia por la resurrección de Jesucristo" (I Pe. 3, 21).

Veamos lo que dice la Biblia sobre el bautismo de Juan Bautista:

* El mismo Juan Bautista nos indica que su bautismo no era el verdadero, sino solamente un símbolo del que establecería Cristo. Puedes leer: Mt. 3, 11,17; Mc. 1, 8; Lc. 3, 16, Jn. 1, 19s. En todos estos textos se dice que el bautismo de Juan Bautista era un símbolo del que Cristo establecería después. "Yo os bautizo en agua, pero llegando está otro más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar las correas de las sandalias; El os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego". (Lc. 3, 16).

* Los apóstoles, no solamente no administraban el bautismo de Juan Bautista, sino que no le concedían ningún valor salvífico. Ellos administraban el bautismo en el nombre del Señor Jesús. (Act. 2, 38). Y afirman que el bautismo de Juan no hace cristiano al que lo recibe. En Hechos (18, 24s y 19, 1-6), San Pablo clarifica cualquier duda. Veamos.

Apolo, compañero de Pablo, predica sobre Cristo con gran conocimiento de las escrituras, pero solamente conocía el bautismo de Juan. Es necesario que Aquila y Priscila, un matrimonio cristiano, lo tomen a parte "y le exponen más completamente el camino de Dios". Este texto nos muestra que la iglesia de los Apóstoles, aunque conocían el bautismo de Juan (algunos habían sido discípulos de Juan) no administraban dicho bautismo, sino el establecido por Cristo. Donde aparece con mayor claridad esto, es en el capítulo 19, 1-6 de los Hechos. San Pablo encuentra en Efeso, donde había estado Apolo predicando, un grupo de creyentes que habían sido bautizados con el bautismo de Juan Bautista y Pablo los vuelve a bautizar "en el nombre del Señor Jesús". El texto no puede ser más claro para dar solución a este problema. Copiamos dicho texto. Dice: "¿Qué bautismo habéis recibido? Ellos respondieron: El bautismo de Juan. Dijo Pablo: Juan bautizó un bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyera en el que venía detrás de él, esto es, en Jesús. Al oír esto se bautizaron en el nombre del Señor Jesús". (Act. 19, 3-4).

Resumamos algunas ideas. El argumento de los que niegan el bautismo a los niños porque Cristo se bautizó a los treinta años y en el río Jordán, es totalmente absurdo, ya que queda demostrado que nuestro bautismo es completamente distinto.

Cristo ofrece gratuitamente su salvación a todos los hombres, incluyendo a los recién nacidos. Por eso da el mandato de bautizar a todas las gentes. (Mt. 28, 19) y los niños son también gente. Además hay la certeza que los Apóstoles bautizaban niños, porque la Biblia dice que bautizaban familias completas. Se supone que los niños eran un elemento constitutivo de estas familias. "Y mandó que fuera bautizado Cornelio y LOS SUYOS". (Act. 10, 48). En el 16, 15 nos dice que se bautizó Lydia "con todos los de su casa". Lo mismo afirma en el versículo 33, con relación al carcelero. También vemos que en su primera carta a los Corintios, Pablo afirma que bautizó a la familia de Estéfana.

De estos textos se desprende una consecuencia muy importante. Los Apóstoles administraban el bautismo en un contexto familiar, como hace hoy la Iglesia Católica. La responsabilidad del bautismo de los hijos recae sobre los padres, que toman la decisión por sus hijos en esto, como en muchas otras cosas relacionadas con sus hijos hasta que llegan a la mayoría de edad. Por eso los niños se bautizan en la fe de la Iglesia y de los padres, los cuales se comprometen transmitir a sus hijos con la palabra y con el ejemplo.

Los que niegan el Bautismo a los niños tienen que contestar esta pregunta: ¿quién determina la edad en que se debe bautizar una persona?. La Biblia no dice nada sobre dicha edad. No se encuentra ningún texto que haga referencia a la edad en que se debe recibir el bautismo. Cualquier edad que se establezca siempre será arbitraria y sin ningún fundamente bíblico.

En el Evangelio hay un texto que debía hacer reflexionar a los que niegan el bautismo a los niños. San Lucas nos dice cómo Cristo reprende a los Apóstoles por no dejar que los niños se acercasen a Él. "Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo prohibáis". (Lc. 18, 16). Los que niegan el bautismo a los niños les impiden acercarse a Cristo porque el bautismo los acerca de tal manera que los incorpora a El y los hace sus miembros.

Capítulo 27: cristo dios y hombre verdadero

Hay un refrán que dice que "las apariencias engañan". Se suele usar casi siempre de una forma peyorativa para indicar que hay personas que no son tan buenas como aparentan. Esto no se puede aplicar a las cosas de Dios, porque en todo lo que hace supera las apariencias que puede percibir el hombre. Por eso las cosas de Dios resultan incomprensibles para el ser humano.

Entre otras cosas misteriosas está el acontecimiento de que Dios se haya hecho hombre sin dejar de ser Dios. A este HOMBRE-DIOS le llamamos Jesucristo. Es el misterio de la Encarnación que celebramos en Navidad. Aquí se puede afirmar, con toda verdad que las apariencias engañan y solamente la verdadera fe puede descubrir el gran tesoro de amor encerrado en él.

A lo largo de la historia del cristianismo ha habido siempre distintas posiciones con relación a Cristo, pero todas las variantes se reducen a negar una parte de la realidad de lo que es Cristo. Unos afirman que es solamente un hombre enviado por Dios, un gran profeta. Otros que su humanidad son aparente y, por tanto, que no es Hombre Verdadero. La realidad es, sin embargo, que Cristo es las dos cosas a la vez: Hombre y Dios.

Los Testigos de Jehová niegan esta verdad y no admiten que Cristo es Verdadero Dios, igual al Padre. Llegan a esta conclusión cambiando los textos de la Biblia en los que se afirma claramente que Cristo es DIOS y haciendo resaltar aquellos textos en que Cristo se manifiesta como HOMBRE. San Pablo dirá que es una realidad "misteriosa, escondida" y revelada por Dios en la plenitud de los tiempos

Cristo tiene dos naturalezas, la divina y la humana, pero una sola persona, la segunda de la Santísima Trinidad. Así Cristo es una paradoja para el hombre. En Belén se presenta como un niño indefenso que necesita de los cuidados de una madre, como todo ser humano y sin embargo, es Dios Todopoderoso "por quien todo fue hecho". (Jn.1, 3) El universo está lleno de su presencia y cabe en una cuna. Es la luz verdadera que ilumina a todo hombre y vive oculto treinta años en una pequeña aldea. Es eterno y nace de una VIRGEN. Él es la vida y muere en la Cruz. Con su poder ha hecho cuanto existe porque es omnipotente y necesitó que un hombre le ayudase a llevar la cruz hasta el Calvario... Es la Gloria, la felicidad infinita y sufre como todo mortal. Este es el gran misterio de la Encarnación que los Evangelios nos presentan como objeto de nuestra fe.

Cuando se lee el Nuevo Testamento, no se puede olvidar esta doble realidad de que Cristo es Verdadero Hombre y es Verdadero Dios; las dos cosas a la vez y por eso algunas veces actúa como hombre y otras se manifiesta como Dios. Hay muchos textos en la Biblia que muestran a Cristo como Verdadero Hombre. Veamos algunos textos donde se dice que Cristo es Dios y otros donde se afirman que Cristo es hombre.

En la carta a los Hebreos encontramos una expresión en que se afirma claramente que Cristo es Dios cuando el Padre da órdenes a los ángeles para que lo adoren "Adórenle todos los ángeles de Dios" (1, 6) pero al mismo tiempo afirma que es verdadero hombre: "No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado" (Heb. 4, 15). Participó de la condición del hombre normal, de carne y hueso, como cualquier ser humano. Tenía un cuerpo real, sensible y sujeto a todas las necesidades físicas. Siente sed, hambre y sueño, como cualquier mortal. (Jn. 4, 6).

No solamente tiene un cuerpo como el nuestro, con necesidades físicas, sino que tiene un alma racional, con todas las emociones propias del ser humano. Siente la tristeza y la alegría. Lloró dos veces, una vez, al contemplar la ciudad de Jerusalén, conociendo su desastroso futuro, (Lc. 19, 41), la otra llora la muerte de su amigo Lázaro (Jn. 11, 35). Se siente profundamente triste ante los acontecimientos desagradables de su vida y necesita la compañía de los amigos (Mc. 14, 33). Como hombre, ora incesantemente al Padre para fortalecer su voluntad y poder cumplir la del Padre que le pide el sacrificio de su vida. (Mt. 26, 36-39). Se puede hacer un estudio del Evangelio y comprobar que Cristo es realmente hombre. Por eso pudo afirmar que el Padre es mayor que Él. (Jn. 14, 28).

Los Testigos de Jehová se fijan solamente en este aspecto y no ponen atención a los pasajes cuando en los Evangelios hablan de Cristo como Verdadero Dios. El misterio consiste precisamente en que Cristo no es solamente hombre, ni solamente Dios, sino las dos cosas a la vez: Dios y Hombre.

Hay textos que atribuyen a Cristo cualidades que son propias de Dios y expresiones que en el Antiguo Testamento designan a Yavé.

La nube era el signo de la presencia de Dios que acompaña a su pueblo por el desierto, como se ve en el libro del Exodo. Era una manera muy particular de hacerse presente Dios para comunicarse con su pueblo en el Antiguo Testamento. Pero donde se ve con más claridad la nube como signo de la presencia de Dios para su pueblo es en el Monte Sinaí (Ex. 19).

En el Nuevo Testamento se usa este signo de la nube varias veces para indicar que Cristo es Dios. En San Mateo, el mismo Cristo habla de esta realidad con mucha claridad. "Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo,... y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad grande" (Mt. 24, 30). Esta misma afirmación la repite en el momento solemne de su Pasión, cuando las autoridades religiosas del pueblo judío le hacen la pregunta sobre quién era Él. Su contestación, afirmando que era verdadero Dios, fue tan clara para el Pontífice, que la consideró una blasfemia (Mt. 26, 64). San Juan abre el Apocalipsis con esta afirmación sobre la divinidad de Cristo. "A El la gloria y el imperio por los siglos de los siglos, amén. Ved que viene en las nubes del cielo, y todo ojo le verá" (Ap.1, 6 ).

Hay otras expresiones en el Antiguo Testamento que designan a Dios y Cristo se las apropia.

Cuando Moisés le pide a Dios que le diga su nombre para poder hablar a los hijos de Israel, Dios le dice: "YO SOY el que soy. Así responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros". (Ex. 3, 14). En sus discusiones con los judíos, y siempre sobre el tema de su identidad con el Padre, Cristo se apropia esta expresión del Exodo. Haciendo referencia a su muerte en la Cruz dice: "Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis QUE YO SOY" (Jn. 8, 28). Sus enemigos entendían sus afirmaciones cuando hablaba del Padre en una relación de igualdad: "porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que decía a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios" (Jn. 5, 18). A esta conclusión llegan sus enemigos cuando escuchan a Cristo hablar de su relación con el Padre de igual a igual. Lo reafirma claramente más adelante para que nadie pueda dudar que Él es Dios igual al Padre. "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn. 10, 30).

Sus enemigos quieren apedrearlo porque entendieron en esta afirmación, como en muchas otras ocasiones, el alcance de estas expresiones y, al no entender el misterio que encierran, lo tildan de blasfemo, "porque tú siendo hombre, te haces Dios" (Jn. 10, 33).

Esta afirmación de su divinidad la hace Cristo a los discípulos, cuando celebra con ellos la Ultima Cena. "Desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis QUE YO SOY" (Jn. 13, 19). En los momentos de duda de los discípulos, Jesús los tranquiliza con esta expresión que para ellos, conocedores del Antiguo Testamento, era una declaración evidente de que su Maestro era Dios. "Tened confianza, YO SOY; no temáis" (Jn. 14, 27). Hay más textos donde Cristo se apropia esta expresión que los judíos sabían que designaba la Divinidad.

Hay otros títulos que se aplican a Cristo como el de "Señor", "Buen Pastor", "Salvador", títulos que en el Antiguo Testamento se aplican a Dios y que en el Nuevo Testamento se aplica a Cristo. Por vía de ejemplo puedes comparar el Salmo 23 con el capítulo l0 del Evangelio de San Juan, donde se habla de Dios como Pastor de Israel en el Antiguo Testamento, título que Cristo se apropia para sí en el Nuevo Testamento. Además, siempre que se presenta como Hijo de Dios, sus adversarios entendían que El se confesaba Dios. Por esta razón afirmaba su existencia desde toda la eternidad, diciendo que es anterior a Abraham, aunque como hombre es posterior al Patriarca. (Jn. 8, 58).

San Juan comienza su Evangelio afirmando con toda claridad que Cristo es Dios. "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios" y este Verbo que es Dios " se hizo hombre"(Jn. 1,1. 14). Los Testigos de Jehová cambiaron la traducción de este texto y, según ellos, el Verbo no es Dios, sino "un dios", creado por el verdadero Dios: y por tanto, inferior a Dios, un dios de segunda categoría. Se olvidan que Cristo afirmó que Él era igual al Padre y que merece la misma reverencia y honor que el Padre. "Para que todos honren al Hijo como honran al Padre". (Jn. 5, 23; Jn. 10, 30) Ambos actúan unidos; de tal manera que lo que hace el Padre lo hace el Hijo: "Porque lo que Este hace (El Padre) lo hace igualmente el Hijo" (Jn. 5, 19).

San Pablo identifica el tribunal de Cristo, con el tribunal de Dios. "Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios... y cada uno dará cuenta de sí" (m. 14, 10). "Puesto que todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que reciba cada uno según lo que hubiera hecho por el cuerpo, bueno o malo" (2 Cor. 5, 10). El tribunal de Cristo es el mismo tribunal de Dios, porque Cristo es el Juez de vivos y muertos.

Los textos donde San Pablo afirma claramente que Cristo es Dios son muchos, por ejemplo en la carta a los Romanos (9, 5) donde nos presenta la descendencia de Cristo que, según la carne, procede de los Patriarcas, pero "es Dios bendito por los siglos", y por eso está por encima de todas las cosas. En la carta a los Colosenses expresa la misma verdad. El cap. 1, 13-20 es un himno a la divinidad de Cristo que comparte la misma naturaleza del Padre, "pues en Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente" (Col. 2, 9). San Pablo en la Carta a Tito llama a Cristo "el gran Dios y Salvador" (2, 11-15 y 3, 4)

Basta con leer los Evangelios y ver cómo Cristo actúa como verdadero Dios, demostrando que es el Señor de la vida y de la muerte, resucitando a los muertos, conoce lo que hay en el corazón de los hombres, tiene pleno dominio de la naturaleza, multiplica los panes, calma la tempestad... Es evidente que solamente Dios tiene estos poderes. La expresión de la carta a los Hebreos "adórenle todos los ángeles" sintetiza esta doctrina de que Cristo es Dios ya que la adoración se le tributa solamente a Dios. (Heb.l, 5-l0).

No quiero terminar sin hacer referencia a la confesión de Santo Tomás que nos narra San Juan. Ante la realidad que no podía negar exclama: "SEÑOR MIO Y DIOS MIO" y Cristo declara dichosos a todos los que sin verlo crean esta verdad (Jn.20, 28).

Los que niegan esta verdad no se les puede llamar cristianos, porque cristiano es el que confiesa que Cristo es verdadero Dios. Porque además "Todo el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre" (i Jn. 2, 18s) Por eso el Apóstol afirma que Cristo "es verdadero Dios" (I Jn. 5, 20) y por eso nosotros lo creemos.

Capítulo 28: la confesión y la biblia

Los temas sobre los que los Hermanos Protestantes tienen mayor confusión es la doctrina sobre los Sacramentos y sin embargo está muy clara en la Biblia. No niegan el nombre de algunos de los Sacramentos, como es el Bautismo y Matrimonio, pero, en realidad, solamente conservan el nombre del Sacramento. Todo el problema radica en que les parece ilógica que Cristo pueda realizar la salvación de los hombres por medio de su Iglesia. Sin embargo es el instrumento que utiliza para que llegue a nosotros la Redención que realizó hace veinte siglos y para ello instituyó los siete Sacramentos.

San Pablo enseña que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Entendida correctamente esta doctrina es lo mismo que afirmar que la Iglesia es la continuación de la Encarnación de Cristo, pero de un modo Sacramental. Así la Iglesia se convierte en instrumento de salvación como también fue la humanidad que asumió de María su Madre.

EL problema radica en no entender la relación que hay entre el instrumento y el agente que maneja dicho instrumento. El efecto causado siempre se atribuye al agente y no al instrumento y por eso cuanto mayor sea la virtualidad del agente, menos importancia tiene el instrumento. Todos sabemos que Cristo tiene una virtualidad infinita por ser Dios.

Con un ejemplo se puede entender mejor. El cuadro que pinta un artista nunca se le atribuye a los pinceles y colores utilizados por él, meros instrumentos, sino al artista, agente que realiza la obra de arte. El pincel pintará movido por el artista y será capaz de realizar la obra que exprese la capacidad artística de un pintor determinado. Los Sacramentos, los ministros, la Iglesia son meros instrumentos en las manos de Cristo que tiene un poder salvífico infinito y por eso pueden comunicar la salvación a los hombres. Son los signos visibles de la presencia y actuación de Cristo.

Uno de los Sacramentos que los Hermanos Protestantes rechazan con más vehemencia es el Sacramento del Perdón de los Pecados, que ordinariamente llamamos Confesión. No comprenden que la Iglesia es el instrumento visible, pero que quien otorga el perdón es el mismo Cristo.

La mentalidad de los Hermanos Protestantes es como la de Namán, cuando visitó al profeta Eliseo. Puedes leer en el segundo Libro de los Reyes, en el capítulo cinco, el relato completo. La lógica de Namán, muy correcta en lo humano, le impedía percibir que Dios es libre para comunicar sus dones y que elige los medios de acuerdo a su divina voluntad no según la voluntad de los hombres. No podemos poner condiciones a Dios ni decirle como Él tiene que hacer las cosas. Esto constituye una irreverencia de parte del hombre hacia Dios.

El problema de la confesión está en que supone una verdadera conversión del corazón hacia Dios. Los Sacramentos no son actos de magia sino actos de fe y por eso la confesión no es un modo mágico de recibir el perdón, sino que exige unas disposiciones internas en el que recibe este sacramento. Si faltan estas disposiciones internas no se alcanza el perdón sino todo lo contrario.

Hay algo que no se medita bien y es que los pecados de cualquier bautizado, además del daño espiritual personal, también causan daño a toda la iglesia. Se ha perdido la dimensión comunitaria del pecado porque hoy se da importancia al ser humano como individuo y no se comprende que sus aciones, para bien o para mal, afectan a toda la Comunidad de la que forma parte. Si se comprende esto, se ve claramente que la confesión es la forma más adecuada para reparar la vida de la gracia en el individuo y el daño causado a la Iglesia como cuerpo de Cristo. Es una consecuencia directa de la naturaleza de la Iglesia y del pecado. En la confesión nos reconciliamos con la Iglesia y con Dios porque el sacerdote actúa en nombre de ambos y solamente nos reconciliamos con Dios cuando nos reconciliamos con la Iglesia.

Referente al tema del perdón de los pecados hay muchos textos en el Nuevo Testamento que son muy mal interpretados por aquellos que niegan la confesión. Por otro lado, los Hermanos Protestantes omiten el citar aquellos textos que hacen referencia clara a la confesión sacramental.

Hay un texto de suma importancia donde vemos que Pedro recibe unos poderes extraordinarios, que incluyen el poder perdonar los pecados en nombre de Cristo. No emplea Cristo la palabra confesión ni perdón de los pecados, sino una frase de un contenido mucho más profundo. Esto lo hace cuando Pedro confiesa la divinidad de Cristo en nombre de los doce como Jefe de la Iglesia. Le dice: "Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en el cielo y cuanto desatares en la tierra será desatado en el cielo". (Mt. 16, 19). Pedro tiene poder para atar y desatar, que en el lenguaje bíblico significa condenar y absolver.

La misma frase que vemos en el texto anterior dirigida a Pedro, la encontramos dirigida a todos los Apóstoles dos capítulos más adelante en el mismo Evangelio de San Mateo, donde Cristo habla de la Iglesia que tiene poder para excomulgar a los que no la escuchan. "En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo". (Mt. 18, 18). Son textos muy importantes para la constitución de la Iglesia y se ha escrito mucho sobre el contenido teológico que encierran. Pero el mejor comentario lo encontramos en la misma Biblia, en el Evangelio de San Juan. Nos cuenta el primer contacto que tienen los Apóstoles con Cristo Resucitado.

El mismo día de la Resurrección se aparece a los Apóstoles para aclararle cual es la misión de la Iglesia, formada entonces por los once. Tiene la misma misión que el Padre le encomendó a El. "Como me envió mi Padre, así os envío yo". Y ¿qué puede ofrecer la Iglesia a los hombres? Algo maravilloso. Cristo les dice: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos" (Jn .20, 21-24). No hay texto más claro que éste para salir de la duda de que la Iglesia recibe de Cristo el poder de perdonar los pecados.

Los poderes que recibe Pedro como Jefe de la Iglesia y los demás Apóstoles son poderes que se transmitirán a sus sucesores, pues la Iglesia no desaparece a la muerte de los Apóstoles, sino que es el Sacramento de Salvación para todos los hombres en todos los tiempos.

La teoría de que solamente Dios puede perdonar los pecados y que lle ga con confesarse directamente con Dios resulta ser completamente falsa ante la evidencia de que Cristo quiere hacer visible el perdón utilizando a hombres que también viven la experiencia del pecado en sus propias vidas. Ahora la Iglesia sigue ejerciendo este poder por medio de los que han recibido el Sacramento del Orden, Obispos y Sacerdotes, hombres como los Apóstoles.

San Pablo era muy consciente de esta realidad y por eso en su segunda carta a los Corintios dice: "Todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha re conciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación" (2 Cor, 5, 18). La Confesión, pues, no es un invento de la Iglesia, sino que es el mismo Cristo quien la establece al dar este poder a los Apóstoles.

Ya dijimos que la confesión no es algo mágico. Es preciso que el penitente haga una reflexión seria sobre su vida para ver como están sus relaciones con Dios. Ser consciente de lo malo que hizo a los ojos de Dios y lo bueno que dejó de hacer y que debía haber hecho. Es lo que se llama hacer examen de conciencia.

Si hay sinceridad, al reconocer nuestros pecados, nos llevará a pedirle perdón a Dios. El arrepentimiento es la condición esencial para caminar por la senda de la conversión y recibir de Dios el perdón que necesitamos. Pero el verdadero arrepentimiento tiene que manifestarse en hechos concretos de la vida de la persona. Por eso hace falta el propósito de enmienda que es un esfuerzo sincero para evitar el pecado en adelante. El propósito de enmienda es el complemento del arrepentimiento y ambos son inseparables e indispensables.

Estas tres etapas tienen que desembocar en decirle los pecados al Sacerdote, representante de Cristo y de la Iglesia a la que hemos causado daño con nuestros pecados. De este hecho le viene el nombre de Confesión a este Sacramento, aunque también se le conoce con el de Reconciliación y Penitencia, según el aspecto del Sacramento que se quiera enfatizar.

La penitencia, que en la primitiva comunidad cristiana tenía gran importancia, ha quedado reducida prácticamente a nada. Sin embargo, es la manera que tenemos de demostrarle a Dios nuestro deseo de conversión. Consiste en alguna obra buena, (oración, ayuno o cualquier otro sacrificio) que el Sacerdote mande a hacer al penitente. Este tiene la obligación de cumplir la penitencia por ser una parte integrante de la confesión.

Cuando están presente todos estos elementos en la persona que se confiesa el Sacerdote, como ministro de la Iglesia y de Cristo, le da la absolución que el momento en que Cristo hace realidad la promesa que hizo a la Iglesia, "a quienes perdonen los pecados les quedan perdonados". Y porque creemos firmemente en esta promesa, nos confesamos con el Sacerdote.

Capítulo 29: el divorcio y la biblia

Los seres humanos nacen, se educa y se desarrolla como miembro de una familia. Por eso todo lo que afecte al entorno familiar afectará profundamente al ser humano, para bien o para mal.

La familia tiene muchos enemigos, unos más peligrosos que otros, pero el enemigo número uno es el divorcio, porque la destruye, la deshace, la aniquila. Es necesario, pues, tener ideas claras sobre este tema que mucha gente lo ve como algo de escasa transcendencia.

Para los creyentes es necesario conocer lo que dice la Biblia sobre el particular, porque el divorcio se ha convertido en la verdadera plaga de nuestro tiempo y hay personas que se confiesan seguidoras de la doctrina bíblica, sin embargo defienden el divorcio como algo normal en la vida del cristiano. Es curioso que se pretenda justificar con algún texto de la Biblia este hecho tan contrario a la familia.

Dios es el que ha establecido desde el principio el matrimonio indisoluble y así lo afirma claramente la Biblia, por tanto están equivocados los que enseñan la doctrina contraria. También conviene advertir desde ahora que no es la Iglesia Católica la que prohíbe y condena el divorcio sino el mismo Cristo. La Iglesia nos transmite las enseñanzas de Cristo y, ciertamente, éstas son contrarias al divorcio.

Esto no podría ser de otra manera, porque el divorcio es una tragedia humana tanto para los esposos como para los hijos. Y desde el punto de vista cristiano es mucho más terrible, porque el hombre se cree con mayor autoridad que Dios y piensa que puede separar lo que Dios ha unido para siempre.

Conviene además aclarar, que la doctrina de la Iglesia Católica sobre este tema se fundamenta en el hecho de que el matrimonio no es una institución civil sino de ley natural cuyo origen hay que buscarlo en Dios. Por tanto, las leyes de Dios son las que rigen en el matrimonio, como en otros muchos aspectos de la vida del ser humano. Por el hecho de que haya leyes civiles que legalicen el divorcio, no quiere decir que las leyes de Cristo no tienen vigencia y están por encima de lo que establezcan los hombres. De este hecho se deduce que ningún gobierno cristiano, debe dar leyes que sean contrarias a las establecidas por Dios.

Cuando Cristo habla del divorcio lo condena con toda claridad y restablece el matrimonio a su primera pureza, condenando los abusos que se habían introducido en esta institución básica de la sociedad humana a lo largo de la historia del pueblo de Israel.

El mensaje de Cristo está muy claro cuando sus enemigos le preguntan directamente sobre el divorcio. Según ellos, Moisés permitía el divorcio en ciertas circunstancias, pero Jesús hace referencia al principio de la creación, cuando Dios instituye el matrimonio. "Díjoles Jesús: Por la dureza de vuestro corazón os dio Moisés esta ley; pero al principio de la creación los hizo Dios varón y hembra; por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre". (Mc. 10, 5).

Aquí expone el principio fundamental que debe mantenerse invariable. En el matrimonio nace una unión cuyo autor es Dios y solamente Él la puede romper. Este principio es el que mantiene la Iglesia Católica, aunque tenga que recibir las críticas de muchos. Los discípulos en casa le preguntaron sobre el tema, ya que a ellos, siendo conocedores de la ley de Moisés, les extrañó la intransigencia de Cristo. Pero El no modifica su doctrina sino todo lo contrario, la reafirma. Les dice: "El que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio y si la mujer repudia al marido y se casa con otro comete adulterio" (Mc. 10, 11).

Aunque Cristo no dijera otra palabra sobre el divorcio, llegarían estos textos para comprender cual es la verdadera doctrina sobre este tema y por qué la Iglesia sigue enseñando que Cristo condena el divorcio. En San Lucas encontramos la misma afirmación, con idénticas palabra. (Lc. 16, 18).

San Pablo en su carta a los Romanos enseña la misma doctrina, aunque a la mentalidad de sus lectores procedentes del paganismo les chocaría ya que en sus costumbres paganas era corriente la poligamia. Dice San Pablo: "Por tanto la mujer casada está ligada al marido mientras éste vive; pero muerto el marido, queda desligada de la ley del marido. Por consiguiente, viviendo el marido, será tenida por adúltera si se uniere a otro marido". (Rom. 7, 2-4).

En otro pasaje, San Pablo dice cual es el origen de esta doctrina. Afirma claramente que es un precepto del Señor porque el matrimonio indisoluble es de institución divina. Dice San Pablo: "Cuanto a los casados, precepto es NO MIO, sino del Señor, que la mujer no se separe del marido y de separarse, que no vuelva a casarse o se reconcilie con el marido y que el marido no repudie a su mujer" (1 Cor. 7, 10). Por eso el autor de la carta a los Hebreos dice: "El matrimonio sea tenido por todos en honor, la unión conyugal sea sin mancha, porque Dios ha de juzgar a los fornicarios y a los adúlteros" (Heb. 13, 4). La Iglesia Católica defiende este honor del matrimonio, porque cree que los que se comprometen por toda la vida tienen capacidad, ayudados por la gracia de Dios, para poder cumplir lo que prometieron. Las leyes que permiten el divorcio legalizan la traición y además manifiestan la poca estima que tienen de la dignidad del ser humano porque lo creen incapaz de cumplir con la palabra dada bajo juramento.

Hay un texto de San Mateo que aducen los defensores del divorcio para justificarlo. San Mateo trata este tema en dos ocasiones distintas. Una es en el capítulo 19, 3s que es el pasaje paralelo a San Marcos 10, 2s, del que ya hablamos, donde Cristo rechaza claramente el divorcio. Además, San Mateo trata este mismo tema en el capítulo 5, 27s, donde Cristo habla del sexto mandamiento. En ambos casos se encuentra un pequeño paréntesis que es el que, mal interpretado, da motivo para justificar el divorcio en algunas circunstancias. Dice: "pero yo os digo que quien repudia a su mujer (excepto el caso de fornicación) y se casa con otra, adultera".

Lo que ofrece dificultad es el significado de la palabra griega que se traduce en nuestro texto por fornicación. Hay quienes la traduce por infidelidad o adulterio. En este caso se justificaría el divorcio cuando una de las partes cometiera adulterio. Como hace referencia a la ley de Moisés (Dt. 24, 1) allí se dice cuando el marido "nota algo en ella de torpe". No habla de adulterio sino que si al casarse con ella nota el esposo algo torpe. ¿No podría significar esta frase que el marido descubre que esa mujer fue legalmente mujer de otro hombre? En este caso no podría convivir con ella porque no sería su mujer legítima.

La palabra fornicación, poco en uso en nuestro tiempo, expresa mejor este sentido. Fornicación significa relaciones sexuales ilícitas, que sería cuando entre la pareja no hay verdadero matrimonio. Lo que nos está diciendo es que cuando un hombre tiene una mujer que no es su legítima esposa, debe separarse de ella. Por eso Cristo dice cuando trata este tema "Si pues, tu ojo es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti...y si tu mano derecha es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti" (Mt. 5, 29).

Es obvio que Cristo modifica la interpretación que daban en su tiempo a la ley de Moisés como lo demuestra la reacción de sus discípulos que conocían las normas vigentes en su tiempo sobre la unión conyugal. "Dijéronle los discípulos: Si tal es la condición del hombre con la mujer, mejor es no casarse". (Mt. 19, 10).

Para los que interpretan lo que dice San Mateo como prueba que Cristo permite el divorcio cuando uno de los cónyuges comete adulterio, se olvidan que la ley de Moisés era tan fuerte que castigaba el adulterio con la pena de muerte. Esta ley estaba vigente en tiempo de Cristo, como lo demuestra el episodio de la mujer adúltera que nos narra San Juan en el capítulo 8, 1-11.

El problema de los católicos divorciados es que no cumplen con la enseñanza de San Pablo en el capítulo 7 de su primera carta a los Corintios. Primero deben hacer todo lo posible para no separarse, pero si se separan que no vuelvan a casarse. Esta es la verdadera doctrina, no inventada por los hombres, "sino que es precepto del Señor".

Capítulo 30: el purgatorio

La doctrina sobre el Purgatorio, como muchos otros puntos doctrinales de la Iglesia Católica, también la niegan los Hermanos Protestantes, por supuesta falta de fundamentos bíblicos. Pero no solamente es bíblica esta doctrina, sino muy de acuerdo con la condición humana de la experiencia del pecado. Para comprender esta doctrina es necesario darse cuenta de lo que causa el pecado mortal en el alma del cristiano.

El pecado mortal nos priva de la vida de amistad con Dios y por tanto de la presencia amorosa de Dios en el alma. Nos separa de Dios hasta que se restablezca de nuevo nuestra amistad con Él por medio del arrepentimiento y penitencia que nos perdona la pena eterna que merecen los pecados mortales. Pero el pecado tiene otra pena temporal que se debe pagar en esta vida con actos de mortificación, o después de la muerte. Este estado de purificación, después de la muerte, le llamamos Purgatorio que significa purificación.

No sería necesaria esta purificación si el amor del hombre hacia Dios fuera perfecto, pero sabemos que al ser humano le cuesta producir un acto de amor perfecto en esta vida. Esta es la razón por lo que en los escritos de los Profetas en la Biblia se habla de la necesidad que tiene el hombre de una constante purificación del corazón. Exhortan insistentemente a la purificación del corazón por medio de la penitencia, manifestada en el ayuno, la limosna, la oración como sacrificios expiatorios. Cuando el pueblo se obstina en el pecado el mismo Dios lo purifica por medio de acontecimientos dolorosos como son las guerras, las pestes, destierro y otros acontecimientos dolorosos que afectan a toda la comunidad.

San Juan en el Apocalipsis afirma que nada manchado podrá entrar en el cielo que es la Nueva Jerusalén. "En ella no entrará cosa impura" (Ap. 21, 27). Admitido este principio se impone la idea del Purgatorio, porque, sin estar el hombre radicalmente separado de Dios, como sería el estado de pecado mortal, no tiene plena comunión con ÉL por falta de una completa satisfacción por sus pecados.

San Pablo dice en su primera carta a los Corintios que nuestras obras serán probadas por el fuego. El fundamento sobre el que se edifica nuestra salvación es Cristo. "Si sobre este fundamento uno edifica oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja, su obra quedará de manifiesto, pues en su día el fuego lo revelará y probará cuál fue la obra de cada uno... aquel cuya obra sea consumida sufrirá daño; él, sin embargo se salvará, pero como quien pasa por el fuego". (1 Cor. 3,10-15). El Apóstol expresa aquí la idea de la existencia del Purgatorio

No todo lo que realizamos en esta vida es de la misma calidad. Hay una gradación que va desde el oro a la paja, según el Apóstol. Y como el que da mérito a lo que hacemos es el amor con que vivimos, esto supone que cada persona orienta su vida hacia Dios con intensidad distinta. El Purgatorio purifica nuestro amor para tender hacia Dios con la mayor intensidad posible a cada uno.

Toda purificación es dolorosa, tanto en esta vida como en la otra, pues es desprendernos de algo que está íntimamente unido a nuestra persona. Hay un texto en San Mateo que indica esta purificación de ciertos pecados después de la muerte. Es cuando habla del pecado contra el Espíritu Santo. Dice: "no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero" (Mt. 12, 31). Es lo que sucede con el que conscientemente rechaza el amor de Dios de una forma contumaz y se condena. El Purgatorio es un estado temporal y no eterno como es el cielo o la condenación porque la pena que hay que pagar también es temporal.

San Juan distingue muy bien el pecado mortal de los pecados veniales. Dice: "Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, ore y alcanzará vida para los que no pecan de muerte. Hay un pecado de muerte, y no es éste por el que digo yo que se ruegue. Toda injusticia es pecado, pero hay pecado que no es de muerte" (I Jn. 5, 16). Por eso las oraciones que se hacen por los difuntos, no aprovechan nada a los que están condenados en el infierno (a este estado le decimos muerte eterna) sino a los que están en el Purgatorio que poseen, aunque de una forma imperfecta, la vida de Dios en su alma.

En el Antiguo Testamento tenemos dos textos que hacen referencia al Purgatorio, pues exhortan a la oración por los difuntos. En el libro del Eclesiástico encontramos el texto siguiente: "Agradece el beneficio ante todos, y al muerto no le niegues tus piedades". (Eclo. 7, 37). Pero hay un texto mucho más claro en el segundo libro de los Macabeos. Dice: "Volvieron a la oración, rogando que el pecado cometido les fuese totalmente perdonado; y el noble Judas... mandó hacer una colecta en las filas, recogiendo hasta dos mil dracmas, que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por el pecado; obra digna y noble, inspirada en la esperanza de la resurrección... Mas creía que a los muertos piadosamente les está reservada una magnífica recompensa. Obra santa y piadosa es orar por los muertos. Por eso hizo fuesen expiados los muertos: para que fuesen absueltos de los pecados" (2 Mac. 12, 39s). En este texto está claro que se debe orar por los muertos que murieron con faltas leves. Si ya están en el cielo no necesitan nuestras oraciones, si están en el infierno, no le aprovecha nada, por tanto es necesario admitir este estado intermedio que es el Purgatorio, antesala del Cielo.

Los que rechazan la doctrina del Purgatorio es porque quizás no lo distinguen del infierno. El infierno es un estado permanente, es eterno; el Purgatorio es un estado transitorio, es temporal. Por eso en él solamente se puede perdonar la pena temporal, no la pena eterna que merecen los pecados mortales.

La primitiva comunidad cristiana, en tiempo de San Pablo, también tenía un rito para purificar a los difuntos. "Por otro lado, ¿qué sacarán los que se bautizan por los muertos? Si en ninguna manera resucitan los muertos, ¿por qué se bautizan también por ellos?" (1 Cor. 15, 29). Aunque es un texto poco claro, nos indica que había cierto ritual que los familiares hacían en sufragio por sus difuntos. San Pablo está defendiendo el hecho de la resurrección. Es curioso que en el texto de los Macabeos también se hace referencia a la fe en la resurrección.

Porque existe el Purgatorio, es una obra santa y piadosa orar por los muertos, como nos dice la Biblia en los textos citados. Los católicos hacemos lo que dice la Biblia y por eso nos critican.

Capítulo 31: el espiritismo

Todas las personas, aún aquellas que se confiesan más o menos incrédulos, tienen necesidad de creer en algo. Quizás sea conveniente aclarar la diferencia que hay entre una persona creyente y una persona crédula. La mayoría de las personas que se dicen creyentes son más bien crédulas.

Llamamos creyentes a las personas que fundamentan su fe en la verdad que Dios ha revelado, y aceptan la autoridad que Dios ha establecido para enseñarla en su nombre. Su fe tiene como base la autoridad de Dios, y esto les da seguridad en su vida religiosa. Para el católico esa autoridad de Dios está en la Iglesia fundada por Cristo a quien encomendó la interpretación de la revelación, convirtiéndola en la voz autorizada de Cristo. " Quien a vosotros oye a mí me oye". (Lc. 10,16).

Hay otras personas que se sienten muy religiosas, pero aceptan todo tipo de enseñanzas sin pensar si quien enseña tiene autoridad para hacerlo. Tales personas son crédulas no creyentes. No distinguen el grano de la paja y su fe está a merced de su imaginación, manipulada por otros a los que siguen ciegamente como maestros. La diferencia entre creyente y crédulo depende no tanto de lo que creen sino a quién creen.

De este tipo de personas, algunas de buena voluntad, salen los supersticiosos, personas que andan siempre buscando como sustituir la acción de Dios con cosas y ritos mágicos. Los supersticiosos creen poder manipular a Dios en beneficio propio por medio de algunos ritos, fruto de su imaginación. Y aunque creen que son personas muy religiosas tienen una idea tan pobre de Dios que creen que pueden sustituir la acción de Dios llevando consigo cualquier amuleto que otro le recomendó.

Las prácticas supersticiosas son la negación de la fe cristiana y pecan contra la virtud de religión por exceso. Se empeñan en sustituir a Dios por "fetiches" y ritos mágicos, a los que dan más importancia que a las verdades que Dios nos ha revelado y que enseña la Iglesia. En realidad es la negación de Dios.

Las manifestaciones de la superstición son muy variadas, imposibles de estudiar una por una. Sin embargo hay algunas que son bastante universales. Una de ellas es creer en el horóscopo. Hay mucha gente que rige su vida por lo que le señala su horóscopo. No creen en la Providencia de Dios, pero sí en un destino fatal, determinado por los astros. De esta manera eluden la responsabilidad de sus actos. No aprecian el gran regalo que Dios ha dado al ser humano de ser libre para poder construir su futuro, siempre contando con la ayuda de Él.

Muy parecido al horóscopo es el espiritismo. Su manifestación es variada, y muchas veces hasta se le dan apelativos pretendidamente serios y llamativos como, por ejemplo, "espiritismo científico". Quizás el apelativo de "científico" se lo dan para poder vencer el miedo que sienten a hacer el ridículo. Ese calificativo de "científico" seguramente se lo dio alguno concierte de que es la ciencia de engañar. Lo triste es que muchos de los que profesan esta superstición se confiesan católicos, porque creen que el espiritismo es compatible con la fe de la Iglesia. Esto es un error muy grande, porque no se puede ser católico y espiritista.

En el Antiguo Testamento se encuentran textos que condenan claramente el espiritismo y la superstición en general. Los hechiceros son perseguidos con gran rigor en el Pueblo de Israel, hasta castigarlos con la pena de muerte.

En el Exodo, entre los pecados que condena con la pena de muerte está la hechicería. Dice: "No dejarás con vida a la hechicera"(Ex. 22, 17). En el Levítico, donde se reúnen la mayoría de las leyes religiosas y morales que deben conformar la vida del pueblo de Dios encontramos una prohibición muy rigurosa de consultar a los espiritistas. "No acudáis a los que evocan a los muertos ni a los adivinos, ni los consultéis, para no mancharos con su trato"(Lev. 19, 31). Aquí no solamente prohíbe el evocar a los muertos sino toda clase de adivinación. Se puede pensar en los que hoy pretende adivinar el futuro, leyendo la palma de la mano, echar las cartas, los que llaman a las líneas síquicas y otras muchas maneras de supuesta adivinación. "Si alguno acudiere a los que evocan a los muertos y a los que adivinan, prostituyéndose ante ellos, yo me volveré contra él y lo exterminaré de en medio de su pueblo" (Lev. 20, 6). En este mismo capítulo, vr 27 nos dice como se deben castigar a los que tal hacen. Dice : " todo hombre o mujer que evoque a los muertos y se dé a la adivinación, será muerto, lapidado; caiga sobre ellos su sangre".

La preocupación por esta contaminación moral del pueblo de Dios requerría castigos ejemplares para los causantes de dicha inmoralidad. Lo que este texto castiga tan severamente es lo que se pretende hacer hoy en los centros espiritistas, haciendo creer a los ignorantes que es algo querido por Dios.

Todas estas prácticas supersticiosas estaban en uso entre los paganos que ocupaban la tierra de Palestina antes de llegar los Israelitas. La razón por la que son expulsados de esa tierra es precisamente por estos pecados. "Cuando hayas entrado en la tierra que Yavé, tu Dios, te da, no imites las abominaciones de estas naciones y no haya en medio de ti... quien se dé a la adivinación, ni a la magia, ni a la hechicería y encantamientos; ni quien consulte... a espíritus, ni a adivinos, ni pregunte a los muertos. Es abominación ante Yavé cualquiera que esto hace, y precisamente por tales abominaciones arroja Yavé, tu Dios, delante de ti a esas gentes" (Dt. 18, 10-14).

El no abstenerse de practicar estas supersticiones es la causa, según el profeta Isaías, de que Dios rechace también a su pueblo y lo entregue en manos de sus enemigos. "Ciertamente has rechazado a tu pueblo, a la casa de Jacob, por estar llena de adivinos y hechiceros, como los filisteos" (Is. 2, 6).

En el Nuevo Testamento, como es natural, encontramos confirmada la misma doctrina. Tenemos el caso que nos narra los Hechos de los Apóstoles, de la joven pitonisa que adivinando "procuraba a sus amos grandes ganancias" (Act. 16, 16). Hoy también hay muchos que sacan gran provecho económico administrando centros espiritistas y otras actividades afines y muy parecidas.

La actitud de los que creen en la Iglesia debe ser la de los de Efeso, que se convirtieron con la predicación de San Pablo. "Muchos de los que habían creído, venían, confesaban y manifestaban sus prácticas supersticiosas; y bastantes de los que habían profesado las artes mágicas traían sus libros y los quemaban en público, llegando a calcularse el precio de los quemados en cincuenta mil monedas de plata". (Act. 19, 18).

San Juan en el Apocalipsis nos dice que es un pecado que excluye de la salvación al que lo comete Los verdaderos creyentes "tienen derecho al árbol de la vida y a entrar por las puertas que dan acceso a la ciudad", pero excluye a una serie de personas, por su vida pecaminosa. "Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos los que aman y practican la mentira" (Ap. 22, 15). El espiritismo y la adivinación ofenden gravemente a Dios porque practican la mentira.

Capítulo 32: los diezmos

Una de las cuestiones que los Pastores Protestantes inculcan con mucho ahínco a sus fieles es la obligación de pagar el diezmo ya que es algo que repetidas veces aparece en la Biblia como una obligación de justicia. Por eso, auque sea de una forma breve, queremos tratar dicho tema para disipar dudas, tanto entre los protestantes como en los católicos.

Primero de todo, tenemos que advertir que los diezmos solamente se menciona en el Antiguo Testamento y nunca en el Nuevo, salvo en la carta a los Hebreos cuando hace referencia al diezmo que pagó Abrahán a Melquisedec (7, 4-10). La actitud de Cristo sobre el particular está expresada de una forma clara en la en la escena de la viuda que solamente echó unos centavos en el Tesoro del Templo y sin embargo echó más que los ricos que se desprendían de sumas mayores. Dios no entiende de cantidades matemáticas sino de sacrificio y del amor que da valor al sacrificio.

Por otro lado debemos hacernos la pregunta ¿por qué tiene que ser el diez por ciento y no otra cantidad mayor o menor? Dios no es caprichoso y hay que buscar las razones por qué en el Antiguo Testamento es de justicia pagar el diezmo a la tribu de Leví. Para entenderlo hay que estudiar lo que dice la Biblia con relación a la distribución de la tierra prometida que es donde se origina la obligación de pagar el diezmo. Nos dice lo siguiente: "Ahora, procede a repartir la tierra a las nueve tribus y la media de Manasés. La otra media tribu de Manasés, junto con la de Rubén y Gad, ocupa ya la tierra que les entregó Moisés al este del Jordán. Moisés no le dio ninguna posesión a la tribu de Leví porque estaba consagrados al servicio de Yavé" (Jos.13:7-14).

Aquí tenemos el origen del diezmo en el Antiguo Testamento. Las tribus de Israel se ajustan al número sagrado de 12 y una de ellas se quedó ocupando la tierra fértil que había antes de pasar el Jordán, por lo tanto pasan el Jordán 11 tribus, pero la tribu de Leví que estaba dedicada al culto no se le asignó ninguna porción de tierra. "A los hijos de Leví les doy en herencia todos los diezmos de Israel a cambio del servicio que prestan en la tierra de las Citas…es el salario de ustedes por el servicio que prestan" (Num, 8,12).

La tierra prometida, pues, fue dividida entre diez tribus y cada una tenía la obligación de dar una parte proporcional a la tribu de Leví. Por eso se impone a cada una el diezmo para que los levitas puedan vivir decentemente que, aunque tenían otros privilegios, económicamente no siempre lo pasaron bien. Por eso los Profetas urgen algunas veces el cumplimiento de esta obligación. El mismo Deuteronomio refleja esta realidad cuando dice: "y no olvidarás al levita que habita entre ustedes, ya que él no tiene propiedad ni herencia como tú tienes. Vendrán entonces a comer el levita que no tiene herencia propia entre ustedes" (Dt. 14,27-29). Tenían otros privilegios, además de los diezmos, como son la posesión de ciertas ciudades diseminadas por todo el país y parte de las víctimas de los sacrificios. "Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví, no tendrán parte ni heredad como los demás hijos de Israel, sino que se alimentarán con las víctimas consumidas por el fuego en honor a Yavé. Los levitas no tendrán parte en la herencia que reciben sus hermanos, porque Yavé es su herencia". (Dt.18:1-2)

Evidentemente en el Nuevo Testamento la situación es muy distinta. Cuando San Pablo habla de las colectas establece un principio muy claro. Dice: "Cada uno dé según lo decidió personalmente, y no de mala gana o a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría". (2 Cor. 9, 7)

Pero donde hace referencia a los derechos que tienen los que se dedican a predicar el Evangelio es en el capitulo 9 de la primera carta a los Corintios. Aunque él nunca hizo uso de estos derechos los menciona para defenderse de sus adversarios. Copiamos solamente algunos versículos de dicho capítulo. Dice:

"¿Por ventura no tenemos derecho a comer y beber? Si en vosotros hemos sembrado bienes espirituales ¡Qué mucho que recojamos de vosotros bienes materiales! ¿No sabéis que los ministros del culto viven de los dones del templo? ¿Los que sirven al altar del altar participarán? Del mismo modo, también el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio". Esto es muy distinto que exigir el diezmo indiscriminadamente a todos los fieles para hacerse ricos a cuenta del Evangelio".

Es cierto que los fieles deben cooperar a la medida de sus posibilidades para que la Iglesia tenga medios materiales para realizar su obra de evangelización y hay que formar su conciencia, pero también los pastores deben dar testimonio de buenos administradores y de pobreza personal.

Níhil obstat:

Mons. Francis R. López

Censor

Imprimatur:

+ Mons. Ulises Casiano Vargas

   Obispo de Mayagüez